Sección vidas ejemplares

JCP FM pone a tu disposición grandes historias de personajes únicos, lo que te dejará conmovido(a), divertido(a), y asombrado(a) por su vida, lugares y épocas. Descubrirás con alegría que todos tenían fallas, que cometieron errores o tonterías, que rieron, lloraron p se enojaron… Con frecuencia su comportamiento fue semejante al de cada uno de nosotros y, sin embargo, en diferentes momentos de su existencia vivieron algunas circunstancias de su vida de manera sorprendente.

Bienvenid@s



San Juan Bosco

“Fundador de los Salesianos”


En 1815 nació en Piamonte (Italia). A los dieciséis años, ingreso en el seminario de Chieri y era tan pobre, que debía mendigar para reunir el dinero y los vestidos indispensables. Después de haber recibido el diaconado, Juan Bosco pasó al seminario mayor de Turín y ahí empezó con la aprobación de sus superiores, a reunir todos los domingos a un grupo de chiquillos abandonados de la ciudad en una especie de escuela y lugar de recreo al que llamó. “Oratorio Festivo” El primer puesto que ocupó Don Bosco fue el de capellán auxiliar en una casa de refugio para muchachas, que había fundado la marquesa di Barolo. Tiempo después, acabó una escuela nocturna, y como el oratorio estaba lleno, abrió otros dos centros en otros tantos barrios de Turín. Por la misma época, empezó a dar alojamiento a los niños abandonados. Al poco tiempo, ya había cuarenta chicos, la mayoría vivían con Don Bosco y su madre en el barrio de Valdocco. Cayó pronto en la cuenta de que todo el bien que hacía por sus chicos, se perdía con las malas influencias del exterior y decidió construir sus propios talleres de aprendizaje. Los dos primeros fueron inaugurados en 1853. En 1856 había ya 150 internos, cuatro talleres, una imprenta, cuatro clases de latín y diez sacerdotes. Los externos eran 500. En diciembre de 1859,Don Bosco y sus 22 compañeros decidieron finalmente organizar la congregación, cuyas reglas habían sido aprobadas por Pío IX. Pero la aprobación definitiva no llegó si no hasta 15 años después. La orden creció rápidamente: en 1863 habían 39 Salesianos, a la muerte del fundador eran ya 768. El siguiente paso de Don Bosco fue la fundación de una congregación femenina. La congregación quedó inaugurada en 1872, con la toma del hábito de 27 jóvenes a las que el Santo llamó “hijas de nuestra señora, auxilio de los cristianos” .

Don Bosco realizó otro de sus sueños al enviar sus primeros misioneros a la Patagonia. Poco a poco los Salesianos se extendieron por toda América del sur. Tenían 36 casas en el nuevo mundo yv38 en Europa. Las instituciones salesianas en la actualidad comprenden escuelas de primera y segunda enseñanza, seminarios, escuelas para adultos, escuelas técnicas y de agricultura, talleres de imprenta y librería, hospitales, etc.; sin omitir las misiones y el trabajo pastoral. Don Bosco murió el 31 de enero de 1888. Su canonización tuvo lugar en 1934.





Santa Faustina Kowalska

Conocida en el mundo entero como Santa sor Faustina Kowalska.- Apóstol de la divina misericordia.- una de las místicas más destacadas de la Iglesia, nació el 25 de agosto de 1905 en el pueblo de Glogowiec (Polonia) en una familia campesina, pobre y católica, fue la tercera hija entre diez hermanos. En el santo bautismo, celebrado en la Iglesia parroquial de Swinice Warkie, recibió el nombre de Helena. Desde pequeña destacó por su piedad, laboriosidad y obediencia y por ser muy sensible a la pobreza humana. Aunque su educación escolar no duró más de tres años, en su “diario” supo expresar de forma clara simple y precisa todo lo que quería decir sin ambigüedades. En el “diario” describe las experiencias de su infancia:

“…la gracia de la vocación a la vida religiosa la sentía desde que tenía 7 años. A los 7 años oí. Por primera vez en mi alma la voz de Dios, o sea, la invitación a una vida más perfecta, aunque no siempre obedecía la voz de la gracia. No tenía contacto con nadie que pudiera explicarme estos asuntos..” Cuando tenía 16 años abandonó la casa familiar y se mudo a Aleksandrow, un pueblo cerca de Lódz (Polonia) y después se trasladó a Lódz, donde, trabajando de sirvienta, ganaba dinero para su mantenimiento y para ayudar a sus padres. Mientras tanto el deseo de ingresar en una orden religiosa maduraba en su alma. Sus padres estaban en contra de esa decisión, así que Helena intentaba acallar esta vocación divina. Después de muchos años así lo menciona en su diario:

“Una vez, junto con una de mis hermanas fuimos a un baile. Cuando todos se divertían mucho, mi alma sufría tormentos interiores. En el momento en que empezó a bailar, de repente vi a Jesús junto a mí. A Jesús martirizado, despojado de sus vestiduras, cubierto de heridas, diciéndome estas palabras: ¿hasta cuando me harás sufrir, hasta cuando me engañaras? En aquél momento dejaron de sonar los alegres tonos de la música, delante de mis ojos desapareció la compañía en que me encontraba, nos quedamos Jesús y yo. Me senté junto a mi querida hermana, asimilando lo que ocurrió en mi alma con un dolor de cabeza. Un momento después abandoné discretamente a aquella compañía y a mi hermana, y fui a la catedral de San Estanislao Kostka. Estaba anocheciendo, en la catedral había poca gente. Sin hacer caso a lo que pasaba alrededor, me postre en cruz delante del Santísimo Sacramento, y pedí al Señor que se dignara hacerme conocer qué debía hacer en adelante. Entonces oí estas palabras: “ve inmediatamente a Varsovia, allí tomaras los hábitos” Me levanté de la oración, fui a casa y solucione las cosas necesarias. Tal como pude le confesé a mi hermana lo que había ocurrido en mi alma, le dije que me despidiera de mis padres, y con un solo vestido llegué a Varsovia” (diario,9-10) En Varsovia (Polonia) Helena buscaba lugar en muchas ordenes religiosas, pero en ninguna querían dejarle ingresar.

