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PAPA FRANCISCO.

PAPAS Y ANTIPAPAS.

El nuevo pontífice es el 265º sucesor del apóstol Pedro, que en Cesarea de Filipo fue señalado personalmente por Jesús como cabeza de su Iglesia. Nos lo narra el capítulo 16 del evangelio de Mateo: “Él les dijo: vosotros, ¿quién decís que soy yo?” Simón tomó la palabra y dijo: “¡Tú eres el mesías, el hijo de Dios vivo! Jesús le respondió: “Dichoso tú, Simón, hijo de Juan, porque eso no te lo ha revelado la carne, ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Yo te digo que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Te daré las llaves del reino de los cielos, y lo que desates en la tierra, quedará desatado en los cielos”.

Como se explica en el comentario de la Conferencia Episcopal Italiana, “la misión de Pedro es definida con tres imágenes: él es la piedra; es decir, el punto entorno al cual se construye la unidad visible de la comunidad; a él se le entregan las llaves, símbolo de autoridad y responsabilidad; por último, tiene el poder de “atar” y “desatar”, expresión utilizada por los rabinos para indicar la facultad de prohibir y permitir (función de magisterio) y de excluir de la comunidad y admitir nuevamente a ella (función disciplinaria).

La palabra “papa”, derivada del vocablo griego papas (padre), comenzó a utilizarse a partir de 1075 para designar únicamente al obispo de Roma. Lo estableció Gregorio VII en el artículo XI del documento Dictatus Papae (“Afirmación del principio del papa”). “Quod hoc unicum est nomen in mundo” (“Que este nombre es único en el mundo”). De este modo se quiere subrayar su cualidad de padre de todos los cristianos. El otro apelativo, “pontífice”, del latín pontifex (compuesto de pons, puente; y facere, hacer), quiere señalar que él es un “constructor de puentes”.

El listado de títulos presentado en el Anuario Pontificio, es decididamente más extenso y pormenorizado “Obispo de Roma, vicario de Jesucristo, sucesor del príncipe de los apóstoles, sumo pontífice de la Iglesia Universal, patriarca de Occidente, primado de Italia, arzobispo y metropolita de la provincia romana, soberano del Estado de la Ciudad del Vaticano”. No obstante, la lista concluye con el significativo título de “Siervo de los Siervos de Dios”, una fórmula de profunda humildad que fue utilizada por primera vez por San Gregorio Magno (590 – 604).

Desde hace casi mil años, después de un decreto de Nicolás II del año 1059, el Papa es elegido solamente por los cardenales. Las normas actuales, fijadas por Juan Pablo II y complementadas por Benedicto XVI, prevén que puedan entrar en el cónclave un máximo de 120 electores de menos de 80 años de edad, y que la mayoría para ser elegido tiene que ser de dos tercios de los votos. El Código de Derecho Canónico, explica que el romano pontífice “tiene, en virtud de su función, potestad ordinaria, que es suprema, plena, inmediata y universal en la Iglesia, y que puede siempre ejercer libremente”. En el cumplimiento del oficio de supremo pastor “se halla siempre unido por la comunión con los demás obispos e incluso con todo la iglesia; a él compete, sin embargo, el derecho de determinar el modo, personal o colegial, de ejercer ese oficio, según las necesidades de la Iglesia”.

Con las palabras del Catecismo de la Iglesia Católica, el Romano Pontífice goza, en virtud de su propio oficio, del carisma de la infalibilidad en materia de fe y de costumbres “cuando, como Pastor y Maestro supremo de todos los fieles que confirma en la fe a sus hermanos, proclama por un acto definitivo la doctrina en cuestiones de fe y moral”.

El Papa reside en el Vaticano, en el palacio apostólico, cuya construcción fue iniciada por Inocencio III en 1198, y su apartamento privado se encuentra en el tercer piso, desde donde se asoma para el rezo dominical del Ángelus o del Regina Coeli. En algunos momentos del año es costumbre que se traslade a la residencia pontificia de Castel Gandolfo, sobre los montes albanos. El añillo del pescador, con el que el Papa sella algunos documentos particulares, lleva grabado su nombre y la imagen de San Pedro en la barca en el momento de lanzar las redes de pesca. El anillo es anulado al terminar cada pontificado en su doble forma de verdadero anillo y de timbre que lo reproduce, junto con los dos timbres a seco y la matriz para los sellos de plomo de los documentos papales. En la firma se agrega junto al nombre del pontífice la sigla “P.P.”, que significa pastor pastorum (pastor de pastores, es decir, de los otros obispos).

La historia de la Iglesia nos informa de que, en realidad, los papas son en total 263, en cuanto Benedicto IX es referido tres veces por el Anuario Pontificio, pues ocupó la sede papal en tres periodos distintos. A ellos se agregan 37 antipapas, es decir, aquellos que se arrogaron la dignidad y las funciones del pontífice, a veces de buena fe, pero sin haber sido elegidos canónicamente. Además, en la cronotaxis se menciona como legítimos a León VIII y a Benedicto V: solo uno de ellos es legítimo, pero no se sabe con certeza cuál de los dos. El pontificado más largo fue el de Pio IX, que reinó por 11559 días. En cambio, el Papa más longevo fue León XIII, que vivió 93 años y 4 meses. Los nombres elegidos para reemplazar el de pila, según una costumbre iniciada en el año 533 por Mercurio (que adoptó el nombre de Juan II para no mantener un nombre ligado a una divinidad pagana), son en total 82, de los cuales 47 aparecen una sola vez (solo uno de los nombres es doble: Juan Pablo). Los más utilizados son: Juan (23 veces), Gregorio y Benedicto (16), Clemente (14), Inocencio y León (13), y Pío (12).

PAPAS DEL (Año 64 hasta 964)
PAPAS DEL (Año 965 hasta 2013)

- Pedro, San mártir (64 o 67)
- Lino, San (67? – 79?)
- Anacleto, San (79? – 91?)
- Clemente, San (91 – 101)
- Evaristo, San (100? – 109?)
- Alejandro I, San (109? – 116?)
- Sixto I, San (116? – 125?)
- Telésforo, San (125? – 136 )
- Higinio, San (136? – 142?)
- Pio I, San (142 – 142?)
- Aniceto, San (155 – 166)
- Sotero, San (166 – 174)
- Eleuterio, San (174 – 189)
- Víctor I (189 – 198)
- Ceferino, San (198 – 217)
- Calixto I, San (217 – 222)
- Urbano I, San (222 – 230)
- Ponciano, San (21 julio 230 – 28 septiembre 235)
- Antero, San (21 noviembre 235 – 3 enero 236)
- Fabián, San (10 enero 236 – 20 enero 250)
- Cornelio, San (marzo 251 – junio 253)
- Lucio, San (25 junio 253 – 5 marzo 254)
- Esteban I, San (12 mayo 254 – 2 agosto 257)
- Sixto II, San (31 agosto 257 – 6 agosto 258)
- Dionisio, San (22 julio 260 – 26 diciembre 268)
- Félix I, San (3 enero 269 – diciembre 274)
- Eutiquio o Eutiquiano, San (4 junio 275 – 7 diciembre 283)
- Cayo, San (17 diciembre 283 – 22 abril 296)
- Marcelino, San (39 junio 296 – 25 octubre 304)
- Marcelo I, San (noviembre/diciembre 308 – 16 enero 309)
- Eusebio, San (18 agosto 309 – 21 octubre 310)
- Melquiades o Milcíades, San (2 julio 311 – 10 enero 314)
- Silvestre I, San (31 enero 314 – 31 diciembre 335)
- Marcos, San (18 enero – 7 octubre 336)
- Julio I, San (6 febrero 337 – 12 abril 352)
- Liberio 17 mayo 352 – 24 septiembre 366)
- Dámaso I, San (1 octubre 366 – 11 diciembre 384)
- Siricio, San (diciembre 384 – 26 noviembre 399)
- Anastasio I, San (27 noviembre 399 – 19 diciembre 401)
- Inocencio I, San (27 diciembre 402 – 12 marzo 417)
- Zósimo, San (18 marzo 418 – 26 diciembre 418)
- Bonifacio I, San (28 diciembre 418 – 4 septiembre 422)
- Celestino I, San (10 septiembre 422 – 27 julio 432)
- Sixto III, San (31 julio 432 – 19 agosto 440)
- León I Magno, San (septiembre 440 – 10 noviembre 461)
- Hilario, San (19 noviembre 461 – 29 febrero 468)
- Simplicio, San (13 marzo 468 – 10 marzo 483)
- Félix II, San (13 marzo 483 – 1 marzo 492)
- Gelasio I, San (1 marzo 492 – 21 noviembre 496)
- Anastasio II, San (24 noviembre 496 – 19 noviembre 498)
- Simmaco, San (22 noviembre 498 – 19 julio 514)
- Hormisdas, San (20 julio 514 – 6 agosto 523)
- Juan I, San (13 agosto 523 – 18 mayo 526)
- Félix III, San (12 julio 526 – 22 septiembre 530)
- Bonifacio II (22 septiembre 530 – 17 octubre 532)
- Juan II (2 enero 533 – 8 mayo 535)
- Agapito I, San (13 mayo 535 – 22 abril 536)
- Silverio, San (8 junio 536 – 11 noviembre 537)
- Vigilio (29 marzo 537 – 7 junio 555)
- Pelagio I (16 abril 556 – 3 marzo 561)
- Juan III (17 julio 561 – 13 julio 574)
- Benedicto I (2 junio 575 – 30 julio 579)
- Pelgio II (26 noviembre 579 – 7 febrero 590)
- Gregorio I Magno, San (3 septiembre 590 – 12 marzo 604)
- Sabiniano (13 septiembre 604 – 22 febrero 606)
- Bonifacio III (19 febrero – 12 noviembre 607)
- Bonifacio IV (15 septiembre 608 – 8 mayo 615)
- Deodato (Adeodato) I, San (19 octubre 615 – 8 noviembre 618)
- Bonifacio V (23 diciembre 619 – 23 octubre 625)
- Honorio I (27 octubre 625 – 12 octubre 638)
- Severino (28 mayo – 2 agosto 640)
- Juan IV (24 diciembre 640 – 12 octubre 642)
- Teodoro I (24 noviembre 642 – 14 mayo 649)
- Martín I, San (5 julio 649 – 17 junio 653)
- Eugenio I, San (10 agosto 654 – 2 junio 657)
- Vitaliano, San (30 junio 657 – 27 enero 672)
- Deodato II (Adeodato) (11 abril 672 – 17 junio 676)
- Domno (Dono) (2 noviembre 676 – 11 abril 678)
- Agatón, San (27 junio 678 – 10 enero 681)
- León II (17agosto 682 – 3 julio 683)
- Benedicto II, San (26 junio 684 – 8 mayo 685)
- Juan V (23 julio 685 – 2 agosto 686)
- Conon (21 octubre 686 – 21 septiembre 687)
- Sergio I (15 diciembre 687 – 9 septiembre 701)
- Juan VI (30 octubre 701 – 11 enero 705)
- Juan VII (1 marzo 705 – 18 octubre 707)
- Sisinio (15 enero – 4 febrero 708)
- Constantino (25 marzo 708 – 9 abril 715)
- Gregorio II, San (19 mayo 715 – 11 febrero 731)
- Gregorio III, San (18 marzo 731 – 28 noviembre 741)
- Zacarías, San (3 diciembre 741 – 15 marzo 742)
- Esteban II (26 marzo 752 – 26 abril 757)
- Paulo I, San (29 mayo – 28 junio 767)
- Esteban III (7 agosto 768 – 24 enero 772)
- Adriano I (1 febrero 772 – 25 diciembre 795)
- León III, San (26 diciembre 795 – 12 junio 816)
- Esteban IV (23 junio 816 – 24 enero 817)
- Pascual I, San (24 enero 817 – 11 febrero 824)
- Eugenio II (junio 824 – agosto 827)
- Valentín (agosto – septiembre 827)
- Gregorio IV (29 marzo 828 – 25 enero 844)
- Sergio II (enero 844 – 27 enero 847)
- León IV, San (10 abril 847 – 17 julio 855)
- Benedicto III (29 septiembre 855 – 17 abril 858)
- Nicolás I, San (24 abril 858 – 13 noviembre 867)
- Adriano II (14 diciembre 867 - ¿diciembre? 872)
- Juan VIII (14 diciembre 872 – 16 diciembre 882)
- Marino I (16 diciembre 882 – 15 mayo 884)
- Adriano III, San (17 mayo 884 – septiembre 885)
- Esteban V, San (septiembre 885 – 14 septiembre 891)
- Formoso (6 octubre 891 – 4 abril 896)
- Bonifacio VI (abril 896)
- Esteban VI (mayo 896 – agosto 897)
- Romano (agosto – noviembre 897)
- Teodoro II (897)
- Juan IX (enero 898 – enero 900)
- Benedicto IV (mayo/ junio 900 – agosto 903)
- León V (agosto – septiembre 903)
- Sergio III (29 enero – 14 abril 911)
- Anastasio III (junio 911 – agosto 913)
- Lando (agosto 913 – marzo 914)
- Juan X (marzo 914 - mayo 928)
- León VI (mayo – diciembre 928)
- Esteban VII (diciembre 928 – febrero 931)
- Juan XI (marzo 931 – diciembre 935)
- León VII (3 enero 936 – 13 julio 939)
- Esteban VIII (14 julio 939 – octubre 942)
- Marino II (30 octubre 942 – mayo 946)
- Agapito II (10 mayo 946 – diciembre 955)
- Juan XII (16 diciembre 955 – 14 mayo 964)
- León VIII (4 diciembre 963 – 1 marzo 965)
- Benedicto V (22 mayo – 23 junio 964)

