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SECCIÓN DE CRISTO ...

 

Querid@s jóvenes:


Hablar de Jesús es un tema demasiado extenso.
Les planteo este mensaje de mi perspectiva particular con él.
Jesús es el maestro, pero también es el amigo ese amigo que está contigo en las buenas y en las malas aun cuando te sientes derrotado, acabado, sólo; él está ahí. ¡Sí! Jesús está en los momentos más complicados de nuestra vida, sólo que muchas veces nuestro egoísmo, orgullo y falta de fe nos hace creer que él nos ha dejado solos; yo los invito, queridos jóvenes a que busquen a Cristo y tengan por seguro que será la aventura más divertida de su vida.
Jesús es la música, Jesús es retos extremos, Jesús es moda, Jesús es amigo, Jesús es misericordia, Jesús es tu salvación, Jesús te ama y hoy te ha llamado a seguir lo ¿qué esperas? ¡Búscalo ya!


¡No tengas miedo! Jesús te perdona y te libera: a partir de hoy ya eres un discípulo, por dicha razón estás leyendo esta invitación que es de Jesús.
Como discípulo debe ser valiente y sobre todo feliz, además que la recompensa de ser un discípulo es muy, pero muy grandiosa.
¿Te das cuenta? Hablar de Jesús es lo más extraordinario y divertido de toda la página, toda la radio no tendría espacio suficiente para hablar de Jesús.
Jóvenes, Jesús hoy les habla a ustedes y nos invita a ser parte de su moda, de su legión, de su plan de salvación. ¡Atrévete a seguir a Jesús!
Tu vida puede cambiar si le dices a Jesús. ¡Sí aceptó!
Amig@, vamos a crear el club de fans de Jesucristo, ¡más grande del mundo!
recuerda las palabras del santo padre Francisco en su visita a México: “la juventud es la riqueza” “¡Que bella bendición!” y también que gran compromiso. ¿no crees?


Tu amigo: Dj Fundador.
© Derechos Reservados JCP FM


Jesús

 

El Nuevo Testamento ofrece dos narraciones diferentes acerca del nacimiento e infancia de Jesús. Es más, si dejamos los detalles a un lado, la estructura de las dos narraciones, no solo es diferente sino contradictoria.
Para Mateo 1-2, María y José son originarios de Belén dónde nació Jesús. El miedo a Herodes el Grande los obligó, en un primer momento, a huir a Egipto y, después, el miedo a su hijo Arquelao, los obligó a sustituir Nazaret por Belén como lugar de su residencia permanente.
Para Lucas 1-2, por el contrario, María y José son originarios de Nazaret. En un momento muy difícil para María, quién estaba por dar a luz, ambos fueron obligados a ir a Belén a causa de un censo ordenado por el emperador Augusto. Después del nacimiento en Belén, ellos hicieron una visita al templo de Jerusalén y luego regresaron a Nazaret.
La incompatibilidad de los dos relatos significa que nos enfrentamos a dos fuentes independientes, con visiones radicalmente diversas de lo que pasó “en los días del Rey Herodes” (Mt 2, 1; Lc 1, 5). El uno no depende del otro. En consecuencia, lo que ambos tienen en común es importante, porque uno confirma al otro. Sin embargo, con respecto a su estructura hay que hacer una elección. No pueden ambas ser correctas.


La narración de Lucas


El eje de la narración de Lucas es el censo, sin este no hubiera habido viaje desde Nazaret de nacimiento en Belén. Ahora bien, lo que nos cuenta Lucas acerca de este evento, ¿es históricamente confiable?, la mayoría de los estudiosos responde negativamente. Según Lucas:


1.- El censo fue el dinero por el emperador Augusto.
2.- El censo fue aplicado por Quirino, gobernador de la   provincia Romana de Siria.
3.- La principal regla fue que todos los varones debían regresar al lugar de origen de su familia (Lc 2, 1-5), cada uno de estos puntos presenta problemas.
1) No existe evidencia de un censo general bajo el reinado de Augusto, en caso de que hubiera habido uno, este no sería aplicable a Palestina, porque era un reino independiente bajo el mando de Herodes el Grande, asociado a Roma y no formaba parte del imperio.
2) Hubo un oficial Romano llamado Quirino y él superviso un censo en Palestina, pero éste tuvo lugar en el año 6 d. C., cuando Roma destituyó al hijo de Herodes, Arquelao; después de que había reinado por 10 años, y asumió el control directo de Judea y Samaria. Esto, sin embargo, tendría lugar cuando Jesús hizo su visita al templo de Jerusalén, a la edad de 12 años (Lc 2, 41-42), bastante tiempo después de su nacimiento.
3) para los censos romanos, ninguna ley exigía a la gente viajar lejos, el registro se hacía en el lugar donde cada uno vivía o si el lugar era demasiado pequeño, en la ciudad principal del distrito de impuestos. Además, no sé requería que mujeres y niños se presentaran en persona, el jefe de familia respondía por ellos.

 

La narración de Mateo


Si se quita el eje del censo, el contexto artificial de Lucas desaparece. En su relato sólo quedan los elementos esenciales, cuya historicidad es otro asunto. De este modo nos queda sólo la estructura de Mateo para la infancia de Jesús. Lo que él nos cuenta tiene consistencia interna, pero no podemos darle el valor de un testigo ocular de los hechos. Su narración fue cuidadosamente organizada para ser el prólogo del Evangelio, diciéndole al lector, en el capítulo 1 quién es Jesús: “le pondrán el nombre de Emmanuel” (Mt 1, 2-3) y en el capítulo 2 de dónde viene: “se llamará Nazareno” (Mt 2, 2-3)
El capítulo 2 de Mateo es muy sofisticado y, en su mayor parte, es fruto de su creatividad. Él tiene dos fuentes:
1.- La historia de los magos y
2.- La huida a Egipto y el regreso.
El evangelista acepta ambas como históricas. Estas Fuentes presentan sucesos de la infancia de Jesús. Mateo sintió que, como narrador tenía derecho a contar no sólo lo que le habían transmitido, sino modificar los relatos para hacerlos más atractivos y provocar más impacto, contemplando los cuadros; de modo que, sobre la base de una breve nota: “Herodes está buscando al niño para matarlo”, Mateo desarrolló la dramática historia de conspiración (2,1-12) y la masacre de los inocentes en Belén.

 

La historia de los magos


(1) Cuando hubo nacido Jesús en Belén de Judea, en tiempos del Rey Herodes, llegaron del oriente a Jerusalén unos hombres sabios (magoni); (9b) y la estrella que habían visto surgir iba delante de ellos, hasta que llegó y se paró arriba de donde estaba el niño (paidion). (11) y entrando en la casa vieron al niño (paidion), con María su madre, y postrándose lo adoraron. Luego abrieron sus tesoros y le ofrecieron regalos de oro, incienso y mirra. (12) Entonces ellos regresaron a su país.

 

La huida y el regreso


(13b) Un ángel del señor se apareció en sueños a José, diciendo: “Levántate, toma el niño (paidion) y a su madre y huye a Egipto; y estate ahí hasta que yo te diga; porque Herodes va a buscar al niño para matarlo”. (14) Se levantó José, y esa misma noche tomó al niño (paidion) y a su madre y partió para Egipto. (15) Y él permaneció allí hasta la muerte de Herodes (cuando), (19b) el Ángel del señor se le apareció en sueños a José (20) y le dijo: “levántate, toma al niño y a su madre y vuelve a la tierra de Israel, porque ya murieron los que querían quitar la vida al niño (paidion)”. (21) Se levantó tomó el niño (paidion) y a su madre y llegó a tierra de Israel.
Yo no creo que el relato de los magos sea histórico, por el contrario, las evidencias de que la huida y el regreso fueron eventos históricos, que realmente sucedieron, se presentarán en el próximo capítulo. Aquí, sin embargo, nos interesa solo un aspecto: las luces que se nos ofrecen sobre la fecha de nacimiento de Jesús. En ambos relatos él es nombrado como “paidion”. En la fuente de la huida y del regreso Jesús, es un paidion antes y después de la muerte de Herodes el grande, que acaeció poco después de la Pascua del año 4 antes de nuestra era, y que en este año cayó el 11 de abril. También Lucas regularmente describe a Jesús como un paidion (1,59.66.76.80; 2,17.27.40), de aquí que la pregunta fundamental es: ¿qué significa exactamente paidion?


Las traducciones comunes de la Biblia (RSV, NRSV, NJB, NAB), nos ponen con el equivalente de “paidion” la palabra “niño”, pero este es un término polivalente cuyo valor cambia de acuerdo al modo como se use. En concreto, ¿qué edades comprende la palabra paidion? Este vocablo es el diminutivo de “país”, esto es, niño, muchacho, es usado, por ejemplo, para referirse a Jesús cuando tenía 12 años, en (Lc 2. 43) y “paidion” específicamente significa “niño pequeño”, “infante” sin ninguna connotación de género (BAGD: 604).
Con mucha propiedad, “paidion” puede aplicarse a un niño recién nacido (Jn 16, 21) y a un niño de 3 meses (AJ 2, 218), pero, ¿hasta dónde llega el límite de su aplicación?, en otras palabras, ¿ha que edad la palabra “paidion” se vuelve inapropiada?

 

Filón cita a Pseudo Hipócrates, quién dijo: “En la vida del hombre hay seis etapas, que los hombres llaman edades: infancia, niñez, pubertad y las demás; se es infante (paidion), hasta los 7 años, el tiempo en que se cambian los dientes. Se es niño (país) hasta que se llega a la edad de la pubertad que empieza a los 14 años (De opifico mundi: 105).
Filón también cita a Solón, el legislador ateniense (635-560 a. C.), para decir que el primer periodo de la vida llega hasta los 7 años (De opifico mundi: 104). En forma similar, Shakespeare, para quien la escuela debe comenzar cuando el Infante tiene 7 años dice:
“Todo el mundo es escenario, y todos hombres y mujeres, son actores: cada uno recibe sus llamadas y salidas, y a su tiempo, interpreta varios papeles. Sus actos se dan en siete edades. Primero el infante, balbuciendo y vomitando en brazos de la nodriza. Después el lloroso escolar, con su mochila y su brillante cara por la mañana, avanzando como tortuga porque no quiere ir a la escuela. (As You like H, II, 7).
Esta consistencia a lo largo del tiempo y en tan diversas fuentes, revela la observación del sentido común que, a los 7 años de edad, toma lugar un cambio significativo. En la iglesia católica, por ejemplo, se piensa que, a esa edad, el niño se hace moralmente responsable (cfr. 1 Cor 14, 21).
Habiendo establecido que en la antigüedad un niño podría ser llamado “paidion” desde su nacimiento hasta los 7 años, pasamos a la siguiente cuestión ¿qué entendieron los evangelistas al llamar “paidion” a Jesús?


A propósito de Juan Bautista, Lucas escribió: “a los 8 días fueron a circuncidar a aquel niño (paidion) (1, 59); y con respecto a los pastores y Jesús: "A toda prisa fueron a encontrar a María y a José con el niño (brephos) recostado en el pesebre. Después que lo vieron, contaron la revelación que se les había hecho acerca de aquel niño (peri tou paidio toutou) (2, 16-17).  Juan tiene 8 días de edad y Jesús es todavía más pequeño un recién nacido por desgracia la única referencia que Lucas nos da respecto a la fecha es el censo (2,1) que como hemos visto, no es en absoluto confiable.
Mateo nos ofrece más ayuda. El relato de la huida y el regreso, presenta a Jesús como un “paidion”, tanto antes (2, 13), cómo después de la muerte de Herodes el Grande (2, 20). La historia de la matanza de los inocentes (2, 16-18), es una creación de Mateo (ver capítulo segundo) y fue desarrollada para subrayar gráficamente el peligro que corrió Jesús. El modo como este hecho ha sido descrito es altamente significativo: "Herodes... mandó matar a todos los niños (pantas tous paidas) ... de 2 años abajo" (2, 16).  Esto sugiere que, para Mateo, cualquier niño de más de 2 años fue un “país” mientras que un niño menor de 2 años fue un “paidion”. En otras palabras, dentro del periodo de 7 años cubierto por paidion, Mateo hizo una distinción de sentido común entre un niño que debe ser llevado en brazos y uno que ya puede caminar; a la edad de 2 años, la totalidad de los niños camina.
Esta distinción fue el motivo de controversia entre las escuelas farisea del estricto maestro Shamai y el maestro Hillel, más liberal. Un “niño” no tenía la obligación de hacer la peregrinación en la fiesta de pascua.

 

De ahí la cuestión: ¿A quién consideramos un niño? Al que ya no va sobre los hombros de su padre y puede subir el monte del templo en Jerusalén, así lo dice la escuela de Shamai.
Por su parte, la escuela de Hillel declara: que no toma la mano de su padre y sube (por su propio pie), desde Jerusalén al monte del templo (m.Hagigah 1:1)
Todo lo que podemos decir es que Mateo, en su fuente de información, entendió que Jesús todavía era un niño de brazos cuando apareció la muerte de Herodes. Sería mucho pedir que está suposición estuviera enraizada en una cuidadosa investigación histórica acerca de la edad real de Jesús. Aunque esto no es imposible, la evidencia no lo exige.
En otro pasaje, Mateo pone en boca de los magos la pregunta:
¿Dónde está el que ha nacido rey de los judíos? (2, 2). Podemos ver que en este caso “rey de los judíos” es una adicción a “él que ha nacido”, sin embargo, el sentido común nos pide que se entienda como atribución, esto es, que funcione como un adjetivo. De modo que se debería traducir:
“¿Dónde está el recién nacido rey de los judíos?” o “¿Dónde está el pequeño niño, rey de los judíos?” (NJB en oposición a NRSV). Una vez más, en el relato de los magos, Mateo muestra lo que entiende por paidion. El niño nació poco tiempo antes de que los magos se fueron a buscar.
En conclusión, todo lo que podemos decir es que Mateo estuvo convencido de que Jesús nació dentro de los dos años que precedieron a la muerte de Herodes, lo cual ocurrió poco antes de la fiesta de pascua del año 4 a.C. Ese año la Pascua cayó el 11 de abril.

 

Jesús


Una de las dos fuentes que permitieron a Mateo escribir el capítulo 2 de su evangelio, es la historia de la huida de José con su familia a Egipto y su regreso a Palestina, leemos:
(13) un ángel se apareció en sueños a José, diciéndole “levántate toma al niño y a su madre y huye a Egipto, y estate ahí hasta que yo te diga; Porque Herodes va a buscar al niño para matarlo”. (14) Se levantó José y esa misma noche tomó al niño y a su madre y partió para Egipto, (15) donde permaneció hasta la muerte de Herodes (cuando), (19) un ángel se le apareció en sueños a José allá en Egipto (20). Y le dijo: “levántate, toma al niño y a su madre y vuelve a tu tierra de Israel, porque ya murieron los que tenían quitarle la vida al niño”. (21)) se levantó, pues, José tomó al niño y a su madre y llegó a la tierra de Israel (Mt 2, 13-21)
Esta simple historia no presenta problemas, pero suscita una cuestión no siempre preguntaba: ¿por qué tal evento quedó registrado para siempre? es algo que no tiene relación con el misterio de Jesús, y, además, él era demasiado pequeño para participar como un agente activo. Él no hace nada simplemente está ahí como un agregado de sus padres, quienes deciden y toman la iniciativa. Jesús queda tan al fondo que uno se pregunta: ¿por qué se recordó esta historia?

 

Motivos que le hicieron recordar


Hubo un grupo, dentro de la iglesia primitiva, que tuvo un interés vital en esta historia: los judíos cristianos. Con gran lucidez, David Daube escribió:
“Imaginemos a los judíos que se adhirieron a Jesús, celebrando la Pascua en los años siguientes a su crucifixión. Sabemos que ellos acudían a celebrarla con todo fervor, porque el templo todavía no había sido destruido. Como un grupo -sea una familia con su campamento en las afueras de Jerusalén o como una multitud dentro de la ciudad- reunido en asamblea por la tarde para celebrar la liberación de Egipto, modelo de la divina intervención y salvación ¿es concebible que ellos siguieron reducidos sólo a los relatos, reflexiones y oraciones tradicionales, sin introducir todavía lo que fue para ellos el cumplimiento de todas las promesas? Seguramente no.
La historia de Jesús en Egipto ofreció a los judíos-cristianos un camino suplementario para Cristianizar la Pascua. Aunque él fuera demasiado pequeño como para tener responsabilidad, Jesús había vivido una experiencia traumática parecida a la experiencia del pueblo judío, como es simbolizada por Jacob en la “Haggadah de la Pascua”. Los puntos de contacto entre las dos naciones son importantes.

 

La huida y el regreso

 

  • Peligro (Mt 2, 13b): porque Herodes va a buscar al niño para matarlo.
  • Mandato divino (Mt 2, 13d): Toma al niño y a su madre y huye a Egipto.
  • Estancia temporal (Mt 2, 13c): Estate ahí hasta que yo te diga.
  • Regreso (Mt 2, 20): Toma al niño y a su madre y vuelve a tu tierra de Israel.

 

Haggadah de la Pascua

 

  • Peligro (I, 1): Los arameos trataron de matar a mi padre.
  • Mandato divino (II, 1): “Y él bajo Egipto”, obligado por la palabra de Dios.
  • Estancia temporal (II, 2): Bajo a Egipto no para permanecer, sino sólo por un tiempo.
  • Regreso (VII, 1): “El Señor nos sacó de Egipto”. No por medio de un ángel, ni a través de mensajes, sino Él mismo, bendito sea el único Santo.

Jacob fue amenazado por Labán 8I, 1), como Jesús lo fue por Herodes, pero se fue a Egipto obligado por un mandato divino (II, 1). En ambos casos la estancia en Egipto es entendida como temporal (II, 2), esto es, hasta que la amenaza haya pasado. De igual modo, el regreso de sobra del señor (VII, 1). La diferencia entre los dos relatos es más aparente que Real. El Haggadah de la Pascua insiste en la intervención directa de Dios (VII, 1), mientras que la narración de Mateo emplea un intermediario, “un ángel del señor” (v.13ª). En esa época, dentro del judaísmo, había dos escuelas de pensamiento respecto a Los Ángeles. Una de ellas, seguida por Mateo, los vio como una útil mediación para salvar la trascendencia de Dios. Dios no actúa directamente en la historia, sino que se vale de un agente. La otra, seguida por el autor de la Haggadah de la Pascua, creyó, qué seres sobrenaturales, poderosos e inteligentes, ponían en peligro el monoteísmo.


Es necesario mencionar dos puntos más de relación. Primero, Labán es identificado como un arameo, mientras que Herodes fue idumeo. En el sistema de video de escritura que sólo usa consonantes, la diferencia es sólo de una letra, ‘rmy, “arameo” contra ‘amy, “idumeo”. Aun más, la forma de las dos letras es casi la misma, lo que ayuda a una referencia más estrecha. Segundo, tanto Labán como Herodes fueron medio judíos y ambos odiados.
Dado que la Haggadah de la Pascua (entre otros materiales) determinó que el éxodo de Jesús niño fue retenido en la memoria popular, fue Inevitable que ese mismo texto también influyera en la forma cómo se redactó este relato, particularmente en cuanto al énfasis que se da a la iniciativa y protección divinas. Estas características han provocado que algunos crean que Mateo 2 es un midrash bíblico. Esto significaría que la Haggadah de la Pascua inspiró el relato de la huida y el regreso, para sugerirte Jesús revivió la experiencia fundacional de su pueblo, para que fuera visto como el nuevo Israel. La falla fundamental de esta visión, es que confunde la forma con el contenido. Lo que puede ser verdad en cuanto a la forma del relato, es erróneo para el contenido. Mateo 2 toma prestada la forma de la Haggadah de la Pascua, pero, Jesús debió ser presentado como un adulto y vestir el manto haggádico de Jacop. La hipótesis de que todo es invención no explica porque Jesús es presentado como un niño. El hecho de que Jesús sea un Infante está en la base del desarrollo del relato, y esto es lo que vamos a someter a cuestionamiento.