Finalmente, el primero de agosto de 1925, pasó el lumbral de la casa de la congregación de las hermanas de la casa de misericordia, en la calle Zytnia, en Varsovia. Aquí la acogieron. Sin embargo, antes, para cumplir con los requisitos que exigía la congregación, como el aporte de una dote, tuvo que trabajar para ahorrar el importe necesario y poder ingresar en el convento. Trabajó de sirvienta doméstica en una familia numerosa que vivía cerca de Varsovia. Los sentimientos que experimentaba después del ingreso en la congregación los describió en el “diario” “Me pareció que entré en la vida del paraíso. De mi corazón brotó una sola oración, la de acción de gracia” (diario,17)

En la congregación recibió el nombre de sor María Faustina. El noviciado lo pasó en Cracovia, donde en presencia del Obispo Estanislao Rospond hizo los primeros votos, y cinco años después los votos perpetuos de castidad, pobreza y obediencia. Trabajó en distintas casas de la congregación. Los períodos más largos los paso en Cracovia, Vilna y Plock (Polonia) trabajando como cocinera, jardinera y portera. Para quién la observara desde fuera nada hubiera delatado su extraordinaria y rica vida mística. Cumplía sus deberes con fervor, también cumplía rigurosamente todas las reglas de la congregación, estaba siempre recogida y silenciosa, pero a la vez era natural, alegre, siempre llena de amor benévolo y desinteresado hacia el prójimo. Tras el primer año de noviciado le vinieron experiencias místicas sumamente dolorosas: la noche oscura del alma; luego, llegaron también sufrimientos espirituales y morales relacionados con la realización de la misión que le fue encomendada por el Señor. Sor Faustina ofreció su vida a Dios por los pecadores, para salvar sus almas y con este propósito experimentó diversos sufrimientos. En los últimos años de su vida aumentaron las dolencias de su cuerpo: desarrollo tuberculosis que atacó a los pulmones y al sistema digestivo. A causa de ello fue internada dos veces en el hospital durante varios meses.

Extenuada físicamente, pero plenamente madura espiritualmente y unida místicamente a Dios, falleció en olor de santidad, el 5 de octubre de 1938 a la edad de 33 años. La mayor parte de su vida la había pasado en el convento.

El Papa Juan Pablo II, el 30 de abril del 2000 en el Vaticano, canonizo a sor Faustina Kowalska. La ceremonia de la canonización se celebró el segundo Domingo de Pascua, que también fue instituida la fiesta de la divina misericordia para toda la Iglesia.

Fragmentos de la homilía del Papa Juan Pablo II:

“Faustina, don de Dios a nuestro tiempo don de la tierra de Polonia a toda la Iglesia, concédenos percibir la profundidad de la misericordia divina. Ayúdanos a experimentar en nuestra vida y a testimoniarla a nuestros hermanos. Que tu mensaje de luz y esperanza se difunda por todo el mundo, mueva a los pecadores a la conversión, elimine las rivalidades y los odios, y abra a los hombres y las naciones a la práctica de la fraternidad. Hoy nosotros, fijando justamente contigo, nuestra mirada en el rostro de Cristo resucitado, hacemos nuestra oración de abandono confiado y decimos con firme esperanza:

“CRISTO, JESÚS, EN TÍ CONFÍO”






Santa Gianna Beretta Molla. (1922-1962)

¿Quién fue?

Gianna fue la décima de trece hijos, de una familia de clase media de Lombardía (al norte se Italiana), estudió medicina y se especializó e pediatría, profesión que compaginó con su tarea de madre de familia. Quienes la conocían dicen que fue una mujer activa y llena de energía, que conducía su propio vehículo (algo poco común en esos días), esquiaba, tocaba el piano y disfrutaba yendo con su esposo a los conciertos en el conservatorio de Milán. El marido de Gianna, el ingeniero Pietro Molla, recordó hace algunos años a su esposa como una persona completamente normal, pero con una indiscutible confianza en la providencia. Según el ingeniero Molla, el último gesto heroico de Gianna fue una consecuencia coherente de una vida gastada día a día en la búsqueda del cumplimiento del plan de Dios. “cuando se dio cuenta de la temible consecuencia de su gestación y el crecimiento de un gran fibroma, recuerda el esposo de Gianna su primera reacción razonada, fue que se salvara el niño que tenía en su seno”

Su oblación

El ingeniero Molla manifestó que “le habían aconsejado una intervención quirúrgica” n esto le hubiera salvado la vida con toda seguridad; el aborto terapéutico y la extirpación del fibroma, le habrían permitido más adelante tener otros niños. “Gianna eligió la solución que era más arriesgada para ella”. El anciano viudo de la beata señaló que en aquella época era previsible un parto después de una operación que extirpara sólo el fibroma, pero ello sería muy peligroso para la madre, “y esto, mi esposa como médico, lo sabía muy bien”. Gianna falleció el 28 de abril de 1962, con 39 años de edad, una semana después de haber dado a luz. El último requisito se cumplió el 21 de Diciembre, cuando el Papa aprobó un milagro atribuido a la intercesión de Gianna.

El milagro.

La protagonista del milagro, ocurrió el 9 de noviembre de 1977 en un hospital brasileño, fue una joven parturienta quien se curó de septicemia, infección generalizada del organismo. Las religiosas del hospital habrían pasado la noche encomendando su curación a la intercesión de Gianna, cuya figura les era conocida porque el promotor del hospital era un hermano de la beata, médico y misionero capuchino en ese país. El Papa aprobó el decreto que reconocía sus virtudes heroicas y la beatifico. El esposo de Gianna Beretta narra sus experiencias: “Al buscar entre lis recuerdos de Gianna, algo para ofrecerle a la priora de las carmelitas descalzas de Milán, encontré un libro de oraciones con una pequeña imagen en la que al dorso Gianna había escrito de su Puño y letra estas pocas palabras: “señor, haz que la luz que se ha encendido en mi alma, no se apague jamás”. Con ésta y otras anécdotas combinadas con emotivas reflexiones, Pietro Molla reveló los perfiles desconocidos de su esposa, Gianna Beretta, fallecida en 1962 y beatificada el 24 de abril de 1994 por el Papa Juan Pablo II.

En una emotiva entrevista concedida la periodista Giuliana Peluchi, Pietro dibujó. Un perfil de Gianna que definió con una sola frase: “mi esposa era una santa normal”. Pelichi, autora de un libro sobre la vida de Gianna, recibió una repentina llamada de Pietro, con quien se había reunido en numerosas ocasiones para elaborar la biografía de la “madre coraje “ que prefirió ofrecer su vida antes que aceptar la operación que le costaría la vida a la niña que llevaba en su vientre. “van a beatificar a Gianna”, le dijo Pietro emocionado por teléfono. La periodista, atónita, sólo atinó a pedirle una última entrevista, ya no en busca de datos biográficos, sino para escuchar un testimonio de Pietro sobre la vida de su esposa.