- Juan XIII (1 octubre 965 – 6 septiembre 972)
- Benedicto VI (19 enero 973 – julio 974)
- Benedicto VII (octubre 974 – 10 julio 983)
- Juan XIV (diciembre 983 – 20 agosto 984)
- Juan XV (agosto 985 – marzo 996)
- Gregorio V (3 mayo 996- 18 febrero 999)
- Silvestre II (2 abril 999 – 12 mayo 1003)
- Juan XVII (16 mayo – 6 noviembre 1003)
- Juan XVIII (25 diciembre 1003 – junio o julio 1009)
- Sergio IV (31 julio 1009 – 12 mayo 1012)
- Benedicto VIII (17 mayo 1012 – 9 abril 1024)
- Juan XIX (19 abril 1024 – 20 octubre 1032)
- Benedicto IX (21 octubre 1032 – septiembre 1044), (10 marzo – 1 mayo 1045),(8 noviembre 1047 – 16 julio 1048)
- Clemente II (24 diciembre 1046 – 9 octubre 1047)
- Dámaso II (17 julio – 9 agosto 1048)
- León IX (12 febrero 1049 – 19 abril 1054)
- Víctor II (13 abril 1055 – 28 julio 1057)
- Esteban IX (2 agosto 1057 – 29 marzo 1058)
- Nicolás II (6 diciembre 1058 – 19 o 26 julio 1061)
- Alejandro II (30 septiembre 1061 – 21 abril 1073)
- Gregorio VII, San (22 abril 1073 – 25 mayo 1085)
- Víctor III, San (24 mayo 1086 – 16 septiembre 1087)
- Urbano II (12 marzo 1088 – 29 julio 1099)
- Pascual II (13 agosto 1099 – 21 enero 1118)
- Gelasio II (24 enero 1118 – 29 enero 1119)
- Calixto II (2 febrero 1119 – 14 diciembre 1124)
- Honorio II (21 diciembre 1124 – 13 febrero 1130)
- Inocencio II (14 febrero 1130 – 24 septiembre 1143)
- Celestino II (26 septiembre 1143 – 8 marzo 1144)
- Lucio II (14 marzo 1144 – 15 febrero 1145)
- Eugenio III, San (15 febrero 1145 – 8 julio 1153)
- Anastasio IV (8 julio 1153 – 3 diciembre 1154)
- Adriano IV (4 diciembre 1154 – 1 septiembre 1159)
- Alejandro III (7 septiembre 1159 – 30 agosto 1181)
- Lucio III (septiembre 1181 – 25 noviembre 1185)
- Urbano III (25 noviembre 1185 – 20 octubre 1187)
- Gregorio VIII (21 octubre – 17 diciembre 1187)
- Clemente III (19 diciembre 1187 – 30 marzo 1191)
- Celestino III (marzo 1191 – 8 enero 1198)
- Inocencio III (8 enero 1198 – 16 julio 1216)
- Honorio III (18 julio 1216 – 18 marzo 1227)
- Gregorio IX (19 marzo 1227 – 22 agosto 1241)
- Celestino IV (25 octubre – 10 noviembre 1241)
- Inocencio IV (25 junio 1243 – 7 diciembre 1254)
- Alejandro IV (12 diciembre 1254 – 25 mayo 1261)
- Urbano IV (29 agosto 1262 – 2 octubre 1264)
- Clemente IV (29 febrero 1265 – 29 noviembre 1268)
- Gregorio X, San (1 septiembre 1271 – 10 enero 1276)
- Inocencio V, beato (21 enero – 22 junio 1276)
- Adriano V (11 julio – 18 agosto 1276)
- Juan XXI (8 septiembre 1276 – 20 mayo 1277)
- Nicolás III (25 noviembre 1277 – 22 agosto 1280)
- Martín IV (22 febrero 1281 – 28 marzo 1285)
- Honorio IV (2 abril 1285 – 3 abril 1287)
- Nicolás IV (22 febrero 1288 – 4 abril 1292)
- Celestino V, San (5 julio – 13 diciembre 1294)
- Bonifacio VIII (24 diciembre 1294 – 12 octubre 1303)
- Benedicto XI, beato (22 octubre 1303 – 7 julio 1304)
- Clemente V (5 junio 1305 – 20 abril 1314)
- Juan XXII (7 agosto 1316 – 4 diciembre 1334)
- Benedicto XII (20 diciembre 1334 – 25 abril 1342)
- Clemente VI (7 mayo 1342 – 6 diciembre 1352)
- Inocencio VI (18 diciembre 1352 – 12 septiembre 1362)
- Urbano V, beato (28 septiembre 1362 – 19 diciembre 1370)
- Gregorio XI (30 diciembre 1370 – 27 marzo 1378)
- Urbano VI (8 abril 1378 – 15 octubre 1389)
- Bonifacio IX (2 noviembre 1389 – 1 octubre 1404)
- Inocencio VII (17 octubre 1404 – 6 noviembre 1406)
- Gregorio XII (30 noviembre 1406 – 4 julio 14015)
- Interregno (4 julio 1415 – 11 noviembre 1417)
- Martín V (11 noviembre 1417 – 20 febrero 1431)
- Eugenio IV (3 marzo 1431 – 23 febrero 1447)
- Nicolás V (6 marzo 1447 – 24 marzo 1455)
- Calixto III (8 abril 1455 – 6 agosto 1458)
- Pio II (19 agosto 1458 – 15 agosto 1464)
- Paulo II (30 septiembre 1464 – 26 julio 1471)
- Sixto IV (9 agosto 1471 – 13 agosto 1484)
- Inocencio VIII (29 agosto 1484 – 25 julio 1492)
- Alejandro VI (10 agosto 1492 – 18 agosto 1503)
- Pio III (22 septiembre 1503 – 18 octubre 1503)
- Julio II (31 octubre 1503 – 21 febrero 1513)
- León X (11 marzo 1513 – 1 diciembre 1521)
- Adriano VI (9 enero 1522 – 14 septiembre 1523)
- Clemente VII (19 noviembre 1523 – 25 septiembre 1534)
- Paulo III (3 octubre 1534 – 10 noviembre 1549)
- Julio III (8 febrero 1550 – 23 marzo 1555)
- Marcelo II (9 abril 1555 – 1 mayo 1555)
- Paulo IV (23 mayo 1555 – 18 agosto 1559)
- Pío IV (25 diciembre 1559 – 9 diciembre 1565)
- Pío V, San (7 enero 1566 – 1 mayo 1572)
- Gregorio XIII (13 mayo 1572 – 10 abril 1585)
- Sixto V (24 abril 1582 – 27 agosto 1590)
- Urbano VII (15 septiembre 1590 – 27 septiembre 1590)
- Gregorio XIV (5 diciembre 1590 – 15 octubre 1591)
- Inocencio IX (29 octubre 1591 – 30 diciembre 1591)
- Clemente VIII (30 enero 1592 – 5 marzo 1605)
- León XI (11 abril 1605 – 27 abril 1605)
- Paulo V (16 mayo 1605 – 28 enero 1621)
- Gregorio XV (6 febrero 1621 – 8 julio 1623)
- Urbano VIII (6 agosto 1623 – 29 julio 1644)
- Inocencio X (15 septiembre 1644 – 7 enero 1655)
- Alejandro VII (7 abril 1655 – 22 mayo 1667)
- Clemente IX (20 junio 1667 – 9 diciembre 1669)
- Clemente X (29 abril 1670 – 22 julio 1676)
- Inocencio 11 (21 septiembre 1676 – 12 agosto 1689)
- Alejandro VIII (6 octubre 1689 – 1 febrero 1691)
- Inocencio XII (12 julio 1691 – 27 septiembre 1700)
- Clemente XI (23 septiembre 1700 – 11 marzo 1721)
- Inocencio XIII (8 mayo 1721 – 7 marzo 1724)
- Benedicto XIII (29 mayo 1724 – 21 febrero 1730)
- Clemente XII (12 julio 1730 – 8 febrero 1740)
- Benedicto XIV (17 julio 1740 – 3 mayo 1758)
- Clemente XIII (6 julio 1758 – 2 febrero 1769)
- Clemente XIV (19 mayo 1769 – 21 septiembre 1774)
- Pío VI (15 febrero 1775 – 29 agosto 1799)
- Pío VII (14 marzo 1800 – 20 agosto 1823)
- León XII (28 septiembre 1823 – 10 febrero 1829)
- Pío VIII (31 marzo 1829 – 30 noviembre 1830)
- Gregorio XVI (2 febrero 1831 – 1 junio 1846)
- Pío IX (16 junio 1846 – 7 febrero 1878)
- León XIII (20 febrero 1878 – 20 julio 1903)
- Pío X, San (4 agosto 1903 – 20 agosto 1914)
- Benedicto XV (3 septiembre 1914 – 22 enero 1922)
- Pío XI (6 febrero 1922 – 10 febrero 1939)
- Pío XII (2 marzo 1939 – 9 octubre 1958)
- Juan XXII (28 octubre 1958 – 3 junio 1963)
- Paulo VI (21 junio 1963 – 6 agosto 1978)
- Juan Pablo I (26 agosto 1978 – 29 septiembre 1878)
- Juan Pablo II (16 octubre – 1978 – 2 abril 2005)
- Benedicto XVI (19 abril 2005 – 28 febrero 2013)
- Francisco (13 marzo 2013 )


Fenómeno Francisco

todos, tras observar lo, Aventuran paralelismos históricos y plantean juicios sobre el pasado y pronósticos sobre el futuro de la iglesia. todos están a la espera de que el papa diga o haga algo nuevo, sorprendente. nadie lo evita. nadie lo ignora. nadie renuncia a escucharlo y a dejar se cuestionar. creyentes y no creyentes, incrédulos y crédulos. en gran medida gracias a los medios de comunicación que hay a nuestra disposición, nunca antes un pontífice había sido objeto de tanto interés de parte de la prensa Católica y secular. el Papa Francisco y el espíritu santo: novedad. armonía y misión, para que siempre sea Pentecostés.

el papa "incómoda" al ESPÍRITU SANTO con una frecuencia, con una confianza, con una familiaridad que realmente impresionan. ¡EL "gran desconocido" (así fue como el papa León XIII lo definió en la primer la primera encíclica dedicada al Espíritu Santo, la Divinum illud nunus, en 1897), en estos tiempos parece estar conociendo una nueva época de popularidad! Estamos experimentando un KAIROS, los efectos propios de un "Nuevo Pentecostés".

Todos los creyentes, en teoría, deberían saber ¿quién es y qué hace? la tercera persona Divina de la Trinidad, pero en realidad, acerca del Espíritu Santo poco se lee y se estudia y mucho menos se habla. Sacerdotes y laicos, predicadores y escritores, teólogos y pastores, comparten una cierta renuncia incomprensible cuando no injustificable. se describen las "acciones y emociones" del Espíritu Santo poniéndolo en relación con el padre, con el hijo, con María, con la iglesia, con el Cristiano, con la familia, con los laicos, con la sociedad, con el mundo; pero rara vez se hace énfasis en que el sujeto protagonista es precisamente Él. De hecho no es fácil pasar de lo "implícito" de su presencia en nosotros, a lo "explícito" de la experiencia qué hacemos de Él, especialmente si no se cultiva una "íntima confianza" con el espíritu santo. De ahí se desprende una escasez de sensibilidad espiritual y con ella una escasez de la inspiración, de la experiencia, de lenguaje, de la descripción, de la navegación y del testimonio del espíritu santo.

Bastaría con tomar en serio las palabras que pronunciamos todos nosotros en la secuencia de Pentecostés, oración antiquísima dirigida al espíritu santo (que es el veni creator spiritus del siglo XIII), para dar a nuestra vida cristiana otro tenor, otros sabor, otro resultado, otros Horizontes; y para dar al Espíritu Santo más respeto, honor y adoración: "¡Sin tu fuerza nada hay en el hombre nada sino culpa!".

Dos Papas

Alrededor de las 19 horas del 13 de marzo de 2013, en la capilla Sixtina, volvió a oírse el tradicional “Acepto”, la fórmula con la que quién hasta ese momento era el cardenal Jorge Mario Bergoglio, aceptó la voluntad manifestada por sus cohermanos, que acababan de elegirlo nuevo Papa. Así echó andar el 266º pontificado de la historia. El más inesperado y al mismo tiempo el que abre escenarios inéditos y pone sobre el tapete interrogantes en parte sin resolver aún. La crónica de las últimas semanas, en trance de convertirse en historia, sigue todavía viva en los ojos y el corazón de Millones de personas. No solo católicos o cristianos, puesto que la voz del Pontífice, que se difunde desde Roma hasta los últimos confines de la tierra, es un sólido baluarte de valores, y un llamamiento significativo también para muchos que no comparten su camino de fe. Por eso el anuncio de Benedicto XVI durante el Consistorio ordinario Público para la canonización de algunos beatos programado desde hacía tiempo para el pasado 11 de febrero en el Palacio apostólico vaticano, no fue “un rayo en el cielo sereno” – como lo definió el decano del Colegio Cardenalicio Ángelo Sodano – solo para las pocas decenas de personas presentes en la ceremonia. En apenas unos segundos la noticia dio la vuelta al mundo desencadenando un aluvión de opiniones contradictorias a todos los niveles.

Por primera vez, según los expertos en Derecho Canónico, se aplicó plenamente una norma que; sin embargo, siempre ha formado parte del corpus jurídico de la Iglesia. El Código de 1983 la propone así, en el segundo párrafo del canon 332: “Si el Romano Pontífice renunciase a su oficio, se requiere para la validez que la renuncia sea libre y se manifieste formalmente pero no que sea aceptada por nadie”. En efecto, Benedicto XVI utilizó estos conceptos en su discurso: “Muy consciente de la gravedad de este acto, con total libertad, declaro que renuncio al ministerio del obispo de Roma, sucesor de san Pedro, confiado a mí por los cardenales el 19 de abril 2005, de modo que, desde el 28 de febrero de 2013, a las 20:00 horas, la sede de Roma, la sede de san Pedro, quedará vacante”. Desde este último momento, Joseph Ratzinger se convirtió en el primer “Papa emérito” de la historia.

Una sintética confidencia explica su gesto: “Después de haber examinado reiteradamente mi conciencia ante Dios, he llegado a la certeza de que, por la edad avanzada, ya no tengo fuerzas para ejercitar adecuadamente el ministerio petrino. Soy muy consciente de que este ministerio, por su naturaleza espiritual, debe ser llevado a cabo no únicamente con obras y palabras, sino también y en no menor grado sufriendo y rezando. Sin embargo, en el mundo de hoy, sujeto a rápidas transformaciones y sacudido por cuestiones de gran relieve para la vida de la fe, para gobernar la barca de san Pedro y anunciar el Evangelio, es necesario también el vigor tanto del cuerpo como del espíritu, vigor que, en los últimos meses, ha disminuido en mí de tal forma que he de reconocer mi incapacidad para ejercer bien el ministerio que me fue encomendado”. Estas palabras dan a entender que eran muy pocos los que conocían esta decisión, así lo atestigua la ausencia en la sala del consistorio de varios cardenales, que profirieron seguir cumpliendo sus tareas en lugar de tomar parte en una cita que, por significativa que fuera (se reconocía la santidad de algunos beatos, entre otros los mártires de Otranto), no dejaba de resultar rutinaria. Entre los pocos que la conocían, además del secretario de Estado Vaticano, Tarsicio Bertone y el secretario particular Georg Gänswein, se encontraban el decano Ángelo Sodano (que lo sabía desde el día anterior), el cardenal Gianfranco Ravasi (invitado a predicar los ejercicios espirituales de Cuaresma en la semana sucesiva) y, al parecer, el mismo cardenal Marc Ovellet, recibido según costumbre el sábado, por la tarde en su calidad de prefecto de la Congregación para los obispos.

Era una resolución dolorosa, la de Benedicto XVI, que no silenció el trabajo interior del Papa. En el Ángelus del 17 de febrero, comentando las tentaciones de Jesús en el desierto, dio a entender que había tenido la duda de que esta renuncia pudiera ser una tentación a la que él mismo estaba sometido: “En las tentaciones está en juego la fe, porque está en juego Dios. En los momentos decisivos de la vida, viéndolo bien, en todo momento, nos encontramos ante una encrucijada: ¿Queremos seguir al yo o a Dios? ¿El interés individual o el verdadero Bien, lo que realmente es un bien?” Y en la Audiencia general del 27 de febrero explicó: “En estos últimos meses he notado que mis fuerzas han disminuido, y he pedido a Dios con insistencia, en la oración, que me iluminara con su luz para tomar la decisión más adecuada, no por mi bien, sino por el bien de la Iglesia. He dado este paso con plena conciencia de su importancia y de su novedad, pero con una profunda serenidad de ánimo. Amar a la Iglesia, significa tener el valor de hacer elecciones difíciles, sufridas, ero teniendo siempre delante el bien de la Iglesia y no el de uno mismo”.

Probablemente esta iluminación no tuvo connotaciones sobrenaturales ni las características de una revelación mística. Pero es igual de probable que debió de verificarse en él una absoluta certeza interior, casi un sello divino, respecto a la bondad de su iniciativa. En caso contrario, no se explicarían las enérgicas expresiones del Ángelus del 24 de febrero. “El Señor me llama a subir al monte”, a dedicarme aún más a la oración y a la meditación. Pero esto no significa abandonar a la Iglesia; al contrario, si Dios me pide esto, es justamente para que yo pueda seguir sirviéndola con la misma dedicación y el mismo amor con el que lo he hecho hasta ahora pero de un modo más adecuado a mi edad y mis fuerzas”. Y otras palabras de la Audiencia del 27: “No abandono la cruz, sino que permanezco nuevamente junto al Señor crucificado”. Para algunos adquirió un tono profético la referencia al monte y a la cruz (junto con el anuncio hecho en la fiesta de la Virgen de Lourdes y al término de la proclamación de nuevos santos mártires), releyendo las palabras de la tercera parte del secreto de Fátima, donde sor Lucía dice haber visto a “un obispo vestido de blanco (tuvimos el presentimiento de que fuera el Santo Padre) (…) subir una montaña empinada, en cuya cima había una gran cruz de troncos bastos, como si fuera de corcho con la corteza; el Santo Padre, antes de llegar allí, atravesó una gran ciudad medio en ruinas y medio trémulo, con paso vacilante, afligido de dolor y de pena, rezaba por las almas de los cadáveres que encontraba en su camino; llegado a la cima del monte, postrado de rodillas a los pies de la gran cruz, fue asesinado por un grupo de soldados que le dispararon varios tiros de arma de fuego y flechas. (…) Bajo ambos brazos de la cruz había dos ángeles, cada uno con una regadera de cristal en la mano, en las que recogían la sangre de los mártires regando con ella a las almas que se acercan a Dios”.

Mientras, para algún otro adquirió el valor de un preanuncio cuando acaeció el 28 de abril de 2009, durante su visita a L’Aquila pocos días después del devastador terremoto del 6 de abril. Durante el homenaje a los restos mortales de Celestino V, en la basílica de Collemaggio, el Papa Ratzinger se quitó el palio pontificio, la banda de lana blanca en forma circular que indica la potestad del Buen Pastor, y la depositó sobre la urna del santo pontífice, que pasó a la historia por la “gran renuncia” que hizo el 13 de diciembre de 1294, después de algo más de cien días de reinado. La síntesis más intensa de estos casi ocho años de pontificado lo propuso Benedicto XVI durante la última Audiencia general, refiriéndose ante todo al momento en que aceptó asumir el magisterio petrino: “Las palabras que resonaban en mi corazón eran: Señor ¿Por qué me pides esto? ¿Qué me pides? Es un gran peso el que me colocas en los hombros, pero si tú me lo pides, con tu palabra echaré las redes, seguro de que guiarás incluso con todas mis debilidades. Y ocho años después puedo decir que el Señor me ha guiado, ha estado cerca de mí, he podido percibir todos los días su presencia”.

Después prosiguió: “Ha sido un trozo de camino de la Iglesia que ha tenido momentos de alegría y de luz, pero también momentos difíciles; me he sentido como San Pedro con los apóstoles en la barca del lago de Galilea: el Señor nos ha dado muchos días de sol y de brisa ligera, días en que la pesca ha sido abundante; también ha habido momentos en que las aguas estaban agitadas y el viento contrario, como en toda la historia de la Iglesia, y el Señor parecía dormir. Pero siempre supe que en aquella barca de la Iglesia no es mía, no es nuestra, sino que es suya. Y el Señor no deja que se hunda; es El quien la conduce ciertamente también a través de hombres que ha elegido, porque así lo quiso. Esta ha sido y es una certeza que nada puede empañar”.

Las últimas palabras de despedida, pronunciadas desde el balcón central del Palacio apostólico de Castel Gandolfo, encarnan toda su profunda humildad: “Soy simplemente un peregrino que comienza la última etapa de su peregrinación en esta tierra”. Pero representa también un viático para su sucesor, que en su difícil misión podrá contar en el cielo con la intercesión del beato Juan Pablo II y el patrocinio de la plegaria de Benedicto XVI en la tierra.

“Gracias Papa Benedicto XVI”.

Biografía Papa Francisco

Una vida según los planes de Dios.
Una familia de emigrantes.