 

La historicidad de la huida a Egipto


Es muy dudosa que Herodes el Grande tuviera el mínimo interés en el niño Jesús. Un niño ni conjura una amenaza y, Herodes ya estaba tan enfermo, que es imposible concebir que él quisiera deshacerse de un potencial enemigo que pudiera aparecer sólo una generación más tarde. Su interés se centraba en el peligro inminente y, desde esa perspectiva, Belén ciertamente le preocupaba profundamente.
A lo largo de su vida, Herodes tuvo que enfrentarse a enemigos para protegerse a sí mismo. Josefo nos cuenta:
“Había por todas partes, tanto en la ciudad como en los caminos, que vigilaban quién se reunía con otras personas; tanto cuidaba este aspecto, que se ha dicho que a veces el mismo se disfrazaba en las noches y se mezclaba entre la multitud, con el objeto de conocer qué opinión tenían de su reinado”.
En el año 7 a.C., Herodes mandó ejecutar a sus hijos Alejandro y Aristóbulo por sospecha de traición. 2 años después, Herodes halló qué otro hijo, Antípates, había conspirado para envenenarlo. Hacia fines de ese año, 5 a.C., cuando el cayó muy enfermo, hubo un alzamiento del pueblo de Jerusalén. Herodes quemó vivos a los cabecillas y ejecutó a sus secuaces.
Bajo estas condiciones hubiera sido extraordinario que Herodes no hubiera tomado seriamente la profecía de un rey guerrero que saldría de Belén:


“Y tú Belén de Efrata,
el más chico de los clanes de Judá,
de ti nacerá,
el que ha de reinar en Israel” (Miq 5, 1)
Desde la perspectiva de Herodes, esto era un llamado a la rebelión. Un adversario podría reclutar seguidores más fácilmente si proclamaba ser “El Mesías prometido de Belén”. Como elegido de Dios, tenía garantizado el éxito; no podría ser derrotado. Así, pues, no sería ingenuo pensar que la policía secreta de Herodes anduviera siempre en Belén vigilando quién se salía del orden establecido.
Si Herodes no dudo en matar a sus propios hijos, basado en meras sospechas, no hay que ser un genio para darse cuenta de que él no tendría ningún remordimiento para acabar con la aldea entera con tal de sentirse seguro y en paz. En el año 37 a.C. al inicio de su reinado, Herodes ejecutó a todos los miembros del Sanedrín, porque éste se había atrevido a acusarlo de asesinato cuando fue gobernador de Galilea.
Dado que todos conocían el carácter y el temperamento de Herodes, era normal que los que decían salir de Belén y buscar seguridad fuera de la jurisdicción de Herodes, aprovechaban la oportunidad. Egipto fue un tradicional lugar de refugio para quienes estaban amenazados en Judea (1Re 11,40; 2Re 25, 25-26; Jr 26, 20-21), y no quedaba muy lejos. Siguiendo los antiguos caminos, se empleaban sólo tres o cuatro días para recorrer desde Belén a Wadi el-Arish, “el río de Egipto” (1Re 8,65; Jdt 1,9), la frontera tradicional entre Egipto y Judea. Una vez atravesado el límite, ellos entrarían a una provincia romana, en cuyo territorio Herodes no tenía jurisdicción.

La experiencia de José como artesano le daba también movilidad, él podía encontrar trabajo donde fuera. No estaba atado a la Tierra como los campesinos y pastores. No hay duda sobre historicidad de la huida a Egipto de Jesús y su familia. Más bien, sería sorprendente que ellos fueran los únicos que huyeran de Belén.

 

Establecimiento en Galilea


No tenemos forma de saber donde vivió la sagrada familia cuando estuvo en Egipto, o por cuánto tiempo tuvieron que quedarse ahí, antes de la muerte de Herodes. La Fuente original sobre la huida y el regreso, informó a Mateo que la sagrada familia volvió cuando tuvo noticia de la muerte del Rey. Sobre esa base, Mateo completó su fuente con información del dominio común. José y su familia no regresaron a Belén, sino que escogieron el norte de Galilea, Nazaret como su residencia.
Se nos presenta aquí dos cuestiones:
¿por qué José evitó ven en donde él tenía casa y amigos? y ¿por qué eligió Nazaret?
Mateo mismo responde la primera pregunta: “(José) oyendo decir que en lugar de Herodes reinaba en Judea su hijo Arquelao, le dio miedo ir a allá” (2, 22). Es posible que Mateo tuviera información específica respecto a las motivaciones de José; pero, si no, su explicación es muy plausible.
Aún antes de ir a Roma para reclamar su herencia, Arquelao mató a 3000 de sus opositores. Su reputación era tan mala, que los judíos enviaron desde Jerusalén una delegación a Roma, para pedir al emperador Augusto que no aprobará su nominación como rey de Judea. Pese a esto, Augusto le concedió a Arquelao el gobierno de estas tierras, aunque le negó el título de Rey. Mientras se llevaban a cabo estas negociaciones en Roma, el general romano P. Quintilio Varo, gobernador de Siria, tuvo que aplacar una rebelión en Palestina. Al final de su campaña militar, crucificó a 2000 hombres. De modo que hasta al menos informado en política podía darse cuenta que no era buen tiempo para regresar a Judea, y más aun tomando en cuenta las consecuencias de la frustración de Arquelao a su regreso: “el trato bárbaramente no sólo a los judíos, sino también a los samaritanos, como fruto de su resentimiento por sus pleitos contra él. Los habitantes de Belén habrían estado en mayor peligro que en el tiempo de Herodes el Grande. Arquelao enfrentó mayor oposición que su padre y, por tanto, tenía mayores motivos para tener la aparición de un Mesías proveniente de Belén”.
Mateo no responde la segunda cuestión, pero es probable que José eligió Nazaret por motivos económicos.
Sucede que Herodes había dado Galilea a otro hijo Antípas. Este, heredó un reino sin capital. Al reprimir la rebelión que siguió a la muerte de Herodes el grande, en el año 4 a.C., el general Varo quemó Séforis hasta los cimientos. La primera preocupación de Antípas, fue reconstruir Séforis, más grande y más bella emulando a su padre, que había construido ciudades en Cesarea, Antípatris y Faesalia, además de reconstruir Sebaste y Agripia. La dimensión original de Séforis es desconocida, pero, al reconstruirla, Antípas la planeó para 25 mil habitantes.


Una vez que se corrió la voz de que Antípas necesitaba trabajadores, José se daría cuenta que podía trabajar en ese lugar por 10 o 12 años, el tiempo promedio en que Herodes había construido una ciudad. Pero hubiera sido imprudente llevar a su esposa y el niño vivir dentro de las difíciles condiciones de un campamento de trabajo. Nazaret a sólo 4 kilómetros de distancia, era claramente visible al oeste del Valle y ahí su familia podría vivir sin molestias, por el precio de caminar una hora hasta su lugar de trabajo. Además, Nazaret le ofrecía la posibilidad de montar otro taller donde sus hijos pudieran colaborar (Mc 6, 3)
Sabemos que los pueblos pequeños no son muy acogedores con los recién llegados. Quizá no enfrentan hostilidad, pero tampoco hallaron en la cálida bienvenida que pudieran haberles dado en Belén a su regreso de Egipto, haciéndoles sentir en casa. A lo largo de un año, o tal vez más, habrán sido vistos con sospecha. ¿será José un espía del nuevo rey? ¿será un informante de los recaudadores de impuestos? Con paciencia José y su familia tuvieron que ganarse su lugar en el pueblo. La proximidad de Séforis permitió al niño Jesús recibido influencias que no hubiera tenido de haber vivido en Belén, aunque esto es materia del próximo capítulo.

 

Jesús


Herodes Antípas, como hemos visto, tuvo que reconstruir Séforis después de que ésta fue destruida por Varo en el año 4 a.C., ¿Qué tipo de ciudad quiso reconstruir? Para responder, hay que tomar como elementos decisivos la cultura y la personalidad de Antípas. Cuando Antípas se convirtió en tetrarca de Galilea, tenía sólo 16 años. Al igual que a sus otros hermanos, su padre Herodes el grande le había enviado a Roma (AJ 17:20), apenas alcanzaba la edad adulta, esto es, a los 12 o 13 años, para ser educado en casa de un tal Polio (AJ 15:342). La intención de su padre era que permaneciera en Roma durante unos 5 años y, durante ese proceso, aprendería lo más posible de los romanos y, en forma particular, de la familia Imperial, con la que debería tratar por el resto de su vida.

 

La educación romana


Los estudios de Antípas fueron interrumpidos luego de 3 años, por una orden de su padre, para regresar a Judea. Esto, probablemente, fue una consecuencia de la decisión tomada por Herodes, en el año 5 a.C., de nombrarlo como su único sucesor (JW 1:646). Era natural que el rey quisiera hablar con su hijo acerca del futuro y de la política a seguir. Sin embargo, apenas unos 4 o 5 días antes de su muerte, Herodes volvió a cambiar su voluntad, quizá porque se dio cuenta de que el emperador Romano no aceptaría a un joven de 16 años como rey de un vasto territorio con una posición estratégica muy importante. En este nuevo testamento, Antípas recibió solo Galilea y pese a su corta edad, Antípas demostró de inmediato ser digno de la confianza recibida Y gobernó relativamente bien durante 43 años. Jesús lo llamó “zorra” (Lc 13, 32), un epíteto que alude a que era un astuto sobreviviente. Él fue de un carácter más templado que su padre y libre de paranoia. Su error fue casarse con Herodías, mujer de su medio hermano Filipo (Mc 6, 15), la que estimuló su ambición que, al final, provocaría su caída.


El tutor de Antípas en Roma fue un hombre de notable personalidad, que logró buena influencia en el joven. Gayo Asinio Polio (76 a.C.-4 d.C.), fue un contemporáneo de Herodes el Grande. Después de una exitosa carrera militar, prestó servicio Como cónsul en el año 40 a.C. Un año después, derrotó a los partos de Iliria y, luego de este triunfo, se retiró de la política y se consagró principalmente el estudio de la historia, escribió también poesía y tragedias y entre sus amigos se encontraban Catulo, Horacio y Virgilio. Sin embargo, su mayor contribución fue fruto de su interés y de su práctica inclinación por el bien común. Colaborando en un proyecto de Julio César (suetonio, César 44), abortado por su asesinato en el año 43 a.C. Gayo uso su riqueza personal para construir la primera biblioteca pública en Roma hacia los años 30 a.C. Está tenía dos secciones, una para obras en griego y otra para escritos en latín. Sin duda, el primer acervo de libros provino de su colección personal, pero el diseño de la librería requirió una cuidadosa planificación. Tuvo que Hallar el modo de conversar, y al mismo tiempo, lograr un fácil acceso a cientos de rollos de pergamino y de papiro qué solicitaban los lectores. Su organización fue tan brillante, que el emperador Augusto siguió el mismo modelo cuando construyó la biblioteca palatina, anexa al templo de Apolo, en el año 28 a.C.
Gayo Polio era una persona a quien Antípas podía respetar y admirar. Era un hombre de una acción, pero también un intelectual creativo. Su integridad fue tal, que no tuvo miedo en criticar al emperador cuando lo creyó necesario. En otras palabras, fue un líder modelo, lo que explica porque Herodes lo eligió para educar a sus hijos. Ciertamente Antípas vio en Polio las mejores cualidades de un auténtico Romano y, quizá por vez primera, comprendió porque su padre a lo largo de toda su vida, se había comprometido tanto con Roma. La personalidad de Polio habría hecho realidad lo que antes era sólo una vaga percepción.

 

Construyendo una nueva capital


Cuando Antípas comenzó a construir una ciudad que su mismo padre hubiera admirado, sin duda tenía en mente no sólo las construcciones de su padre, por ejemplo, Cesárea marítima, sino también la imagen de Roma que Polio le había hecho conocer. Aún más, Antípas tenía a su disposición todo el talento cosmopolita de ingenieros y constructores que había permitido a su padre construir nuevas ciudades. Eran gentes entrenadas directa o indirectamente por los romanos, quienes les habían enseñado que la infraestructura es tan importante como la vista final. De este modo, el primer objetivo importante para la construcción de una ciudad, era su abastecimiento de agua. Se necesitaban construir depósitos desde los cuales el agua limpia fluyera, a través de tubería, a baños, letrinas y fuentes de agua potable. Luego, planear el número de calles, el tamaño de las manzanas de casas creadas por las avenidas, los cruceros, etc. De acuerdo con lo ancho de las calles, determinar el drenaje y el alcantarillado debajo de ellas y luego las banquetas.
Todos estos conocimientos seguramente causarían admiración a José y a sus hijos mayores (Mc 6, 3). Las aldeas de donde ellos provenían no tenían planificación, ni los servicios de una ciudad; los palacios de Séforis, con sus patios centrales y jardines, eran muy diferentes a las pequeñas casas y cosas que ellos conocían.
De modo que, cuando Jesús pudo entender las conversaciones familiares, seguramente oyó que Séforis, era otro mundo comparado con su aldea. En Nazaret, Jesús recibió la educación elemental que recibía todo niño judío. En particular aprendió a leer y a manejar las escrituras (Jn 7, 15). Eso también lo hubiera aprendido en Belén. Lo que aquí subrayó es la nueva visión que obtuvo al vivir junto a Séforis.


Conforme la ciudad creció, se fortalecería la red de relaciones en su entorno, incluido Nazaret. Como este era el caserío más cercano, situado en el borde de un fértil valle, Nazaret tenía ventajas económicas. Su proximidad con la ciudad reducía el costo del transporte y hacía muy rentables los cultivos de trabajo intensivo tales como las verduras, indispensables en los mercados de Séforis. En contrapartida, la ciudad ofrece a los aldeanos empleos, bienes y servicios que no se hallaban en Nazaret. Era en Séforis donde se pagaban los impuestos y se hallaban los juzgados y los bancos (Mt 25, 27), y a donde llegaban las noticias de todo el Imperio.

 

Un niño en Séforis


La importancia de Séforis en la vida de sus padres seguramente despertó curiosidad en Jesús. No se trataba de un misterio lejano, sino de una ciudad que podía ver sobre el mismo valle. Para un niño pueblerino, la ciudad ejercida la atracción de un parque de diversiones, de un desfile de imágenes y sonidos que le provocaba admiración y le suscitaban preguntas ¿por qué un arco permanece en pie cuando los albañiles le quitan los andamios? ¿cómo es que dos hombres, con una polea, pueden arrastrar una gran piedra? ¿cómo logran los albañiles hacer los muros bien derechos? Séforis rebozada de vitalidad, y él podía verla y tocarla. En comparación, su aldea de Nazaret era muy aburrida.
Es obvio que Jesús y otros niños, amigos suyos, pasado mucho tiempo explorando en Séforis. Antes de que comenzará a colaborar en el trabajo de José, seguramente pudo ver el trabajo rudo de los mayores en las obras de construcción. Las imprecaciones, en varias lenguas, de los trabajadores le harían ver la diversidad de idiomas y la importancia del griego. Esta lengua era la que permitirá que trabajadores provenientes de diversas naciones se pudieran comunicar.
Otro campo de atracción para adultos y niños habrían sido los espectáculos públicos que Antípas organizada, heredando la costumbre de su padre Herodes el Grande; quién construyó los primeros teatros en Palestina (Jerusalén, Sebaste, Jericó, Cesárea), además de hipódromos, estadios y anfiteatros. En los pocos años que vivió en Roma, él debe haber quedado impresionado por los eventos que el emperador Augusto organizaba.
Séforis, siendo capital, no podía carecer de un teatro. Aun podemos apreciar las ruinas de un edificio con 4500 asientos de piedra y, si bien no podemos datarlo con seguridad para el tiempo de Antípas, seguramente estuvo precedido por un teatro de madera. Los judíos consideraban el teatro un espectáculo pagano y eran desanimados para asistir a él. Seguramente Jesús oyó esas críticas y prevenciones que, al mismo tiempo, le informaban de qué se trataba; también vería en los alrededores del teatro a los actores, con o sin su vestuario, repasando los sus papeles.


Es dentro de este contexto donde Jesús habla prendido la palabra “hypokrites”, que no pertenece al lenguaje rural. Su significado original es positivo: “un orador público” y, en el griego de Atenas, “un actor”. Jesús lo uso con el significado de “simulador” (Mc 7, 6; Mt 7, 5; Lc 6, 42).
Este significado aparece en dos pasajes de la traducción griega del Antiguo Testamento (Job 34; 30; 36, 13) y el Sidácide 1, 29; pero el texto que se leía en las sinagogas era diferente, pues no se leía en griego, sino en arameo. De modo que cuando Jesús creció y tuvo necesidad de criticar a los líderes religiosos que honraban a Dios con los labios, pero no con el corazón, seguramente recordó a los actores de Séforis, diciendo parlamentos que no expresaban sus pensamientos y portando un vestuario que no correspondía con su realidad cotidiana.
La fiesta más grande que Jesús vivió durante su vida cerca de Séforis, fue sin duda el matrimonio de Antípas con la hija del rey de los nabateos, Aretas IV de Petra (reinó del 9 a.C. al 40 d.C.). No conocemos la fecha de este enlace, pero lo más probable es que acaeció luego de que Antípas tuvo edad matrimonial, idealmente entre los 18 y los 20 años (m. Aboth 5:21). En el caso de Antípas, esto sería hacia el año 2 de nuestra era. Con toda probabilidad, la elección fue dictada por el emperador Augusto, quién consideró los matrimonios entre las dinastías reinantes como un factor de estabilidad política (Suetonio, Augusto: 48). Perea, que pertenecía a Antípas, colindaba con el territorio nabateo, dominado por el rey Aretas, y la frontera había sido escenario de sangrientas batallas entre judíos y nabateos. Ciertamente, el emperador Augusto no quería que la utilidad que había imperado entre los padres, continuará entre los hijos.


Aún si la boda fue celebrada en la ciudad de Petra, una suntuosa caravana de nobles habría acompañado Antípas y a su esposa hasta Séforis. Todos los habitantes de las poblaciones cercanas se habrán reunido para saludar a sus Reyes. Para esas fechas, Jesús habrá tenido al menos 6 años, justo la edad para que se le quedaron grabadas las imágenes de la suntuosa caravana, con nobles sentados sobre la grupa de los camellos ricamente enjaezados.
A esa edad no sabía que la arrogancia de los opulentos jinetes se debía el control de la ruta comercial del incienso y de las especias que, desde Yemen, cruzaba Arabia y salía el puesto de Gaza, dejándoles enormes ganancias (Plinio, Historia Natural 12: 64-65). Para el niño Jesús, ellos eran simplemente misteriosas extranjeros cuya presencia provocaba preguntas respecto a otro mundo, hacia el Oriente, que equilibraba el mundo occidental romano, que comenzaba a conocer.
Estos eventos también darían ocasión a Jesús para pensar que no todo el mundo era judío, sino que había otros modos de vivir. Eran momentos de iluminación no de elección y decisión. De hecho, la ciudad de Séforis que Jesús conoció, fue más bien una comunidad de judíos tradicionales. Pese a extensivas excavaciones que se han hecho, no se han hallado restos de edificios paganos, tales como templos, santuarios o gimnasios. Las estatuas casi son inexistentes. Baños rituales y vasijas de piedras son comunes. La pequeña población de residentes paganos aumentaría sólo cuando el teatro pues presentaba espectáculos, y por la visita regular de mercaderes o turistas deseosos de conocer “La Joya de Galilea”.

 

El nacimiento virginal


Las opciones que Séforis ofrecía a Jesús se complicaron por otro factor: su madre María. Ella era virgen cuando Jesús nació. José recibe el anuncio del Ángel: “no temas recibir a María tu esposa: pues el ser que ha sido engendrado en ella es obra del Espíritu Santo” (Mt 1, 20). Algunos críticos han dudado de la historicidad de este nacimiento virginal, aduciendo que en el mundo grecorromano había muchos mitos de dioses que se unían a mujeres para engendrar héroes. Otros, en forma más científica, han estudiado con detenimiento los detalles de la historia, y correctamente concluyen que: “no se encuentra un paralelo exacto o un antecedente que estuviera disponible para los cristianos que, en el primer siglo, escribieron de esta concepción (de Jesús)”.
Las principales diferencias son:

  • No hay ningún indicio en el evangelio de una relación sexual.
  • Ninguna de las historias grecorromanas menciona la virginidad de la madre, la que es muy subrayada por Mateo.