El testimonio

“jamás creí estar viviendo con una Santa” Mi esposa tenía infinita confianza en la providencia y era una mujer llena de alegría de vivir. Era felíz, amaba a su familia, amaba su profesión de médico, también amaba su casa, la música, las montañas, las flores y todas las cosas bellas que Dios nos ha donado”, confesó a la entrevistadora Pietro Molla, mientras sus ojos brillaban de intensa emoción. “siempre me pareció una mujer completamente normal pero, como me dijo Monseñor Carlo Colombo, la santidad no está sólo hecha de signos extraordinarios; está hecha, sobre todo, de la adhesión cotidiana a los designios inescrutables de Dios” Pietro recuerda cuando Monseñor Colombo lo llamó para pedirle introducir la causa de beatificación de Gianna; “mi respuesta positiva fue muy sufrida. Sentimos que teníamos que exponer algo muy nuestro. “La historia de mi esposa y su figura de mujer fueron cada vez más conocidas… A nosotros y a la familia de mi esposa nos seguían llegando numerosas cartas de todas partes del mundo. Nos escribían mujeres alemanas y estadounidenses que llamaban a Gianna “mamá “; que declaraban que en ella encontraban a una amiga y que afirmaban que se dirigían a ella cuando tenían necesidad de ayuda y que la sentían muy cercana…”. La oración que Gianna Beretta escribiera en el reverso de aquella imagen pidiendo que la luz de la gracia no se apagase en ella jamás, se hizo, según su esposo, realidad: “ahora veo que esta luz, que ha alegrado durante un tiempo lamentablemente brevísimo mi vida y la de mis hijos, se difunde como una bendición sobre quien la conoció y la amo. Sobre quienes le rezan y se encomiendan a su intercesión ante Dios. Y esto me hace vivir de manera acongojada, el privilegio que Dios me concedió, de compartir con Gianna una parte de mi vida”.

Todas las madres

Pietro Molla nos dice: “este don de la Divina Providencia que considero un reconocimiento a todas las innumerables madres desconocidas, heroicas como Gianna, en su amor materno y en su vida”. Los Molla-Beretta, sin embargo, esperan que la beatificación que ha convertido a Gianna en un estandarte vivo de la santidad en la vida familiar moderna y de la defensa de la vida del no nacido, no cambie su vida cristiana cotidiana. “Espero, dice Pietro, que Gianna pueda descansar en el cementerio de su localidad natal junto a su hija Mariolina y junto a las demás mamás que la llamaban con ternura “nuestra doctora” , junto a las muchas mujeres que Gianna curó y a las cuales dio, con amor. Su tiempo y profesionalidad. Los Molla-Beretta seguirán viviendo el ejemplo de santidad sencilla en la vida cotidiana que les dejó Gianna. “Para mí y para mis hijos, Gianna. Seguirá siendo algo muy íntimo. Una espléndida, una tierna madre. Si alguien tiene que hablar, que hable la Iglesia…”





San Gregorio de Narek

Gregorio y el paté de palomas (944-1010)
La trampa de los teólogos.

En el monasterio de Narek, en Turquía, una ventana siempre está iluminada a media noche: la de Gregorio, que trabaja a todas horas. Sus poemas, sus oraciones y sus textos hablan de Dios con palabras tan precisas y profundas que Gregorio ya es célebre a pesar de su corta edad. Teólogo, pasa su vida estudiando los misterios de la fe cristiana. Desgraciadamente, otros teólogos sienten celos y van con los obispos de la región: - Ese monje llamado Gregorio, que vive en Narek ¡enuncia muchos errores! ¡ustedes lo toman por santo, pero nosotros creemos que es un mentiroso y hereje!

La acusación es grave. Los obispos piden a los teólogos elegir a dos de los mejores entre ellos, para que vayan a hablar con Gregorio con el fin de plantear un discernimiento sobre su teología. Dos sabios son elegidos. Estos deciden tenderle una trampa a Gregorio:

- Estamos en el tiempo de cuaresma y hoy es viernes. Gregorio no tiene derecho a comer carne. ¡vamos a llevarle una deliciosa paté! Por cortesía no se atreverá a rechazarlo, ¡y nosotros podremos contar en todos lados que Gregorio come carne el viernes! Prepararon un suculento paté de palomas y fueron con Gregorio. Éste los saluda con alegría como con asombro: son teólogos célebres y vienen a verlo, a él, ¡un simple monje de Narek! Ellos le ofrecen el paté, que huele delicioso.! Entonces Gregorio comprende la trampa! - Muchas gracias – dice, tomando el paté

. Asombrados los sabios lo ven abrir la ventana.
- Vayan a jugar mis pequeñas amigas
– dice Gregorio.
– hoy se come pescado. ¡Entonces el paté se transforma y se vuelve a convertir en palomas muy vivas! Levantando el vuelo por la ventana abierta, hacen un giro como para agradecer a Gregorio por haberlas vuelto a la vida, y después desaparecen en dirección del bosque. Los teólogos caen de rodillas ante el ermitaño:
- Perdónanos, ahora sabemos que eres un gran santo. ¿aceptas darnos tu bendición?
- Sí.
- dice Gregorio
- que el Señor los bendiga.
Una plegaria de san Gregorio
Oh, Tú, el único Dios celestial, altísimo,
benefactor, amigo de los hombres,
Rayo que quemas y penetras el universo
en un gran misterio,
Acuérdate de mí en tu misericordia, oh bendito,
Acércate a mí, oh bondad,
Con el fin de que repose en mí
Tu aliento de paz:
El Espíritu todopoderoso.
San Gregorio de Narek
Nace alrededor de 944 en Armenia, y muere en Narek (Turquía) alrededor de 1010; se celebra la memoria de san Gregorio solamente cada cuatro años, porque se festeja el 29 de febrero. Entró muy joven con si hermano juan en el monasterio de Narek. Ahí murió dejando una considerable obra literaria. Algunas plegarias que compuso todavía se cantan en la liturgia armenia. Poeta, también fue teólogo y hablo extensamente de la misericordia. Sus escritos de gran importancia sobre el amor de Dios y la confianza, le valieron ser llamado:

“El hermano armenio de San Juan de la Cruz”.






San Jerónimo Emilian

“patrono universal de los huérfanos y de la juventud abandonada”

San Jerónimo Emilian (o Miani) nació en Venecia el 1486. Huérfano de padre en tierna edad, fue sabiamente educado en la fe cristiana por su madre, Dionora Morosini, mujer de sentimientos muy elevados. En 1506, entro en la vida pública, dedicándose sobre todo al ejercicio de las armas. Pasó a ser soldado de la Serenísima República, y en 1511 fue enviado a la fortaleza de Castelnuovo de Quero situada a la orilla del Piave, con carácter de gobernador regente. En el santuario de la “Madonna Grande” en Treviso, Jerónimo promete solemnemente entregarse total servicio de Dios y del prójimo. Al volver de Venecia, repartió su patrimonio a los pobres y se asoció a la compañía del Divino Amor, que se dedicaba en particular, a la asistencia de los enfermos “incurables”. También él contrajo, en este servicio, una grave enfermedad que superó gracias a su robusta fibra y con nuevas energías volvió al servicio de la caridad.