Bricco Marmorito, un barrio de Portacomaro Stazione de unos pocos centenares de habitantes, situado a diez kilómetros al norte de Asti, capital de la provincia homónima, en el Piamonte: allí se hunden las raíces familiares paternas del papa Francisco. Estamos en el bajo Monferrato, tierra de vinos célebres, pero que, lamentablemente a comienzos del siglo XX no era capaz de alimentar a todos sus hijos. “Emigro para comer”, fue la frase de un campesino utilizada por Edmundo De Amicis en el libro Sull’oceano, de 1889, para sintetizar con elocuencia la dramática realidad de la emigración italiana hacia América Latina. Una vez más, en enero de 1929, la agotadora travesía oceánica, dejo en el puerto de Buenos Aires a la enésima familia en busca de una vida más digna. No es la familia Bergoglio estuviese propiamente en la miseria: tenía una casita y gestionaban una pastelería. Pero la invitación de los parientes que ya se encontraban en Argentina había resonado con fuerza, y el deseo de reanudar los lazos había prevalecido. La partida de Italia fue en pleno invierno, pero del otro lado de la Tierra, en el hemisferio sur, el verano estaba en su apogeo. El abrigo con cuello de piel que vestía la abuela Rosa Margherita Vasallo, resultaba decididamente excéntrico. Pero no tuvo la tentación de quitárselo de encima: en el forro de la prenda estaba escondido todo el dinero que ella y su marido Giovanni Ángelo habían reunido para afrontar al mundo desconocido que los esperaba en Argentina – a ellos y a su hijo, Mario Giuseppe Francesco de veinticuatro años, el padre del futuro pontífice.

Ya en 1922 habían emigrado a Argentina tres hermanos de Giovanni Ángelo y habían iniciado en la ciudad de Paraná una empresa de pavimentación viaria. El palacio en el que vivían lo habían edificado con sus propias manos. Cuatro pisos, uno para cada hermano, y el primer ascensor de toda la ciudad: un espectáculo que atraía la curiosidad de los pasentos. Pero la crisis económica de 1929 – 1932 fue devastadora también para ellos, los obligó a cerrar la empresa. Tiempo después, Giovanni Ángelo que era contable y se ocupaba de la administración, abrió una pequeña tienda junto con uno de sus hermanos de donde paso después a trabajar en otra firma.

En 1934 Mario Giuseppe Francesco y su futura esposa Regina María Sívori (hija de un argentino y una piamontesa) se conocieron en el Oratorio Salesiano de San Antonio, en el barrio de Almagro, donde ambos iban a misa. Se casaron el 12 de diciembre de 1935, y el 17 de diciembre de 1936 nació Jorge Mario, el primer hijo al que siguieron otros cuatro: dos varones Alberto Horacio y Oscar Adrián, y dos mujeres, Marta Regina y María Elena (la única que vive todavía). Tras las paredes del piso de los Bergoglio en el barrio de Flores, en la zona centro – oeste de Buenos Aires, se hablaba el dialecto piamontés, que el pequeño Jorge Mario asimiló junto con el dulce idioma español. Fue en particular la abuela Rosa Margherita la que le hizo compañía en los primeros años de su vida, cuando los padres estaban ocupados en otras actividades. Por este motivo, él mismo la menciona todavía como la persona que más está presente en su corazón.

Entre las composiciones poéticas que se transmitían de memoria está el canto Rassa nostrana, del poeta turinés Nino Costa, que también el Papa Francisco es capaz de recitar todavía hoy. El texto concluye aludiendo la consciencia del duro destino de los emigrantes: “Ma el pi del volte na stagiun perdüa / o na frev o un malör del so mestlé / a j’incioda ant a tumba patanüa / spersa ant un camp-sant foreste” (“pero, las más de las veces, una estación perdida / lo clava en una tumba desnuda / perdida en un camposanto extranjero”).

La memoria de las raíces

De paso por Italia para el cónclave de 2005, Jorge Mario visita sus lugares de origen. Y en 2010 confiesa: “Me sentí como en casa hablando en piamontés. Conocí a un hermano de mi abuelo, a mis tíos, a mis primos. La mayor de mis primas tiene 78 años y cuando voy a visitarla me parece como si siempre hubiera vivido allí. La ayudo en las tareas hogareñas, pongo la mesa…”. Esta prima Giuseppina Ravedone, contó, qué con ocasión de un viaje a Turín, el hermano del arzobispo Bergoglio había hecho una reserva en un hotel de lujo en el centro de la ciudad. Pero Jorge Mario “no estaba para nada contento. Seguía diciendo que en un lugar como ese no podía dormir. No era su lugar, aunque la cuenta la habría pagado su hermano. De todos modos, desde aquella visita, cada vez venía a encontrarse con mi marido, y en los últimos años conmigo y con otros parientes, se hospedaba en casa de otra prima, Carla, que tenía una vivienda grande y podía darle una habitación”.

En sus recuerdos de infancia, los partidos de brisca con su padre los sábados por la tarde delante de la radio escuchando opera junto con su madre, los domingos con toda la familia en el estadio de san Lorenzo el club de futbol fundado en 1908, por el salesiano Lorenzo Massa (con su adolescencia, además del futbol, Bergoglio practica el baloncesto). Por ese motivo, según ha revelado, “una de las cosas que siempre les preguntó, en la confesión, a los padres jóvenes es si juegan con sus hijos”. Al regresar de la escuela, el futuro Papa echa una mano en la cocina.

En efecto, después del quinto parto, la madre había temporalmente quedado paralítica de las piernas. Así, ella preparaba los ingredientes y los disponía sobre la mesa, mientras los hijos seguían sus instrucciones para mezclarlos y cocinarlos. Una enseñanza que le sería útil también para el futuro, cuando Jorge Mario llega a ser rector y obispo, y arreglárselas solo. De 1943 a 1948, Jorge Mario frecuenta la escuela primaria Antonio Cerviño, donde todavía se conservan los registros que dan testimonio de los resultados de sus estudios: “siempre sacaba “suficiente” en las diferentes materias del programa: aritmética, geometría, historia, geografía y dibujo. Pero, en aquella época las calificaciones que se otorgaban eran “suficiente” o “insuficiente”, no había notas, como ahora”, explica la actual directora, Roxana Domínguez.

A través de Amalia Damonte, una amiga de infancia del futuro Papa, nos ha llegado un tierno relato de la época en que ambos tenían unos doce años. Un día Jorge Mario le entregó una hoja con la que había dibujado una casita blanca de techo rojo, diciendo: “esta es la casa que te voy a comprar cuando nos casemos”. Y agregó: “si no me caso con voz me hago cura”. Ella, sin embargo, no respondió. Y cuando el dibujo llego a manos de su madre, los padres le prohibieron volver a verlo. Concluido el ciclo de enseñanza primaria he iniciada la escuela secundaria, en torno a los trece años de edad, su padre le propuso a Jorge Mario hacer algún pequeño trabajo en la fábrica textil donde el desarrollaba su actividad contable, a fin de que se ganara algún dinero. Durante dos años, el muchacho hizo trabajos de limpieza y, año siguiente, colaboró en el ámbito administrativo. Más tarde se inscribió en el Instituto Técnico – industrial especializado en química de la alimentación y comenzó a trabajar en el laboratorio de siete a trece horas, mientras que asistía a clases de catorce a veinte horas.

Mientras tanto Jorge Mario seguía frecuentando su parroquia de San José de Flores, a donde iba todos los domingos a misa. Tenía también un amplio grupo de amigos, entre los cuales había también una noviecita. Con ese grupo iba a bailar el tango y la milonga. A la pregunta de si le agrada el tango, responde: “muchísimo, es algo que me sale de adentro”. Sus artistas preferidos son Juan D’Arienzo, Julio Sosa, Astor Piazzolla y Amelita Baltar.

Hacia el descubrimiento de la vocación

En 1953 tenía casi 17 años, y su fe se había empañado un poco, como les sucede a menudo a los adolescentes. La mañana del 21 de septiembre, en el que en Argentina se celebra tradicionalmente el Día del Estudiante, había decidido pasar por la iglesia, donde se encontró con el padre Duarte, un sacerdote que no había visto nunca antes, pero que le transmitió la sensación de una gran espiritualidad. Se confesó con él, y en ese momento sintió en el corazón la llamada a ser sacerdote: “Fue el estupor de encontrarse con alguien que te está esperando”, relató después. Sin embargo, la certidumbre de esta vocación no tuvo consecuencias inmediatas. Durante algunos años, después de haber obtenido el diploma de técnico químico, siguió trabajando en el laboratorio de análisis bromatológico. A los veinte años, de pronto, enfermó muy gravemente de pulmonía. Fiebre altísima, tres días entre la vida y la muerte, médicos importantes, y después una operación para extirparle la parte superior del pulmón derecho. Dolorosas terapias fueron necesarias para hacer que el cuadro regresara a la normalidad. En ese tiempo difícil, entre las muchas palabras de circunstancia, la hermana que lo había preparado a la primera comunión fue la única que le hizo comprender el sentido de ese sufrimiento: “estas imitando a Jesús”. No que hubiese sido a propósito: el nombre de la hermana era Dolores Tortollo. Ella misma pronosticó a sus hermanas en religión: “Llegará muy alto”.

Poco después viene la decisión de entrar en Villa Devoto, el seminario diocesano de Buenos Aires. Unos meses después, el 11 de marzo de 1958, pasó al noviciado de la Compañía de Jesús. En la Familia, la decisión fue recibida con sentimientos encontrados: el padre se puso contento, la madre, decididamente menos, y durante mucho tiempo sintió la falta de su compañía cotidiana. La más feliz era la abuela, que dijo: “Bueno, si Dios te llama, bendito sea”, y agregó, con sano realismo: “Por favor no te olvides de que las puertas de la casa están siempre abiertas y que nadie te va a reprochar nada sí decidís volver”. Hacía poco que había cumplido 21 años, en la Compañía de Jesús le esperaba un largo camino antes de poder ser ordenado sacerdote y, más aún, de poder hacer los votos perpetuos. Primero lo enviaron a Chile para adquirir las bases de los estudios humanísticos. En 1963, de regreso en Argentina obtuvo la licenciatura en Filosofía en la facultad de Filosofía del Colegio Máximo de San Miguel, donde continuó más tarde los estudios de Teología y se graduó en 1970. Entre tanto había hecho algunas experiencias de enseñanza: entre 1964 y 1965 había sido profesor de literatura y psicología en el Colegio de La Inmaculada, en Santa Fe, y en 1966había enseñado las mismas asignaturas en el Colegio del Salvador, Buenos Aires.

Poco tiempo antes de ser ordenado sacerdote vivió un momento de gran intensidad espiritual, cuyo fruto fue una intensa oración que, ya siendo cardenal, quiso dar a conocer, afirmando que estaría dispuesto a suscribirla nuevamente: “Quiero creer en Dios Padre, que me ama como un hijo, y en Jesús el Señor, que infundió su espíritu en mí vida para hacerme sonreír y llevarme así al reino eterno de vida. Creo en mi historia que fue traspasada por la mirada de amor de Dios y, en el día de la primavera (en Argentina (ndt)), 21 de septiembre, me salió al encuentro para invitarme a seguirlo. Creo en mi dolor, infecundo por el egoísmo en el que me refugio. Creo en la mezquindad de mi alma, que busca tragar sin dar y…. sin dar. Creo que los demás son buenos y que debo amarlos sin tomar, sin traicionarlos nunca para buscar una seguridad para mí. Creo en la vida religiosa. Creo que quiero amar mucho. Creo en la muerte cotidiana, quemante, a la huyo, pero me sonríe invitándome a aceptarla. Creo en la paciencia de Dios, acogedora buena como una noche de verano. Creo que papá está en el cielo junto al Señor. Creo que el padre Duarte también está allí intercediendo por mi sacerdocio. Creo en María, mi madre, que me ama y nunca me dejará solo. Y espero la sorpresa de cada día en la que se manifestará el amor, la fuerza, la tradición y el pecado que me acompañarán hasta el encuentro definitivo con ese rostro maravilloso que no sé cómo es del que escapo continuamente, pero quiero conocer y amar.

Amén”. El 13 de diciembre de 1969 llego el momento de la ordenación sacerdotal. Por fin, también su madre se convenció definitivamente de la bondad de su vocación, al final de la ceremonia, se puso de rodillas frente a Él para pedirle la bendición y besarle la mano. “soy Jorge Bergoglio, cura. Es que me gusta ser cura”, responde en 2010, en el libro entrevista El Jesuita, a la pregunta acerca del modo en que se presentaría a un grupo de desconocidos. “Que, estos mis nietos, a los que entregué lo mejor de mi corazón tengan una vida larga y feliz, pero si algún día el dolor, la enfermedad o la perdida de una persona amada los llenan de desconsuelo, recuerden que un suspiro al tabernáculo, donde está el mártir más grande y augusto, y una mirada a María al pie de la cruz, puedan hacer caer una gota de bálsamo sobre las heridas más profundas y dolorosas”.

En los años de la dictadura

En los años 1970 – 71, el padre Jorge Mario fue enviado a España a Alcalá de Henares, para el último periodo de probación. Después fue maestro de novicios de la Compañía en Villa Barilari, profesor en la facultad de Teología de San José, consultor d la provincia y rector del Colegio Máximo de San Miguel. El P. José María Sang, alumno de Bergoglio y que actualmente desarrolla su actividad en el mismo colegio, lo ha descrito como “un profesor serio y muy preparado con una fuerte orientación espiritual y ha subrayado que “cuantos procuran encasillar al nuevo Papa en categorías como conservador o progresista pierden de vista lo central, puesto que estos son términos políticos, no religiosos. Mejor es considerar lo que Bergoglio hizo cuando llegó a ser obispo la atención que ha mostrado por los pobres y los sin techo. Este es el enfoque de los jesuitas”.

El 22 de abril de 1973 Bergoglio hace la profesión perpetua y el 31 de julio de 1973 es elegido provincial de los jesuitas en Argentina para un periodo de 6 años. Una calumnia que lo ha perseguido periódicamente se refiere justamente al tiempo en que era provincial, en la fase inicial de la dictadura militar en Argentina (de 1976 a 1983). La acusación más grave era la de haber estado moralmente implicado en el arresto de dos de sus hermanos en religión, además de haber obstaculizado la acción de los miembros más progresistas de la Compañía de Jesús. El día de su elección al pontificado tuvo que intervenir el premio Nobel de la paz, Adolfo Pérez Esquivel, que fuera dirigente en Argentina de la organización SERPAJ (Servicio, Paz y Justicia) – para desmentir las acusaciones: “Hubo obispos que fueron cómplices de la dictadura pero Bergoglio no”, dijo a la cadena televisiva Británica BBC. A Bergoglio “se le cuestiona porque se dice que no hizo lo necesario para sacar de la prisión a dos sacerdotes, siendo Superior de la congregación de los Jesuitas, pero yo sé personalmente que muchos obispos pedían a la junta militar la liberación de prisioneros y sacerdotes y no se les concedía. Les decían que sí y luego no se la daban”

Con una declaración pública, el P. Franz Jalics – el jesuita que junto con el P. Orlando Yorio (fallecido en 2000), fuera secuestrado y mantenido prisionero durante cinco meses por los militares argentinos – manifestó su posición: “Estoy reconciliado con esos acontecimientos y, de mi parte, los considero concluidos (…..). Después de nuestra liberación deje Argentina. Solo años después tuvimos ocasión de conversar sobre dichos acontecimientos con el P. Bergoglio que entre tanto había sido nombrado arzobispo de Buenos Aires. A continuación celebramos públicamente la misa juntos y nos abrazamos solemnemente”.

De todos modos, en una entrevista reciente, el cardenal Bergoglio subrayo que “el golpe de 1976 lo aprobaron casi todos, incluso la inmensa mayoría de los partidos políticos. Sino equivoco, creo que el único que no lo hizo fue el partido comunista revolucionario, aunque, también, es verdad que nadie o muy pocos, sospechaban lo que sobre vendría. En esto hay que ser realistas, nadie debe lavarse las manos. Estoy esperando que los partidos políticos y otras corporaciones pidan perdón como lo hizo la Iglesia (el Episcopado difundió en 1996 un examen de conciencia y, en 2000, realizó un Mea culpa con motivo del Jubileo)”. En dicha circunstancia, los obispos argentinos afirmaron únicamente y con toda claridad: “Porque en diferentes momentos de nuestra historia, hemos sido indulgentes con posturas totalitarias, lesionando libertades democráticas que brotan de la dignidad humana porque con algunas acciones u omisiones hemos discriminado a muchos de nuestros hermanos sin comprometernos suficientemente en la defensa de sus derechos. Supliquemos a Dios, Señor de la historia, que acepte nuestro arrepentimiento y sane las heridas de nuestro pueblo. Padre tenemos el deber de acordarnos ante ti de aquellos hechos dramáticos y crueles. Te pedimos perdón por los silencios responsables y por la participación efectiva de muchos de tus hijos en tanto desencuentro político, en el atropello de las libertades, en la tortura y la delación, en la persecución política y la intransigencia ideológica, en las luchas y las guerras y la muerte absurda que ensangrentaron nuestro país. Padre bueno y lleno de amor, perdónanos y concédenos la gracia de refundar los vínculos sociales y de sanar las heridas todavía abiertas de tú comunidad”.

En 1986, el padre Bergoglio se trasladó a Alemania para terminar la tesis doctoral, centrada en el pensamiento del filósofo Católico Romano Guardini, el mismo al que Benedicto XVI ha querido citar en su último discurso como pontífice, el 28 de febrero de 2013 cuando se despidió del Colegio Cardenalicio: “La Iglesia no es una institución inventada y construida en teoría, sino una realidad viva. Vive a lo largo del tiempo en devenir, como todo ser vivo, transformándose. Sin embargo su naturaleza sigue siendo siempre la misma, y su corazón es Cristo […]. La Iglesia despierta en las almas”. Es otro de los muchos sutiles y misteriosos lazos que unen a los últimos dos Papas.