Otro elemento importante que no siempre se cita. Las historias de relación entre dioses y mujeres que estaban en circulación, no solo son politeístas, sino que, en gran medida, son pornográficas, con una serpiente representando el pene. Incluso si los autores cristianos conocieron tales narraciones, lo que no asumimos, es inconcebible que los judío-cristianos las consideran apropiadas para decir algo sobre Jesús.


Quienes sostienen que el nacimiento virginal es un theologumenon, tienen la obligación de explicar que se quería transmitir acerca de Jesús. Aunque sus opiniones difieren, tales autores están de acuerdo en que el punto principal para Mateo fue subrayar la filiación Divina de Jesús. Esto difícilmente puede aceptarse como verdad. Basta con leer El libro de los jubileos para darse cuenta de que cualquier judío del primer siglo, pensaba que Adán y Eva eran individuos históricos; que practicaron el sexo (3, 6) y estuvieron sujetos a las leyes de Purificación (3, 9-11). Sin embargo, aunque Adán fue creado directamente por Dios, nadie pensó que tendría la misma divinidad que Dios. podía decirse que también Eva tenía sólo un progenitor, porque Dios la formó de una costilla de Adán (Gen 2, 21-22), pero otra vez, no hay ningún indicio de que alguien le considerará como hija divina. En consecuencia, el nacimiento virginal de Jesús no habría llevado a ningún contemporáneo judío al concluir que Jesús era divino.
La sugerencia de que nacimiento virginal fue inventado para exaltar el valor de la virginidad es totalmente anacrónico. La virginidad fue un gran interés para los cristianos sólo a partir del segundo siglo d. C., pero no tenía ningún interés práctico para los judíos del primer siglo. Era un imperativo que la muchacha fuera virgen al llegar al matrimonio (m. ketuboth 1:7), pero de ahí en adelante se esperaba que tuviera sexo y diera hijos. De hecho, la virginidad ni siquiera es el tema principal en el relato del nacimiento virginal.


Finalmente, el autor que postuló el teologumenon, vivió en un mundo pesimista que automáticamente buscaba la peor interpretación. Esto es, la invención del nacimiento virginal se habría hecho para cubrir un adulterio de María (precisamente cómo se interpretó el nacimiento virginal en los primeros círculos judíos). Pero ¿por qué razón cualquier teólogo cristiano, en esos tiempos primitivos, tomaría semejante al riesgo, particularmente cuando la historia de un nacimiento virginal de hecho no dice nada acerca de Jesús?
La historicidad del nacimiento virginal no puede ser probada positivamente, pero la extrema improbabilidad de que sea una invención teológica, hace que su aceptación actual sea un comienzo más apropiado para el historiador. Esto significa que, si el nacimiento virginal es un hecho, María debió haber dado su consentimiento. No podría haber sucedido sin su consentimiento. Este es el punto que Lucas desarrolla en su relato de la anunciación a María por el Arcángel Gabriel (1, 26-35). De este modo, Lucas hace que el ángel dé a María información acerca del futuro de Jesús, que ella no podía tener al tiempo de la concepción e incluso tiempo después. La posición crítica de María cuando Jesús comienza su vida pública: “Ha perdido la razón” (Mc 3, 21), claramente muestra que ella no entiende la vocación de su hijo. Él mínimo requerido para que María aceptara la maternidad es que ella entendiera que Dios había elegido a Jesús para una misión especial, aunque sin conocer los detalles.

 

En búsqueda de la luz


Debemos asumir, en consecuencia, que tan pronto como Jesús fue capaz de asimilar el mensaje de su madre, María le había dicho que Dios lo había escogido de modo especial. Para consternación de Jesús, ella no podía darle mayores especificaciones. Simplemente María no podía conocer porque, él había sido elegido o que se esperaba que llegara a lograr. De seguro ella animaría Jesús a rezar, pidiendo más luz, y a estar atento a cualquier signo que pudiera ser indicación de la voluntad de Dios. Jesús vivirá en un continuo estado de alerta, que, a la larga, constituía un peso. En no podía relajarse totalmente, no podía tomar una decisión acertada su futuro, hasta conocer lo que Dios quería de él.
Dentro de este estado de tensión y búsqueda, Jesús realizó su primer viaje a Jerusalén:
(41) “Iban sus padres cada en Jerusalén para la fiesta de la Pascua. (42) Cuando el niño cumplió los 12 años, subieron a Jerusalén, conforme a la costumbre de aquella fiesta. (43) Y, terminada la fiesta, cuando regresaban, se quedó el niño Jesús en Jerusalén, sin darse cuenta de ello sus padres. (44) Pero creyendo que iba entre la comitiva, ellos hicieron la jornada del primer día, y se pusieron a buscarlo entre los parientes y conocidos. (45) Como no lo encontraron, se volvieron a Jerusalén a buscarlo. (46) Al cabo de tres días lo hallaron en el templo sentado entre los doctores, oyéndolos y haciéndoles preguntas. (47) Todos los que lo oían se admiraban mucho de su inteligencia y sus respuestas. (48) Cuando ellos lo vieron se quedaron sorprendidos, su madre le dijo: hijo ¿por qué te has portado así con nosotros? considera que tu padre y yo te buscamos llenos de aflicción. (49) Pero él le dijo: ¿porque me andan buscando? ¿no sabéis que debo estar en los asuntos de mi padre? (50) Ellos no entendieron lo que les quería decir. (51) Luego bajo con ellos y se fue a Nazaret”. (Lc 2, 41-51)


La expresión “sus padres” no necesariamente indica ignorancia del nacimiento virginal. Ciertamente Lucas conocía tal hecho. Se trata de una elemental simplificación que aparece antes en 2, 27 (“sus padres”) y el 2, 33 (“su padre y su madre”). Sería poco práctico y difícil repetir la explicación “su madre y su supuesto padre” (cfr Lc 3, 23).
Lo que realmente es significativo es que se nos dice que María y José hacían la peregrinación de Pascua a Jerusalén (Ex 23, 14-17) “cada año” y se quedaban ahí los 8 días de la fiesta (Lv 23, 5-6). Esto significaba que José tenían los recursos suficientes para sacrificar los ingresos de tres semanas. Los mercaderes con buena organización podían hacer el viaje de Galilea a Jerusalén en quizá cuatro días. Pero una numerosa caravana de hombres, mujeres y niños motivados sólo por la Piedad, podía durar hasta una semana en cada dirección. Más aún, José podía darse el lujo de llevar consigo a su mujer, aunque ella no estaba obligada a ir. Si los datos de Lucas son correctos, el nivel económico de José sería el de un trabajador de clase media baja.
Un niño judío, al cumplir los 13 años, ya era considerado un adulto responsable (m. Aboth 5, 21; m, Niddah 5, 6), por tanto, a esa edad estaba obligado a cumplir la Ley. A razones para pensar que los judíos piadosos obligaban a sus hijos a cumplir la Ley uno o dos años antes de lo estrictamente necesario, de forma que tal obediencia fuera habitual cuándo llegará la edad requerida (m. Yoma 8:4).
Así que es muy posible que María y José tomaron la iniciativa de llevar a Jesús a Jerusalén luego que cumplió los 12 años. Por mi parte sospecho que también Jesús insistirá en que le permitieran ir con ellos. Él todavía no conocía que le tenía Dios preparado y, para el siguiente año se, convertiría en adultos y deseaba saber más. Dentro de este contexto podemos entender porque se quedó más tiempo en Jerusalén, para oír y preguntar a los maestros del templo (Lc 2, 46).


No es razonable asumir que un niño de 12 años tuviera un extremo interés por cuestiones teológicas. Y si era sólo por curiosidad respecto a su posible misión futura, Jesús ya había tenido 7 días para buscar posibles signos. La determinación de Jesús para quedarse más tiempo entre los doctores del templo, incluso con riesgo de desobedecer a sus padres, revela que no estaba encontrando la respuesta que desesperadamente necesitaba. Si su mamá no podía decirle cuál era su destino, la única posible alternativa estaba en los maestros de la Ley que interpretaba la voluntad de Dios para todos los judíos. Y él no quería irse hasta estar completamente seguro de que ellos no podían ofrecerle algo más.
El versículo: “pero todos los que lo oían se admiraban mucho de su inteligencia y de sus respuestas (v 47), no puede interpretarse como una objeción a la hipótesis anterior, porque no pertenece a la redacción original. Tenemos tres importantes argumentos:

  • En contraste con la conjunción “y” (kai) con que los otros versículos, excepto el 44, son introducidos, el verso 47 es introducido por “pero” (de);
  • Jesús responde a preguntas que no le han sido hechas y que no están implícitas en el versículo 46;
  • Más importante todavía, el antecedente gramatical de la frase “cuando ellos lo vieron, se quedaron sorprendidos” (v 48), es “todos los que lo oían” (v 47).

No hay ninguna indicación de cambio de sujeto. Sin embargo, a partir del verso 48, es claro que “cuando ellos lo vieron, se quedaron sorprendidos” se refiere a María y a José, quiénes son también el sujeto de “lo hallaron” en el versículo 46. Por lo tanto, el verso 47 es una interpretación que, no sólo complica la narración con un tema ajeno, sino que distrae de la declaración de Jesús en el versículo 49, qué es el punto central.


El objetivo de interpolar el versículo 47 fue darle a Jesús un rol activo. La inteligencia precoz de un niño es un elemento común en la técnica novelística para perfilar a un héroe. Historias similares son contadas de Moisés, de Alejandro el Grande (Plutarco, Alejandro: 5) y de Apolonio de Tiana (filóstrato, vida: 7). También Josefo dice de sí mismo sin empacho: “cuando yo tenía 14 años… los jefes de los sacerdotes y los hombres principales de la ciudad, con frecuencia venían conmigo para conocer la mejor interpretación en asuntos de la Ley” (vida: 9).
Habiendo quitado la distracción provocada por el versículo 47, regresamos al relato. La pregunta que hace María como reproche (v 48), provoca sorpresa en Jesús (v 49). Sus padres debían haber entendido mas ¿Por qué? porque ellos conocían las cuestiones que le preocupaban a Jesús.
En griego la segunda pregunta de Jesús se lee: "ouk édeite hoti en tois tou patros mou dei einaime”. Puede ser traducida en dos formas: “¿No sabían que yo debo, estar en la casa de mi padre?” y “¿No sabían que yo debo ocuparme de los asuntos de mi padre?”. A nivel puramente lingüístico, la primera traducción es preferida. Los comentaristas que la tratan, limitan su interpretación a un contraste banal entre la casa de José (la supuesta casa de Jesús) y la casa de Dios (su casa verdadera).
Podemos ir más adelante, preguntando: ¿qué espera Jesús ganar quedándose en el templo? sólo es posible una respuesta: Iluminación. Si su familia y los maestros humanos le han fallado, a sus 12 años, Jesús piensa que tiene mayor oportunidad de conocer la voluntad de Dios y se queda lo más cerca de la divina presencia. Seguramente él sabía que fue en una adición en el templo donde Isaías recibió su vocación.
Este proyecto era tan infantil que sus padres no lo entendieron, e insistieron para que regresara con ellos a Nazaret. Jesús obedeció sin duda, con un sentimiento de frustración, porque su futuro se veía oscuro, sin medios para llegar a conocer la voluntad de Dios. Su problema se vería agravado por su creciente conciencia del mundo que Séforis simbolizaba. La frustración se intensificaría, porque esta visita al templo fue el momento más significativo a lo largo de 20 años, hasta que llegaron noticias de que un profeta había comenzado a predicar a orillas del río Jordán. Esto haría surgir nuevas esperanzas en el pecho de Jesús: ahora, por fin, podría conocer el destino que Dios había elegido para él. Y lo dejó todo para ir al encuentro de Juan Bautista.


Vocación temporal de profeta


Fariseo comprometido con la Ley
Marcos señal el evento con una sola frase: “por aquellos días Jesús vino de Nazaret a Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán” (1, 9). El año que esto sucedió fue programe mente entre el 24 y el 26 de nuestra era. No sabemos cuándo comenzó Juan Bautista su misión, pero con toda probabilidad fue un poco antes. Jesús habría respondida de inmediato ante la noticia de un nuevo profeta, se le presentaba un nuevo potencial de iluminación. Su familia y los doctores de la Ley (Lc 2, 41-51) le habían fallado y él había estado viviendo en el filo de la ansiedad, buscando cualquier signo que le mostrará la voluntad de Dios en su vida. Esa incertidumbre había durado ya 20 años.
La intensidad de su expectación y la medida en que está interfería en su vida cotidiana, están bien subrayadas por el hecho de que él no se había casado, aun cuando eso era una obligación para todo judío (Gen 1, 28). Esto no se debió a un voto de celibato, sino a que él quería estar totalmente libre de cualquier atadura, para poder responder con total libertad a Dios, cuando él lo llamara.


La historicidad del bautismo de Jesús por Juan es un hecho universalmente aceptado, pero hay muchas discusiones sobre lo que Jesús pensó al someterse a un bautismo que significaba arrepentirse de los pecados. Desde la perspectiva de este estudio, el aceptó sin dificultad el mensaje de Juan Bautista en todas sus dimensiones, como algo dado por Dios; con esto, consideró a Juan como alguien digno de darle una ponderada respuesta a las preguntas que le preguntaban sobre su destino.
No tenemos idea de lo que pasó entre Jesús y Juan, pero podemos hacer una significativa inferencia a partir de la conducta subsecuente de Jesús. Antes de su bautismo, hasta donde sabemos, él había sido un artesano en Nazaret o en alguna de las pequeñas poblaciones alrededor del lago, donde la reparación de barcos de madera podía haber complementado el ingreso que provenía de objetos de labranza y enseres domésticos. Después de su bautismo, como veremos con detalle, aparece como un predicador itinerante cuyo mensaje es el mismo de Juan. Por tanto, el Bautista debió haber convencido a Jesús de que su vocación era la de profeta. ¿sobre qué posibles bases podía Juan, solo en un diálogo con Jesús, haber llegado a tal conclusión?

 

La vocación de profeta


En caso de que Jesús le confiara su nacimiento virginal, como seguramente tuvo que hacerlo para justificar la importancia de sus preguntas, Juan hallaría que el texto de la escritura más cercano, por analogía, sería el pasaje en el que Dios dijo a Jeremías: “antes de plasma que en el vientre materno ya te conocía, antes de que salieras de ahí te consagre; te he nombrado profeta de las Naciones” (Jr 1, 5). “Antes de plasmarte en el vientre” y “antes de que salieras de ahí” son un ejemplo de paralelismo. La misma acción es indicada bajo dos formas apenas diferentes. Claramente se refiere, no a la concepción, sino al crecimiento del embrión en el seno. Después de Jeremías, se volvió una creencia común que el niño dentro del vientre materno, era formado por Dios como una prueba de su amoroso cuidado (Sal 139, 13; Job 10, 8-9). Tal vez por eso, Jesús no habría considerado este texto aplicable a su situación. No había un paralelo exacto con la idea de una interpretación directa de Dios en el momento de la concepción.
De todos modos, el verbo aquí traducido como “plasmar” es “yatsar”, que había adquirido el significado técnico de “crear”, debido a su uso en Gen 2, 7-8, y que también es cuando en otro texto, en Jeremías 51,19. De ese modo no es sorprendente que el Tárgum de Jeremías, cuyos orígenes pueden datarse en Palestina durante el primer siglo de nuestra era es un poco antes, allá sustituido “bara” por “yatsar”.


La traducción corre así: “Antes de que te creara en el vientre yo te consolide, y antes de que vinieras a este mundo yo te cite”. El uso de bara de inmediato haría recordar a cualquiera, que es el primer verbo que aparece en la Biblia: “En el principio de Dios creó (bara) para los cielos y la tierra” (Gen 1, 1). Leído sobre ese fondo glorioso de la actividad creadora de Dios, sería fácil pensar que ahí no había lugar para la intervención de un esposo en la concepción de Jeremías 1, 4. Desde esta perspectiva, el texto de daría una respuesta clara al cuestionamiento de Jesús. Si Dios había creado Jeremías para ser un profeta, entonces era altamente probable que también está fuera su intención en el caso de Jesús, a quien todos Dios había “creado en el seno” de María.
Sí Jesús debía ser un profeta como Jeremías, ¿Cuál tenía que ser su anuncio? La preocupación básica de todos los profetas fue la reforma o conversión del pueblo judío, y tal llamada al arrepentimiento estaba siendo predicada por Juan Bautista. Fue, entonces, obvio para Jesús, que tenía que unir sus fuerzas con el profeta Juan, y eso fue precisamente lo que hizo. Cualquier otro plan que Jesús hubiera para regresar a Galilea fue dejado a un lado. Fue sólo después del arresto de Juan, que decidió regresar a su tierra de adopción (Mc 1, 14).
Cuando Jesús se unió al Bautista, éste se había establecido al lado oriental del río Jordán, hacia el sur, cerca de Jericó. Esta es la conclusión de una serie de indicaciones convergentes en los evangelios. Él predicaba en el “desierto de Judea” (Mt 3, 1), y los que aceptaban su mensaje eran bautizados en el “río Jordán” (Mt 3, 6). En consecuencia, debía haber un área solitaria adyacente al río.


Pero ¿de cuál lado? El cuarto evangelio es el único que no responde esta pregunta. Nos dice que las autoridades de Jerusalén interrogaron al Bautista en “Betania, allende el río Jordán” (Jn 1, 28). En sí misma, la frase “allende el río Jordán” (que también aparecen Jn 3, 26 y 10, 40) es ambigua, porque depende desde donde uno esté viendo, sin embargo, lo más probable es que el evangelista esté hablando desde la perspectiva de Jerusalén, esto es, desde el oeste del río. Hubo necesidad de especificar que esa Betania estaba al oriente del Jordán, porque había otra Betania del lado poniente, conocida como “Betania cerca de Jerusalén” (Jn 11, 18).
Esta interpretación es confirmada por el hecho de que, más tarde, cuando Jesús estaba en peligro de ser arrestado en el territorio de Judea, controlado por los romanos (Jn 10, 39; 11, 7), y debe irse para otra jurisdicción, “Él regreso al otro lado del Jordán”, “allá donde fue Juan bautizaba al principio” (Jn 10, 40). La parte oriental del Jordán, conocida como Perea, estaba unida al reino de Galilea, gobernado por Herodes Antípas. Ni el procurador Romano, ni los sumos sacerdotes de Jerusalén, tenían poder ahí.
La importancia de “regresó” y “al principio” en Jn 10, 40; no siempre subrayada. El primer verbo indica que Jesús ya había estado ahí anteriormente. La interpretación más lógica es que se trata del lugar donde Jesús se encontró a Juan y fue bautizado por este. Por su parte, “al principio” revela que el Jordán fue sólo el primer lugar donde Juan bautizó. ¿Conocemos otros lugares? El cuarto evangelio da respuesta a esta pregunta en el siguiente texto que debemos aceptar como auténtico:


Después de esto, patio Jesús para la tierra de Judea en compañía de sus discípulos, y con ellos pasó ahí algún tiempo bautizando. También Juan estaba bautizando en Enón, cerca de Salem, por haber ahí, mucha agua, de modo que las gentes iban y se bautizaban. Pues Juan no había sido encarcelado todavía (Jn 3, 22-24).
Se describe que Jesús sale de Perea para comenzar una misión idéntica a la de Juan “bautizar”, pero ahora en Judea, donde el terreno ya ha sido preparado por el Bautista, quién había predicado a los habitantes de Jerusalén y Judea (Mc 1, 5; Mt 3, 5). Juan muestra la fuerza de su liderazgo al elegir el territorio más difícil de misión: Enón (Fuentes) se identifica con las 5 fuentes sobre la pendiente oriental del monte Garizim, que da hacia el todavía existente poblado de Salem, a unos kilómetros y medio, sobre la llanura hacia el oeste. El Bautista se había internado en el territorio de los samaritanos para quienes el monte Garizim era una montaña Sagrada (Jr 4, 5 y 20). Sin embargo, Juan logra muy poco éxito entre los hostiles samaritanos y, eventualmente, abandona el lugar y se va a Galilea, donde sus críticas al matrimonio del Rey provocarán su arresto y su ejecución (Mc 6, 17-29).