Su corazón muy sensible a todas las miserias humanas quedó profundamente impresionado viendo la deplorable condición de muchísimos niños, faltos de padres y abandonados al destino. Empezó a dar asilo a unos de estos huérfanos, en su propia casa; y enseguida, como el número iba aumentando, abrió para ellos una casa cerca de la Iglesia de San Roque, en Venecia. A los huérfanos, el Santo enseñaba los primeros elementos del saber y al mismo tiempo las nociones fundamentales de la fe cristiana. Además procuraba que aprendieran un oficio, para que pudieran entrar a formar parte de la sociedad, como elementos vivos y activos, aptos para desenvolver con dignidad su personalidad humana y cristiana. Fundó y asistió muchos orfanatos en todo Italia y en algunas regiones fuera de ella. Cuando el Santo se dio cuenta de que se iba debilitando físicamente y que tenía que dejar ya sus andanzas apostólicas de caridad, escogió como morada predilecta el pequeño pueblo de Somasca, cerca de Lecco. En este lugar, su ardiente fervor espiritual, podía contar con soledad, oración y meditación.

Murió Santa mente al amanecer del 8 de febrero de 1537 a la edad de 51 años, víctima de su misma caridad. Beatificado en 1747, fue proclamado Santo en el ano 1767. Su fiesta se celebra cada ano el 8 de febrero, día de tránsito al cielo.





Santa Ana de Jesús

(1656-1728)
Ana y los vestidos sucio
s

Primeras palabras.

El 25 de noviembre de 1545 hay motivos de alegría en la familia de Don Diego de Lobera, la pequeña Ana ha nacido. Esta noble familia de castilla no es muy rica, pero es una familia donde reinan la oración y el amor. Cristóbal se inclina sobre la cuna de su hermana. Doña francisca, su madre, le sonríe:
- Pronto podrás jugar con ella – le promete. Ana crece y sus padres deben admitir las cosas como son: la niña es sorda y muda. Después una terrible prueba los golpea cruelmente: Don Diego muere, dejando a Francisca sola con sus dos hijos, mientras que Ana no tiene más que algunos meses de edad. Valiente, la joven mujer educa a Cristóbal y a Ana orando sin cesar por la curación de su hija. A los siete años, Ana es una niñita hermosa. Ella sigue a todas partes a su madre ,acaricia las imágenes de los Santos sobre los muros de la casa y mira fijamente los labios de su mamá cuando Francisca recita el Rosario.
- Ave María… (lo que quiere decir: Salve María…) Francisca se sobresalta y mira a su hija. Ana, con los ojos levantados hacia una imagen de María, repite con dulce voz:
- Ave María…
- ¿Ana?
La chiquilla se vuelve hacia ella: - ¡mamá!
Francisca rompe el llanto:
- ¡Ana, hablas! ¡ven rápido, Cristóbal! ¡oh, gracias, María!
¡es un milagro!

Escándalo durante un festín

Durante dos años, Francisca enseña muchas cosas a su hija, quien la escucha con atención, pero no habla mucho, como si su corazón estuviera sin cesar en conversación con Dios. Por desgracia, Francisca a su vez muere y los dos niños son encomendados a su abuela. Ana le explica que ella quiere entregar su vida a Dios:
- ¡ni hablar de eso mi pequeña! Y además eres demasiado joven para decidir. Ana es tan hermosa, piensa su abuela, que no será difícil encontrarle un marido. A los 16 años, aunque se la obliga a participar en todas las fiestas y en todos lo bailes, Ana quiere responder al llamado de Dios.

Se organiza un festín magnífico. Los invitados eran ricos, vestidos con trajes suntuosos, solamente faltaba Ana, ¿qué hace ella, pues?
- Seguramente se esta preparando
– dice la abuela.
De pronto un murmullo llena el salón y todos los invitados se dan la vuelta.
- ¿qué pasa? – pregunta la abuela a Cristóbal.
Éste con los ojos abiertos como platos no puede responderle. La abuela se da la vuelta y lanza un gran grito, Ana está envuelta en una gran sábana negra sucia y negra. Había cortado sus magníficos cabellos, que se desordenaban en todos los sentidos. ¡qué escándalo! Abuela
– dice Cristóbal, yo creo que debemos dejar a Ana convertirse en religiosa puesto que es lo que ella desea.
- Tienes razón- murmura la pobre abuela estupefacta.
Mientras que su hermano Cristóbal entra con los jesuitas, Ana no encuentra una comunidad que le convenga. En 1570, un amigo sacerdote le escribe:
- ¡una Santa religiosa acaba de abrir en Toledo un convento como el que usted sueña!
Se trata de Santa Teresa de Ávila, quien vuelve a dar al Carmelo su verdadera vocación: Ser un lugar de oración, de pobreza, de amor fraternal. El 26 de julio de 1570, a los 25 años, Ana entra en el Carmelo San José de Ávila y la madre “así se la dice a Santa Teresa” le da el nombre de sor Ana de Jesús.





San Damián de Molokai

Su fiesta se celebra el 15 de abril.

Jozef Van Veuster “Padre Damián de Molokai” nació un 3 de enero de 1840, en Tremeloo, Bélgica. “el leproso voluntario”, sobre nombre por el cuál fue llamado por tal condición que aceptó voluntariamente tomar, al vivir y atender a los leprosos de la isla hawaiana de Molokai. Desde pequeño se apasiona por los viajes misioneros y a los 17 años, al escuchar a un misionero decir: “los goces de este mundo pasan pronto… Lo que sufre por Dios permanece para siempre… El alma que se eleva a Dios arrastra tras de sí a otras almas… y morir por Dios, es vivir verdaderamente y hacer vivir a los demás”. Fueron su impulso para dejar todo y decidir su vocación ; que en un principio su padre no aceptaba pero con el tiempo y viendo el interés de su hijo, pronunció eta frase: “si Dios cuenta contigo… Él primero”; y él mismo lo acompañó al convento de los sagrados corazones de Lovaina. El 2 se febrero de 1859, al tomar los hábitos, lo hace con el nombre de Damián. Ocupa sus días en hacer el bien a su comunidad y trabajar para ellos y por las noches después de estudiar las escrituras y latín, se postraba ante un cuadro de San Francisco Javier, y una noche, al ser sorprendido por el padre maestro y le preguntó: ¿qué haces aquí a estas horas?

El padre Damián le contesto: “todas las noches le pido que me de la gracia de ser misionero” Al poco tiempo cuando estudiaba teología llegó a Europa el vicario apostólico de Hawái, con el fin de reclutar sacerdotes. Uno de los elegidos fue el padre Pánfilo y en vísperas de partir se enfermó de tifus, en ese momento el padre Damián pidió sustituirlo lo cual aceptaron y el padre Pánfilo sano y con misericordia el padre Damián fue al santuario de Monteagudo agradeciendo la curación de Pánfilo, pero sobre todo su deseo de salir a misionar por el mundo y en su lugar fue donde dio un último y apretado abrazo a sus padres. Sus primeras muestras de misericordia se dieron en su viaje de 140 días de navegación, mientras los demás pasajeros sufrían las inclemencias del tiempo, Damián se ocupaba en atenderlos, él y el capitán del barco hicieron tan buena amistad que el capitán le dijo: “yo nunca me confieso, soy mal católico, pero le digo que con usted sí me confesaría”. A lo que Damián respondió: “el día que sea sacerdote tendré el gusto de absolverle sus pecados”; años más tarde pasaría esto de manera por demás formidable. El 19 de marzo de 1865 sueltan las anclas en la isla de Hawái y dos mese después José Damián era ordenado sacerdote, celebrando su primer misa en la catedral de Honolulu.