En su escudo, Jesús y María

El 20 de mayo de 1992, cuando se supo que Juan Pablo II había firmado su nombramiento como obispo auxiliar de Buenos Aires, el padre Bergoglio no era, por cierto, una figura destacada a nivel eclesiástico. En ese momento hacia unos meses que había cumplido 55 años y, después d haber sido durante cierto tiempo el responsable del Colegio del Salvador, tenía el cargo de director espiritual y confesor de la parroquia confiada a los jesuitas en el centro de Córdoba, la segunda ciudad Argentina por número de habitantes. “Dejó la huella de la sencillez y la humildad”, dice el P. Ángel Rossi, actual superior de la comunidad, y todos nuestros parroquianos lo conocieron como un hombre de profunda pobreza, de muchísima oración, preparado intelectualmente y con una inteligencia intuitiva”.

Como todos los jesuitas, en el momento de la profesión solemne, también Jorge Mario había pronunciado, además de los habituales votos de pobreza, castidad y obediencia un cuarto voto de obediencia especial al Papa junto con la promesa de no buscar posiciones de autoridad en la Compañía ni, en general, en la Iglesia y de escuchar los consejos de los superiores jesuitas en caso ser elevado al episcopado. Pero el entonces arzobispo de Buenos Aires, el cardenal Antonio Quarracino, no se dejó condicionar por estas prescripciones provenientes de la voluntad misma de San Ignacio de Loyola. Ya había apreciado con anterioridad las cualidades de Jorge Mario y quiso colocarlo a toda costa junto a los otros dos auxiliares suyos, Herctor Rubén Aguer y Rubén Oscar Frassia.

El jesuita se enteró de ello de una forma decididamente desacostumbrada. El nuncio apostólico en Argentina, arzobispo Ubaldo Calabressi, le había pedido mantener un encuentro para consultar su opinión acerca de algunos sacerdotes respecto de los cuales estaba llevando adelante para un eventual nombramiento episcopal. El 13 de mayo de 1992 ambos se encontraron en la sala de espera del aeropuerto de Córdoba y a Buenos Aires, aprovecharía el tiempo en que el avión iba hasta Mendoza y volvía para realizar su entrevista. Al final de la conversación sobre algunos temas delicados de la Iglesia local, el anuncio le dice, antes de partir: “Ah… una última cosa… usted ha sido nombrado obispo auxiliar de Buenos Aires”.

La consagración episcopal se celebró el 27 de junio del mismo año en una catedral repleta por los muchos amigos que el padre Bergoglio se había conquistado en toda Argentina, particularmente en las franjas más pobres de la población. Junto con el arzobispo Quarracino le impusieron las manos al nuncio Calabressi y el obispo de Mercedes Luján, Emilio Ogñénovich. Como obispo auxiliar se le asignó según tradición una sede titular: Auca, en la provincia de Burgos, España.

En su escudo, en campo de azur, aparece en la parte superior el sello de la Compañía de Jesús: el sol rodeado de rayos con las siglas IHS (el trigrama cuyo origen está en las tres primeras letras del nombre de Jesús en griego) y los tres clavos de la pasión. En la parte inferior destacan a la izquierda un estrella, y a la derecha, una flor de nardo (o vara de José)”, que remiten respectivamente a María y San José. El lema reza “Miserando atque eligendo (Tuvo piedad de él y lo eligió). El teólogo Inos Biffi refiere en la edición del Osservatore Romano del 15 de marzo de 2013 el origen de la frase: proviene de una homilía en la cual el monje inglés San Beda el Venerable (672 – 735) comenta el capítulo noveno del evangelio de Mateo, cuando Jesús ve al recaudador de impuestos y lo llama a ser su discípulo. Explica Mons. Biffi: “Beda se detiene a explicar el sentido de tal seguimiento. Significa : “No ambicionar las cosas terrenas; no buscar ganancias efímeras; huir de los honores mezquinos; abrazar de buen grado todo el desprecio del mundo para la gloria del cielo; ser de provecho para todos; amar las injurias y no hacerlas a nadie; soportar con paciencia las recibidas; buscar siempre la gloria del creador y nunca la propia. Practicar estas cosas y otras semejantes quiero decir seguir las huellas de Cristo”. Es el programa de San Francisco de Asis inscrito en el escudo del Papa Francisco, intuimos que será el programa de su ministerio como Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia universal”.

En efecto, el cardenal Quarracino había tenido una intuición acertada. Tanto apreciaba el compromiso de Bergoglio que solo un año después lo designo su vicario general para la archidiócesis de Buenos Aires. Al mismo tiempo, como comenzaba a notar un deterioro de su propia salud, inició las gestiones para hacerlo promover a coadjutor con derecho a su cesión de manera de que, en el futuro su elevación a la conducción de la archidiócesis fuese automática. El nombramiento de coadjutor tuvo lugar el 3 de junio de 1997: También en este caso, la noticia le fue dada por monseñor Calabressi de manera totalmente informal, al final de un almuerzo de trabajo: Con el sorpresivo ofrecimiento de un brindis y un trozo de pastel. No llegaron a pasar nueve meses cuando, el 28 de febrero de 1998, Quarracino murió de un paro cardiorrespiratorio después de una intervención quirúrgica por una obstrucción intestinal. Según lo previsto monseñor Bergoglio ocupó inmediatamente su puesto.

Un cardenal entre la gente

Desde el comienzo, su estilo episcopal estuvo entre tejido de humildad y disponibilidad. Los sacerdotes diocesanos conocían su número telefónico directo y podían llamarlo a cualquier hora del día o de la noche. Si se enteraba de que alguno de ellos tenía problemas o estaba enfermo, se movía para resolver de la mejor manera posible la situación. Se cuenta que alguna vez paso la noche junto a la cabecera de la cama de algún párroco gravemente enfermo para asistirlo personalmente. Y sus visitas a las iglesias de su jurisdicción eran constantes: quería alentar a los sacerdotes y hacerles sentir la cercanía de su obispo. En el consistorio del 21 de febrero de 2001, el arzobispo Bergoglio fue creado cardenal por Juan Pablo II y, como todo purpurado, tuvo el título de una Iglesia Romana, la de San Roberto Belarmino. En esa ocasión impresionó su petición a los muchos compatriotas que le habían expresado la intensión de acudir al Vaticano para rendirle homenaje. Era el momento más álgido de la terrible crisis económica que llevó a la Argentina al default financiero y Bergoglio pidió a los suyos que no gastaran el dinero en el billete de avión a Roma, sino que, en lugar de ello lo donaran a los pobres.

Es la misma sugerencia que hizo con ocasión de la ceremonia de inicio de su pontificado. Como escribiera a los argentinos el nuncio del Vaticano, Emil Paul Tscherring: “El Santo Padre Francisco me ha pedido que les transmita a todos los obispos, sacerdotes, religiosas, y a todo el pueblo de Dios su sentido agradecimiento por las oraciones y las expresiones de cariño, de afecto y de caridad que ha recibido. Al mismo desearía que, en lugar de ir a Roma para el inicio de su pontificado el próximo 19 de marzo, continúen con esa cercanía espiritual tan apreciada acompañándolo con algún gesto de caridad hacia los más necesitados”. Tampoco como cardenal hizo Bergoglio concesión alguna a la mundanidad o a los privilegios que normalmente acompañan tal dignidad. En lugar de trasladarse a la residencial arzobispal, prefirió permanecer en el apartamento de dos habitaciones, donde utilizaba como calefacción solo una estufa y se preparaba por si solo la cena. Y en lugar del coche de representación con chofer, utilizaba los autobuses públicos y el metro, donde cualquiera podía dirigirle la palabra. Refiriéndose al metro dijo: (“lo tomo casi siempre por la rapidez, pero me gusta más el bus, porque veo la calle”). También la vestimenta era la misma que antes: un clergyman normal de buen cura de ciudad. La vestidura cardenalicia de ceremonias la había hecho adaptar por su hermana a partir de una de su predecesor.

El atentado terrorista del 11 de septiembre de 2001 contra las torres gemelas de Nueva York tuvo una repercusión también en el sínodo de los obispos que se celebró en el Vaticano entre el 30 de septiembre y el 27 de octubre de ese año. El cardenal Edward Michel Egan, arzobispo de Nueva York debía presentar a sus hermanos en el episcopado la relación general sobre el tema “El Obispo, servidor del evangelio de Jesucristo para la esperanza del mundo”. Pero un acto de homenaje a las víctimas de aquella matanza organizada para un mes después del trágico acontecimiento, lo obligo a regresar a su diócesis. En su lugar nombrado como relator adjunto justamente al cardenal Bergoglio, que en pocos días preparo un texto de síntesis muy eficaz decididamente apreciado por los padres sinodales y que en cierto sentido, lo situó en el primer plano internacional. También lo documenta su elección plebiscitaria como representante del continente americano en el Consejo Post-sinodal, un papel que fue posteriormente confirmado en la undécima asamblea, del año 2005. En el Vaticano se había pensado incluso en llamarlo a conducir en importante dicasterio: “Por caridad, en la curia me muero”, fue su réplica.

En la relación que había presentado a los padres sinodales de exponía una semblanza de la imagen del obispo que la Iglesia necesita para cumplir su misión al comienzo del tercer milenio: “Hombre Dios en camino con su pueblo, hombre de comunión y misioneridad, hombre de esperanza servidor del evangelio para la esperanza del mundo. Sabemos que todo el mundo anhela esa esperanza que no defrauda (Rom 5,5), por ello el obispo no puede sino ser el predicador de la esperanza que nace de la cruz de Cristo”.

Una pastoral atenta al hombre

Al regresar a Buenos Aires debió hacer oír varias veces su voz frente a las autoridades civiles, nacionales y locales en los meses candentes de las revueltas populares contra las crisis económicas. Más aún, el 20 de diciembre de 2001 presencio desde la ventana de su despacho los choque que se produjeron en la plaza de Mayo y vio como la policía cargaba contra ciudadanos inermes que protestaban por el bloqueo de sus depósitos bancarios a causa del default financiero. Inmediatamente cogió el teléfono y llamo al ministro del interior y al responsable de la seguridad nacional para protestar contra su actitud que confundía a simples ahorradores que se manifestaban atemorizados con agitadores y terroristas. De ese modo consiguió por lo menos que se suspendieran las cargas indiscriminadas de los disturbios. Inmediatamente después, a través de caritas diocesanas organizo mensas populares y centros de acogida para los sin techo, distribuyendo todas las ayudas que podía y yendo en persona a todas partes para llevar el consuelo y la cercanía de la Iglesia. Al mismo tiempo en el plano pastoral mostró el máximo de la atención por la emergencia educativa que ya se advertía con claridad en Buenos Aires. Instituyó una vicaría episcopal para la educación y explicó que “el drama de nuestra época es que el adolescente vive en un mundo que a su vez, no ha salido de la adolescencia. Los niños creen en una sociedad que no les pide nada, que no los educa al sacrificio y al trabajo que no sabe cuál es la belleza la verdad de las cosas. Por eso, el adolescente desprecia historia pasada y está espantado del futuro. A la Iglesia toca reabrir lo senderos de la esperanza”.

Por eso pidió a sus párrocos que se arremangaran y dieran espacio a la imaginación. En una entrevista de la revista 30 Días, partiendo de la observación sociológica de la influencia de una parroquia se limita al radio de 600 metros, relato con risueño desencanto: “En Buenos Aires hay casi 2000 metros entre una parroquia y otra. Les he dicho entonces a los sacerdotes: si pueden, alquilen un garaje y, si encuentran algún laico disponible, que vaya. Que este un poco con esa gente, haga un poco de catequesis y que dé incluso la comunión si se lo pide”. Un párroco me dijo “pero, padre, si hacemos esto la gente deja de venir a la Iglesia”. Le contesté ¿Pero por qué? ¿Viene a misa a hora? “No; me dijo. ¡Entonces!”

No obstante, algunas veces ha tenido que dar un tirón de orejas a sus sacerdotes. Por ejemplo, a algún párroco que el bautismo a los niños nacidos de parejas irregulares les replicó: “El niño no tiene ninguna responsabilidad del estado del matrimonio de sus padres. Y además, suele ocurrir que el bautismo de los niños se convierte también para los padres en un nuevo inicio. A menudo se hace una pequeña catequesis antes del bautismo, de más o menos una hora; luego una catequesis mistagógica durante la liturgia. Luego, los sacerdotes y los laicos van a visitar a estas familias, para seguir con ellos la pastoral posbautismal. Y con frecuencia ocurre que los padres, que no estaban casados por las Iglesias, piden venir frente al altar para celebrar el sacramento del matrimonio”. Recordando su antiguo deseo de ir como misionero a Japón tras las huellas de los primeros heroicos Jesuitas, subrayo Bergoglio en una homilía: “Los sacramentos con gestos del Señor. No son prestaciones o territorios de conquistas de curas u obispos. En nuestra nación, tan amplia, hay muchos pueblitos a donde es difícil llegar por lo que el cura va una o dos veces al año. Pero la piedad popular siente que los niños han de bautizarse lo antes posible, entonces en esos lugares hay siempre un laico o laica conocida por todos como bautizadores, que bautizan a los niños cuando nacen, en espera que vaya el cura. Cuando este llega le llevan a los niños para que los unja con el santo óleo, concluyéndose así la ceremonia. Cuando pienso en esto, me sorprende siempre la historia de esas comunidades cristianas de Japón que estuvieron sin sacerdotes durante más de 200 años. Cuando llegaron los misioneros los encontraron a todos bautizados, todos casados regularmente por la Iglesia y todos sus difuntos habían sido enterrados cristianamente. Aquellos laicos habían recibido solamente el bautismo, y en virtud de su bautismo habían vivido también su misión apostólica”.

Su claro magisterio y el compromiso cotidiano en la pastoral han hecho que su figura ganara progresivamente en autoridad entre los obispos argentinos, que después de haberle pedido en vano una primera disponibilidad en 2002 lo eligieron en 2005 para presidir la conferencia Episcopal Argentina y lo reconfirmaron como presidente hasta noviembre de 2011. En 2007 al finalizar la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano realizado en Aparecida, Brasil, entre el 13 y el 31 de mayo, el arzobispo Bergoglio fue elegido también por gran mayoría presidente de la comisión encargada de preparar el documento de los trabajos. En el ámbito eclesial se trata siempre de un encargo de enorme responsabilidad, puesto que, al mismo tiempo, hay que tener agudeza para identificar los puntos clave del debate, paciencia para limar las asperezas que siempre se manifiestan, y valentía para no descuidar los aspectos más problemáticos y provocativos.

En reacción a algunas contestaciones sobre el contenido de este texto, el cardenal Bergoglio precisó con energía: “El documento final es un acto del magisterio de la Iglesia latinoamericana, no ha sufrido ninguna manipulación. Ni por parte nuestra ni pos parte de la Santa Sede. Ha habido algunos pequeños retoques de estilo, de forma y algunas cosas que se han quitado de una parte se han puesto en otra, la sustancia, pues, es la misma, no ha cambiado para nada. Esto porque el clima que llevo a la redacción del documento fue un clima de colaboración autentica y fraternal de respeto recíproco, que caracterizó el trabajo, un trabajo que se movió de abajo hacia arriba, y no al contrario.

En bus a la “villa miseria”

En cualquier caso, sus intervenciones no se han limitado al ámbito religioso, que, no obstante, y como es evidente ha sido siempre su principal campo de acción como lo documentan las muchas homilías y los documentos pastorales que jalonan los años del episcopado. Tampoco han faltado palabras fuertes de su parte en el ámbito social, en partículas durante los tedeum celebrados el 25 de mayo de cada año en ocasión de la fiesta nacional argentina, que conmemora la revolución de 1810 que inicio el proceso de independencia del país. De ese modo, el arzobispo se volvió – la voz ineludible de la comunidad argentina, tanto eclesial como civil, y sus homilías, cita fija cada año, fueron consideradas por los observadores como una suerte de “cátedra cívica” para defender la dignidad humana de su pueblo. El primer llamamiento, en 1999, fue dirigido al mismo tiempo al corazón y a la razón. “La llamada a la memoria histórica también nos pide profundizar nuestros logros más profundos, aquellos que no aparecen en la mirada rápida y superficial. No otro fue el esfuerzo de estos últimos tiempos por afirmar el sistema democrático superando las divisiones políticas que parecían un hiato social casi insalvable. Hoy se busca respetar las reglas y se acepta el dialogo como vía de convivencia cívica”.

En los oídos de los muchos argentinos resuenan todavía las doloridas palabras dirigidas en el año 2000 al entonces presidente Fernando de la Rúa: “Debemos reconocer, con humildad, que el sistema ha caído en un amplio cono de sombra: la sombra de la desconfianza”; y las dirigidas al nuevo presidente Néstor Kirchner en 2003, por las que insto a todos a reiniciar el camino y ha “ponernos la patria al hombro”. En el siguiente tedeum, celebrado el 24 de mayo de 2004las duras palabras del arzobispo no gustaron a Kirchner y, a partir de ese momento, el presidente evitó cuidadosamente encontrase con el arzobispo. Después de la muerte de Kirchner tampoco su esposa, Cristina Fernández, que ocupó su lugar en la Casa Rosada, se libró de los dardos del arzobispo, en particular en 2010 con relación a la ley para el reconocimiento jurídico de las uniones homosexuales, que Bergoglio definió como una “pretensión destructiva al plan de Dios”.