 

Celo por la Ley


¿En qué partes de Judea realizó Jesús su ministerio? dada la urgencia del mensaje de conversión: “ya él hacha está puesta a la raíz de los árboles" (Mt 6, 17-29). Juan y Jesús habrán decidido trabajar en la misma misión antes de salir de Perea. Si Juan se dirigió a tierras samaritanas, era muy poco probable que Jesús se quedará en las cercanías de Jericó.
Sus habitantes ya habían oído durante mucho tiempo al Bautista. En apenas una hora escasa caminando desde Jericó, se llega a la orilla del Jordán donde Juan bautizaba. Más aún, no hay aldeas o ciudades sobre el camino entre Jericó y Jerusalén, y las características del terreno no permitían ir hacia el Noroeste o al sureste de este camino. De modo que Jesús, si no quería perder tiempo en el campo, debió dirigirse hacia el oeste, a la ciudad Santa.
Jerusalén, la capital, era donde él podía dirigirse al mayor número de judíos y el lugar más obvio para predicarles era el templo. Este responde a necesidades religiosas y seculares. Cuando Jesús llegó ahí, todavía se desarrollaban los trabajos de reconstrucción iniciados por Herodes el grande. Este había duplicado las dimensiones del edificio original y con su restauración, había separado la tradicional área religiosa del espacio hasta donde llegaban los paganos y se desarrollaba el comercio. Un muro separaba el santuario (naos) en el centro, de los recintos comerciales (hieron) del templo, un área comúnmente llamada pórtico de los gentiles, cuyo edificio principal estaba constituido por la gran basílica a lo largo del muro sur. Este era el corazón civil de la ciudad.


Dentro de esta primera expedición misionera, debemos contextualizar la “limpieza” que hizo en el templo:
(Jn 2, 13) Como ya se acercaba la Pascua de los judíos, subió Jesús a Jerusalén, (14) y encontrando en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas ahí sentados, (15) hizo un látigo de cordeles y echó fuera del templo a todos ellos con todas sus bueyes y ovejas, les tiró al suelo las monedas a los cambistas de dinero y les volcó las mesas; (16) y los vendedores de palomas y les dijo: “quitad de aquí todo eso y no convirtáis la casa de mi padre en una casa de comercio”. (13) Sus discípulos sé acordaron de que estaba escrito: “el celo de tu casa me consume”.
Esta historia no está exenta de problemas. Los cambistas de monedas posiblemente estaban ubicados en la Basílica, al sur del vasto Recinto amurallado de Herodes. Los animales y aves que se vendían para los sacrificios deben haber estado en el lado opuesto; el muro norte del templo tenía la única entrada amplio que comunicaba con el resto de la ciudad (Jn 5, 2; m Middoth 1: 3). ¿Cómo podía Jesús realizar su “limpieza” del templo en dos partes están separadas? ¿por qué la guardia del templo no intervino cuando Jesús estaba en la primera parte, impidiendo la que llegara a la segunda? más aún, es imposible pensar que un solo hombre podría expulsar cientos de gentes en la Basílica y arrear un montón de animales asustados. Todo esto sirve, sin embargo, como un buen ejemplo de la condensación y de la hipérbole integral de la historia. Si uno ve más allá, es posible extraer el núcleo de sucesos. Jesús trato de sacar algunos de los que estaban vendiendo y comprando, y volcar a dos o tres mesas de los cambistas. Esto no provocó mucho escándalo y todo se hizo con rapidez. Instintivamente, los espectadores habían reconocido que Jesús no estaba actuando como loco en forma indiscriminada, sino llevando a cabo un gesto bien pensado, profético. Y probablemente bastantes gentes simpatizarían con él.


La suciedad de la explanada, causada por los desechos de los animales, seguramente desagradaba a muchos; pero eso no era un asunto religioso. Por el contrario, el trabajo de los cambistas era un signo del sistema de corrupción, en flagrante violación de la ley.
El dinero para pagar el impuesto al templo debía pasar primero a través de las manos de los cambistas. El propósito de este impuesto era el permitir a todos los israelitas varones, de cualquier parte del mundo, participar de las ofrendas diarias que se hacían para reparar los pecados. El impuesto consiste en pagar medio shekel y éste debía ser entregado en las monedas acuñadas en Tiro.
El primer problema era la frecuencia del impuesto. Se tenía ya la tradición, desde siglos atrás, de pagarlo anualmente (Neh 10, 32; 2 cron 24, 5); sin embargo, de acuerdo al Éxodo 30, 11-16, que presenta la legislación original, parecía que se debía pagar sólo una vez en la vida. Por cierto, esta era la interpretación entre los estrictos observadores de Qumram, y este era un punto de disputa que ellos tenían con las autoridades del templo.


El segundo problema estribaba en la acuñación de la moneda. En lugar de hacer una transferencia de las monedas que circulaban en el Imperio Romano con la imagen de figuras paganas, a monedas que no tuvieron imágenes humanas o monedas “Santas”, cómo son llamadas por distintos comentadores, el servicio de los cambistas era proveer a los fieles judíos las monedas acuñadas en Tiro, pedidas por las autoridades del templo. Pero el shekel de Tiro tenía dos imágenes: por un lado, la cabeza del dios Melkart (Hércules), y por el otro la figura de un águila. En otras palabras, los judíos piadosos que llevaban monedas judías legales, sin ninguna imagen, para pagar su impuesto, eran obligados a cambiarlas en el templo por monedas que traían impresa la imagen de un Dios falso. en el lugar más santo, los fieles judíos eran obligados a adquirir y mirar ídolos, lo que para muchos equivalía a cometer idolatría.
Aparte de un texto de Qumram, no tenemos más evidencia de alguna protesta popular en contra de estos dos abusos. La reglamentación habrá sido impuesta desde hacía tanto tiempo, que se daba por garantizado su cumplimiento. Sólo alguien extremadamente legalista podría ser crítico. Jesús, sin embargo, criticó públicamente el sistema a través de un gesto profético, dirigido en principio contra las autoridades del templo, pero en la práctica, atacando a sus representantes más accesibles, los cambistas, quienes desde luego no eran los responsables de la reglamentación. Como sucede en nuestros días que, muchas veces, la policía carga con las explosiones de ira del pueblo provocadas por los gobernantes.


Los discípulos de Jesús vieron su acción en el templo como una evidencia de su “celo”. En efecto, su acción violenta lo marcaba como un “zelota”, no en el sentido de ser un miembro del violento grupo revolucionario que se organizaría más adelante en Jerusalén, en el invierno de los años 67-68 d.C., si no en el sentido mucho más antiguo de ser “un judío que era intensamente celoso en la práctica de la ley de Moisés y empeñado en que los demás judíos observarán estrictamente la ley, para que Israel, el pueblo santo de Dios, se distinguiera y separada de la idolatría y de la inmoralidad practicadas por sus vecinos paganos”. Tal tipo de judíos eran animados por una personal y profunda convicción, que a veces les llevaba a castigar a judíos sin fe (Elías en Sir 48, 1-2) o incluso a matarlos (fines en Núm 25, 6-8; Matatías en 1 Mac 2, 23-24). La admiración por tales actos a resonador a lo largo del siglo; y pasó a formar parte de la legislación. De Juan Bautista no conocemos tal violencia. En el caso de Jesús podemos intuir el intenso legalismo de una recién convertido. En previas visitas al templo él no dudo en aceptar lo que todo mundo hacía, sin embargo, en esta ocasión adoptó el rol de profeta por vez primera y vio la situación del templo con nuevos ojos. Su celo fue inflamado por la furia de ver que las autoridades judías no sólo habían distorsionado la ley de Dios, sino que habían introducido a un Dios pagano dentro de lugar más santo para el judaísmo.


Este episodio de Jesús tiene su paralelo en la vida de Pablo. Cuando esté vivía su vocación temporal como fariseo, él considero sus violentos ataques a los cristianos como una prueba de su “celo” por la Ley (Gal 1, 14-15; Flp 3, 6).
Los dos textos en la vida de Jesús, su pérdida en el templo (Lc 2, 41-51) y la purificación del templo (Jn 2, 13-17), están ligados por la referencia directa de Jesús a “la casa de su padre”. Estos son los únicos textos del nuevo testamento que se refieren al templo de ese modo. Tal elemento repetitivo sirve para resaltar el cambio que se ha operado en Jesús. Siendo niño, había esperado ayer en él luz para su vida; ahora, como profeta, se siente responsable de purificarlo.

 

Jesús regresa a Galilea


¿cuánto tiempo estuvo Jesús en Jerusalén? No lo sabemos. Su regreso Galilea está marcado por el arresto de Juan Bautista (Mc 1, 14), quien fue de hecho prisionero por criticar la unión de Herodes Antípas con Herodías, la mujer de su medio hermano Filipo. (Mc 6, 17). La fecha más plausible para esta unión fue el año 23 d.C. En contraste con el éxito de Jesús en Judea (Jn 3, 26), Juan Bautista fracaso en samaria (Jn4,1), donde un profeta judío no era bienvenido. El odio de los samaritanos, hacía los judíos era Igualmente correspondido. Un punto central en la parábola del buen samaritano (Lc 10, 30-37), era forzar a los judíos a que admitieran que los samaritanos, podían ser buenas personas. Juan se puso en una situación de riesgo (Lc 9, 51-56) con tal de dejarle Judea a Jesús. El único campo de misión que le quedaba al Bautista era Galilea, donde había muchos judíos. No tenía ninguna razón para regresar a Perea, y únicamente en cualquiera de estas dos regiones podía ser arrestado por Antípas.
Una vez que Juan fue puesto en prisión, uno de sus discípulos fue a darle la noticia a Jesús, porque la situación podría ser muy grave. En este tiempo, nadie era encarcelado como castigo. Los prisioneros, o estaban bajo investigación (no había fianza), o estaban esperando su ejecución. Al principio, tal vez Jesús no conoció bien la situación de Juan. Mientras esté estuvo preso en Galilea, probablemente en la nueva capital Tiberías, había esperanzas. Jesús se preocupó seriamente cuando Juan fue transferido a la fortaleza de Maqueronte, en el desierto de Perea.


Se volvió imperativo mantener la misión de Juan Bautista en Galilea, y Jesús tomó la decisión de irse para allá y tomar el lugar de Juan. Se convertía así en el líder del movimiento de reforma iniciado por el Bautista. Qué tan seriamente tomó esta responsabilidad nos lo dice el hecho de que Jesús conocía bien que, yendo a Galilea, él mismo se ponía en peligro. Como cualquier gobernante de la región, y especialmente su padre de Herodes el grande, también Antípas tenía una eficiente red de espías e informantes. Desde el momento en que comenzaron a tener seguidores, Juan y Jesús se volvieron sospechosos. Ellos podían planear una rebelión. De hecho, de acuerdo con Josefo, Antípas interpretó el mensaje de Juan en clave política. Jesús sería vigilado desde que cruzó la frontera de Galilea, pues ya era identificado con el movimiento del Bautista. La narración de Marcos es la más cercana al evento:
(14) Esto llegó a oídos de Herodes, pues el nombre de Jesús se había hecho famoso, y decían unos: “Juan el Bautista resucitó de entre los muertos, y por eso el poder de hacer milagros en él”. (15) Otros decían que era Elías; otros, que era un profeta como los de antes. (16) Pero cuando Herodes lo oyó, dijo: “Es el mismo Juan a quien yo degollé, y que ha resucitado” (Mc 6, 14-16).


Hallamos a este breve y confuso texto una representación poco común de verbos. El hecho de que Herodes “oyó” es mencionado dos veces y también doblemente se menciona que Juan “resucita” de entre los muertos. Este tipo de redacción normalmente señala que la historia original ha sido retocada por un editor. Si las repeticiones son dejadas a un lado, la fuente original diría: “Herodes oyó, porque el nombre de Jesús se había hecho famoso, y dijo: Juan a quien yo degollé, ha resucitado”.
Si, de acuerdo con Marcos, se pensó que Jesús era Juan Bautista resucitado, era porque Jesús estaba predicando y haciendo lo mismo que Juan había hecho en Galilea. Lo que Jesús había hecho en Ludea, ahora lo estaba repitiendo en Galilea: proclamando un bautismo de arrepentimiento para la remisión de los pecados. Por tanto, Jesús apareció en Galilea como un profeta del mismo perfil que Juan Bautista. Sin embargo, su misión como bautizador no duraría mucho. En cierto momento tuvo lugar una segunda conversión, similar a la que Pablo tiene sobre el camino a Damasco, que cambió su modelo de actividad. Jesús eso de bautizar y su mensaje ya no fue “¡Arrepiéntanse!”, Sino “¡Síganme!”. La aceptación de su enseñanza sobre el reino de Dios ocupó el lugar de la obediencia a la ley como condición esencial de salvación.

 

Una segunda conversión


El rechazo a la ley
El Jesús que emerge de las páginas de los evangelios definitivamente no es el del elegido de un profeta, no es el discípulo de Juan Bautista. Esto es evidente en muchas situaciones, pero dos son de especial importancia, Jesús se compara y se contrasta con Juan Bautista, declarando que este es inferior. Él se presenta a sí mismo, no como un discípulo de Juan, sino como alguien superior. Muy ligado a esta declaración, hayamos en Jesús una actitud completamente distinta hacia la ley. Todos los profetas se consideraron servidores de estas, cuyas demandas interpretaron en forma estricta y las cumplieron tan perfectamente cómo les fue posible. Por el contrario, Jesús se pone a sí mismo sobre la ley. Él rechaza pegarse a sus requerimientos. La ley no domina ni controla su vida.

 

Jesús y Juan Bautista


La relación de Jesús con Juan Bautista representó un asunto de gran importancia para la iglesia primitiva y para clarificar este problema, el manuscrito que recopiló tres bloques de materiales en los que Jesús trató este asunto, muy probablemente en momentos distintos. El hecho de que Jesús realmente dijo las palabras que siguen, emerge con bastante certeza de los detallados análisis que John Moier ha hecho, enfocándose en el problema de su historicidad. Los siguientes apartados se los debo a Davies y Allison:

 

 

Sentado a la mesa con los pecadores


En la sección final (Mt 11, 16-19), nos acercamos más a una explicación de la segunda conversión de Jesús, que lo hizo apartarse del camino de Juan. Una parábola tiene siempre múltiples significados y, en este caso, los niños que gritan en las plazas son: Juan y Jesús. Los mensajes de los dos fueron rechazados, aunque, lógicamente, quienes rechazaron uno debían aceptar al otro.
Las críticas hechas a Juan: “porque el vino, que ni come ni bebe”, y ustedes dicen: “tiene el demonio”. No hay que tomarlas al pie de la letra. El Profeta no hubiera podido sobrevivir una semana sin tomar agua. Más aún, Marcos (1, 6) nos dice que comía “langostas y miel silvestre”. Esto era todo lo que encontraba cuando estaba en el desierto, y esa era una dieta rica en proteínas. Además, no tenemos ninguna razón para pensar que él rechazaba cualquier otra comida cuando estaba a su alcance. Ni los evangelios, ni Flavio Josefo nos presentan a Juan como un asceta. El mismo hecho de que los discípulos de Juan ayunaran (Mc 2, 18), no significa necesariamente que es afuera una exigencia de su maestro. Es más lógico pensar que soy una fue una respuesta al encarcelamiento y la ejecución del Bautista (Mc 6, 29).
Otro elemento más importante aún, el pueblo quizá no respondió el mensaje de Juan por debilidad o flojera, no tenemos el mínimo indicio de que lo consideraran loco o endemoniado. El tipo de vestido que usaba, aunque fuera inusual, ya había sido usado por Elías (2Re 1, 8), uno de los mayores profetas de Israel. Para los judíos, eso hubiera sido un signo de honor más que una evidencia de enfermedad mental. Según Flavio Josefo, Juan Bautista fue muy admirado: “las muchedumbres que daban muy complacidas oyendo sus palabras… y trataban de hacer todo lo que el aconsejaba”. De hecho, fue la amplia popularidad de Juan lo que provoca que Herodes Antípas lo arrestara y lo asesinara.
Sí ese tipo de crítica no era válido aquí, ¿por qué lo cito Jesús? Cómo veremos, ciertamente las críticas de Jesús se basaron en una cuidadosa descripción de su conducta. Y para incrementar el efecto dramático de su discurso, Jesús contrapuso las críticas a Juan Bautista para resaltar las críticas mucho más severas en contra de el mismo. Si las observaciones en contra de Jesús eran que él “come y bebe”, entonces la contraposición exigía que esto fuera negado en Juan. Pero sólo los trastocados de la cabeza dejan de comer y beber, en consecuencia, Juan “tiene un demonio”. El uso de hipérboles, típico en la enseñanza de Jesús (Mt 3,9; 5, 22; 6, 3), y su amor por paralelismos antitéticos, tienden a confirmar estas hipótesis.


Lo que he dicho que Jesús en Mateo 11, 19 podemos dividirlo en tres partes:

  • Vino el hijo del hombre que si come y bebe
  • Y dicen: “ese es un glotón y bebedor de vino”;
  • Amigo de publicanos y gente de mal vivir.

Si dejamos a un lado el contraste con Juan Bautista, la primera crítica a pierde su valor, porque todos comemos y bebemos. Es ir demasiado lejos decir, cómo lo hace Meier, que “Jesús, un vividor… ofreció un fácil y alegre camino para el reino de Dios”. El segundo punto (b) sólo resalta cuando (a) y (c) están relacionados. Jesús fue criticado porque él comió y bebió con cobradores de impuestos y pecadores. La reacción de la gente (b) no es una crítica sin importancia o una aserción despreciable. De acuerdo con el Deuteronomio, se trata de una acusación legal con muy serias consecuencias:
(18) “Cuando alguien tenga un hijo rebelde, desvergonzado, desobediente a la voz de su padre y de su madre, y después de castigarlo no los obedecen, (19) su padre y su madre lo llevaran a comparecer ante los ancianos de la ciudad, a la puerta del lugar donde viva. (20) Los padres dirán a los ancianos de la ciudad: “Este hijo de nosotros es rebelde, desvergonzado y desobediente a nuestra voz: Es un glotón y un borracho”. (21) Luego, todos los hombres de aquella ciudad lo mataron a pedradas: así quitarás el mal de tu seno, y todo Israel lo sabrá y se atemorizará (Dt 21, 18-21).
Señalando a Jesús como “un glotón y un borracho”, sus acusadores realmente están diciendo: “Eres un hijo rebelde, digno de la muerte”. ¿Por qué era considerada una grabé desobediencia el hecho de que Jesús comiera con los cobradores de impuestos y los pecadores? ¿Cuál era la naturaleza de semejante delito?
Una invitación a comer era un gesto de aceptación, que nacía de la confianza y garantizaba protección. En el año 562 a.C., Joaquín, rey de Judá fue públicamente rehabilitado al ser sacado de la prisión y llevado a la mesa de Evil-merodac, rey de Babilonia (2Re 25, 27-30). La hospitalidad que Jesús aceptó de cobradores de impuestos y pecadores públicos, inevitablemente era interpretada a luz de sus parábolas, tales como la gran cena (Mt 22, 1-10), el invitado sin el vestido de bodas (Mt 22, 11-14) y las 10 vírgenes (Mt 25, 1-13). En todas estas, el reino de Dios está simbolizado por un banquete, y era natural que sus oyentes entendieron que Jesús escoge a sus compañeros de mesa como una declaración de que ellos heredarán el reino de Dios. Era como una promesa que los cobradores de impuestos y los pecadores públicos serían miembros del reino por venir.
Además, esta interpretación sería confirmada por otras palabras de Jesús:
(27) “retirados de mí todos los que obráis la maldad”. (28) Entonces habrá llanto y rechinar de dientes, cuando miréis a Abraham, a Isaac, a Jacob y a todos los profetas en el reino de Dios, y vosotros os veáis echados fuera. (29) Entonces vendrán gentes del Oriente y del Poniente, del norte y del sur, y se sentarán en el banquete del reino de Dios. y observad que los últimos que serán los primeros, y hay primeros que serán los últimos (Lc 13, 27-30)

En este discurso, la asistencia al banquete es la base de un radical contraste entre judíos creyentes y no creyentes. “Los Hijos del Reino” tendrán un fin trágico porque no creyeron en Jesús y en su predicación, mientras que otros menos privilegiados porque no vivieron en la tierra de Jesús ni oyeron sus palabras, obtendrán la salvación escatológica. Los privilegiados perderán sus lugares a favor de los menos privilegiados. Y quiénes se consideran pecadores ocuparán el lugar de quienes pensaban de sí mismos que eran Santos y dignos del banquete mesiánico.