Al poco tiempo es enviado a una pequeña isla en la cuál sus primeras noches las pasó bajo una palmera durmiendo a la intemperie y por los días catequizaba a los isleños que en su mayoría eran protestantes, con la ayuda de unos campesinos construyó una capilla; él catequizaba con tanto amor, que la mayoría se convertían al catolicismo, dando fin a muchas creencias supersticiosas; llevando medicinas y curando, encontró a los que serían su misericordia viva, los leprosos. Puna y Kohala fueron sus campamentos base durante mucho tiempo y con tanto trabajo para evangelizar, curar, vivir, consolar e incluso fabricar ataúdes, cavar fosas y aun después de muertos se paseaba entre las tumbas rezando el Rosario y meditando en la eterna felicidad que muchos de ellos ya están disfrutando. El Padre Carmelo Arbiol lo describió así: “el padre Damián les habla con tanta unción, con tanto afecto de nuestro señor, de la bondad de nuestro señor, de la bondad de Dios y de la fealdad y la malicia del pecado, que aquella gente delicada se sentía conmovida”. De todas partes acudían. Hasta los mismos leprosos salían de sus escondites y arrastrándose, iban a participar de aquella amena e instructiva distracción. Era el año 1850 y llegó a Hawái un terrible monstruo; “la lepra”. Alarmado el gobierno por su rápida difusión decidió aislar a los leprosos en una lengua de tierra asentada a unos cinco kilómetros y separada por una muralla de escarpados montes de la isla de Molokai. Donde desembarcaron los leprosos, paganos, protestantes y católicos, abandonados sin asistencia sanitaria, ni espiritual; sin orden ni reglas haciendo aquello un “verdadero infierno”

El 10 de mayo de 1873, con 33 años llegaba el padre Damián acompañado de su obispo a Kalawao, ya en la playa lo esperaba una multitud de rostros desfigurados, muchos sin orejas, sin nariz, sin ojos… En cuanto el padre Damián puso pie en tierra se oyeron fuertes gritos ¡aloha, Makúa karninao! Eran los antiguos feligreses de Kohala. El padre Damián quedaba con Dios y sus leprosos; llegada la noche, se arrodilló, rezó el Rosario y se acomodó bajo las ramas de un corpulento pandáno. En Honolulu la noticia de que el padre Damián se había ofrecido a “vivir y morir con los leprosos” corría de boca en boca. Unos lo admiraron, a otros se les achicaron los ojos. Los primeros fueron los periódicos protestantes, Advertiser y Muhou, que aplaudieron al héroe católico. Hecho que molestó a pastores calvinistas que tacharon la empresa como temeraria, imprudente, provocación y reto; ellos consiguieron que la comisión de higiene impusiera la prohibición drástica bajo pena de arresto, de salir de la isla.

Tiempo después y con el cambio de gobierno libró la encarnizada persecución que sufría el padre Damián y tratando de mejorar toda su situación le ofrecieron un cargo de Superintendente de la isla, ganando un sueldo de diez mil dólares anuales, pero su respuesta fue tajante: “aunque me ofrecieran todos los tesoros de la tierra no permanecería ni cinco minutos en la isla de Molokai. Lo que a mí me retiene aquí es tan sólo Dios y la salvación de las almas. Si aceptase por mi trabajo el más insignificante salario, mi madre NO me reconocería como hijo suyo” En Kalaupapa, vivían unos 600 leprosos, el padre Damián comenzó por levantar una Iglesia y construir una parroquia, dedicada a Santa Filomena! Como decía S, S, Juan Pablo II en la homilía de la beatificación, creía realmente “en la divinidad de Jesucristo” y vivía en su fe, no de boca sino de obras, como insta San Pablo “rendido de amor a Jesús” , derrocho amor y actividad apostólica, y consiguió regenerar la maltrecha convivencia social en la “colonia de la muerte”

El padre Raymon dijo: “¿creemos cuanto declaramos creer?”. El mundo cambiaría si todos los católicos nos decidiéramos a vivir realmente la fe que proclamamos. En 1874 un terrible huracán nocturno azotó la isla de Molokai. Entre los aullidos del viento se escuchaban los gritos lastimeros de los leprosos. El santo Damián, a tientas, agarrándose de donde podía, metiéndose en hoyos y charcos que le cubrían, ocurría a socorrerlos y auxiliarlos. Cuando el día iluminó, se veía un poblado totalmente devastado. Los leprosos buscaban entre los escombros algún resto aprovechable sin tener éxito. El Padre Damián, como una madre, se preocupaba y en poco tiempo levantó nuevamente el poblado y siendo médico y enfermero, preparaba las medicinas que el mismo se había procurado, limpiaba los miembros carcomidos, los vendaba y amputaba si era necesario. “como si manipulara rosas”, según dijo un testigo. Su sonrisa animosa y franca, disfrazaba la respiración contenida y las náuseas, si lo invitaban a comer no se podía negar y sentándose en el suelo comía tranquilamente aunque la comida había que compartirla y todos metían la mano “con los dedos hinchados, abiertos y llenos de pus y sangre” y a continuación la inevitable chupada en “la pipa de la amistad”, con una boquilla única. (Hoy en día se sabe que el bacilo de Hansen no se contagia por contacto, sino por la saliva y mucosidades). “no hay dolor que merezca ser amado en sí”, dice San Agustín y “no es posible que haya alguien verdadera y sinceramente misericordioso que desee, haya miserables, para tener de quien compadecerse” (confesiones L3,2,3). Así lo entendía el padre Damián, que luchó con todas sus fuerzas contra el monstruo. Cinco años estuvo estudiando un tratamiento, con notables resultados.

No todo fue tristeza, organizaba carreras de caballos, bandas de música, rondallas y cantantes que animaban a todos los leprosos. Los hermanos del sagrado corazón de Honolulu proporcionaban flores, luces y ornamentos para las misas solemnes. Un visitante se emocionó hasta las lágrimas cuando “en el momento de comulgar, vi levantarse a toda esa muchedumbre la cual, dirigiéndose con toda lentitud al altar, se iba arrodillando en la sagrada mesa, y vi a los monaguillos vestidos de blanquirojo, hacía contraste con sus caritas deformes y a la vez risueñas y en algún momento todos aquellos leprosos entonaron el Lauda Sion”. Instituyó la adoración perpetua reparadora ¡qué sonrisas las de Jesús, siempre acompañado de sus amigos los leprosos! Ninguno faltaba a la cita “los que no pueden ir a la capilla, hacen la adoración en el lecho del dolor”.