Entre los 45000 pobres de las “villas miseria”, las barricadas de viviendas precarias de Buenos Aires, denominadas simplemente con los números 21 a 24 el cardenal Bergoglio ha estado siempre en casa. En por lo menos la mitad de estas viviendas de emergencia se exhibe una foto de los moradores en compañía del arzobispo. Este acudía al lugar viajando en la línea 70 de autobuses y vestido como un simple sacerdote para celebrar la misa en la improvisada capilla dedicada a la virgen de Caacupé. Bautizaba, daba la comunión, y después pasaba algunas horas con sencillez escuchando los problemas y buscando un modo de ayudar. A comienzos del 2009, después de algunas amenazas de muerte contra el padre José María “Pepe” Di Paola (sacerdote comprometido en la “villa 21”), el arzobispo denuncio en una homilía a “los mercaderes de las tinieblas”. Inmediatamente después, más de 400 sacerdotes de Buenos Aires tomaron la iniciativa de firmar una declaración a favor de su hermano sacerdote y la presentaron en una conferencia de prensa. Y para demostrar que las amenazas no hacen más que reforzar el compromiso, el cardenal decidió instituir una vicaría para las villa de emergencia en la capital Argentina.

En una reciente entrevista con el diario La Stampa, Bergoglio se expresó con claridad: “Toda la actividad ordinaria de la Iglesia se orientó teniendo en cuenta la omisión. Esto implica una atención muy fuerte entre centro y periferia, entre la parroquia y el barrio. Se debe salir de uno mismo, ir hacia la periferia. Hay que evitar la enfermedad espiritual de la Iglesia autorreferencial: cuando lo es, la Iglesia se enferma. Es cierto que al salir a la calle, como nos pasa a todos los hombres y mujeres, puede haber accidentes. Pero si la Iglesia permanece encerrada en sí misma autorreferencial, envejece. Entre una Iglesia accidentada que sale a la calle y una Iglesia enferma de autorreferencialidad, no tengo ninguna duda prefiero la primera”. A pesar de los muchos compromisos el cardenal no omitió una cierta atención al mundo artístico y cultural. Juega a su favor el hecho de que le bastan cinco horas de sueño por la noche (“me levanto cada mañana a las cuatro sin necesitar poner el despertador”, reveló), aparte de 40 minutos de siesta después de la comida.

El listado de las cosas que le agradan lo confió a los autores del libro entrevista El Jesuita: su cuadro preferido es La crucifixión blanca, de Marc Chagall (que se conserva en el Art Institute de Chicago), en cuanto a la música, las obras que más le agradan son la Obertura Leonora No. 3 y la sinfonías de Ludwing van Beethoven (pero según detalla, en las versiones dirigidas por Wilhem Furtwängler) junto con las óperas de Wagner; como libros privilegia la poesía de Friedrich Hölderlin, Los novios, de Alessandro Manzoni, La Divina Comedia, de Dante Alighieri, las obras de Fiódor Dostoyevski y las del argentino Leopoldo Marechal; al cine va muy raras veces, pero de todos a valorado los filmes El festín de Babette, de Gabriel Axel, Los Isleros, de Lucas Demare, Esperando la carroza, de Alejandro Doria, el neorrealismo italiano con las interpretaciones de Anna Magnani y Aldo Fabrizi, así como las películas de la actriz argentina Tita Merello.

13 de marzo de 2013: la “fumata blanca”

La catedral de Buenos Aires parecía repleta durante la celebración del miércoles de ceniza de 2013. Era el 13 de febrero: apenas dos días antes Benedicto XVI había comunicado su renuncia – al final de la homilía de su arzobispo los fieles presentes sienten un estremecimiento premonitorio. Como de costumbre, el cardenal Bergoglio había pronunciado palabras de esperanza y de denuncia. Después de ver augurado “una Santa cuaresma, penitencial y profunda” se había permitido hacer un llamamiento de carácter personal: “por favor les pido que recen por mí”. Ya había adquirido el billete para Roma, y con fecha de regreso había fijado el 23 de marzo, de modo que pudiera estar en archidiócesis para la misa del domingo de ramos. Pero retomando una frase escrita por Ángelo Roncalli antes del conclave de 1958, también el comenzaba a percibir “un gran movimiento de mariposas en torno a mi pobre persona”.

En el diario de un cardenal elector se lee, a propósito de Jorge Mario Bergoglio: “Lo miro mientras va a depositar su voto en la urna, sobre el altar de la Sixtina: tiene la mirada fija en la imagen de Jesús que juzga a las almas al fin de los tiempos. Tenía el rostro suficiente como si implorase: Dios no me hagas esto”. Contrariamente a cuanto pudiese parecer estas pocas palabras no fueron escritas en estos últimos días, sino hace ocho años durante el conclave de abril de 2005.

Ya en aquella circunstancia, el arzobispo argentino había sido la única alternativa real a Joshep Ratzinger. Las cuatro votaciones vieron como la atención del colegio cardenalicio en su conjunto se focalizaba en estas dos personalidades. Después de una partida con 47 votos para Ratzinger y 10 para Bergoglio, en el segundo turno pasaron respectivamente a 65 y 35 votos. Incluso en la tercera votación 112 cardenales de 115 votaron por uno de los dos (72 para Ratzinger y 40 para Bergoglio). En el intervalo de la comida, el cardenal de Buenos Aires pidió a cuantos le apoyaban que hiciesen converger sus votos en el prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Y así fue: con 84 votos fue elegido Benedicto XVI, mientras que en Bergoglio convergieron todavía 26. Los cardenales tienen una memoria larga. Reunidos en un conclave inédito, con el predecesor aún en vida, las muchas hipótesis periodísticas tuvieron que enfrentarse a la realidad que había sido, bien sintetizado por el cardenal decano Ángelo Sodano en la homilía de la misa pro eligendo Pontífice. La oración para que el Señor concediese “Un buen pastor” dotado del amor que impulsa a los pastores de la Iglesia a desarrollar su misión de servicio a los hombres de todo tiempo, desde el servicio caritativo más inmediato hasta el servicio más elevado, el de ofrecer a los hombres la luz del evangelio y la fuerza de la gracia”, había impulsado a más de uno a dirigir la mirada hacia el cardenal Bergoglio.

Cuatro votaciones sin resultado positivo. Después, a las 19:06 del 13 de marzo, una nube de humo blanco que emergía de la chimenea sobre la Sixtina anunció la elección del nuevo Papa, Jorge Mario Bergoglio. Primer jesuita en la catedra de Pedro, primer Pontífice del continente americano, primer no europeo después de casi doce siglos (el último fue el sirio Gregorio III en 731). “Pero, ¿Qué arriesgada? A sido una gran mayoría, una mayoría abrumadora, diría yo”, respondió el cardenal Giovanni Battista Re a un cronista que le preguntaba la cantidad de los votos a favor de Bergoglio. No me parece que haya sido adecuadamente registrado, pero las secuencias de elecciones del 2005 – 2013 y de agosto – octubre de 1978 tienen un significativo rasgo en común. En ambas circunstancias, en el segundo conclave, el que entro como Papa salió como cardenal como reza un antiguo dicho que, según el autorizado historiador Ambrogio Piazzoni, ha demostrado ser verdadero en el 90 por ciento de los casos. En 1978 la confrontación sin resultado positivo entre los candidatos italianos Giuseppe Siri y Giovanni Benelli condujo a la “Sorpres Wojtyla”, que en realidad, ya había sido señalado desde la vez anterior como un outsidor posible. En 2013, los tan mencionados Ángelo Scola y Marc Ouellet tuvieron que ceder el paso a quien, en el conclave que eligió a Ratzinger, había estado casi a la par de éste en la pole position.

Pocos minutos antes de la fumata blanca el mismo cardenal Re había tenido la tarea de dirigir al nuevo elegido la pregunta acerca del nombre que había escogido, y había escuchado por respuesta: “Francisco”. Dejando aparte el caso de Juan Pablo I, desde hace exactamente 1100 años no había habido un nombre nuevo en la secuencia de los pontífices: para ello hay que remontarse a Landón, natural de Sabinia, que fue electo en el 913. Y ninguno había escogido hasta ahora el nombre del patrono de Italia en los casi 800 años transcurridos desde su muerte a pesar de que había habido no menos de cuatro pontífices franciscanos. Es curioso señalar, así mismo, que el último Papa proveniente de esta orden, Clemente XIV suprimió en 1773 la Compañía de Jesús (la orden a la que pertenece el Papa Francisco), se dio a las presiones de las grandes potencias europeas.

Sobre las motivaciones de tal elección (“Esto refuerza mi relación espiritual con esta tierra donde están los orígenes de mi familia”, subrayará el Papa Francisco en el primer Ángelus, del 17 de marzo) la explicación llego del mismo interesado, que en su encuentro con los representantes de la prensa el 16 de marzo relato: “Algunos pensaban en Francisco Javier, en Francisco de Sales, también en Francisco de Asís – les contare la historia. Durante las elecciones, tenía al lado al arzobispo emérito de São Paulo, y también prefecto emérito de la congregación para el clero, el cardenal Claudio Hummes: un gran amigo, un gran amigo. Cuando la cosa se ponía un poco peligrosa el me confortaba. Y cuando los votos subieron a los dos tercios, hubo el acostumbrado aplauso, porque había sido elegido y el me abrazo y me besó y me dijo: “No te olvides de los pobres”.

Y prosiguió el Papa Francisco: “Y esta palabra ha entrado aquí [el Papa Francisco acompaña en ese momento el “aquí” señalándose la cabeza (ndt)]: los pobres, los pobres – de inmediato en relación con los pobres, he pensado en Francisco de Asís. Después he pensado en las guerras, mientras proseguía el escrutinio hasta terminar todos los votos. Y Francisco es el hombre de la Paz. Y así el nombre ha entrado en corazón: Francisco de Asís. Para mi es el nombre de la pobreza, el nombre de la paz, el nombre que ama y custodia la creación; en este momento, también nosotros mantenemos con la creación una relación no tan buena, ¿No? Es el hombre que nos da este espíritu de paz, el hombre pobre”.

Los primeros pasos del pontificado

A los cardenales que acababan de elegirlo, el Papa Francisco se dirigió sonriente con un sonoro: “Dios os perdone por lo que habéis hecho”. Después se vistió el habito blanco y modificó algunas costumbres: No quiso vestir la muceta roja que el ceremoniero le había puesto, no quiso cambiar la cruz pectoral de plata que llevaba ya como obispo por otra de oro, y recibió de pie el acto de homenaje de sus hermanos cardenales para él, más que lo exterior, lo que cuenta es la sustancia: “El problema no es si usas la sotana, sino que te la arremangues cuando te la tengas que arremangar para trabajar por los demás, dijo en una ocasión citando un relato acerca de un recién ordenado que preguntaba a un sabio sacerdote si debía vestir sotana. Finalmente ese 13 de marzo a las 20:22 salió a la Logia, central de la Basílica de San Pedro para el primer encuentro con los fieles, a los que el cardenal protodiácono Jean-Louis Tauran había anunciado ya a las 20:12 el nombre del elegido.

Múltiples son los gestos que han impactado en el corazón de las docenas de miles de personas que entre tanto habían llenado la Plaza de San Pedro y de los millones que estaban siguiendo el acontecimiento por televisión. Para comenzar, un saludo normal: “¡Hermanos y hermanas, buenas tardes!”, casi como un equivalente a aquel “buenas noches” con que el que Joseph Ratzinger se había despedido de los fieles antes de encerrarse en su ocultamiento.

Inmediatamente después, hizo una referencia a su predecesor: “Sabias que el deber del conclave era dar un obispo a Roma. Parece que mis hermanos cardenales han ido a buscarlo casi al fin del mundo, pero aquí estamos. Os agradezco la acogida. La comunidad diocesana de Roma tiene a su obispo. Gracias y ante todo, quisiera rezar por nuestro obispo emérito, Benedicto XVI. Oremos todos juntos por él, para que el Señor lo bendiga y la Virgen lo proteja”. De la plaza vio una respuesta al unísono, que mostro la gratitud del pueblo de Dios por haber podido contar, durante ocho años, con la segura guía ministerial del papa Ratzinger. Después, una invitación vigorosa: “Y ahora, comenzamos este camino: obispo y pueblo. Este camino de la Iglesia de Roma, que es la que preside en la caridad a todas las Iglesias. Un camino de fraternidad, de amor, de confianza entre nosotros. Recemos siempre por nosotros: el uno por el otro. Recemos por todo el mundo, para que haya una gran fraternidad. Deseo que este camino de Iglesia que hoy comenzamos y en el cual me ayudará mi cardenal vicario, aquí presente, sea fructífero para la evangelización de esta ciudad tan hermosa”.

Pero, antes de impartir solemne bendición urbi et orbi (a la ciudad de Roma y al mundo entero), el Papa Francisco hizo una petición inédita: “Y ahora quisiera dar la bendición, pero antes, antes, os pido un favor: antes de que el obispo bendiga al pueblo, os pido que vosotros recéis para que el Señor me bendiga: la oración del pueblo pidiendo la bendición para su obispo. Hagamos en silencio esta oración de vosotros para mí”. El ruidoso parloteo se acalló de inmediato y sobre la plaza se sintió como flotar una sensación de paz y la certeza de la asistencia divina. Las primeras salidas públicas para venerar el icono de María Salus populi Romani en Santa María Maggiore y para visitar en el hospital al cardenal Jorge María Mejía, así como los primeros discursos del pontificado, a los cardenales y a los periodistas, marcan el inicio de un itinerario luminoso para la Iglesia.

Las huellas de su proyecto pastoral que ha diseminado en estas intervenciones aparecen con claridad: “Caminar siempre, a la luz del Señor; edificar la Iglesia; confesar a Jesucristo” es la triada que señaló a los cardenales, utilizando inmediatamente después fuertes palabras: “Cuan no se confiesa a Jesucristo, me viene a la memoria la frase de León Bloy: “Quién no reza al Señor, reza al diablo” cuando no se confiesa a Jesucristo, se confiesa la mundanidad del diablo, la mundanidad del demonio”. Y a los periodistas les recordó que “La Iglesia existe […] para comunicar […] la verdad, la bondad y la belleza “en persona”. Pero también expresó que deseaba “una Iglesia pobre y para los pobres”. Y en el primer Ángelus invito a no olvidar nunca que “El Rostro Dios es el de un padre misericordioso, que siempre tiene paciencia […], el problema es que nosotros nos cansamos, no queremos, nos cansamos de pedir perdón […]. Aprendamos también nosotros a ser misericordiosos con todos”. En el saludo a la multitud que se había dado cita en la Plaza de San Pedro en la tarde del 13 de marzo para escuchar en vivo el anuncio del nuevo pontífice, Francisco bromeo sobre el hecho de que sus hermanos cardenales habían ido a buscarlo “Casi al fin del mundo”. Una expresión que hizo regresar a la mente las palaras de Juan Pablo II, cuando, en la circunstancia similar del 16 de octubre de 1978, dijo, en cambio, que lo habían llamado “de un país lejano”.


En el fondo, no es otra cosa que el cumplimiento de la invitación de Jesús a que los apóstoles fuesen sus testigos “hasta los confines de la tierra”. Y ahora, desde esos confines regreso a Roma, al corazón de la cristiandad un cuanto regada por la sangre de los mártires Pedro y Pablo para ser reflorecer la “buena noticia” del evangelio en el corazón del mundo.

Homilía inaugural del pontificado de Francisco
Queridos hermanos y hermanas.

Doy gracias al Señor por poder celebrar esta Santa Misa de comienzo del ministerio petrino en la solemnidad de San José, esposo de la Virgen María y patrono de la Iglesia Universal: es una coincidencia muy rica de significado, y es también el onomástico de mí venerado Predecesor: le estamos cercanos con la oración, llena de afecto y gratitud. Saludo con afecto a los hermanos cardenales y obispos, a los presbíteros diáconos, religiosos y religiosas y a todos los fieles laicos. Agradezco por su presencia a los representantes de las otras Iglesias y Comunidades eclesiales, así como a los representantes de la comunidad judía y otras comunidades religiosas. Dirijo un cordial saludo a los Jefes de Estado y de Gobierno, a las delegaciones oficiales de tantos países del mundo y al Cuero Diplomático.

Hemos escuchado en el Evangelio que “José hizo lo que el ángel del Señor le había mandado, y recibió a su mujer (Mt 1,24). En estas palabras se encierra ya la misión que Dios confía a José, la de ser custos, custodio. Custodio ¿de quién? De María y Jesús; pero es una custodia que se alarga luego a la Iglesia, como ha señalado el beato Juan Pablo II: “Al igual que cuidó amorosamente a María y se dedicó con gozoso empeño a la educación de Jesucristo, también custodia y protege su cuerpo místico, la Iglesia, de la que la Virgen Santa es figura y modelo” (Exhort. Ap. Redemptoris Custos, 1). ¿Cómo ejerce José esta custodia? Con discreción, con humildad, en silencio, pero con una presencia constante y una fidelidad total, aun cuando no comprende. Desde su matrimonio con María hasta el episodio de Jesús en el Templo de Jerusalén a los doce años, acompaña en todo momento con esmero y amor. Está junto a María, su esposa, tanto en los momentos serenos de la vida como en los difíciles en el viaje a Belén para el Censo y en las horas temblorosas y gozosas del parto; en el momento dramático de la huida a Egipto y en la afanosa búsqueda de su hijo en el Templo; y después en la vida cotidiana en la casa de Nazaret, en el taller donde enseñó el oficio a Jesús.