¿Quiénes son pecadores?


Mientras que la impopularidad de los “cobradores de impuestos” es muy comprensible, el término pecadores necesita una explicación, porque todos, en mayor o menor grado, somos pecadores. Cómo hacen la mayoría de las religiones, el judaísmo hacía una distinción entre pecadores ordinarios y los “sin ley”. Si bien la misma palabra (pecador), con frecuencia fue usada para ambas categorías. Ben Sirac exhorta a los ordinarios pecadores, esto es, a todos, diciendo: “hijo mío, si pecaste, no lo vuelvas a hacer; antes rezar por tus pecados pasados” (Sir 21, 1); en cambio, dice a los “sin ley”: “La asamblea de los sin ley (anomoi) es cual montón de estopa; acabarán abrazados en llamas. El camino de los pecadores (hamartoloi) está bien pavimentado y liso, pero va a dar al pozo de Hades (Sir 21, 9-10). Aquí el paralelismo muestra que el término “pecador” puede significar “sin ley”.
La diferencia entre pecadores y los sin ley no se refiere necesariamente al acto cometido, sino la actitud del sujeto. Los pecadores ordinarios respetan la ley, pero la transgreden a causa de la humana debilidad; mientras que los otros la desprecian y, en forma consciente y consistente, se rehúsan a obedecer cualquier mandamiento específico. Por ejemplo, la ley prohíbe prestar dinero con intereses (Lv 25, 36-38), lo que significa que cualquier judío prestamista ha elegido una ocupación que, por definición, viola la ley. La única indiferencia posible era que un usurero había decidido desobedecer a Dios. Había caído bajo la condenación Ben Sirac: “¡Ay de vosotros, los impíos, que abandonasteis la ley del altísimo Dios!” (Sir 41, 8).
Si bien, sería más claro emplear la expresión y “los sin ley” para subrayar el contraste con los pecadores ordinarios, usaré ‘pecadores’ con una comilla para referirme a los sin ley; esto es con el objeto de no hacer ambigua la relación entre este contexto expuesto y la situación de Jesús descrita en los evangelios.


Cualquier judío podía guardar profundo respeto por la ley y en su corazón y esforzarse por cumplirla, pero eso sería conocido sólo por el mismo. En cambio, había otros cuya profesión era considerada como un desprecio abierto a la ley y, por lo tanto, eran considerados como pecadores públicos. Una lista de trabajos de mala reputación es presentada en la Mishnah: “Abba Gorion de Sidón, dijo en nombre de Abba Saúl: Un hombre no debería enseñar a su hijo hacer un arriero que conduce asnos o camellos, o marinero, o carretero, o pastor, o tendero, porque el oficio de todos estos es un oficio de ladrones” (m. Kiddushin 4:14). Los trabajos citados eran despreciados por que facilitaban el robo. Combinaban tentación con falta de supervisión. Los 4 primeros oficios se refieren negocios de transporte. El comisionado para transportar bienes de un lugar a otro, por un buen tiempo quedaba afuera de la vista, tanto de quién enviaba la mercancía como de quien iba a recibirla, y quién podría probar que cualquier perdida no fue debida a un accidente o un asalto, sino al robo del transportista. En el caso de un pastor, este era comisionado para llevarse un buen número de ovejas o cabras de distintos dueños hasta los límites del desierto. La distancia hacía imposible para el dueño saber si un cabrito habría sido comido por el lobo o se había convertido en suculenta comida del pastor. De ahí nació la terminal de prohibición: “Nadie puede comprarle a un pastor lana o leche o crías de animales; tampoco puede comprarse leña o fruta quién está encargado de cuidar árboles” (m. Baba Kamma 10:9). La idea y la expresión de un “buen” pastor debieron haber causado mucha extrañeza. Un tendero trabajaba siempre a la vista del cliente, pero a menos que fuera supervisado por un experto, podía vender artículos de baja calidad, haciéndolos pasar como de primera clase, o también podía alterar el peso. No había necesidad de referirse a los cobradores de impuestos en esta lista. Sin decirlo, todos sabían que ellos eran pecadores públicos porque inevitablemente abusaban de su poder para enriquecerse en forma deshonesta.


Esta clase de pecadores no estaban fuera de la misericordia de Dios; sin embargo, para ser dignos de ella, como cualquier ladrón, debían añadir la restitución al arrepentimiento.
Si ha pecado y cometido una falta, tendrá que restituir lo que robo, o indemnizar por la calumnia, o entregar el depósito que se le dejó en guardia, o entregar la cosa perdida que halló, o aquello sobre lo cual hubiese Jurado en falso. Restituirá todo íntegramente, más un quinto que pagará a la persona a quien pertenezca el día de su expiación (Lv 5, 23-24; 6, 45; m. Baba Kamma 9: 5-6; m. Baba Metzia 4:9).
Jesús no hubiera sido tan criticado si su asociación con pecadores hubiera sido vista como una estrategia para persuadirlos a que devolvieran lo robado. Aún más, si en este caso alguien lo criticaba, hubiera sido callado por quienes estarían felices de haber recuperado un dinero que jamás creyeron volver a ver.
Las críticas a Jesús se entienden solo si, sentándose a la mesa con pecadores, daba a entender que tales personas, mientras, seguían siendo pecadoras, eran admitidas en la salvación. Esta brillante percepción de Joaquín Jeremías ha sido desarrollada por Ed Sanders:
La novedad y la ofensa en el mensaje de Jesús fue que los sin ley (‘pecadores’) que él la aceptaba, serían incluidos en el reino en que ellos no se arrepintieran en el modo universalmente aceptado, esto es, aunque ellos no restituyeran lo robado, ni ofrecieran sacrificios, ni regresaran a la obediencia de la ley. Jesús ofreció su amistad a los pecadores de Israel como un signo que de Dios los salvaría, sin condicionar esta asociación a su conversión a la ley… Si además de esto, Jesús declaró públicamente que los cobradores de impuestos y las prostitutas entraría en el reino de los buenos (Mc 21, 31), la ofensa crecía enormemente.
En este punto podemos ver con Claridad Cuánto se había alejado Jesús de Juan Bautista. Juan predicaba: “Dios los perdonará si ustedes se arrepienten y enmienden su camino”. Jesús en cambio decía: “Dios los perdonará Aquí y ahora en forma incondicional; Así que, como una respuesta natural, ustedes arrepiéntanse y enmienden su camino”. Aún más, lo que de hecho Jesús le dijo a un cobrador de impuestos, el pecador público por antonomasia, fue simplemente: “¡sígueme!” (Mt 9, 9). No le pidió primero que restituyera o hiciera un propósito de conversión. Mateo/Leví fue aceptado en el mismo momento en que él respondió, y su asociación con Jesús fue sellada con un banquete compartido (Mt 9, 10-11).

 

Rechazo de la ley


El acercamiento de Jesús en los pecadores tiene tales implicaciones, que es necesario decirlo sin ambigüedad. Él estaba rechazando la ley. En tiempos de Jesús, se daba por un hecho que la ley mosaica constituía una unidad. Todos los mandamientos y preceptos eran palabra de Dios y, por tanto, igualmente obligatorios (Dt 4, 8). Nada justificaba elegir y tomar sólo algunas palabras de Dios. En consecuencia, Jesús no podía rechazar algunos aspectos de la Ley sin dar a entender que la despreciaba por completo.
Esta necesaria inferencia, sacada del comportamiento de Jesús al comer con los pecadores públicos, es confirmada por su respuesta a un posible seguido suyo, quién pidió que lo dejara ir a enterrar a su padre. Jesús le respondió: “Tú sígueme y deja que los muertos entierren a sus muertos” (Mt 8, 22). Aquí Jesús, consciente y deliberadamente, le ordena desobedecer el cuarto mandamiento, “honra a tu padre y a tu madre, como el señor tu Dios te lo mando” (Dt 5, 16). La formulación de este mandamiento explícitamente subraya que es un mandato divino, y el respeto hacia el cuerpo de un progenitor muerto, ciertamente cae dentro del campo de la piedad filial. En tiempo de Jesús era evidente la obligación de cumplir con este mandamiento. Ciertos textos de m. Berakoth declaran: “Aquel que tiene a su muerto delante de él sin enterrar, queda exento… de todas las demás obligaciones contenidas en la ley, esto es, el entierro tiene precedencia sobre cualquier otra obligación hasta que se haya cumplido. Quienes han tratado de evitar las implicaciones de este episodio, diciendo que “deja que los muertos entierren a sus muertos” era un proverbio y que, por lo tanto, no hay que tomarlo literalmente, no dan respuesta a Hengel, quién ha demostrado que tal proverbio no se encontraba en el mundo grecorromano, y que al rehusarse a enterrar al propio padre muerto contradecía no sólo la piedad filial entre los judíos, sino también entre los paganos. Más aún hay que señalar que Jesús no está haciendo una alegoría acerca de este mandamiento de la ley, ni presenta una nueva interpretación, me hace sutiles distinciones. El enuncia un simple muy claro rechazo hacia esta, con lo que implícitamente se atribuye una autoridad soberana.


¿Cómo debemos, entonces, explicar la introducción a las antítesis del sermón de la montaña? Jesús es presentado diciendo:
(17) no crean que he venido a anular la ley y los profetas. No he venido a anular los, sino a cumplirlos. (18) porque hoy yo os declaró solemnemente, aun cuando pasen el cielo y la tierra, ni una “i”, ni un puntito de la ley pasara hasta que no se cumpla todo. (19) El que violare, pues, uno de esos pequeñísimos preceptos y enseñare eso a los hombres pequeñísimos, será considerado en el reino de los cielos. Más el que los cumpliere y les enseñaré, grande se le llamará en el reino de los cielos. (20) Pero yo os de Claro que sí vuestra virtud no es más grande que la de los escribas y fariseos, no entrareis al reino de los cielos (Mt 5, 17-20; Lc 16, 17).
En total conformidad con estas acciones que muestran un estricto legalismo, tenemos también el mandato de Jesús al leproso curado, de presentarse y hacer las ofrendas prescritas por Moisés (Mt 8, 4; Lv 14, 1-32).
Algunos resuelven la contradicción, diciendo que estos y otros textos no son auténticos, pero los argumentos que aducen no son convincentes. Expresiones como éstas y otras, en las que se insiste en la obediencia de la ley, fueron dichas por Jesús, y encuentran su perfecta ubicación dentro del período en que práctico su ministerio como discípulo de Juan Bautista. Durante ese tiempo, como hemos visto, fue un celoso legalista. Más tarde, como hemos expuesto antes, el adoptó una actitud tan radicalmente diferente hacia la ley, que escandalizó incluso a la generación que sucedió a sus Apóstoles, al punto que Lucas se sintió obligado a Añadir las palabras: “les daré la mitad de mis bienes a los pobres; además, a cualquiera que haya perjudicado, lo indemnizaré 4 veces más (Lc 19, 8), a la narración de la conversión de Zaqueo. Esta adición tiene el objeto de explicar que Jesús no se sentaba la mesa con cuál quiero pecador público, sino con uno que se había arrepentido de acuerdo con la estricta ley judía.

 

El problema de la deuda


Debemos ahora tratar una cuestión crucial: ¿Por qué Jesús rechazó la ley y no pidió nada a los pecadores públicos? ¿Qué factores lo llevaron a tomar una decisión en contra de todo el adoctrinamiento que había recibido desde niño y que él había internalizado y hecho propio durante su ministerio como profeta, mientras predicaba el arrepentimiento con Juan Bautista? Más específicamente, ¿Bajo qué condiciones se vio forzado a admitir que un pecador público era inocente y no culpable como la ley lo establecía?
La historia de la propiedad de la tierra en Palestina durante el último siglo antes de Cristo, nos muestra un dramático: las familias de campesinos y los pequeños propietarios pierden sus tierras a manos de un creciente latifundismo. Deteniéndonos un poco para ver la economía de una familia campesina, podemos entender mejor este proceso. El propietario, junto con su familia, trabajaba la tierra; como recompensa, el campo debía proporcionarles:

  • Suficiente comida para permitir a la familia comer y trabajar.
  • Forraje para su ganado.
  • Semilla para plantar el siguiente año.
  • Recursos para celebraciones especiales tales como nacimientos, matrimonios y muertes.
  • Impuestos religiosos y políticos.

Sólo con esta lista de obligaciones no tenía margen para equivocarse. Un aumento en cualquiera de los renglones señalados, lo ponía en serios problemas. Además, mientras la demanda de comida aumentaba, la tierra que era el medio de producción, permanecía fija o disminuida en extensión. El nacimiento de hijos, en una sociedad sin control natal, aumentaba el número de bocas que alimentar. En algunos periodos del tiempo, no caía suficiente lluvia y la cosecha disminuía o se malograba; de hecho, las hambrunas se daban con cierta regularidad. Una violenta granizada o una plaga de langostas podrían acabar con toda la cosecha. Los animales que se usaban para trabajar en el campo, bueyes y asnos, podían enfermarse o morir, y reemplazarlo significaba una importante erogación. Una epidemia podría causar la muerte de varios familiares, cuyos funerales había que pagar. El doble sistema de impuestos, religiosos y políticos, les quitaba un mínimo de 40% de la producción, pero podía llegar a exigirles un 60 o 65%
Para poder enfrentar cualquier déficit, el campesino no tenía otra opción que endeudarse. Esto podía significar un momentáneo alivio económico, pero en realidad la presión aumentaba, pues no sólo tenía que pagar el monto del préstamo, sino también los intereses. Si no lograba una cosecha excepcional que le permitiera pagar, su deuda iba aumentando hasta que sus acreedores se apropiaban de lo que el campesino había dado en garantía del préstamo, esto es, toda su propiedad o parte de ella, o él mismo o un miembro de su familia. En estos casos, la enajenación de la tierra resulta evidente, pero, además, para pagar una deuda, la ley judía permitía que un hombre se vendiera (Lv 25, 39-43), o vendiera una hija menor de 12 años (Ex 21, 7) como esclava.


Conociendo sólo el trabajo del campo, la mejor opción que le quedaba a alguien que había perdido su propiedad por deudas, era rentar un pedazo de tierra. Eso le daba la dignidad de dirigir su propio trabajo, pero ahora, a todas las cargas enunciadas arriba, había que añadir el pago de la renta. Si la renta se fijaba con base en un porcentaje de la cosecha, el campesino todavía tenía cierto margen para sobrevivir durante las malas temporadas; pero la renta podía fijarse en cierta cantidad de dinero o de producto, y el ganancioso era el arrendatario o terrateniente, quién podía salir perdiendo sólo en malos años, cuando el pobre campesino caía en bancarrota. De nuevo aparece aquí el peso de las deudas. Quien no podía pagar la renta de la tierra, era expulsado de ella.
La siguiente opción para un campesino, en una situación cada vez peor, era vender su trabajo, ofrecerse como asalariado en alguno de los latifundios. Pero supongamos que el último trabajo que hallará fuera él de pastor. Un hombre con una familia que mantener no tenía más opciones, no podía darse el lujo de rechazar un trabajo, aunque por ello lo catalogaron como pecador público. Se veía forzado a un tipo de vida que no había elegido.
¿Cómo juzgaría Jesús a tal individuo? Un indicio de cómo habría respondido Jesús lo hallamos en sus parábolas donde trata el problema de las deudas. Desde luego esas son historias inventadas, pero no tendría ningún objeto sino estuvieran ancladas en la realidad de su tiempo.
La parábola del viñador (Mc 12, 1-12) nos habla de un hombre de negocios que plantó una viña sólo para obtener utilidades. Se las renta a unos campesinos y el desaparece hasta que llega el tiempo de cobrar. A partir de la violenta respuesta de los trabajadores, los oyentes eran invitados a inferir que la cantidad que debían pagar era exorbitante. Si esos campesinos no podían pagar la renta y, en consecuencia, iban a perderlo todo, entonces ya no arriesgaban nada al asaltar a los cobradores. La desesperación de esos trabajadores aplastados por la deuda es dibujada en la parábola con gran economía de palabras.


El mismo problema de una deuda enorme es evocado gráficamente en la parábola del siervo malagradecido (Mt 18, 23-35). La cantidad de diez mil talentos es literalmente increíble. En toda Judea se recogían por impuestos anuales 600 talentos. Sin duda alguna, los oyentes del pueblo entenderían la parábola desde el punto de vista del endeudado, y sabían muy bien que, bajo ninguna circunstancia, el criado podía pagar semejante deuda. La respuesta del Rey era la común: Vendan a toda la familia como esclavos. Esto revela la convicción generalizada de que los acreedores nunca iban a ser generosos, que exigían hasta el último centavo de la deuda y siempre rechazaban la petición de conceder más plazo de tiempo para pagar, sin importarles el daño que se causará a los demás miembros de la familia del deudor, que no eran responsables. El cambio de decisión del Rey en la parábola, quién perdonó toda la deuda, seguramente provocó muchos movimientos de cabeza en los oyentes, quienes dirían: “¡Ojalá fuera así!”. Lo que reflejada muy bien su realidad era la segunda parte de la historia, donde se presenta un ingrato siervo sin ninguna misericordia, que no le da la mínima oportunidad a otro sirvo que le debía una cantidad de dinero mucho más pequeña.
Otra parábola, la del administrador deshonesto (Lc 16, 1-8), subraya la distancia que existía entre el deudor y el acreedor, y la consecuente frialdad de las relaciones, sumada a la falta de interés personal. El hecho de que el administrador pueda reducir con impunidad el monto de las cantidades que le debían a su patrón, revela que éste no tenía idea exacta o control de las deudas de sus arrendatarios. La extorsión o la exigencia de muy altos intereses era práctica común, y esto se hacía más fácil al ignorar la miseria y el dolor de los deudores.
Un agudo contraste aparece en la parábola de los deudores (Lc 17, 40-43). Cómo se presenta el caso de dos préstamos de dinero, se colige que el acreedor es un prestamista. Sin embargo, en este ejemplo, el canceló la deuda simplemente porque sus endeudados no pudieron pagarle. No era está la conducta anormal de los prestamistas. Era proverbial su dureza de corazón, que resistía las más conmovedoras súplicas de misericordia. No obstante, el profundo sentido de liberación al ser perdonada la deuda y, en consecuencia, salvarse de la prisión o de la esclavitud, se presentan aquí como muestra de amor.
Los vívidos cuadros que nos ofrecen estas parábolas revelan el preciso conocimiento que Jesús tenía de las situaciones social de sus oyentes. Su compasión profunda ante la impotencia de esa gente que hacía lo posible para salir de sus deudas o mantener a su familia, sugiere con fuerza que él no hallaría objeción en su corazón para quien buscaba desesperadamente una salida para mantener el cuerpo y alma juntos.


En otras palabras, Jesús habría comenzado a ver que el pastor era una víctima merecedora de compasión, no un pecador que debía ser excomulgado. Un antiguo propietario de su tierra, ahora despojado, era digno de la misericordia de Dios, no de condenación. Jesús no tenía intención de despreciar la ley. Su decisión fue motivada por una necesidad. No había otros caminos posibles. De modo que, a los ojos de Jesús, esos pecadores no tenían nada de qué arrepentirse ni debían hacer alguna restitución.
En caso de que ellos hubieran tomado algo que no les pertenecía, era porque lo necesitaban para su propia sobrevivencia y la de su familia. Y si había que buscar culpables, el sistema religioso y el sistema de leyes civiles, que reducían a un individuo a tal estado de indigencia y necesidad, eran más dignos de culto.
Cuando Jesús entendió este estado de cosas, seguramente debió quedar profundamente impactado. Hasta ese momento, había vivido bajo la obediencia de la ley y, como discípulo de Juan Bautista, también había exigido tal obediencia a los demás. Ahora en cambio, se estaba atreviendo a pensar que la ley estaba equivocada al clasificar a la víctima como pecador público. Seguramente no fue fácil para Jesús llegar a esta conclusión. La ley era la palabra de Dios ¿cómo podía Dios equivocarse?
Debió haber sufrido profundas luchas en su alma, buscando de conciliar lo que él había “descubierto” con la verdad, con lo que le habían “enseñado” que era la verdad. Se volvió el más estricto crítico de sí mismo. Le había parecido que era increíblemente presumido al imaginar que su juicio debía prevalecer sobre la sabiduría de Dios. ¿Quién era él para ponerse en contra de toda la gente que aceptaban la ley sin ninguna crítica? Seguramente busco con ahínco razones para probarse que estaba equivocado. Pero no encontró ninguna. Su inteligencia y su integridad lo forzaron aceptar la realidad. Muchos de los condenados por la ley no eran culpables ¿Cuánto tiempo le llevó este proceso de discernimiento? Nunca lo sabremos, lo cierto es que, un día, proclamó públicamente su nueva convicción sentándose a la mesa a compartir los alimentos con los pecadores públicos.