Dentro de su actividad inagotable, oraba, pedía oraciones, catequizaba y demás disciplinas, dijo: “no es posible lograr conversiones sino es haciendo penitencia. Nosotros debemos merecer por los pecadores la gracia de la conversión y tomar sobre nuestras espaldas una parte de la penitencia que ellos no están en condiciones de hacer”. “mucho amor se pierde en el mundo fuera de la verdad”, decía Maritain. El padre Santo Damián, ofreció la verdad con el máximo amor: se dio en sacrificio total. No tenía secretos porque él lo dijo, lo repitió y lo volvió a repetir: “si yo, no encontrase a Jesús en la Eucaristía, mi vida sería insoportable” (1881). Al pie del sagrario es donde encuentro alivio de mis pesares y consuelo de mis penas interiores”. A no ser por la presencia de nuestro divino maestro en mi humilde capillita, no me hubiera sido posible perseverar”. La noticia de la heroicidad del padre Damián la difundieron los grandes diarios de Europa y de América, y le llovieron apoyos y ayudas de todo el mundo católico; pero lo mas admirable, los protestantes de Inglaterra, Suecia y Alemania, también ayudaron. La regente del archipiélago fue a ver con sus propios ojos todo lo que había logrado y se conmovió tanto que días después envió un diploma y condecoración de Comendador de la orden real de Kalalaúa. El padre Damián la acepto y agradeció “como prueba de unión y buenas relaciones existentes entre la familia real y la Iglesia católica”. Y así firmaba: “P. Damián de Veuster, sacerdote católico romano”. Médico, constructor, carpintero, herrero, agricultor, jardinero, músico… pero siempre y sobre todo sacerdote de Cristo. Sucedió lo inevitable, era 1879, unos dolorcillos y manchas sospechosas que había atacado volvieron a reaparecer y progresar, durante cinco años después de una larga jornada y al lavar sus pies con agua caliente, se le llenan de ampollas y la insensibilidad son el principio de la lepra y escribe a su obispo: “pronto estaré completamente desfigurado. No tengo ninguna duda sobre la naturaleza de mi enfermedad. Estoy sereno y felíz en medio de mi gente”, y así continuará hasta que le quede un hilo de energía.

Grandes fueron los dolores de su cuerpo, atroces y angustiaron su alma en los últimos días de su vida. Soportó incomprensiones, críticas, las más crueles calumnias de propios y extraños. El 2 de febrero de 1889 escribe al señor Clifford: “lentamente, pero sin trega ni descanso, voy subiendo la cuesta con mi cruz. Muy en breve espero verme ya en la sima del calvario”. Y entre sus notas, se halló esta frase de san Juan de la Cruz: “!Señor, sufrí aún más por vuestro amor y ser una más despreciado¡” En sus últimos tiempos no le faltó un compañero con quien poder confesarse. Sucesivamente lo fueron el sacerdote belga Conrardy, el padre Alberto Montiton, el padre Wondelis Moellers, su sucesor y a quien se debe el tertimonio de sus últimos días.

También el oficial del ejército norteamericano protestante convertido al catolicismo, el hermano José Dutton, quien siguiendo su ejemplo quiso dejar su vida en Molokai. En noviembre de 1888, llegaron tres religiosas franciscanas de Siracusa, E.U., para encargarse del hospital de niñas leprosas, una construcción más del padre Damián, al frente de ellas, la madre María Cope, beatificada por Benedicto XVI el 14 de mayo de 2005. Y al enterarse el padre Damián de su llegada exclamó: “ahora ya puedo morir tranquilo; mi tiempo ha pasado, pero mi obra vivirá una vida más próspera que nunca” Sorpresa final, poco antes de la muerte de san Damián, llegó a Molokai un barco con el capitán que lo había traído de misionero, y cumpliendo su promesa, se confesó y cambió su vida notablemente; y tiempo después un hombre que lo había calumniado llegó a pedirle perdón y se convirtió al catolicismo.

El 15 de abril de 1889, entraba a la eternidad. Al recibir la unción sagrada había exclamado “!cuán dulce se me hace morir cuando pienso que muero hijo de los sagrados corazones¡”. Tenía 49 años, 16 habían pasado desde que se presentará a los leprosos de Molokai: “permanecerá con vosotros hasta la muerte. Mi vida será vuestra vida, mi pan será vuestro pan y si el buen Dios lo quiere, quizá vuestra enfermedad será un día la mía”. Dejaba aquél “reino fétido de cadáveres vivientes” convertido en granja de recreo y jardín perfumado con su santidad, que Dios quiso patentizar con un milagro inmediato: al morir desaparecieron las señales de la lepra y se secaron las llagas de sus manos. El padre Damián es el patrón espiritual de los leprosos, de los enfermos de sida, de los marginados y del estado de Hawái. El 1ero de diciembre de 2005, el santo Damián fue elegido “el belga más grande de todos los tiempos” por la televisión flamenca (VRT). San Juan Pablo II le beatifico el 4 de junio de 1995 y Benedicto XVI lo canonizo el 11 de octubre de 2009 en Roma. Que san Damián de Molokai nos ayude a comprender como él que: “el alma que se eleva a Dios, arrastra en pos de sí a las otras almas que lo rodean”. Y que la muerte es un dulce despertar cuando se ha vivido en los corazones de Jesús y de María.

La madre Teresa de Calcuta, premio nobel de la paz, presentó al Papa Juan Pablo II más de un millón de firmas de leprosos pidiéndole la beatificación del padre Damián; en 1995, el Papa Juan Pablo II, después de haber comprobado milagros obtenidos por la intercesión de este gran misionero, lo declaró beato y patrono de los que trabajan entre los enfermos de lepra. Sus restos mortales fueron trasladados en 1936 a Bélgica y reposan en la Iglesia de la congregación en Lovaina. Cuando en 1959 Hawái llegó a ser el estado número 50 de la unión americana, los representantes del pueblo hawaiano escogieron a Damián para que su estatua los representara en el Capitolio de Washington. El 3 de mayo de 1936 entregaba majestuoso el “Mercator” en el pueblo de Amberes. Una multitud expectante esperaba en silencio que el buque atracara en su muelle. Junto a esta masa de gente sencilla se encontraba el rey Leopoldo III y su gobierno; El cardenal primado Van Roey y los obispos de Bélgica. Eran 3 de la tarde cuando las ululantes sirenas comenzaron a sonar mezcladas con los gritos y los vítores del gentío. Bélgica sabía que estaba recibiendo a su héroe.