¿Cómo vive José su vocación como custodio de María, de Jesús, de la Iglesia? Con la atención constante a Dios, abierto a sus signos, disponible a su proyecto, y no tanto al propio; y eso es lo que Dios le pidió a David, como hemos escuchado en la primera Lectura: Dios no quiere una casa construida por el hombre, sino la fidelidad a su palabra, a su designio; y es Dios mismo quien construye la casa, pero de piedras vivas marcadas por su Espíritu. Y José es “custodio” porque sabe escuchar a Dios, se deja guiar por su voluntad, y precisamente por eso es más sensible aún a las personas que se le han confiado, sabe cómo leer con realismo los acontecimientos, está atento a lo que le rodea, y sabe tomar decisiones más sensatas. En él, queridos amigos, vemos cómo se responde a la llamada de Dios, con disponibilidad, con prontitud; pero vemos también cuál es el centro de la vocación cristiana: Cristo. Guardemos a Cristo en nuestra vida, para guardar a los demás para salvaguardar la creación. Pero la vocación de custodiar no sólo nos atañe a nosotros, los cristianos, sino que tiene una dimensión que antecede y que es simplemente humana, corresponde a todos. Es custodiar toda la creación, la belleza de la creación, como se nos dice en el libro del Génesis y como nos muestra san Francisco de Asís: es tener respeto por todas las criaturas de Dios y por el entorno en el que vivimos. Es custodiar a la gente, el preocuparse por todos, por cada uno, con amor, especialmente para los niños, los ancianos, quienes son más frágiles y que a menudo se quedan en la periferia de nuestro corazón. Es preocuparse uno del otro en la familia: los cónyuges se guardan recíprocamente y luego, como padres, cuidan de los hijos, y con el tiempo, también los hijos se convertirán en cuidadores de sus padres. Es vivir con sinceridad las amistades, que son un recíproco protegerse en la confianza, en el respeto y en el bien. En el fondo, todo está confiado a la custodia del hombre, y es una responsabilidad que nos afecta a todos. Sed custodios de los dones de Dios.

Y cuando el hombre falla en esta responsabilidad, cuando no nos preocupamos por la creación y por los hermanos, entonces gana terreno la destrucción y el corazón se queda árido. Por desgracia, en todas las épocas de la historia existen. “Herodes” que traman planes de muerte, destruyen y desfiguran el rostro del hombre y de la mujer. Quisiera pedir, por favor, a todos los que ocupan puestos de responsabilidad en el ámbito económico, político y social, a todos los hombres y mujeres de buena voluntad: seamos “custodios” de la creación del designio de Dios inscrito en la naturaleza, guardianes del otro, del medio ambiente; no dejemos que los signos de destrucción y de muerte acompañen el camino de este mundo nuestro. Pero, para “custodiar”, también tenemos que cuidar de nosotros mismos. Recordemos que el odio, la envidia, la soberbia ensucian la vida. Custodiar quiere decir entonces vigilar sobre nuestros sentimientos, nuestro corazón porque ahí es de donde salen las intenciones buenas y malas: las que construyen y las que destruyen. No debemos tener miedo de la bondad, más aún, ni siquiera de la ternura. Y aquí añado entonces una ulterior anotación: el preocuparse, el custodiar, requiere bondad pide ser vivido con ternura. En los evangelios, San José aparece como un hombre fuerte y valiente, trabajador, pero en su alma se percibe una gran ternura, que no es la virtud de los débiles, sino más bien todo lo contrario: denota fortaleza de ánimo y capacidad de atención, de comprensión, de verdadera apertura al otro, de amor. No debemos tener miedo de la bondad, de la ternura.

Hoy, junto la fiesta de San José, celebramos el inicio del ministerio del nuevo obispo de Roma, sucesor de Pedro, que comparte también un poder. Ciertamente, Jesucristo ha dado un poder a Pedro, pero ¿De qué poder se trata? A las tres preguntas de Jesús a Pedro sobre el amor, sigue la triple invitación: Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas. Nunca olvidemos que el verdadero poder es el servicio, y que también el Papa, para ejercer el poder, debe entrar cada vez más a ese servicio que tiene su culmen luminoso en la cruz; debe poner sus ojos en el servicio humilde, concreto, rico de fe, de San José y, como él abrir los brazos para custodiar al todo el pueblo de Dios y acoger con afecto y ternura a toda la humanidad, especialmente a los más pobres, los más débiles, los más pequeños, eso que Mateo describe en el juicio final la caridad: al hambriento, al sediento, al forastero, al desnudo, al enfermo, al encarcelado (cfr. Mt 25,31-46). Solo el que sirve con amor sabe custodiar. En la segunda lectura, San Pablo habla de Abraham, que “apoyado en la esperanza, creyó, contra toda esperanza” (RM 4,18) apoyado en la esperanza, contra toda esperanza. También hoy ante tantos cúmulos de cielo gris, hemos de ver la luz de la esperanza y dar nosotros mismos esperanza. Custodiar la creación cada hombre y cada mujer, con una mirada de ternura y de amor; es abrir un resquicio de luz en medio de tantas nubes; es llevar el calor de la esperanza. Y, para el creyente, para nosotros los cristianos como Abraham, como San José, la esperanza que llevamos tiene el horizonte de Dios, que se nos ha abierto en Cristo, está fundada sobre la roca que es Dios.

Custodiar a Jesús con María, custodiar toda la creación, custodiar a todos, especialmente a los más pobres, custodiarnos a nosotros mismos; he aquí un servicio que el obispo de Roma está llamado a desempeñar, pero al que todos estamos llamados para hacer brillar la estrella de la esperanza: Protejamos con amor lo que Dios nos ha dado. Imploro la intercesión de la Virgen María, de San José, de los apóstoles San Pedro y San Pablo, de San Francisco, para que el Espíritu Santo acompañe mi ministerio, y a todos vosotros os digo: Rezad por Mí. Amén

© D. R. JCP FM
Traducción:
Italiano – Español
Cristopher Torres C
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El Papa y la Misericordia.

En la bula de convocación del Jubileo, Misericordiae Vultus, el Papa Francisco cita tres papas para señalar su especial atención al tema de la Misericordia. El primero al cual se refieres Juan XXIII, quién, al convocar el Concilio dijo:

“Ahora la esposa de Cristo prefiere usar la medicina de la Misericordia, en lugar de cruzar los brazos del rigor […] la Iglesia Católica, quiere mostrarse como madre amorosa de todos, benévola, paciente, movida por la misericordia y la bondad hacia los hijos separados de ella”. El segundo es Pablo VI, el cual, al concluir el Vaticano segundo recordaba hasta qué punto el magisterio conciliar había estado a la luz de la parábola del samaritano. Finalmente, traza un resumen del pensamiento de Juan Pablo II en su encíclica Dives in misericordia.

Estos ejemplos nos han impulsado a recoger, en una breve síntesis, la riqueza del magisterio de los últimos Papas sobre el mensaje central del Jubileo. De allí aparece una increíble profundidad, porque la misericordia atraviesa todos los ámbitos de la vida de la Iglesia y de la existencia cristiana. Estas bellas paginas son un testimonio precioso de cuan remanente es la referencia a la misericordia en el magisterio de la Iglesia. El Pontificio consejo para la promoción de la nueva evangelización agradece al profesor Laurent Touze, docente de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz, por haber contribuido con esta selección a evidenciar la misericordia como el eje conductor de las enseñanzas de los últimos pontífices. Lamentamos no haber podido publicar todo el material al respecto, rico y extraordinario, pero de tales dimensiones, que van más allá de los límites de un instrumento pastoral ágil como el que se ha pensado para la preparación del Jubileo. Estamos seguros de que la meditación de estas páginas llevara no solo a la reflexión sobre la importancia de la misericordia, sino que será una invitación para que se vuelva parte de la vida cotidiana de todo creyente, en su responsabilidad de hacer creíble el evangelio.

© JCP FM
Traducción: Cristopher Torres C.


La misericordia es la fuerza gozosa que nos hace salir del pecado

¡Dios es alegre! ¿Y cuál es la alegría de Dios? La alegría de Dios es perdonar, ¡la alegría de Dios es perdonar! […] ¡Aquí está todo el evangelio! Aquí está todo el evangelio, está todo el cristianismo […] La misericordia es la verdadera fuerza que puede salvar al hombre y al mundo del “cáncer” que es el pecado, el mal moral, el mal espiritual. Sólo el amor llena los vacíos, las vorágines negativas que el mal abre en el corazón y en la historia. Solo el amor puede hacer esto, y ésta es la alegría de Dios […] ¿Cuál es el peligro? Es que presumamos de ser justos, y juzguemos a los demás. Juzgamos también a Dios, porque pensamos que debería castigar a los pecadores, condenarlos a muerte, en lugar de perdonar. Entonces sí que nos arriesgamos a permanecer fuera de la casa del Padre (Ángelus, 15 de Septiembre 2013). Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre. El misterio de la fe cristiana parece encontrar su síntesis en esta palabra. […] Jesús de Nazaret, con su Palabra, con sus gestos y con toda su persona revela la misericordia de Dios. Siempre tenemos necesidad de contemplar el misterio de la misericordia. Es fuente de alegría, de serenidad y de paz. Es condición para nuestra salvación. Misericordia: es la palabra que nos revela el Misterio de la Santísima Trinidad. Misericordia: es el acto último y supremo con el cuál Dios viene a nuestro encuentro. Misericordia: es la ley fundamental que habita en el corazón de cada persona cuando mira con los ojos sinceros al hermano que encuentra en el camino de la vida. Misericordia: es la vía que une a Dios y al hombre, porque abre el corazón a la esperanza de ser amados para siempre, a pesar del límite de nuestro pecado (Misericordiae vultus, nn. 1-2, 11 de abril de 2015).

Jesús es la misericordia encarnada

Jesucristo es el amor de Dios encarnado, la misericordia encarnada (Regina Coeli, 7 de abril 2013). Después de que Jesús vino al mundo no se puede actuar como sino conociéramos a Dios como si fuese una cosa abstracta, vacía, e referencia puramente nominal; no, Dios tiene un rostro concreto, tiene un nombre: Dios es misericordia (Ángelus, 18 agosto 2013).

Con la mirada fija en Jesús y en su rostro misericordioso podemos percibir el amor de la Santísima Trinidad. La misión que Jesús ha recibido del Padre ha sido la de revelar el misterio del amor divino en plenitud. “Dios es amor” (1 Jn 4,8.16), afirma por la primera y única vez en toda la sagrada escritura el evangelista Juan. Este amor se ha hecho ahora visible y tangible en toda la vida de Jesús. Su persona no es otra cosa sino amor. Un amor que se dona gratuitamente. Sus relaciones con las personas que se le acercan dejan ver algo único e irrepetible. Los signos que realiza, sobre todo hacia los pecadores, hacia las personas pobres excluidas, enfermas y suficientes llevan consigo el distintivo de la misericordia en el todo habla de la misericordia. Todo en él es falto de compasión (Misericordiae vultus, n.8, 11 de abril 2015).

Cuando dirigimos la mirada la cruz donde Jesús estuvo clavado, contemplamos el signo del amor, del amor infinito de Dios por cada uno de nosotros y la raíz de nuestra salvación. De esa cruz brota la misericordia del Padre, que abraza al mundo entero. Por medio de cruz de Cristo ha sido vencido el maligno, ha sido derrotada la muerte, se nos ha dada la vida, devuelto la esperanza (Ángelus 14 de septiembre 2014).

María es experta en misericordia, porque su corazón está en perfecta sintonía con Cristo

Todo en su vida (la de María) fue plasmado por la presencia de la misericordia hecha carne. La Madre del Crucificado Resucitado entro en el Santuario de la Misericordia Divida. Porque participo íntimamente en el misterio de su amor. Elegida para ser la Madre del Hijo de Dios, María estuvo preparada desde siempre por el amor del Padre para ser Arca de la Alianza entre Dios y los hombres. Custodió en su corazón la Divina Misericordia, en perfecta sintonía con su hijo Jesús. […] Al pie de la cruz, María junto con Juan, el discípulo del amor, es testigo de las palabras de perdón que salen de la boca de Jesús. El perdón supremo ofrecido a quién lo ha crucificado, nos muestra hasta dónde puede llegar la misericordia de Dios. María atestigua que la misericordia del hijo de Dios no conoce límites y alcanza a todos sin excluir a ninguno dirijamos a ella la antigua y siempre nueva oración del Salve Regina para que nunca se canse de volver a nosotros sus ojos misericordiosos y nos haga dignos de contemplar el rostro de la misericordia, su hijo Jesús (Misericordiae Vultus, n. 24).

© JCP FM
Traducción: Cristopher Torres C.


El gran rio de la misericordia

Desde el corazón de la trinidad, desde la intimidad más profunda del misterio de Dios, brota y corre sin parar el gran río de la misericordia. Esta fuente nunca podrá agotarse, sin importar cuantos sean los que a ella se acerquen. Cada vez que alguien tenga necesidad, podrá venir a ella, porque la misericordia de Dios no tiene fin. Es tan insondable la profundidad del misterio que encierra, tan inagotable la riqueza que de ella proviene (Misericordiae vultus, n. 25).

Podemos ser transformados por la misericordia divina porque en la Iglesia encontramos a Cristo

La Iglesia nos hace encontrar la misericordia de Dios que nos transforma, porque en ella está presente Jesucristo, que le da la verdadera confesión de fe, la plenitud de la vida sacramental, la autenticidad del misterio ordenado. En la Iglesia cada uno de nosotros encuentra cuanto es necesario para creer, para vivir como cristianos, para llegar a ser santos, para caminar en cada lugar y en cada época (Audiencia General, n. 1, 9 de octubre de 2013).

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Traducción: Cristopher Torres C.


La misericordia de Dios renueva el mundo

San Celestino V […], como San Francisco de Asís, tuvo un fortísimo sentido de la misericordia de Dios, y del hecho que la misericordia de Dios renueva el mundo […] Con su fuerte compasión por la gente estos santos sintieron la necesidad de dar al pueblo lo más grande, la riqueza más grande: la misericordia del Padre, el perdón. “Perdona nuestras ofensas así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. En estas palabras del Padre Nuestro está todo un proyecto de vida basado en la misericordia. La misericordia, la indulgencia, la condonación de la deuda, no es solo algo devocional, privado, un paliativo espiritual, una especie de óleo que ayuda a hacer más suaves, más buenos, no. Es la profecía de un mundo nuevo, en el que los bienes de la tierra y del trabajo se distribuyen equitativamente y nadie se ve privado de lo necesario, porque la solidaridad y el acto de compartir son la consecuencia concreta de la fraternidad. Estos dos santos dieron el ejemplo. Ellos sabían que, como clérigos – uno era diácono, otro obispo de Roma -, como clérigos, los dos tenían que dar ejemplo de pobreza, de misericordia y de despojamiento total de sí mismos (Encuentro con la Población y Convocación del Año Jubilar Celestiniano, Plaza de la Catedral de Isemia, 5 de julio de 2014).

Un pastor que es consciente de que su ministerio brota únicamente de la misericordia y del corazón de Dios, nunca podrá asumir una actitud autoritaria, como si todos estuviesen a sus pies y la comunidad fuese su propiedad, su reino personal. La consciencia de que todo es don, todo es gracia, ayuda también a un pastor a no caer en la tentación de ponerse en el centro de la atención y confiar solo en sí mismo. Son las tentaciones de la vanidad, del orgullo, de la saficiencia, de la soberbia. Ay si un obispo, un sacerdote o un diácono pensase que lo sabe todo, que tiene siempre la respuesta justa para cada cosa y que no necesita de nadie. Al contrario, la consciencia de ser él, en primer lugar, objeto de la misericordia y de la compasión de Dios, debe llevar a un ministro de la Iglesia a ser siempre humilde y compasivo respecto a los demás (Audiencia General, nn. 2-3, 12 de noviembre de 2014).

Sin traicionar las exigencias del Evangelio, debemos acompañar con amorosa paciencia el crecimiento de quién se abre a Dios

Tanto los pastores como todos los fieles que acompañan a, sus hermanos en la fe o en un camino de apertura a Dios, no pueden olvidar lo que con tanta claridad enseña el catecismo de la Iglesia Católica: “La imputabilidad y responsabilidad de una acción pueden quedar disminuidas en incluso suprimidas a causa de la ignorancia, la inadvertencia, la violencia, el temor, los hábitos, los afectos desordenados y otros factores psíquicos o sociales”. Por lo tanto sin disminuir el valor del ideal evangélico, hay que acompañar con misericordia y paciencia las etapas posibles de crecimiento de las personas que se van construyendo día a día. A los sacerdotes les recuerdo que el confesionario no debe ser una sala de torturas sino el lugar de la misericordia del Señor que nos estimula a hacer el bien posible (Evangelii gaudium, n. 44, 24 noviembre 20... ).

Que haya diferencia de estilo entre los confesores es normal, pero estas diferencias no pueden referirse a la esencia, es decir, a la sana doctrina moral y a la misericordia. Ni el laxista, ni el rigorista dan testimonio de Jesucristo, porque ni uno ni otro se hace cargo de la persona que encuentra. El rigorista se lava las manos: en efecto, clava a la persona a la ley entendida de modo rígido y frío; el laxista, en cambio se lava las manos: solo aparentemente es misericordioso, pero en realidad no toma en serio el problema de esa consciencia, minimizando el pecado. La misericordia autentica se hace cargo de la persona, la escucha atentamente, se acerca con respeto y con verdad a su situación, y la acompaña en el camino de la reconciliación. Y esto es fatigoso, si, ciertamente. El sacerdote verdaderamente misericordioso se comporta como el buen samaritano… pero, ¿por qué lo hace? Porque su corazón es capaz de compasión es el corazón de Cristo. Sabemos bien que el laxismo ni el egoísmo hacen crecer la santidad (discurso a los sacerdotes de la Diócesis de Roma, n – 3, 6 marzo 2014).