 

Dios como padre, no como legislador


Antes de su segunda conversión, Jesús había definido su relación con Dios en términos de la ley. Ahora, se vio obligado a revisar esa relación y ofrecer una alternativa para todos los que querían escucharlo.
Ya vimos que en lugar de subrayar el castigo divino que anunciaba Juan Bautista, Jesús insiste en las bendiciones que Dios canaliza a través de su ministerio. Señalamos también que él consideraba que muchos condenados por la ley eran dignos de la misericordia de Dios. Es claro, pues, que Jesús había redefinido su relación con Dios, reconociendo lo no como legislador, sino como Padre.
En las 5 Fuentes independientes de tradición que forman los evangelios, Jesús se dirige a Dios como “Padre”. Las implicaciones han sido exageradas debido a la asunción de que la palabra “Padre” siempre traduce la expresión de Jesús “Abba” y que esta última tendría que traducirse como “papito”, con el objeto de enfatizar la íntima familiaridad de tal relación. Es del todo probable que Jesús haya utilizado “Abba”, pero desde el principio hayamos que se traduce como "páter", "padre". El griego tiene varias palabras que corresponden a "papito" o "papi": "papas, pappas, pappias, pappidion, patridion", pero esos diminutivos no aparecen en el Nuevo Testamento.
No obstante, el hecho de que Jesús de manera consistente se dirigió a Dios como “Padre”, lo hace único en todo el primer siglo de judaísmo en Palestina. Los textos para le los más cercanos que podemos encontrar son: “Oh Señor, oh Padre mío, tú que gobiernas mi vida” (Sir 23, 1) y “oh Señor, oh Padre mío, oh Dios de vida (Sir 23, 4; cfr 51, 10), y “oh Padre, es tu providencia la que dirige su curso” (Sab 14, 3), pero todos estos textos provienen de fuera de Palestina, y no es probable que hayan influenciado a Jesús. Más aún, en ellos se le llama a Dios “Padre”, en relación con todo el pueblo elegido, no como un individuo en particular, como lo hizo Jesús. Por tanto, al llamar a Dios “Padre”, Jesús se proclamó como hijo de Dios de una manera única e íntimamente familiar, atribuyendo incluso un significado escatológico a esa relación (Mc 12, 6; Lc 22, 29). Aún más, Jesús no se limitó a su relación personal con Dios, sino que trasmitió esta afiliación a sus seguidores, enseñándoles a rezar como él lo hizo (Lc 11, 2).

 

La piedra angular de salvación


Al presentarse como modelo de oración, Jesús se puso implícitamente como piedra angular de salvación, una distinción que previamente sólo la ley gozaba. Su ejemplar conducta la reemplaza. Esto mismo lo hace al reformular clásicas y expresiones del judaísmo, particular la nueva comprensión que tenía de sí mismo.  El “Aboth” de Rabí Nathan decía: “La persona que oye las ¡palabras de la ley y las pone en práctica! constituye sobre terreno firme” (24; cfr Dt 28, 1.15). En cambio, Jesús dijo: “Aquél que oye estas palabras mías y las pone en práctica, será como un hombre sabio que construyó su casa sobre roca” (Mt 7, 24). En ambos textos, el énfasis está puesto sobre “oír” y “hacer”, lo que presupone que uno puede “oír” sin “hacer”, sin embargo, aquí el foco de atención es otro. Las “palabras de la ley” son reemplazadas por “estas palabras mías”. Una traducción literal del griego diría, “de mí estas palabras” lo que da al pronombre personal un énfasis dramático, poniéndolo en primer lugar. Al referirse a sus palabras, Jesús asienta la suprema importancia que él tiene.
Pero, ¿Qué significa la expresión “estas palabras mías”? Mateo responde a esta pregunta, yuxtaponiendo otro dicho de Jesús: “No cualquiera que me diga “Señor, Señor”, entrará en el reino de los cielos, sino aquel que haga la voluntad de mi padre que está en los cielos” (Mt 7, 21). Con estas palabras, Jesús articula la voluntad de su padre de la misma forma que antes la ley expresaba la voluntad de Dios. El contenido de la expresión, sin embargo, permanece todavía obscuro hasta que recordamos que Mateo 7, 24 pertenece a una parábola qué es la última palabra de Jesús en el Sermón de la montaña (Mt 5, 17-27). En este sermón, que es una compilación de los dichos de Jesús, Mateo nos enseña cuál es el significado de “la buena nueva del reino” (Mt 4, 23).


Sobre esta línea, la expresión de pensamiento más fuerte no lada la fuente Q: “A todo aquel que me reconozca delante de los hombres, lo reconoceré Yo también delante de mi padre que está en los cielos. Pero a todo aquel que me niegue delante de los hombres, Yo también lo desconoceré delante de mi padre que está en los cielos” (Mt 10, 32-33). Yo os declaro que a todo aquel que me reconozca delante de los hombres, lo reconocerá el hijo del hombre delante de los ángeles de Dios. Pero a todo aquel que me niegue delante de los hombres, se le negara también ante los ángeles de Dios” (Lc 12, 8-9). En contraste con la inmediatez que presenta Mateo, donde sólo Jesús y su padre aparecen, la versión de Lucas da prioridad a dos intermediarios, El hijo del hombre y los ángeles de Dios. Ahí no aparecen ni dios, ni Jesús. ¿Cuál de las dos versiones preserva mejor las palabras de Jesús?
Algunos estudiosos opinan que la versión de Lucas es la original, porque en tiempos de Jesús, cualquier referencia el juicio final evocaría la extraordinaria escena de Daniel 7, 1-28; en la que el hijo del hombre aparece. En consecuencia, ellos sostienen que Jesús había usado un lenguaje parecido al de Daniel 7. Sin embargo, esta argumentación ignora grandes diferencias entre la versión de Lucas y la de Daniel 7. En este último autor, el hijo del hombre es totalmente pasivo. En particular, él no actúa ni como abogado, ni como acusador. Además, los Ángeles no son mencionados para nada. En otras palabras, lo que es específico en Lucas no aparece en Daniel, y cualquier alusión directa, es muy problemática.
Aún más importante, tal acercamiento ignora el enorme énfasis que se da al uso de la primera persona en singular, y que está firmemente enraizado en la auténtica tradición de Jesús, esto es, sus pronunciamientos llenos de autoridad: “Yo os declaro solemnemente” (Mt 5, 18 etc.), y en los relativos relatos de curaciones: “Yo te lo mandó, sal de él” (Mc 9, 25). Es significativo que Mateo nunca reemplaza “hijo del hombre” por “Yo”. Desde mi punto de vista, es más probable que Lucas atenúe el radicalismo de la versión original transmitida por Mateo, introduciendo intermediarios entre Dios y Jesús. Fue una práctica típica de la iglesia primitiva, suavizar declaraciones consideradas demasiado y escandalosas para la aceptación pública.
Aunque la versión de Mateo fue la secundaria, no hace más que explicar con claridad lo que también está implícito en Lucas. El hecho es extraordinario. Jesús tiene acceso inmediato a Dios, quien acepta sin ningún cuestionamiento su apreciación respecto al mérito eterno de una persona. La aceptación o el rechazo de Jesús es el criterio por el cual la humanidad será juzgada.


La posibilidad de que habrá quien falle reconocer a Jesús delante de los hombres, indica con mucha claridad, que Jesús era consciente de que sus discípulos enfrentarían seria oposición. Esto no requería conocer el futuro. Si sus enemigos consideraron a Jesús como un rebelde digno de muerte (Mt 11, 19), ¿no era evidente que sus discípulos seguían también perseguidos? Las autoridades tratarían de sacar de raíz esa infección en medio del pueblo judío. Por eso, cuando las nubes de amenazas se volvieron más densas y oscuras, Jesús les advirtió a sus discípulos que les iban a exigir testimonio personal sobre la posición y la autoridad de su maestro, en situaciones que podrían conducirlos al martirio. En efecto, Simón Pedro se sintió tan amenazado en el patio de la casa del sumo sacerdote, que falló la prueba y negó a su maestro (Mc 14, 66-72).
No es necesario para nuestro propósito profundizar más sobre como Jesús se entendió a sí mismo y a su misión. Hemos dicho lo suficiente para mostrar que, cuando hablamos de una segunda “conversión” de Jesús, no se trata de un juego de palabras. En cierto momento, durante su ministerio en Galilea, tomó un cambio radical de actitud ante Dios y ante la ley, que él mismo no había previsto de Juan Bautista y que, en ese primer momento, hubiera rechazado si le hubiera pasado por la mente.

 

Jesús ejecutado por los romanos


Cada uno de los cuatro evangelios contiene una narración de la pasión de Jesús. Un rápido estudio de la siguiente tabla nos revela tres puntos sobresalientes.
Antes que todo, estos evangelios, conservan el mismo orden preciso de eventos. Compare la lista de la izquierda, con los capítulos y los versículos de las demás columnas.

 

En segundo lugar, encontramos diferencias. Las más importantes están señaladas por los espacios vacíos en las columnas. La muerte de Judas aparece sólo en Mateo. Sólo en Lucas, Jesús es enviado a Herodes Antípas. La inocencia de Jesús es un asunto importante sólo en Lucas, y es el único también que omiten las burlas de los soldados. La lanzada en el costado de Jesús es exclusiva de Juan.
Tercero, las similitudes y las diferencias no son de la misma calidad. Las diferencias son secundarias en el sentido en que no afectan el núcleo de la narración principal, constituida por las similitudes.
Esta particular combinación de puntos similares esenciales y divergencia en elementos marginales, apunta una conclusión: estamos tratando con una narración fundante, que no sólo comenzó como tradición oral, sino que conservo sus rasgos sobresalientes.

 

Leyes de la tradición oral


Todo grupo necesita una historia para basar su identidad. Es necesario justificar porque somos diferentes a los demás. Los primeros cristianos no fueron una excepción. Ellos se separaron de los demás judíos y debían justificar su adherencia al movimiento de Jesús. El camino que siguieron puedes contar historias acerca de él. Al Mostrar qué los atrajo hacia él, ellos explicaban también quién había sido Jesús y que había hecho. Muy pronto, los recuerdos individuales fueron agrupados en una historia de la comunidad. Pequeños detalles fueron sacrificados para subrayar las líneas esenciales. Una vez establecida la historia básica, la fidelidad en su repetición, fue esencial para la unidad del grupo. En consecuencia, su repetición fue rígidamente controlada. Aun así, los primeros cristianos sabían que cada repetición era una presentación oral única, que el narrador tejía para su auditorio. Era también necesaria cierta flexibilidad para permitirle a las repeticiones conservar frescura y vitalidad. En otras palabras, la audiencia estaba preparada para recibir y aceptar cierta variedad y creatividad en los detalles secundarios, con tal de que el núcleo fundamental de la historia reforzara la unidad y la auto comprensión del grupo.
El orador podía moverse dentro de que a los parámetros conocidos y aceptados por todos. Los oyentes estaban ahí no para ser informados (la historia era familiar para todos), sino para ser formados en su identidad.
En términos simplificados, estas son las leyes más importantes de la tradición oral, como se han estudiado hasta hoy. Su relevancia para nuestro estudio sobre los relatos de la pasión quedará clara, si sustituimos “evangelistas” por “narradores”. Como los cuatro evangelistas escribieron para distintas audiencias, debemos esperar que sus narraciones varíen, no sólo en detalles periféricos de la narración común, sino en la presencia o ausencia de episodios completos. Tales variaciones no las vamos a ver aquí. La cuestión de qué de qué fue lo que más probablemente y sucedió, la abordaremos a partir de los denominadores comunes, esto es, los elementos y episodios que aparecen en 3 o en las 4 versiones.

 

En Getsemaní


El primer episodio subraya la necesidad de usar un juicio crítico, incluso en los relatos donde los evangelistas tienen mucho en común. Es obvio que Jesús sufrió una experiencia traumática en el huerto de Getsemaní. Pero cuando él dejó a sus discípulos y se fue solo más adelante para orar, ellos, cansados, cerraron sus ojos para dormir (Mc 14, 37). ¿De qué modo supieron qué palabras pronunció Jesús? Es claro que no tenían ni idea. Nos vemos, pues, forzados a concluir que los evangelistas, más tarde, pusieron en boca de Jesús, los sentimientos que ellos mismos imaginaron estaría experimentando al enfrentar la amenaza de tortura y de muerte. Los testigos oculares aparecieron muy bien el estremecedor miedo de Jesús, junto con su intenso estado emocional (Mc 14, 33) y querían que esto no pasará desapercibido a ningún seguidor de Jesús. Getsemaní fue el comienzo de un proceso que tuvo un terrible final.
El arresto de Jesús fue ordenado por los sumó sacerdotes (Mc 14, 43), quienes desempeñaron un rol fundamental en la pasión de Jesús. No tenemos todos los nombres de este obscuro grupo, pero en las fuentes judías ellos aparecen con un distinguido cuerpo, dentro de la jerarquía sacerdotal del templo, que funcionaba como un comité ejecutivo. Dado que los miembros de este grupo ejercían gran poder, se asume, que los hijos de las familias más prominentes y privilegiadas tenían ventaja para ser sus integrantes.


¿Por qué las autoridades judías actuaron en contra Jesús en ese preciso momento? La mayoría de los estudiosos concuerdan con Dum: “Si hubiera un solo incidente capaz de desencadenar el arresto de Jesús, ese sería su “signo profético en el templo”. Fue la ocasión en que Jesús tiró las mesas de los cambistas de dinero, un hecho que los sinópticos dicen que sucedió en la última semana de la vida de Jesús (Mc 11, 15-17). Aunque sin duda, esto es lo que los tres evangelistas quisieron dar a entender, pero no lo afirman formalmente. Su motivo fue dar bases a la acusación del sumo sacerdote. Sin embargo, una fecha tan tardía dentro de la misión de Jesús para sacar a los vendedores y “limpiar el templo”, es muy improbable. La interpretación dada antes, confirma la ubicación temporal de Juan da a este episodio, esto es, al inicio del ministerio de Jesús (2, 13-17). Más aún, un fracasado intento para interrumpir el culto en el templo, que duró no más de 10 o 15 minutos, no es probable que haya inflamado a la multitud. Por tanto, no explica por qué fue tan urgente actuar contra Jesús de inmediato, a pesar de ser vísperas de la Pascua.
Atendiendo el cuarto evangelio, no tenemos necesidad de justificar con una inferencia incierta. El elemento causal es expresado sin ambigüedad: “Por lo cual, desde aquel día (la resurrección de Lázaro), tomaron la determinación de darle muerte” (Jn 11, 53; cfr 12, 10). No es necesario establecer que el milagro realmente ocurrió. El simple rumor de un evento de tal envergadura, habría sido suficiente para elevar el nivel febril cualquier preocupación que los jefes de los sacerdotes tuvieran sobre Jesús. Él debía ser quitado de en medio tan pronto como fuera posible antes de que se convirtiera en un elemento de unión y turbulencia para los peregrinos que estaban inundando la ciudad. Por eso Jesús fue arrestado apenas salió de su escondite (Jn 11, 54).

 

En la casa del sumo sacerdote


El arresto debió haber sido llevado a cabo por los levitas, quienes eran casi una fuerza de policía que guardaba el orden en el templo. Ellos llevaron a Jesús ante el sumo sacerdote Caifás. Según Mateo, Marcos y Lucas, el convocó a todo el Sanedrín; con esto, se invita al lector a presenciar un juicio formal. Si éste hubiera sido el caso, el juicio debía haber tenido parte en “el patio junto al Xystus”, esto es, al lado poniente del monte del templo, donde normalmente el Sanedrín sesionaba. Sin embargo, los cuatro evangelistas nos dicen que la sesión tuvo lugar en la casa del príncipe de los sacerdotes. Sólo Lucas dice esto es explícitamente, pero de inmediato menciona el patio interior (aulé)-una característica común en cualquier casa grande-, que los otros evangelistas identifican como “el patio del sumo sacerdote” (Mc 14,54; Mt 26, 58; Jn 18, 15). El sumo sacerdote probablemente vivía en la zona de casas ricas, conocido hoy como Monte Sion.
La ubicación nos obliga a pensar no en un juicio público, sino más bien en una sesión privada en la cual los sumó sacerdotes convocaron a un cierto número de ancianos, varios de los cuales eran sin duda jefes de los sacerdotes. Estos fueron mencionados por Flavio Josefo como “los principales entre nosotros”. La exageración del número de los presentes (todo el Sanedrín) es una hipérbole común en las tradiciones orales. La obra es otro indicador de que no se trató de un juicio formal. El Sanedrín no podría iniciar una prosecución durante la noche.


Ningún discípulo de Jesús estuvo presente en ese cónclave. ¿Cómo fue, entonces, que supieron quién participaba y que dijeron? No podemos negar la curiosidad de los seguidores de Jesús, y no era necesario pagar mucho para soltarles la lengua a los criados y a los guardias. Los nombres de cada uno de los participantes habrán sido de poco interés. Todos conocían que eran jerarcas de con poder. l interés se centraba en otro punto, que podía tocar directamente a los discípulos de Jesús. Ellos habían huido de Getsemaní (Mc 14, 50) y tal vez hubiera necesidad de irse más lejos.
Aunque sólo Marcos y Mateo reportan que Jesús fue acusado de querer destruir el templo y construirlo otra vez, este doble cargo tiene todos los visos de probabilidad histórica. Varios autores nos presentan a Jesús predicando la destrucción del templo: Marcos (13, 2), Q (Mt 23, 38), Lucas (hch 6, 14), y el apócrifo evangelio de Tomás (71). En la versión de Juan sobre la “purificación del templo”, Jesús dice: “Destruyan este templo y en tres días lo reconstruiré” (2, 19).
Estos numerosos testimonios son también confirmados por el hecho de que ambos elementos de la acusación tenían una particular importancia para los sumó sacerdotes y los jefes de los sacerdotes. El templo era la fuente de su poder político y de su riqueza material. Sin el templo ellos perderían todo. Para una casta sacerdotal, un lugar de sacrificios era esencial, y para los judíos no debía haber otro templo fuera de Jerusalén. La verdad de esto quedó demostrada por la desaparición del sumo sacerdocio y de los jefes de los sacerdotes cuando los romanos destruyeron el templo en el año 70 d.C. Todo lo que quedó fueron los nombres de Cohen y Leví.
Desde la época en que los babilonios y los seléucidas dañaron gravemente el templo, su continúa existencia fue siempre asunto de gran susceptibilidad política. Cualquier amenaza en su contra era tomada muy seriamente, y era de elemental sentido común el tomar las medidas necesarias para evitar que se cumpliera. Aun cuando Jesús pudo haber hablado de la destrucción del templo sólo en términos generales (Mc 13, 2), como parte de su pesimista visión del futuro de Jerusalén (Mc 13, 3-37), interesaba tanto a sus seguidores como a sus enemigos, transformar una predicción en una amenaza. Para sus creyentes, esto exaltaba el poder de Jesús, mientras que parar sus oponentes esto les facilitaba el problema que debían enfrentar.