“el héroe más sublime de la caridad cristiana”, como había dicho el primado. Antes, el presidente Roosevelt en carta al rey belga había dicho: “… con razón le consideramos un héroe nacional”. En procesión, escoltado por el pueblo y sus hermanos religiosos, llegó a su reposo definitivo en Lovaina. Sesenta y nueve años después, una encuesta nacional en la que han participando miles de belgas eligió, en diciembre de 2005, al padre Damián como el belga más grande de su historia. Desde su independencia (proclamada el 20 de diciembre de 1830), Bélgica ha tenido personas destacadas en todos los ámbitos de la actividad humana, sin embargo a la hora de elegir a su hijo más grande, el pueblo se ha inclinado por un sencillo religioso que protagonizó en el siglo XIX una gesta humana y religiosa impresionante. Para medir la grandeza, el pueblo tiene un olfato especial. Y lo que hizo Damián, encerrándose vivo para compartir los sufrimientos y dolores de miles de leprosos encerrados forzosamente en la isla de Molokai, no deja indiferente a los hombres y mujeres de buena voluntad. Gandi había dicho que el mundo cuenta con pocos héroes comparables al padre Damián de Molokai. Bélgica, su país, lo ha proclamado como el más grande de su historia.




Santa Isabel de Hungría (1207 – 1231)

Patrona de los pobres

Santa Isabel de Hungría, nació en el año 1207, en un de los dos castillos -Sarós Patak o Posonio- de su padre, Andrés II, rey de Hungría, que la hubo de su primera mujer Gertrudis, hija de Bertoldo IV, el cual llevaba en sus venas sangre de Bela I, también el rey de Hungría, por lo que la princesitas Isabel vino a ser el más preciado floren de la estirpe real húngara. Abrió la princesita sus ojos a la luz en un ambiente de lujo y abundancia que por divino contraste, fue despertando en su sensible corazón ansias de evangélica pobreza. Desde su privilegiado puesto en la corte descendía desde muy niña, para buscar a los menesterosos, y los regalos q recibían de sus padres pasaban muy pronto a manos de los pobres. En balde la vestían conforme a su rango principesco, por que aprovechaba el menor descuido para quitarse las cedas y brocados, y dárselos a los pobres, volviendo al palacio con los harapos de la mas miserable de sus amiguitas. Conforme a las costumbres de la época, fue prometida en su mas tierna edad a Luis, hijo de Herman I, margrave de Turingia. Este compromiso matrimonial tenía, sin duda, la finalidad política de afianzar la alianza de ambos países contra el rey Felipe de Suabia.

Un buen día de primavera (1213) cuando los campos se desperezaban del gélido sueño invernal se presentó en el castillo de Posonio una embajada de Turingia para recoger a la prometida de su príncipe heredero. El rey de Hungría entonces en la cumbre del poder y riqueza de la dinastía, dotó generosamente a su hija diciendo a los emisarios: “saludo a vuestro señor y ruego se contente de momento con estas pobres prendas; que, si Dios me da vida completare con mayores riquezas”. Y revistiendo con palabras tan modestas su jactanciosa exhibición, hizo sacar un cúmulo de tesoros que dejaron admirados a los compromisarios, poco acostumbrados a tales galas en la abrupta y dura comarca de Turingia. El matrimonio tuvo lugar en el año 1221; es decir, al cumplir Isabel sus catorce años, en Wartburg de Turingia. Y de esta manera la princesa, nacido en un país lleno de sol y de abundancia como era Hungría, vino a parar a la dura y pobre tierra germánica. La pobreza del pueblo estimuló más aún la caridad de la princesa Isabel. Todo le parecía poco para remediar a los necesitados; la plata de sus arcas, las alhajas que trajo como dote y hasta sus propios alimentos y vestidos. En cuanto podía, aprovechando las sombras de la noche, dejaba el palacio y visitaba una a una las chozas de los vasallos más pobres para llevar a los enfermos y a los niños, bajo su mano un cántaro de leche o una hogaza de pan. Y hasta el propio manto lo entregó un día crudísimo de invierno a una pobre mendiga que temblaba de frío a la vera del camino, y cuál no sería su asombro, que al tender el amiño sobre la chepa de la anciana, vio transfigurarse a aquélla en la adorable imagen de Jesucristo.

Por más que escondiera sus mercedes no es raro que estas llegaron a herir a los espíritus envidiosos y mezquinos. No faltó quien acusó a la princesa ante el propio duque de estar dilapidando los caudales públicos y dejar exhaustos los graneros y almacenes. El margrave Luis quería a su esposa con delirio pero no pudo resistir, sin duda, el acoso de sus intendentes y les pidió una prueba de su acusación.

- Espera un poco- le dijeron -y verás salir a la señora con la faltriquera llena.
Efectivamente, poco tuvo que esperar el duque para ver a su mujer que salía como ha hurtadillas de palacio, cerrando cautelosamente la puerta. Violentamente la detuvo y le preguntó con dureza:
- ¿qué llevas en la falda?
- Nada… son rosas. Contesto Isabel tratando de disculparse sin recordar que era pleno invierno
- Y al extender el delantal, rosas eran y no mendrugos de pan lo que Isabel llevaba, porque el Señor quiso salir fiador de la palabra de su sierva.
Parece que su suegra, la duquesa viuda Sofía, no miraba a Isabel con buenos ojos, tal vez porque las mercedes que aquella hacía eran una acusación a su egoísmo, o simplemente porque creyera que el cariño de Isabel en el corazón de Luis había desplazado al suyo. Con más o menos pasión aprovechaba cualquier oportunidad para desvirtuar a Isabel ante los ojos de su marido. Según cuenta la leyenda, volvió en cierta ocasión volvió el margrave Luis de un largo viaje y ansioso de abrazar a su esposa fue a buscarla a la alcoba conyugal. Salió a su encuentro la duquesa Sofía que había escuchado tras de la puerta vocea extrañas en la alcoba y le previno diciendo:
- Ahora verás, hijo mío hasta donde llega la fidelidad de tu esposa. Forzó la puerta el celoso marido y al tirar de la cobertura del lwcho, vio en él tendida la imagen de Cristo crucificado, en la que se había transfigurado un pobre leproso que Isabel había acostado en su lecho para curarle las llagas.
El celo de los pobres, en los que ella veía siempre la imagen trasunta de Cristo, fue espiritualizando cada vez más su vida. Su alma generosa se asomaba a sus ojos negros y profundos que brillaban como candelas de amos en las sombrías casuchas de los pobres de Wartburgo. Por muy severas que fuesen sus penitencias, Isabel las recubría con cariño y donaire para no perder el encanto natural ante los ojos de su enamorado esposo. Pero no pudo, en cambio, conciliar su espíritu franciscano con la frivolidad de la vida cortesana. Bajo la influencia de su confesor, extremadamente severo, Conrado de Hamburgo, que la prohibió incluso probar ciertos manjares, Isabel vino a ser una viviente acusación contra una corte un tanto licenciosa que empezó a conspirar contra la princesa extranjera.