Un sacerdote que no cuida esta parte de su ministerio, tanto en el tiempo que le dedica como en la calidad espiritual, es como un pastor que no se ocupa de las ovejas que se han perdido; es como un padre que se olvida de su hijo perdido y descuida esperarlo. Pero la misericordia es el corazón del Evangelio. […] No olvidemos que a los fieles a menudo les cuesta acercarse al sacramento, sea por razones prácticas, sea por la natural dificultad de confesar a otro hombre los propios pecados. Por esta razón es necesario trabajar mucho sobre nosotros mismos, sobre nuestra humanidad, para no ser nunca obstáculo sino favorecer siempre el acercamiento a la misericordia y al perdón (Discurso a los participantes en el curso organizado por la Penitenciaria Apostólica, 28 de marzo 2014).

Entre los sacramentos, ciertamente el de la reconciliación hace presente con especial eficacia el rostro misericordioso de Dios: lo hace concreto y lo manifiesta continuamente, sin pausa. No lo olvidemos nunca como penitentes o como confesores: no existe ningún pecado que Dios no pueda perdonar. Ninguno. Solo lo que se parta de la misericordia divina no se puede perdonar, como quien se aleja del sol no se puede iluminar ni calentar (Discurso a los participantes al curso organizado por el Tribunal de la Penitenciaria Apostólica, 12 de marzo de 2015).

© JCP FM
Traducción: Cristopher Torres C.


El Bautismo y la Confesión, intervenciones de la Misericordia Divina que perdona y da una vida nueva, la Eucaristía, Pan de los pobres que se reconocen necesitados del Perdón de Dios

En el sacramento del bautismo se perdonan todos los pecados, el pecado original y todos los pecados personales, como también todas las penas del pecado. Con el bautismo se abre la puerta a una efectiva novedad de vida que no está abrumada por el peso de un pasado negativo, sino que goza ya de la belleza y la bondad del reino de los cielos. Se trata de una intervención poderosa de la misericordia de Dios en nuestra vida, para salvarnos. Esta intervención salvífica no quita a nuestra naturaleza humana su debilidad – todos somos débiles y todos somos pecadores -; y nos quita la responsabilidad de pedir perdón cada vez que nos equivocamos. No puedo bautizarme más de una vez, pero puedo confesarme y renovar así la gracia del bautismo. Es como si hiciera un segundo bautismo. El Señor Jesús es muy bueno y jamás se cansa de perdonarnos (Audiencia General, n. 3, 13 de diciembre de 2013).

Quien celebra la Eucaristía no lo hace porque se considera o quiere aparentar ser mejor que los demás, sino precisamente porque se reconoce siempre necesitado de ser acogido y regenerado por la misericordia de Dios, hecha carne en Jesucristo. Si cada uno de nosotros no se siente necesitado de la misericordia de Dios, esto es, no se siente pecador ¡es mejor que no vaya a misa! Nosotros vamos a misa porque somos pecadores y queremos recibir el perdón de Dios, participar en la redención de Jesús, en su Perdón.

© JCP FM
Traducción: Cristopher Torres C.


La misericordia como camino de la Misión. Los cristianos. Tocados por la Divina Misericordia emprenden iniciativas para difundirla

Se necesitan cristianos que hagan visible a los hombres de hoy la misericordia de Dios, su ternura hacia cada creatura. Sabemos todos que la crisis de la humanidad contemporánea no es superficial, es profunda por esto la nueva evangelización, mientras llama a tener el valor de ir a contracorriente, de convertirse de los ídolos al único Dios verdadero, a de usar el lenguaje de la misericordia hecho de gestos y de actitudes antes que de palabras (Discurso a los participantes en la Plenaria del Consejo Pontificio para la promoción de la Nueva Evangelización, 14 de octubre de 2013). La comunidad evangelizadora experimenta que el Señor tomó la iniciativa y le ha precedido en el amor (cfr.1 Jn 4,10); y, por eso, ella sabe adelantarse, tomar la iniciativa sin miedo, salir al encuentro, buscar a los lejanos y llegar a las cruces de los caminos para invitar a los excluidos. Vive un deseo inagotable de brindar misericordia del Padre y su fuerza difusiva. ¡Atrevamos un poco más a tomar la iniciativa! (Evangelii gaudium, n. 24, 24 de noviembre de 2013).

Hay tanta necesidad hoy de misericordia, y es importante que los fieles laicos la vivan y la lleven a los diversos ambientes sociales. ¡Adelante! Nosotros estamos viviendo el tiempo de la misericordia, este es el tiempo de la misericordia (Ángelus 11 de enero de 2015).

La misericordia concreta del servicio a los pobres

El imperactivo de escuchar el clamor de los pobres, se hace carne en nosotros cuando se nos estremecen las entrañas ante el dolor ajeno. Releamos algunas enseñanzas de la palabra de Dios sobre la misericordia, para que resuenen con fuerza en la vida de la Iglesia […] Es un mensaje tan claro, tan directo, tan simple y elocuente que ninguna hermenéutica eclesial tiene derecho a relativizarlo, la reflexión de la Iglesia sobre estos textos no debería oscurecer o debilitar su sentido exhortativo, sino más bien ayudar a asumirlo con valentía y fervor ¿Para qué complicar lo que es tan simple? Los aparatos conceptuales están para favorecer el contacto con la realidad que pretenden explicar, no para alejarnos de ella. Esto vale sobre todo para las exhortaciones bíblicas que invitan con tanta contundencia al amor fraterno, al servicio humilde y generoso, a la justicia, a la misericordia con el pobre. Jesús nos enseñó este camino de reconocimiento del otro con sus palabras y con sus gestos ¿Para oscurecer los que es tan claro? (Evangelii gaudium, nn 193 – 194).

Dios no está solamente en el origen del amor, sino que en Jesucristo nos llama a imitar su modo mismo de amar: “Como yo los he amado ámense también unos a otros”. (Jn 13, 34). En la medida en que los cristianos viven este amor, se convierten en el mundo el mundo en discípulos creíbles de Cristo. El amor no puede soportar el hecho de permanecer encerrado en sí mismo. Por su misma naturaleza, es abierto, se difunde y es fecundo, genera siempre nuevo amor […] Quien experimenta la Misericordia Divina, se siente impulsado a ser artífice de misericordia entre los últimos y los pobres. En esos “hermanos más pequeños”, Jesús nos espera (cfr. Mt 25, 40); recibamos misericordia y demos misericordia (Homilía. Celebración Penitencial, 28 de marzo de 2014).

© JCP FM
Traducción: Cristopher Torres C.


Solemnidad de Petecostés

Santa Misa con los movimientos Eclesiales.
Homilía del Santo Padre Francisco.
Plaza de San Pedro, domingo 19 de mayo del 2013.


Queridos hermanos y hermanas:

En este día, contemplamos y revivimos en la liturgia la efusión del Espíritu Santo que Cristo Resucitado derramó sobre la Iglesia, un acontecimiento de gracia que ha desbordado el cenáculo de Jerusalén para difundirse por todo el mundo. Pero, ¿Qué sucedió en aquel día tan lejano a nosotros, y sin embargo, tan cercano, que llega a lo íntimo de nuestro corazón? San Lucas nos da la respuesta en el texto de los Hechos de los Apóstoles que hemos escuchado (2, 1 – 11). El evangelista nos lleva hasta Jerusalén, al piso superior de la casa donde están reunidos los apóstoles. El primer elemento que nos llama la atención es el estruendo que de repente vino del cielo “Como el viento que sopla fuertemente”, y lleno toda la casa; luego, las “lenguas como llamaradas”, que se dividían y se posaban encima de cada uno de los apóstoles. Estruendo y lenguas de fuego son signos claros y concretos que tocan a los apóstoles, no solo extraordinariamente, sino también en su interior: en su mente y en su corazón. Como consecuencia, “se llenaron todos del Espíritu Santo, que desencadenó su fuerza irresistible, con resultados llamativos: “Empezaron a hablar en otras lenguas, según el espíritu les concedía manifestarse”. Asistimos, entonces, a una situación totalmente sorprendente: una multitud se congrega y queda admirada porque cada uno oye hablar a los apóstoles en su propia lengua. Todos experimentan algo nuevo; que nunca había sucedido: “Los oímos hablar en nuestra lengua nativa”. ¿Y de hablaban? “De las grandezas de Dios”.

A la luz de este texto de los Hechos de los Apóstoles, deseo reflexionar sobre tres palabras relacionadas con la acción del Espíritu: Novedad, Armonía, Misión. 1- La Novedad nos da siempre un poco de miedo, porque nos sentimos más seguros si tenemos todo bajo control, si somos nosotros los que construimos, programamos, panificamos nuestra vida, según nuestros esquemas, seguridades, gustos, y esto nos sucede también con Dios. Con frecuencia lo seguimos, lo acogemos, pero hasta un cierto punto; nos resulta difícil abandonarnos a él con total confianza, dejando que el Espíritu Santo anime, guie nuestra vida, en todas las direcciones; tenemos miedo a que Dios nos lleve por caminos nuevos, nos saque de nuestros horizontes con frecuencia limitados, cerrados, egoístas, para abrirnos a los suyos. Pero en toda la historia de la salvación, cuando Dios se revela, aparece su novedad – Dios ofrece siempre novedad -, transforma y pide confianza total en él: Noé del que todos se ríen, construye un Arca y se salva; Abraham abandona su tierra, aferrado únicamente a una promesa; Moisés enfrenta al poder del faraón y conduce al pueblo a la libertad; los Apóstoles, de temerosos y encerrados en el cenáculo, salen con valentía para anunciar el evangelio. No es la novedad por la novedad, la búsqueda de lo nuevo para salir del aburrimiento, como sucede con frecuencia en nuestro tiempo. La novedad que Dios trae a nuestra vida es lo que verdaderamente nos realiza, lo que nos da la verdadera alegría, la verdadera serenidad, porque Dios nos ama y siempre quiere nuestro bien. Preguntémonos hoy: ¿Estamos abiertos a las “sorpresas de Dios”? ¿O nos encerramos, con miedo a la novedad del Espíritu Santo? ¿Estamos decididos a recorrer los caminos nuevos que la novedad de Dios nos presenta o nos atrincheramos en estructuras caducas, que han perdido la capacidad de respuesta? Nos hará bien hacernos estas preguntas durante toda la jornada.

2- Una segunda idea: el Espíritu Santo, aparentemente, crea desorden en la Iglesia, porque produce diversidad de carismas, de dones; sin embargo, bajo su acción todo esto es una gran riqueza, porque el Espíritu Santo es el espíritu de unidad, que no significa uniformidad, sino reconducir a la armonía. En la Iglesia, la armonía la hace el Espíritu Santo. Un padre de la Iglesia tiene una expresión que me gusta mucho: el Espíritu Santo “ipse harmonia est”. Él es precisamente la armonía. Solo él puede suscitar la diversidad, la pluralidad, la multiplicidad y, al mismo tiempo, realizar la unidad. En cambio, cuando somos nosotros los que pretendemos la diversidad y nos encerramos en nuestros particularismos, en nuestros exclusivismos, provocamos la división y cuando somos nosotros los que queremos construir la unidad con nuestros planes humanos, terminamos por imponer la uniformidad, lo homologación. Si, por el contrario, nos dejamos guiar por el espíritu, la riqueza, la vanidad y la diversidad nunca provocan conflicto, porque él nos impulsa a vivir la vanidad en la comunión de la Iglesia. Caminar juntos en la Iglesia, guiados por los pastores que tienen un especial carisma y ministerio, es sigo de la acción del Espíritu Santo; la eclesialidad es una característica fundamental para los cristianos, para cada comunidad, para todo movimiento. La Iglesia es quién me trae a Cristo y me lleva a Cristo; los caminos paralelos son muy peligrosos. Cuando nos aventuramos a ir más allá (proagon) de la doctrina y de la comunidad eclesial – dice el Apóstol Juan en la segunda lectura – y no permanecemos en ellas, no estamos unidos al Dios de Jesucristo (cf. 2 Jn v.9). Así, pues, preguntémonos: ¿Estoy abierto a la armonía del Espíritu Santo, superando todo exclusivismo? ¿Me dejo guiar por Él, viviendo en la Iglesia y con la Iglesia?

3- El último punto. Los teólogos antiguos decían: El alma es una especie de barca de vela; para hacerla avanzar; la fuerza y el impacto del viento son los dones del Espíritu. Sin su fuerza, sin su gracia, no iríamos adelante. El Espíritu Santo nos introduce en el misterio del Dios vivo y nos salvaguarda del peligro de una Iglesia gnóstica y de una Iglesia autorreferencial, cerrada en su recinto; nos impulsa a abrir las puertas para salir, para anunciar y dar testimonio de la bondad del evangelio, para comunicar el gozo de la fe, del encuentro con Cristo. El espíritu Santo es el alma de la Misión. Lo que sucedió en Jerusalén hace casi dos mil años no es un hecho lejano, es algo que llega hasta nosotros, que cada uno de nosotros podemos experimentar. El Pentecostés del Cenáculo de Jerusalén es el inicio, un inicio que se prolonga. El Espíritu Santo es el Don por excelencia de Cristo Resucitado a sus Apóstoles, pero él quiere que llegue a todos. Jesús como hemos escuchado en el evangelio. Dice: “Yo le pediré al Padre que les dé otro paráclito, que este siempre con ustedes” (Jn 14, 16). Es el espíritu paráclito, el “consolador”, que da el valor para reconocer los caminos del mundo llevando el Evangelio. El Espíritu Santo nos muestra el horizonte y nos impulsa a las periferias existenciales para anunciar la vida de Jesucristo. Preguntémonos si tenemos la tendencia a cerrarnos en nosotros mismos, en nuestro grupo, o si dejamos que el Espíritu Santo nos conduzca a la Misión. Recordemos hoy estas tres palabras: Novedad, Armonía, Misión.

La liturgia de hoy es una gran oración, que la Iglesia con Jesús eleva al Padre, para que renueve la efusión del Espíritu Santo. Que cada uno de nosotros, cada grupo, cada movimiento, en la armonía de la Iglesia, se dirija al Padre para pedirle este Don. También hoy, como en su nacimiento, junto con María, la Iglesia invoca: “Veni Sancto Spiritus. – Ven, Espíritu Santo, llena el corazón de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor”. Amén.

© D. R. JCP FM
Traducción: Italiano – Español
Cristopher Torres C.


Papa Francisco

AUDIENCIA GENERAL.
Plaza de San Oedro, miércoles 9 de abril del 2014.


Los dones del Espíritu Santo: 1 La Sabiduría.

Iniciamos hoy un ciclo de catequesis sobre los dones del Espíritu Santo. Ustedes saben que el Espíritu Santo constituye el alma, la sabia vital de la Iglesia y de cada cristiano: es el Amor de Dios que hace de nuestro corazón su morada y entra en comunión con nosotros. El Espíritu Santo está siempre con nosotros, está en nosotros, en nuestro corazón. El Espíritu mismo es “El Don de Dios” por excelencia (cf. Jn 4, 10), es un reglo de Dios, y a su vez, comunica diversos dones espirituales a quien lo acoge. La Iglesia enumera siete, número que simbólicamente significa Plenitud, Totalidad; son los que aprenden cuando uno se prepara al sacramento de la confirmación y que invocamos en la antigua oración llamada “Secuencia del Espíritu Santo”. Los dones del Espíritu Santo son: Sabiduría, Entendimiento, Consejo, Fortaleza, Ciencia, Piedad y Temor de Dios.

1. El primer don del Espíritu Santo, según esta lista, es por lo tanto, la Sabiduría. Pero no se trata sencillamente de la sabiduría humana, que es fruto del conocimiento y de la experiencia. En la Biblia se cuenta que Salomón, en el momento de su coronación como rey de Israel, había perdido el don de la sabiduría ( cf. 1 Re 3, 9). Y la sabiduría es precisamente esto: es la gracia de poder ver cada cosa con los ojos de Dios. Es sencillamente esto: es ver el mundo, ver las situaciones, las oportunidades, los problemas, con los ojos de Dios. Esta es la sabiduría. Algunas veces vemos las cosas según nuestro gusto o según la situación de nuestro corazón, con amor o con odio, con envidia… No, esto no es el ojo de Dios. La sabiduría es lo que obra el Espíritu Santo en nosotros para que veamos todas las cosas con los ojos de Dios este es el don de la Sabiduría.

2. Y obviamente esto deriva de la intimidad con Dios, de la relación íntima que nosotros tenemos con Dios, de la relación de hijos con el Padre y el Espíritu Santo, cuando tenemos esta relación, nos da el don de la Sabiduría. Cuando estamos en comunión con el Señor, el Espíritu Santo es como si transfigurara nuestro corazón y le hiciera percibir todo su calor y su predilección.