Jesús no respondió a la acusación. Entonces, el sumo sacerdote le preguntó: “¿Eres tú el Cristo, el hijo del (Dios) Bendito?” (Mc 14, 61). A primera vista parece que no hay conexión con la acusación anterior. Sin embargo, Dunn ha mostrado que tal pregunta emerge de la “segunda” parte del cargo, esto es, que Jesús prometió reconstruir el templo. Uno de los rollos del Mar Muerto demuestra que, durante el primer siglo, la profecía de Natán a David respecto a su hijo Salomón, fue entendida como referencia a un Mesías real:
(12) cuando termines la carrera de tu vida y te vayas a dormir con tus ancestros, haré surgir para sucederte, uno salido de tus entrañas, el cual afianzará su trono. (13) El será quien me construya un templo a mi nombre; yo afianzaré eternamente su trono. (14) Yo seré para él un padre y él será para mí un hijo (2Sam 7, 12-14; cfr Zac 6, 12-13).
Primero la profecía mira hacia un hijo de David (v. 12); segundo, es él a quién construya el templo (v. 13); y tercero, Dios lo tendrá como su hijo (v. 14). Como Dunn apuntó efectivamente, Caifás preguntó a Jesús: “Tú estás acusado de prometer construir el templo. ¿Tú declaras que cumples la profecía de Natán? ¿Eres tú el Mesías real, el hijo de Dios?”. El tono de la pregunta del sumo sacerdote sería, desde luego, de total incredulidad. Marcos presenta a Jesús, respondiendo en formación afirmativa y llana: “Yo soy” (14, 62), pero en esta acepción él está solo. La ambigüedad de las respuestas presentadas por los otros evangelistas parece estar más cerca de la verdad histórica.
El sacerdote interpretó la aceptación del cargo por parte de Jesús como blasfemia, que conllevaba la condena de muerte (Lv 24, 15-16), pero no podía rebasar este límite; y él, junto con sus seguidores, quería ver muerto a Jesús. Por sobre los aciertos y los errores en esa situación, lo que interesaba era desaparecerlo para evitar cualquier tipo de futuros problemas. Pero los judíos no tenían autoridad para ejecutar a alguien (Jn 18, 31). Los romanos se habían reservado ese privilegio. En medio del ambiente turbulento de Palestina, la última cosa que hubieran permitido, era dar a los judíos los medios para eliminar a los individuos o grupos prerromanos. Incluso el autócrata Herodes el grande, no se atrevió a ejecutar a sus hijos, que habían conjurado contra él, sin autorización romana.


Los sumos sacerdotes, por tanto, debían transformar la acusación política. Y esto no les era difícil. Una vez que el título de Mesías se le había achacado a Jesús, ya era fácil y rápido decir que estaba proclamando ser rey de los judíos. Este cambio se había facilitado porque muchos recordaban que Jesús predicó la llegada de un reino que ya se estaba manifestando en sus acciones. Ese había sido el tema central de su ministerio público. Un nuevo reino, por definición, se oponía al orden político existente impuesto por Roma. Proclamar un reino de Dios era traición. Estaba preparada, pues, la transferencia de Jesús, de la jurisdicción judía a la de Poncio Pilatos.

 

En el pretorio de Pilatos


Pilatos se hallaba en el Palacio construido por Herodes el grande, en la parte noreste de la ciudad. En arameo ese lugar fue conocido como “Gabbatha”, esto es, la parte más alta de la ciudad (Jn 19, 13). Ésa era la residencia de los procuradores romanos cuando subían desde Cesárea, para asegurarse de que no hubiera en la ciudad disturbios que pudieran tener consecuencias políticas, durante las fiestas que atraían un gran número de peregrinos a Jerusalén. Filón llama a ese palacio: “la casa de los procuradores” (legatio ad Gaium: 306).
Las indicaciones de los evangelios, que la silla del juicio de Pilatos estaba sobre una plataforma al aire libre, al lado este del palacio, son confirmadas por Josefo: “Floro (uno de los sucesores de Pilatos) cambió su cuartel al palacio y, al día siguiente, frente a él tenía puesto su tribunal, y ahí se sentó”.
Precisamente porque muy poco es conocido acerca de Pilatos, muchas leyendas han surgido a su alrededor. Un hecho sobresaliente sobre otras opiniones, es que él fue prefecto de Judea por lo menos 11 años, desde el 26 al 37 d.C. Para haber sobrevivido por tan largo periodo, debió haber sido extremadamente astuto y capaz de recobrarse con mucha rapidez de cualquier error. Aunque el emperador lo forzó dos veces a ceder, luego de acusaciones de los juicios en su contra, evidentemente Pilatos era muy valioso como para ser removido. En este contexto, no hay duda de que ambas partes, Pilatos y judíos, se detestaban cordialmente. Y de qué existía un difícil elemento de fricción en todas sus relaciones. No siempre es reconocido hasta qué punto este factor dominó el trato de Pilatos hacia Jesús. Lógicamente Pilatos comienza con la acusación: “¿Eres tú el rey de los judíos?”. Una vez más, Jesús en llega a contestar sí o no. Pilatos, entonces, proclama la inocencia de Jesús. Si los judíos querían una víctima, él les ofrece a Barrabás como alternativa. Esta actitud ha provocado que algunos estudiosos acusen a los evangelistas de querer limpiar de culpa a Pilatos, haciéndolo aparecer como precristiano, y, en consecuencia, echando toda la responsabilidad de la muerte de Jesús a los judíos. Nada podía ser más lejano a la realidad.


Sería muy ingenuo pensar que Pilato se basaba en las autoridades judías para obtener información acerca de Jesús. El procurador tenía ciertamente su propio y eficiente sistema de inteligencia, y estaría tan bien informado como el sumo sacerdote acerca de cualquier amenaza de orden público que pudiera surgir en Judea o en Samaria. De modo que es del todo factible que él conociera la actividad de Jesús, y que no lo considera un peligro para la seguridad pública porque no tenía gran número de seguidores. Cuando vemos la situación desde esta perspectiva, la reacción de Pilatos ante la acusación contra Jesús nos parece en perfecta coherencia con su carácter. Es muy improbable que él tuviera algún fuerte sentimiento hacia Jesús, ya sea en su favor o en su contra. Pero si se daba cuenta de que él, como procurador, estaba siendo manipulado, y resentía profundamente el insulto. Sabía bien que declarar inocente a Jesús, humillare a las autoridades judías, obligándolas a seguir alegando argumentos que no podían probar fácilmente. De modo que juzgar con ello era una dulce venganza.
Mientras, por una parte, se divertía viendo como los sumos sacerdotes, se retorcían de desesperación por ver muerto a Jesús; por otra, conocía por experiencia que ellos no dudarían ni un momento en acusarlo a Roma, si él les daba la más ligera excusa. Si lo acusaban de algo que él no pudiera justificar con suficiente información, su carrera política estaría en peligro.
La verdad y la justicia no eran factores que aparecieron en el juicio de Pilatos. Él hubiera sentido cierta presión legal tratándose de ciudadanos romanos; pero en realidad, un gobernador en la periferia del imperio no tenía restricciones sobre lo que podía considerar como un crimen o aceptar como evidencia. Sólo el superior de Pilatos, en la lejanía lejana ciudad de Antioquia, a orillas del río Oriontes, tenía la autoridad para cuestionar sus decisiones, y el acusado debía estar extremadamente bien conectado con tal superior para que lo escuchara. Como cualquier otro oficial en su lugar, Pilatos no tendría ningún escrúpulo para resolver una dificultad o evitar un problema futuro, valiéndose de una ejecución arbitraria. Según Josefo, la decapitación de Juan Bautista fue, simplemente una precaución. Antípas decidió que “era mejor golpear primero y librarse de él, antes de que su actividad provocará un levantamiento”.
Habiendo decidió que para sus propios intereses era mejor aceptar la acusación de las autoridades judías, Pilatos condenó a Jesús a muerte (Mc 15, 15). Su elección de la muerte en Cruz pudo ser sólo un capricho. Su colega Flacio, prefecto de Egipto, había torturado y crucificado judíos en el anfiteatro de Alejandría, sólo para entretener al populacho. En ambos casos, servía para recordarles a los judíos quien mandaba.


Los Terribles sufrimientos de un condenado a muerte podrían parecer gratuitos o inútiles, pero de hecho eran parte común del castigo y escarmiento público. Sabemos de uno de los sucesores de Pilatos en Jerusalén, en el año 66: “Floro se atrevió a hacer lo que ninguno había hecho antes, esto es, condenar a hombres de la orden ecuestre a ser azotados y clavados en la cruz ante su tribunal, y si bien las víctimas eran judíos, por nacimiento tenían la dignidad de Romanos”. Las sentencias romanas siempre fueron ejecutadas por soldados. Un centurión fue el encargado de supervisar la flagelación de Jesús y de comandar el pelotón de ejecución que llevaría a Jesús a través de la ciudad. El prisionero debía llevar el travesaño de la cruz amarrado a los hombros y a los y los brazos abiertos.

 

El camino al Gólgota


En cierto punto, el centurión obligó a Simón De Cirene, quién casualmente pasaba, a ayudar a Jesús (Mc 15, 21). Esto no era inusual. Parece que la flagelación había sido demasiado violenta y Jesús había perdido mucha sangre. Habría sido un problema para el centurión se Jesús moría antes de llegar al lugar de la ejecución. En tales circunstancias, el obligar a cualquier viandante a ayudar con la cruz, era sólo una precaución. Era más importante que Jesús llegara vivo al lugar de la crucifixión, que el cargara la cruz todo el camino. La historicidad de ese incidente quedo garantizado por el hecho de que ningún evangelista inventaría que Jesús no cargó con su cruz. El gentío en Jerusalén, ese viernes, debió haber sido particularmente grande. Era la víspera de la Pascua y alrededor de 15 mil corderos debían ser sacrificados para responder a las necesidades de la población multiplicada por la llegada de peregrinos. Las calles estarían llenas de gente que arrastraba corderos asustados al templo, y otros cargando la carne para la cena de pascua. Un pequeño pelotón de ejecución, acompañando a tres criminales provocaría más molestia e ira que compasión. Habrían sido vistos como un obstáculo más en el marco de un día tan ocupado y frustrante. Por tanto, es improbable que “lo iba siguiendo una gran muchedumbre del pueblo y de mujeres, las cuales se golpeaban el pecho y lloraban por él” (Lc 23, 37).
No existía en Jerusalén un lugar fijo para las ejecuciones. Normalmente, las sentencias de muerte eran transferidas y llevadas a cabo en Cesárea. De modo que el centurión debió haber buscado un sitio y su decisión cayó sobre una antigua cantera, apenas afuera de la puerta Genath, en el muro norte. Una bola de piedra blanca, sobresalía es de la cantera por el lado este; se había erosionado en forma tal, que daba la impresión de un cráneo, quizá con hoyos que semejaban las cuencas de los ojos. De aquí que se le hubiera dado el nombre de Gólgota (Jn 19, 17)


No habrá límites para el sadismo de los verdugos. La víctima podía ser sujeta a la cruz con clavos o ataduras (Plinio, Historia Natural 28:46). Dado que los clavos causaban mucho más dolor que las ataduras, fueron usados más comúnmente, y asumimos que también fueron usados en el caso de Jesús. Esto, aunque no tuviéramos las palabras de Tomás, quién dijo que no creería, “si no veo en sus manos los agujeros de los clavos, si no pongo mi dedo en esos agujeros de los clavos (Jn 20, 25).
La víctima padecía un increíble dolor. Además de tener rotos los nervios por los clavos, debía impulsarse hacia arriba para poder respirar, empujándose con sus pies también clavados. Si no hacía esto, comenzado a sentir la agonía de la asfixia. La presencia de algunas mujeres junto a la cruz de Jesús, lo protegió de cuervos o buitres que se posaban en los hombres hombros para sacar los ojos a las víctimas, y también de los perros salvajes que, asaltos y mordidas, arrancaban pedazos de carne de donde podían alcanzar.
En cierto modo, Jesús fue afortunado al perder tanta sangre durante la flagelación, de modo que sólo sufrió 3 horas sobre la cruz, del medio día a las 3 de la tarde (Mc 15, 33). Si combinamos las distintas narraciones de los evangelios, tenemos que Jesús habló 7 veces. Sin embargo, era virtualmente para un crucificado decir cualquier cosa. Apenas sí tenía suficiente aire para quejarse, más aún, cada frase es conservada sólo por un evangelista. Lo más probable, entonces, es que ellos pusieron lo que creyeron ser las palabras más apropiadas en la boca de Jesús.
Era una práctica romana común, dejar a las víctimas colgadas hasta que los sobreviniera la muerte. Sin embargo, las leyes judías especificaban que los cuerpos de los crucificados debían bajarse antes de la puesta del sol, (Dt 21, 22-23), esto daba a los jefes de los sacerdotes, otra oportunidad para plegar a Pilatos a su voluntad. Ellos insistieron en que su ley fuera aplicada. Pilatos, por instinto, habría sido llevado a negarse. Pero, por otra parte, era lo suficientemente astuto para darse cuenta que un insulto gratuito a su ley podría provocar una revuelta en esas fechas. De modo que envió soldados al Gólgota con la orden de matar a las 3 víctimas, antes de arrojar sus cuerpos al pie de las cruces. El Destino final de los cuerpos era cosa de los judíos. Cuando los soldados llegaron, les pareció que Jesús ya estaba muerto; entonces ellos lo hicieron la prueba ordinaria, picándolo con la punta de una lanza. Los dos ladrones estaban vivos todavía y los soldados les aseguraron una muerte rápida quebrándoles las piernas (Jn 19, 31-34). Con esto, las víctimas ya no podían al alzarse para respirar y se asfixiaban rápidamente.
En el lado opuesto de la cantera, un hombre de negocios había usado la roca vertical para excavar una tumba en forma de cueva. Aprovechando que estaba cerca, y que el tiempo disponible era poco, dejaron el cuerpo de Jesús en la cámara exterior de la tumba (Jn 19, 41-42).


De Belén al Gólgota


La persona de Jesús
Cuando alguien afirma que los evangelios son históricos, corre el riesgo de suponer que Dios nos revela sólo lo que es histórico, es decir: que primero suceden las cosas, y luego, Dios las revela; o bien que Dios revela antes lo que va a suceder histórica y realmente. Esta forma de opinar no toma en cuenta la manera en que los antiguos judíos describían lo histórico; y no aceptan que los evangelistas pudieron escribir en forma libre o quisieron dramatizar el origen y la vida terrena de Jesús y que, al hacerlo usaron textos bíblicos anteriores, del folklore y de la cultura judía que se servía del método Midrásh (que partía de un hecho real y lo ampliaba artísticamente con función tanto catequística, moralizadora y pedagógica).
La iglesia invita a no ver en cada evangelista a un simple historiador del pasado, sino al maestro, transmisor del Evangelio, y catequista de situaciones que no vivió y de las que no fue testigo directo, sino redactor e intérprete. Para confirmarlo basta ver el evangelista Marcos, reconocido como el más antiguo, comienza hablar de un Jesús adulto; y que -por cuanto se sabe- las fechas en que se redactaron los evangelios van del año 65 hasta el final del siglo I d.C.; Marcos (en torno a 65-70), Mateo (80-85), Lucas (85-90) y Juan (90-100).
Los apartados siguientes se fijarán en la situación vivida por Jesús con base en los elementos históricos y culturales de que se dispone al presente.

 

Los orígenes del mesías en los evangelios


Los evangelios de Mateo y Lucas son los únicos que hablan el nacimiento de Jesús en la localidad judía de Belén. Pero hay algunos textos que dejan entrever una cómodo al describir tal situación. Lucas, por ejemplo, hace viajar a María (¡en cinta!) de Nazaret hasta Belén colocación de un censo, mientras que Mateo dice que vivían ya en un domicilio en Belén (Lucas 2,  1-20; Mateo 1, 18-21; 2, 9); los testigos de honor para Lucas, son pastores; para el segundo, magos de Oriente (Lucas 2, 8-20; Mateo 2, 1-12); Lucas hace un paralelo entre Juan Bautista y Jesús, mientras Mateo prefiere citar la escritura y dar a Jesús un acento universalista con sus magos, intervención de Herodes y visita Egipto (Lucas 1-2; Mateo 1-2).
En resumen, los evangelistas Mateo y Lucas construyeron los relatos de la infancia de Jesús usando recursos encaminados a su actividad pública (en acciones y enseñanzas en Galilea y periferia de esa región) y como antecedentes de su muerte en Judea. Pero tal esquema, por sencillo que parezca, puede tener también razones teológicas, como lo señala el uso de citas del Antiguo Testamento en el Evangelio del judeocristiano Mateo; y acumulación de himnos y posible desconocimiento de las tierras de Palestina de parte del evangelista Lucas.
Mateo ubica Jesús en la cultura y tradición judía:

 

  • Lo presenta con su propia genealogía (Mt 1, 1-17).
  • Cita su encarnación con alusiones o citas de la escritura (Mt 1, 17-23; 2, 5-15; 18-23) y lo seguirá haciendo a lo largo de todo su evangelio.
  • Lo hace encontrarse con los paganos, reflejados en los magos de Oriente.
  • Lo saca siendo niño de territorio de Palestina (Belén) y llega hasta Egipto, antigua tierra de esclavitud, con la finalidad de hacerlo volver en una especie de propio “Éxodo”, para llevarlo nuevamente a Nazaret, en dónde comenzará su vida pública como consagrado o “nazir”, por el parecido de este término con el de la localidad de “Nazaret” (Mateo 1, 2).
  • Presenta a Juan Bautista como precursor de Jesús y quién lo bautiza (3).
  • Habla de sus tentaciones a cambio de Nazaret a Cafarnaúm, según la escritura (4, 1-16).

Lucas muestra otros intereses, sirviéndose de un paralelismo entre Juan Bautista y Jesús:

  • Primeramente, habla del templo en que una aparición celeste anuncio el nacimiento de Juan Bautista al sacerdote Zacarías, cuya esposa en no es fértil y, en una casa, el anuncio también celeste del nacimiento de Jesús a María que reside en Nazaret (Lc 1, 26-38).
  • Una escena intermedia, relata la visita que María hace a la primera de Judea (1, 39-56).
  • Los nacimientos de Juan y Jesús, son cercanos (1, 57- 2, 21). El de Juan en Judea y el de Jesús, en Belén, lugar de registro civil.
  • Jesús niño y adolescente tiene circuncisión y aprendizaje en el templo (Lc 2, 22-52).
  • Juan y Jesús aparecen públicamente (Lc 3, 1-22).
  • Jesús antes de su misión: genealogía y tentación en el desierto (Lc 3, 23-43).

Marcos evangelista, a su vez, estructura los relatos sobre Jesús, en torno a tres elementos:

  • Un pequeño prólogo en que da la perspectiva de su evangelio (Mc 1, 1).
  • Predicación de Juan Bautista y bautismo de Jesús viniendo de Nazaret (1, 2-11).
  • Tentación en el desierto en forma de resumen (Mc 1, 13).

Juan evangelista, finalmente, evita hablar de los orígenes terrenos de Jesús. En un himno lo presenta como palabra de Dios encarnada (1, 1-18) y, luego, ofrece el testimonio de Juan Bautista (Jn 1, 19-34) y el descubrimiento de Jesús por algunos discípulos (Jn 1, 35-51).

Los datos de los evangelios sobre el origen de Jesús, aclaran ya la perspectiva quedarán al resto de su enseñanza pública, andanzas, encuentros y desencuentros hasta su muerte.

 

La formación de Jesús


En los últimos años ha habido muchos intereses en hacer hipótesis sobre la formación humana y religiosa de Jesús niño a partir de los datos de los evangelios; los elementos dispersos que la literatura antigua (judía o cristiana); y los que pueden deducirse de los usos y las costumbres de la cultura judía en general. El cine también ha hecho sus amplificaciones.
Aunque bueno en si los elementos anteriores, no debe perderse de vista que se trata sólo de intentos, para reconstruir las líneas generales, pero que muchas particularidades siempre estarán ocultas a nuestro análisis. Si Jesús fue niño de carne y hueso, también el ingrediente personal tiene su peso y seguramente él aprendió, sea de María mamá, como de José papá. De una, lo que todo infante aprende en sus primeros años; de papá, el trabajo y la participación a la oración y formación religiosa en la sinagoga, que entonces era lo ordinario; y de ambos, la estructura familiar, la participación en los festejos familiares, la vida entre los vecinos y las rutinas de la vida campesina de la Galilea, en la primera parte del siglo I de nuestra era: juego entre niños, tareas domésticas, reflexión personal, crisis de crecimiento, descubrimiento de sentimientos, gustos y aptitudes; amistad con coetáneos, ingenio en la travesura, aventurillas en los alrededores de Nazaret, admiración ante los problemas y conflictos de vecinos y hasta un toque de hilaridad que mostrará ya adulto, sin renunciar a su origen de Nazaret (Mc 1, 9; Mt 21, 11; Jn 1, 45-46; Hch 10, 38).