Mientras su marido fue su amparo, nada tuvo que temer la princesa Isabel, pero llegó un día en que en los oídos del príncipe Luis, sonó como llama irresistible, el Clarín convocando a cruzada en nombre de Federico II. Isabel no quiso ser un obstáculo en el camino del príncipe Cristiano que ofrecía su lanza para rescatar el Santo Sepulcro. Ya su padre, el rey Andrés II, había regresado sobreviviente de la quinta cruzada, y cada vez era más difícil vencer la desilusión y la indiferencia de los reyes y de los pueblos cristianos por coronar tan caballerosa empresa. El noble corazón de Luis se creyó sin duda, mas obligado a dar ejemplo, y dejando sola a su esposa partió con sus caballeros con propósito de embarcarse otranto para unirse a la cruzada. Pocos meses después Isabel recibía de manos de un emisario turingio, la cruz de su marido que había muerto de una epidemia. Así pues, a los 20 años (1227) la princesa Isabel quedó viuda y desamparada en una corte extranjera y hostil, y fue entonces cuando realmente empezó so calvario. Su cuñado Herman, queriendo desplazar a los hijos de Luis de la herencia del ducado acusó a Isabel de prodigalidad, y en verdad que ella había volcado hasta el fondo de su arca para remediar la miseria del pueblo en el terrible “año del hambre” que Europa entera atravesaba. Las acusaciones de Herman encontraron eco en la corte, y la princesa Isabel, expulsada de palacio, tuvo que buscar refugio con sus tres hijos y la compañía de sus dos sirvientes en Marburgo, la patria de su madre.

En tan difícil situación la socorrieron sus tíos, la abadesa Mectildis de Kitztingen, y el obispo de Bamberg, que ya había abandonado el proyecto que tuvo de casarla de nuevo. Por aquél entonces regresaban los cruzados de los santos lugares ardiendo en fiebres y con sus carnes maceradas por la lepra, y a ellos dedicaba Isabel sus más amorosos cuidados, en recuerdo sin duda de su marido muerto muy lejos del alcance de sus manos. Isabel, firme en su propósito de dedicar su vida a los pobres y enfermos, buscando en ellos al propio Jesucristo, rechazó una y otra vez la llamada de su padre el rey de Hungría, que valiéndose de nobles emisarios y hasta de la autoridad episcopal, trataba de convencerla de que regresara a su país. En cambio acudió solicita a la llamada de su señor, y a los 24 años (1231) subió al cielo a recibir el premio merecido por haber aplicado el agua a tantos labios sedientos, curando tantas heridas ulceradas y consolando tantos corazones oprimidos.

La fama de su santidad quedó bien patente en el entierro, que conmovió toda la comarca. Poco después de su muerte, las jerarquías religiosas de tres países y el Conrado de Turingia, gran maestre que fue de la orden tectónica, promovieron en la Santa sede la declaración de sus heroicas virtudes, y el proceso terminó con la solemne ceremonia de la canonización el 27 de mayo de 1235 en Perusa, todavía en vida de su padre, Andrés II de Hungría. Su festividad fue fijada para el 19 de noviembre (pero en la actualidad, se celebra el 17 del mismo mes) Unos meses más tarde fue colocada la primera piedra de la catedral gótica de Manburgo y en ella se rindió testimonio de veneración a la Santa princesa por el emperador Federico II al frente de su pueblo. Santa Isabel de Hungría ha sido erigida como patrona de la tercera orden franciscana y son muchas las congregaciones religiosas dedicadas a la caridad que llevan su nombre, y más de setenta los templos que la tienen de patrona.





Madre Teresa de Calcuta
Bienhechora de la humanidad.

“De sangre soy albanesa; de ciudadanía, India. En lo referente a la fe, soy una monja católica. Por mi vocación pertenezco al mundo. En lo que se refiere a mi corazón, pertenezco totalmente al corazón de Jesús”, decía la madre Teresa. La madre nació un 26 de agosto de 1910 en Skopje. Fue la menor de los hijos de Nikola y Drane Bojaxhiu. La bautizaron con el nombre Gonxha Agnes. Recibió la primera comunión a los cinco años y medio; y la confirmación la recibió en 1916. A los ocho años muere su padre y su familia pasa por una gran estrechez económica. Cuando llegó a los 18 años deja la casa para ingresar al Instituto de la Bienaventurada Virgen María, conocido como las hermanas de Loreto, en Irlanda. Allí tomó el nombre de hermana María Teresa por Santa Teresa de Lisieux. Llega a Calcuta el 6 de enero de 1929. Después de hacer sus primeros votos en el año 1931, es destinada a la comunidad de Loreto, en Tally; esa ciudad de la India en donde fue docente de las alumnas del colegio St. Mary.

El 24 de mayo de 1937, la hermana Teresa hizo su profesión perpetua y llegó a convertirse en directora del mencionado colegio en 1944. Sin embargo, un 1 de septiembre de 1946, durante un viaje a Darjeeling, Calcuta; en donde realizó su retiro anual, la madre Teresa recibió lo que ella llamó “la inspiración”, “su llamada dentro de la llamada” aquél día la sed de amor y de almas se apoderó de su corazón. En las siguientes semanas, mediantes locuciones interiores y visiones, el mismo Jesús le reveló su deseo de encontrar “víctimas de amor” que “irradiasen a las almas su amor”. “ven y se mi luz” le dijo el Señor. Del mismo modo, le pidió que fundara una congregación religiosa al servicio de los más pobres entre los pobres. Es así que después de muchas dificultades, el 17 de agosto de 1948 se vistió por primera vez con el sari blanco orlado de azul y salió del convento de Loreto para introducirse en el mundo de los pobres. Recorrió los barrios pobres, visitó familias, lavó las heridas de los niños y ayudó a los olvidados. Todos los días recibía la Eucaristía y salía de casa con el Rosario en la mano. Luego de algunos meses, se le unieron algunas de sus antiguas alumnas.

En 1950 se establece oficialmente la congregación de las misioneras de la caridad. Tiempo después envió a sus hermanas a otras partes de la India y abre otras casas en Venezuela, Roma, Tanzania y en los cinco continentes. Con el tiempo funda también a los hermanos misioneros de la caridad, la rama contemplativa de las hermanas, los hermanos contemplativos y los padres misioneros de la caridad. Así como a los colaboradores de la madre Teresa y a los colaboradores enfermos y suficientes. Lo que inspiró a los misioneros de la caridad laicos y al movimiento sacerdotal Corpus Christi. En 1979 se le otorgó el premio novel de la paz y los medios de comunicación empezaron a seguir con más atención sus obras, que daban testimonio de la alegría de amar, y de la grandeza y dignidad de cada persona humana. Al final de su vida, y a pesar de sus problemas de salud, la madre Teresa continuo sirviendo a los pobres. Después de encontrarse por última vez con San Juan Pablo II, retorna a Calcuta y el 5 de septiembre de 1997 volvió a la casa del Padre.

Durante la misa de beatificación el 19 de octubre del 2003, San Juan Pablo II dijo de ella:

“veneremos a ésta pequeña mujer enamorada de Dios, humilde mensajera del Evangelio e infatigable bienhechora de la humanidad. Honremos en ella a una de las personalidades más relevantes de nuestra época. Acojamos su mensaje y sigamos su ejemplo”





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