3. El Espíritu Santo, entonces, hace “Sabio” al cristiano. Esto, sin embargo, no en el sentido de que tiene una respuesta para cada cosa, que lo sabe todo, sino en el sentido de que “Sabe” de Dios, sabe cómo actúa Dios, conoce cuando una cosa es de Dios y cuando no es de Dios; tiene esta sabiduría que Dios da a nuestro corazón. El corazón del hombre sabio con este sentido tiene el gusto y el sabor de Dios. ¡Y cuán importante es que en nuestras comunidades haya cristianos así! Todo en ellos habla de Dios y se convierte en un signo hermoso y vivo de su presencia y de su amor. Y esto es algo que no podemos improvisar, que no podemos conseguir por nosotros mismos: es un don que Dios da a quienes son dóciles al Espíritu Santo dentro de nosotros en nuestro corazón, tenemos al Espíritu Santo; podemos escucharlo, podemos no escucharlo. Si escuchamos al Espíritu Santo, él nos enseña esta senda de la sabiduría, nos regala la sabiduría que consiste en ver con los ojos de Dios, escuchar con los oídos de Dios, amar con el corazón de Dios, juzgar las cosas con el juicio de Dios. Esta es la sabiduría que nos regala el Espíritu Santo, y todos nosotros podemos poseerla. Solo tenemos que pedirla al Espíritu santo. Piensen ustedes en una mamá, en su casa, con los niños, que cuando uno hace una cosa él otro maquia otra, y la pobre mamá va de una parte a otra, con los problemas de los niños. Y cuando las madres se cansan y gritan a los niños, ¿Eso es sabiduría? Gritar a los niños – les pregunto - ¿Es sabiduría? ¿Qué dicen ustedes: es sabiduría o no? ¡No! En cambio, cuando la mamá toma al niño y le riñe dulcemente y le dice: “Esto no se hace, por esto…”, y le explica con mucha paciencia, ¿Esto es Sabiduría de Dios? ¡Sí! Esto es lo que nos da el Espíritu Santo en la vida. Luego en el matrimonio por ejemplo, los dos esposos – el esposo y la esposa – riñen y luego no se miran o, si se miran, se miran con la cara torcida: ¿Esto es Sabiduría de Dios? ¡No! En cambio, si dicen: “Bah, paso la tormenta hagamos las pases”, y recomienzan a ir hacia adelante en paz: ¿Esto es Sabiduría? [la gente: ¡Sí!] He aquí este es el don de la Sabiduría. Que venga a casa, que venga con los niños, que venga con todos nosotros.

Y esto no se aprende esto es un regalo del Espíritu Santo. Por ello, debemos pedir al Señor que nos dé el Espíritu Santo y que nos dé el don de la Sabiduría, de esa sabiduría de Dios que nos enseña a mirar con los ojos de Dios, a sentir con el corazón de Dios, a hablar con las palabras de Dios. Y así, con esta sabiduría, sigamos adelante, construyamos la familia, construyamos la Iglesia, y todos nos santificamos. Pidamos hoy la gracia de la sabiduría. Y pidámosla a la Virgen, que es la Sede de la Sabiduría, de este Don: Que Ella nos alcance esta Gracia.

C D. R. JCP FM
Traducción: Italiano – Español
Cristopher Torres C
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Papa Francisco

AUDIENCIA GENERAL.
Plaza de San Pedro, miércoles 30 de abril del 2014.


Los dones del Espíritu Santo: 2 El Entendimiento.

Después de reflexionar sobre la sabiduría, como el primeo de los siete dones del Espíritu Santo, hoy quiero centrar la atención en el segundo don, es decir el Entendimiento. No se trata aquí de la inteligencia humana, de la capacidad intelectual de la que podemos estar más o menos dotados. Es, en cambio, una gracia que solo el Espíritu Santo puede infundir y que suscita en el cristiano la capacidad de ir más allá del aspecto externo de la realidad y escrutar las profundidades del pensamiento de Dios y de su designio de salvación.

El apóstol Pablo, dirigiéndose a la comunidad de Corinto describe bien los efectos de este don – es decir, lo que hace el don entendimiento con nosotros -, y Pablo dice esto: “Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman. Y Dios nos lo ha revelado por el Espíritu” (1 Cor 2, 9-10). Esto, obviamente no significa, que un cristiano pueda comprender cada cosa y tener un conocimiento pleno de los designios de Dios: Todo esto permanece en la espera de manifestarse en toda su transparencia cuando nos encontremos ante Dios y seamos de verdad una sola cosa con él sin embargo, como sugiere la palabra misma, el entendimiento permite “intus legere”, es decir, “leer dentro”: este don nos hace comprender las cosas como las comprende Dios, con el entendimiento de Dios. Porque uno puede entender una situación con la inteligencia humana, con prudencia, y está bien. Pero comprender una situación en profundidad, como la entiende Dios, es el efecto de este Don. Y Jesús quiso enviarnos al Espíritu Santo para que nosotros tengamos este Don, para que todos nosotros podamos comprender las cosas como las comprende Dios, con la inteligencia de Dios. Es un hermoso regalo que el Señor nos ha hecho a todos nosotros. Es el don con el cual el Espíritu Santo nos introduce en la intimidad con Dios y nos hace participes del designio de Amor que él tiene con nosotros.

Está claro entonces que el don de entendimiento está – estrechamente relacionado con la fe. Cuando el Espíritu Santo habita en nuestro corazón, ilumina nuestra mente, nos hace crecer día a día en la comprensión de lo que el Señor ha dicho y ha realizado. Jesús mismo dijo a sus discípulos: yo les enviaré al Espíritu Santo y Él los hará comprender todo lo que yo les he enseñado. Comprender las enseñanzas de Jesús, comprender su palabra, comprender el evangelio, comprender la palabra de Dios. Uno puede leer el evangelio y entender algo, pero si leemos el evangelio con este don del Espíritu Santo podemos comprender la profundidad de las palabras de Dios. Y este es un gran don que todos nosotros debemos pedir y pedir juntos: Danos, Señor, el don de Entendimiento.

Hay un episodio del evangelio de Lucas que expresa muy bien la profundidad y la fuerza de este don. Tras asistir a la muerte en cruz y a la sepultura de Jesús, dos de sus discípulos, desilusionados y acongojados, se marcharon a Jerusalén y regresaron a su pueblo de nombre Emaús. Mientras iban de camino, Jesús recitado se acercó y comenzó a hablar con ellos, pero sus ojos velados por la tristeza y la desesperación, no fueron capaces de reconocerlo. Jesús caminaba con ellos, pero ellos estaban tristes, tan desesperados que no lo reconocieron. Sin embargo, cuando el Señor les explico las escrituras para que comprendieran que él debía sufrir y morir para luego resucitar, sus mentes se abrieron y en sus corazones se volvió a encender la esperanza (cf. Lc, 24, 13-27). Esto es lo que hace el Espíritu Santo con nosotros: nos abre la mente, nos abre para comprender mejor, para entender mejor las cosas de Dios, las cosas humanas, las situaciones, todas las cosas. Es importante el don de entendimiento para nuestra vida cristiana. Pidámoslo al Señor, que nos dé, que nos dé a todos nosotros este don para comprender, como comprende él las cosas que suceden y para comprender, sobre todo la palabra de Dios en el Evangelio.

© D. R. JCP FM
Traducción: Italiano – Español
Cristopher Torres C.


Papa Francisco

AUDIENCIA GENERAL.
Plaza de San Pedro, miércoles 7 de mayo del 2014.


Los dones del Espíritu Santo: 3 El Consejo.

Hemos escuchado en la lectura del pasaje del libro de los Salmos que dice: “El Señor me aconseja, hasta de noche me instruye internamente” (cf. Sal 16,7). Y este es otro don del Espíritu Santo: el don del Consejo sabemos cuán importante es, en los momentos más delicados, poder contar con las sugerencias de personas sabias y que nos quieren. Ahora, a través del don de Consejo, es Dios mismo, con su espíritu, quiere iluminar nuestro corazón, de tal forma que nos hace comprender el modo justo de hablar y de comportarse; y el camino a seguir. ¿Pero cómo actúa este don en nosotros?

1. En el momento en el que lo acogemos y lo albergamos en nuestro corazón, el Espíritu Santo comienza inmediatamente a hacernos sensibles a su voz y a orientar nuestros pensamientos, nuestros sentimientos y nuestras intenciones según el corazón de Dios. Al mismo tiempo, nos conduce cada vez más a dirigir nuestra mirada interior hacia Jesús, como modelo de nuestro modo de actuar y de relacionarnos con Dios Padre y con los hermanos. El consejo, pues, es el don con el cual el Espíritu Santo capacita a nuestra consciencia para ser una opción concreta en comunión con Dios, según la lógica de Jesús y de su Evangelio. De este modo, el espíritu nos hace crecer interiormente, nos hace crecer positivamente, nos hace crecer en la comunidad y nos ayuda a no caer en manos del egoísmo y del propio modo de ver las cosas. Así el espíritu nos ayuda a crecer y también a vivir en comunidad. La condición esencial para conservar este don es la oración. Volvemos siempre al mismo tema: ¡La oración! Es muy importante la oración. Rezar con las oraciones que todos sabemos desde que éramos niños, pero también rezar con nuestras palabras. Decir al Señor: “Señor, ayúdame, aconséjame, ¿Qué debo hacer ahora?” Y con la oración hacemos espacio, a fin de que el espíritu venga y nos ayude en ese momento, nos aconseja sobre lo que todos debemos hacer. ¡La Oración! Jamás olvidar la oración. ¡Jamás! Nadie, nadie se da cuenta cuando rezamos en el autobús, por la calle: rezamos en silencio con el corazón. Aprovechamos esos momentos para rezar, orar para que el espíritu nos dé el don de consejo.

2. En la intimidad con Dios y en la escucha de su palabra, poco a poco, dejamos a un lado nuestra lógica personal, impuesta la mayoría de las veces por nuestras cerrazones, nuestros perjuicios y nuestras ambiciones, y aprendemos, en cambio, a preguntar al Señor: ¿cuál es tu deseo? ¿Cuál es tu voluntad?¿qué te gusta a ti? De este modo madura en nosotros una sintonía profunda, casi connatural en el espíritu, y se experimenta cuán verdaderas son las palabras de Jesús que nos presenta el Evangelio de Mateo: “No se preocupen de lo que van a decir o de cómo lo dirán: en aquel momento se les sugerirá lo que tienen que decir, porque no serán ustedes los que hablen, sino que el espíritu de su Padre hablará por ustedes” (Mt 10, 19-20). Es el espíritu quien nos aconseja, pero nosotros debemos dejar espacio al espíritu, para que nos pueda aconsejar. Y dejar espacio es rezar, rezar para que él venga y nos ayude siempre.

3. Como todos los demás dones del espíritu, también el de consejo constituye un tesoro para toda la comunidad cristiana. El Señor no nos habla solo en la intimidad del corazón, nos habla sí pero no solo allí, sino que nos habla también a través de la voz y el testimonio hermanos. Es verdaderamente un don grande poder encontrar hombres y mujeres de fe que, sobre todo en los momentos más complicados e importantes de nuestra vida, nos ayudan a iluminar nuestro corazón y a reconocer la voluntad del Señor.

Recuerdo una vez en el Santuario de Luján que yo estaba en el confesionario, delante del cuál había una larga fila, había también un muchacho todo moderno con los aretes, los tatuajes, todas esas cosas… y vino a decirme lo que le sucedía. Era un problema grande, difícil y me dijo yo le he contado todo esto a mi mamá y mi mamá me ha dicho: dirígete a la Virgen y ella te dirá lo que debes hacer. He aquí una mujer que tenía el don de consejo. No sabía cómo salir del problema del hijo pero indicó el camino justo: Dirígete a la Virgen y ella te dirá, este es el don dé consejo. Esa mujer humilde, sencilla, dio a su hijo el consejo más verdadero. En efecto, este muchacho me dijo: he mirado a la Virgen y he sentido que tengo que hacer esto, esto y esto… yo no tuve que hablar, ya le había dicho todo su mamá y el muchacho mismo, esto es el don dé consejo, ustedes, mamas, que tienen este don, pídanlo para sus hijos: el don de aconsejar a los hijos es un don de Dios.

Queridos amigos, el Salmo 16, que hemos escuchado nos invita a rezar con estas palabras: “Bendeciré al Señor que me aconseja, hasta de noche me intuye internamente. Tengo siempre presente al Señor, con él a mi derecha no vacilaré” (vv. 7-8). Que el espíritu infunda siempre en nuestro corazón esta certeza y nos colme de su consolación y de su paz. Pidan siempre el don de Consejo.

© D. R. JCP FM
Traducción: Italiano – Español
Cristopher Torres C.


Conferencia de Prensa

Durante el vuelo papal de regreso del Río de Janeiro en ocasión de la XXVIII Jornada Mundial de la Juventud. Domingo, 28 de julio del 2013. Marcio Campos: Santo Padre. […] En Brasil, la Iglesia Católica ha perdido fieles en estos últimos años. ¿El Movimiento de la Renovación Carismática es una posibilidad para evitar que los fieles acudan a las Iglesias pentecostales?

Papa Francisco:

“Es muy cierto lo que usted dice sobre el descenso del número de fieles; es cierto, es cierto. Ahí están las estadísticas. Hemos hablado con los obispos brasileños del problema en una reunión que tuvimos ayer. Usted preguntaba por el Movimiento de la Renovación Carismática. Les digo una cosa – hace años, al final de los años setenta, inicio de los ochenta, yo no los podía ver. Una vez, hablando con ellos, dije esta frase: “Estos confunden una celebración litúrgica con una escuela de Samba”. Esto fue lo que dije. Me he arrepentido. Después los he conocido mejor. Es también cierto que el movimiento, con buenos asesores [consejeros espirituales], ha hecho un buen camino. Y ahora creo que este movimiento, en general, hace muy bien a la Iglesia. En Buenos Aires, yo los reunía frecuentemente y una vez al año celebraba la misa con todos ellos en la Catedral. Los he apoyado siempre, cuando me he convertido, cuando he visto el bien que hacían. Porque en este momento de la Iglesia – y aquí amplio un poco la respuesta – creo que los movimientos son necesarios. Los movimientos son una gracia del espíritu. “Pero ¿Cómo se puede sostener un movimiento que es tan libre?” También la Iglesia es libre. El Espíritu Santo hace lo que quiere. Además, el hace el trabajo de la armonía, pero creo que los movimientos son una gracia: aquellos movimientos que tiene el espíritu de la Iglesia. Por eso creo que el Movimiento de la Renovación Carismática no solo sirve para evitar que algunos pasen a las confesiones pentecostales: no es eso. Sirve a la misma Iglesia. Nos renueva. Y cada uno busca su propio movimiento según su propio carisma, a donde lo lleva el espíritu.

Enviada Especial: Evelin Del Ángel H.
Corresponsal de JCJ FM.



¿Quién es el Papa?

El Papa es el sucesor de San Pedro y, por lo tanto, el jefe visible de la Iglesia Católica, la única Iglesia fundada por Cristo. Tú eres kefas (es decir, roca) y sobre ésta kefas edificaré mi Iglesia, y los poderes del infierno no la podrán vencer. Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos: Todo lo que ates en la tierra será atado en el cielo, y lo que desates en la tierra será desatado en el cielo. (Mt 16, 18-19) Cuando hayas vuelto tendrás que fortalecer a tus hermanos. (Lc 22,32). Apacienta mis corderos…apacienta mis ovejas…apacienta mis corderos… (Jn 21, 15,17).

¿Es cierto que el Papa es la bestia del Apocalipsis y el Anticristo, y tiene el número 666?
No es cierto. Nunca la biblia habla mal de San Pedro y sus sucesores los obispos de Roma (véase: 666, pp. – 56-57 y Apocalipsis, pp. 61 – 63).

¿Por qué los protestantes tienen tanto odio en contra del Papa?
Algunos protestantes tienen odio contra del Papa, porque el Papa es el jefe visible de la Iglesia Católica, de la cuál ellos se separaron y que quisieron destruir.

¿Por qué el Papa se mete en la política?
El Papa no se mete en la política partidista. Lo que hace es dar orientaciones para que los políticos se porten bien y no hagan injusticias, subrayando la importancia de la ética.

¿Por qué el Papa bendice las armas y favorece las guerras?
No es cierto que el Papa bendiga las armas y favorezca las guerras. Es pura calumnia de ciertos grupos protestantes. Lo que el Papa hace es precisamente todo lo contrario: el lucha para que no haya guerras y cuando de hecho hay alguna guerra interviene para que se acabe pronto, como hizo Juan Pablo II con relación a la guerra contra Argentina e Inglaterra (Guerra de las Malvinas, 1982) o el Papa Francisco en relación a un posible conflicto armado en Siria (2013).

¿Por qué el Papa no vende su “Fabuloso Tesoro” y no distribuye el dinero entre los pobres?
No es cierto que el Papa tenga un fabuloso tesoro. Por lo general, se trata de obras de arte que representan el patrimonio cultural de toda la humanidad y que se encuentran en los museos para que todos las puedan apreciar. Si se vendieran, unos cuantos ricos podrían disfrutar de ellas. Lo que sería un grave daño para la sociedad.

¿Por qué hay que obedecer al Papa y a los obispos, puesto que Dios se comunica personalmente con cada hombre?
Hay que obedecer al Papa y a los obispos, porque son los sucesores de los apóstoles, a los que Jesús dijo: el que los recibe a ustedes, a mí me recibe, y el que me recibe a mí, recibe al que me envión. (Mt 10,40). Yo les digo: todo lo que aten en la tierra, el cielo lo considerará atado, y todo lo que desaten en la tierra, será tenido en el cielo como desatado. (Mt. 18, 18). Les pedimos hermanos, que tengan en consideración a los que trabajan entre ustedes, los presiden en el Señor y los amonestan. Téngales en la mayor estima con amor por su labor. (1 Tes. 5, 12-13 a)

¿Cómo sabemos que el Papa actual es sucesor de San Pedro?
Lo sabemos porque tenemos la lista de todos los obispos de Roma, desde San Pedro hasta el Papa actual.

¡Vive y defiende tú fe!