 

Actividad pública de Jesús


Exceptuando el evangelio de Juan, “Galilea” es ahora el lugar principal de toda actividad de Jesús. La gente lo reconoce residente y con familia en Nazaret (Mc 1, 9; 6, 1-6; Lucas 4, 16-30). En consecuencia, toda su predicación primera ocurre ahí y en las zonas cercanas hacia el norte (Siria y fenicia), el Oriente (la antigua Decápolis en la actual Jordania) y hacia el sur (Samaria). Esta permanencia en Galilea fue leída por Mateo teológicamente, esto es como un designio de Dios “de acuerdo al Profeta Isaías” (Mt 4, 15-16).
Mientras el evangelista Marcos habla del paso de Jesús al norte de Palestina, Lucas y Mateo lo llaman “Jesús de Nazareno”, acercando “Nazaret” al término “nazir” (hebreo: “consagrado”: Marcos 1, 24; 10, 47; 14, 67; 16, 6; Lucas 4, 34; 24, 19; Mateo 2, 23). A su vez, Juan lo lleva a las fiestas, incluyendo 3 pascuas (Juan 2, 13. 23; 5, 1-2; 10, 22; 11, 18.55; 12, 1-12), con la intención de mostrar lo como el “revelador” y renovador de ese signo geográfico.
Si se consideran las acciones de Jesús, los cuatro evangelios las presentan como el conjunto de signos (Juan) o milagros obras prodigiosas (evangelios sinópticos), de desplazamientos de tipo misionero, de enseñanza (sea en forma de parábolas o de discursos), de numerosos encuentros con personas de todas las clases sociales, sobre todo necesitarás o enfermas, y de numerosos resúmenes o noticias cortas en que se sintetizaron otras muchas acciones del maestro.
Mientras el evangelista Juan asume a Jesús como la palabra personificada y revelada de Dios, Mateo apoya muchas palabras y acciones suyas con la escritura, en tanto que Lucas las envuelve haciendo alusión disimulada a la escritura, como se ve en el relato de la vuelta a la vida del joven hijo de la viuda de Naín que refleja el cuadro de una acción parecida del profeta Elías (Lucas 1, 11-17; 1Reyes 17, 17-24) y en otros textos.

 

Amigos y conocidos de Jesús


La distancia entre un “conocido” y un “amigo” es bastante clara para un moderno. Para la persona del tiempo de Jesús las distancias eran más cortas, ya que en su lenguaje llamaba “hermano” al vecino, al miembro de la misma localidad, al pariente, a la persona con quien se relacionaba estrechamente, al hermano hijo del mismo padre y madre, y a quién practicaba el mismo trabajo. De la misma manera, era “padre” no sólo el generador de una determinada estirpe o familia, de hijo de una o más madres, sino también el iniciador de una especialidad, el ancestro al que se atribuía la primacía de alguna actividad, el fundador de una localidad o de un beneficio colectivo, cómo pagar cavar un pozo, tanto como a quién se le consideraba iniciador de determinado uso de materiales (cfr. Génesis 4, 19-26; 5, 28-29).
Ahora bien, al abrir cualquiera de los cuatro evangelios, se encuentra uno con que, para Jesús como para cualquier judío de su tiempo, toda persona que se le acerque, parece ser conocido o bien amigo, siempre y cuando esté dispuesto escucharlo. En pocas palabras, la actitud del amigo para Jesús, es la apertura a la capacidad de poner atención a cuánto él propone, sea o no para seguirlo o para comprometerse con su causa; pero, al menos, para ser alguien entero, independiente, identificado consigo mismo o con su propio grupo.
Precisamente, este aspecto de la amistad de Jesús es el que le reconoció especialmente el evangelista Lucas al utilizarlo como una de sus perspectivas preferidas.  Así pues, es Lucas quién dirige todo su evangelio no a un patrono o bien hechor, sino a todo aquel que quiera ser amigo de Jesús o “Teófilo” (Lucas 1, 3; hechos 1, 1); o cuando resalta las consecuencias del ser amigo en la felicidad compartida de las tres parábolas de sur capítulo 15 (la oveja, la moneda y el hijo perdido; Lucas 15, 6. 15. 29); o también cuando revelan las consecuencias o profundidad de la amistad a aquellos que son capaces de comprender la hasta dar la vida (Lucas 12, 4). En pocas palabras, es amigo de Jesús quien comparte la dureza, la penalidad, el hostigamiento, el sufrimiento y aún el martirio del maestro cuya enseñanza se sigue. “Ser amigo” no sólo conlleva beneficios sino, antes, la capacidad de “jugársela” como Jesús y la fuerza de anunciar el evangelio que puede significar riesgo o enfrentamiento y cuyo anuncio no siempre va a ser acogido ni como mensaje, ni con atención, receptividad o respeto.

 

Los sentimientos de Jesús


Ya los textos del Antiguo Testamento que habían ocupado de presentar los sentimientos de Dios (antropopatismo) así como habían hablado de sus acciones con el antropomorfismo, o dibujando sus actitudes y sus conductas con teriomorfismos o representación de animales y acciones de ésos.
Del mismo modo, al hablar de los sentimientos de Jesús, los textos del nuevo testamento se deleitan en presentarlo como un alguien “cercano a todos” en actitudes, con mirada serena y un tipo de cercanía que no rechaza a nadie o con palabras especiales y personales, dirigidas a quién se le acerca o al que las necesita. Los ejemplos sobran en los casos de la mujer que amo mucho (Lucas 7, 36-50), el cariño a la viuda de Naím devolviéndole al único sostén que le quedaba, a su hijo recién fallecido (Lucas 7, 11-17), la cordialidad y serenidad con las hermanas y amigas, Marta y María (Lucas 12, 38-42), el extraordinario dibujo del Buen Samaritano (Lucas 10, 29-37) o el caso del otro Samaritano agradecido y el leproso (Lucas 17, 11-19); sin olvidar el relato de las palabras de despedida ante sus amigos en Juan 13-17; o el signo de la amistad ante la tumba del amigo perdido (Juan 11), seguido por otro no menor de la mujer del perfume, anterior a su pasión (Juan 12, 1-8).
En la misma línea van todos aquellos otros textos y relatos en que, los escritores del nuevo testamento (Pablo, entre ellos) describen a Jesús como modelo de conducta a seguir. Ese fue el caso del himno recogido por él de la tradición precedente y que incluyó con su carta a los Filipenses dándole un prólogo en el que precisamente pide al cristiano “participar en el sentir de Jesús” (Fil. 2, 1-5); o la intención de los llamados catálogos de virtudes y valores que recomienda como evidencia de fe (1 Corintios 13, 132; Corintios 6, 67; Filipenses 4, 8).

 

“Jesús anuncia el reinado de Dios”


¿imposible… o posible?
Todos sabemos que una de las formas de gobierno de algunos países en la monarquía, en la que una persona funge como rey o reina; y que el período de su gobierno se llama reinado; y el espacio gobernado reino; y también que tiene una corte que le ayuda a gobernar.
También la escritura, fruto de la antigua cultura judía, dejo muchos textos señalando al reino de Israel y de Judá, como formas típicas de gobierno y vida entre otros pueblos. Sin embargo, tanto antiguo como nuevo testamento, extienden ese vocablo a la manera de actuar de Dios, al dinamismo con que protege a sus fieles o a la manera de manifestarse presente en el cosmos, la historia y vida de su pueblo.
Cuando la escritura habla del reino y reinado de Dios o con su equivalente “de los cielos”, no alude a un tipo de política humana, sino invita a comprender esos términos, como ejercicio de una facultad divina que puede manifestarse también a través del poder humano, pero cuyo origen es precisamente su Providencia Divina.
Los párrafos siguientes analizará la ruta de este “Reinado de Dios” o “Reino de los cielos”.

 

El Reino y el Reinado de Dios


Usando lenguaje común a casi todos los pueblos de la antigüedad en el Oriente cercano, Israel habló, representó y formuló la presencia y acción de Dios en medio del pueblo como la llegada de su reino o reinado, señalando así su señorío (Señor) y presidencia (Pastor, Rey). Hoy preferimos hablar de presencia, providencia, acción, voluntad o manifestación de Dios.
Para los hombres de la Biblia, el “reino de Dios” tenía que ver con lo relacionado con “Dios creador” (al principio), “Dios redentor” (en su presente) y “Dios que viene” (futuro), si bien, tal sucesión no ocurrió de la noche a la mañana, ni de una vez (Isaías 41, 4; Apocalipsis 4, 8). En otras palabras, el “Reinado de Dios” incluía para ellos el tema de la creación, el de la actividad presente del señor en el cosmos y en la historia humana, y la esperanza de una realidad final que llegaría y a lo que se llama “día del señor”, visita, juicio o con frases equivalentes (“en aquel día”, “en aquellos días”, “entonces”, “en el último día” o “en los últimos días”).
Cuando a Samuel se le pidió que señalara a una persona como Rey de Israel, en un principio el profeta se opuso, pero luego de consultar a Dios ungió a Saúl y, posteriormente, a David. Evidentemente, lo que el pueblo buscaba en tal situación era parecerse a los demás pueblos, cuyos líderes eran reconocidos por la religión y la realidad del momento, pues encarnaban la voluntad de Dios y sus acciones se aceptaban como queridas por él. En una palabra, el rey era el representante o Caudillo legal de Dios; y su reinado, voluntad divina (Samuel 8, 10).
Pero los profetas en general se dieron cuenta de que el rey, no actuaba muchas veces según la voluntad divina; ni se ocupaba del interés de la comunidad; cuidaba su bienestar personal y de sus protegidos; o abusaba (como cualquier humano) de la misión que tenía. Y comenzó la crítica abierta e indirecta, con acciones simbólicas o con mensajes de castigo a las acciones de los monarcas. El reinado de los pueblos hermanos, Israel y Judá, fue visto no acorde a las promesas hechas a David de un reino por siempre (2 Samuel 7, 12-16); y a los reyes que le siguieron, se les calificó por actuar o no de acuerdo a las acciones de David (Reyes 14, 22-28; 15, 26.33; 16, 19. 25.30…)


Por otro lado, el tema del reinado de Dios o de Dios como rey, fue cantado en el templo como dogma, esto es, como motivo de alabanza sobre todo en algunos salmos (47; 93; 95-99) y el grito “¡Yahvé reina!” (salmo 5, 2; 22, 29; 44, 5; 145, 1.13) o en confesiones en qué Yahvé tiene su trono en el cielo (24, 7-10), que la tierra es escabel a sus pies y lugar en que ejerce su reinado (Mateo 5, 34-35) y que su dominio alcanza a todos los pueblos y Naciones (Amós 9, 7; Jeremías 10, 7).

 

El reino de Dios con Jesús


El reino o reinado de Dios aparece en los evangelios con ese nombre (Mateo 12, 28; Marcos 4, 11; Lucas 4, 43; Juan 3, 3); o como “reino de los cielos”, forma de respeto en la cultura judía para evitar pronunciar el nombre divino (Mateo 4, 17; 5, 3. 19. 20); también como “el reino del padre” (Mateo 6, 10; Lucas 22, 29) o bien “reino de Cristo” o “del hijo” (Juan 18, 36; Efesios 5, 5; colosenses 1, 13).
A diferencia de Juan Bautista mensajero del juicio cercano de Dios (Marcos 1, 7-8), Jesús es presentado por los evangelistas haciendo real tal reinado con frases que indican su cercanía y realidad (Marcos 1, 5), anunciando el modo de hacerlo presente con signos y obras (Mateo 10, 7-9) o bien como anuncio para todos como doctrina y enseñanza (Mateo 28, 19-20).
En cuanto al contenido, tal reinado de Dios se presenta inicialmente como un mensaje que Jesús anuncia como proyecto divino. Tal enseñanza se vuelve predicación, doctrina, misión o un encargo divino que Jesús realiza (Mateo 4, 17; Lucas 4, 43) involucrando él a quienes lo siguen (Mateo 10, 7; Lucas 9, 2. 11; 10, 8-9). Por lo mismo, con cierta frecuencia, el mensaje es presentado junto a las acciones que el discípulo realiza (Mateo 13, 52; Lucas 91, 2 y 9, 10-11).
Pero otro aspecto del reinado de Dios anunciado por Jesús es su consumación o llegada final entrevista como momento decisivo, cómo hacían los Profetas del Antiguo Testamento. Tal llegada de este reinado de Dios se pierde en la oración (Mateo 6, 10), se promete a algunos de los que escuchan y a cuya llegada estarán presentes (Marcos 9, 1), o será al futuro, como lo anuncia Jesús en la llamada “última cena” (Lucas 22, 18).
Finalmente, los discípulos llegaron a la conclusión de que el reinado de Dios ocurriría luego de poner en práctica una moral mucho más exigente que la practicada por el judaísmo de su tiempo (Mateo 5, 20-47). Tal mensaje del reino, se inauguraría al final de un orden caduco, no basado en los esquemas del Antiguo templo, o en una enseñanza de la Torá que no iba a lo fundamental, ni en los esquemas de un dominio político, que algunos grupos patrocinaban; sino en la novedad entrevista por profetas como Ezequiel con el don del espíritu en una nueva tierra (36, 24-28) o Jeremías, patrocinador de la nueva alianza y nuevo corazón (31, 31-33) o un Deutenoisaías y su nuevo servicio a Dios (Isaías 42, 1- 9; 49; 1- 6…).


La enseñanza sobre el reino de Dios


Jesús y los escritores sagrados del nuevo testamento hablaron la lengua típica de su tiempo anclada fuertemente en la tradición del auto Antiguo Testamento. Para comprender su propuesta sobre el reino o reinado de Dios, los estudios modernos tratan de traducir aquel lenguaje a los usos y nueva comprensión de los modernos.
En este sentido el reinado de Dios suele interpretarse como anunció que invita a la novedad y una realidad que implica ese cambio llamado conversión. Por ello, alguien lo ve como una provocación interior e impulso que genera decisión y entrega personal; o bien como algo que está presente y dentro del creyente mismo como el evangelista Lucas lo señalaba (17, 20-21) e inclusive como semilla, no de algo que sucederá al futuro, sino como una decisión de fe hoy, que termine con todo aquello que significa muerte, mal y limitación y que exige apertura a lo que Dios mismo ofrece a través de Jesús y en las formas y palabras que éste planteó.
Pero el mismo Jesús trato de volver precavido a su auditorio señalándole que el reinado de Dios debe asumirse como una paradoja, puesto que no es simple noticia ni concepto, sino la experiencia o vivencia de ese “algo” que permite ver las cosas con otro color, o tono, o razón, pues forma parte de una elección del creyente.

 

El reino de Dios en parábolas


Cuando los evangelistas describen a Jesús enseñando a sus contemporáneos hablan de sus dichos, ejemplos, comparaciones y parábolas más que declaraciones de fe o dogmas en un lenguaje erudito. En otras palabras, Jesús usó el lenguaje sapiencial para los laicos, más que el fogoso de los Profetas o el legal de los grupos sacerdotales del templo y de la sinagoga.
Los dichos y las parábolas de Jesús pertenecen al área literaria judía llamada “mashál”, que incluye los contenidos del “símil”, comparación, alegoría, fábula, proverbio, enigma, símbolo, ficción, dicho, ejemplo, motivo, objeción y chiste, como aparece en las fuentes judías.
En el caso concreto de las parábolas, se trata de situaciones específicas en que hay ataques, defensas, retos, provocaciones, implicaciones y cuestionamientos. Evidentemente, cuando los evangelios fueron redactados, las parábolas de Jesús se acomodaron a los destinatarios de cada evangelio, se retocaron para su edición (con adornos o necesidades del entorno), se readaptaron a nuevas situaciones o se respetaron en el orden que dejó la primera tradición, como se ve en Marcos 4 o Mateo 13 o bien confrontando la misma parábola (Lucas 15, 3-7; Mateo 18, 12-14) destinada auditorios diversos.
Según Jeremías en su estudio sobre las parábolas, estas fueron sometidas a acomodos diversos a causa de su traducción del arameo original a la lengua griega en que llegaron a nosotros; recibieron modificaciones y adornos para los cristianos que las veneraban; tuvieron influencias a partir de situaciones y textos del Antiguo Testamento; se modificó su enfoque primario por el cambio de auditorio, es decir, que si originalmente fueron polémicas, luego se les dio una motivación catequista; y, finalmente, se acomodaron a la situación de la iglesia naciente por razón de la parusía que tardaba y la misión que promovía. El último paso ocurrió como desliz del cambio de conducta hacia la alegoría, una tendencia a justificar situaciones que interesaban a la iglesia posterior, pero que no pertenecía al tiempo de Jesús.

 

¿Cómo actualizar las parábolas del reino?


Al leerse una parábola de Jesús en nuestras Biblias y lenguajes modernos, debe tomarse en cuenta qué detrás tienen imágenes de la realidad y que tales imágenes se materializan en el proverbio, la sentencia, el enigma y la alegoría, por ejemplo. La parábola no tiene moraleja, ni esconde un secreto, si no que despista con su claridad, provoca con su contenido y exige una respuesta del lector o auditor de la misma. En resumen, una parábola “explica” una realidad y “complica” a quien la escucha, implicándolo en su respuesta a ella.
Antes de las parábolas del reinado de Dios, los creyentes buscaban no explicaciones o aclaraciones de misterios ocultos, sino respuestas a las provocaciones que suscitan. Es como si el lector añadiera al final de cada parábola leída, su propia inquietud: “y esto… ¿qué me dice; cuál es mi respuesta; cómo o qué tanto me implica?”.
Los evangelios suele presentarlas en grupos, como en los cuadros que narra el evangelista Mateo en 13, 24-32 (comparación entre el reino de los cielos y acciones humanas: agricultura, jardinería y panadería); o bien en el paquete del tesoro, la perla y la red, cuyo tema común es el aprovechamiento de un descubrimiento (Mateo 13, 44-50). En otros casos, el eje balancea situaciones, como cuando el evangelista Lucas presenta Jesús enseñando el sentido de la Misericordia (Lucas 15).
Ocasionalmente, las parábolas tienen ya una explicación de tipo alegórico que posiblemente se insertó más tarde cuando la parábola misma ya no era bien comprendida. Ese fue el caso, por ejemplo: del “Sembrador” Marcos 4, 1-8 (texto) y 4, 13-20 (explicación) o bien con trigo y cizaña en Mateo: 13, 24-30 (texto) y 13, 36-43 (explicación).


Para leer correctamente las parábolas debe atenderse el lenguaje en que se presentan. Así, “el término de comparación” que sigue al inicio de la parábola (“el reino delos cielos es como…”) no es necesariamente la palabra que sigue inmediatamente, sino el sujeto del que se está hablando. Por ejemplo, la antes llamada “parábola de la levadura”, no hace justicia el texto, puesto que el reino “no es la levadura o como la levadura” de la parábola, si no como la “cocinera que puso la levadura”. De la misma manera, la llamada “parábola del tesoro” y “de la perla”, resultan “parábola del arqueólogo” que descubrió un tesoro y “del pescador de perlas”.
En otras palabras, las comparaciones del reinado de Dios, utilizadas por Jesús, no se hacían con cosas, sino con las personas que realizaban acciones con esas cosas; ya que los actores de las parábolas eran los “modelos a imitar” y no tanto la utilidad, valor o calidad de la cosa.
A fin de cuentas, las parábolas del Reinado de Dios o de los cielos, ofrecen modelos del actuar divino y reflejan la manera en que Dios se ocupa de las realidades terrenas, pero más las humanas, como recita un canto: “¡…las cosas son importantes, pero la gente lo es más!”
Finalmente, el reinado de Dios no es “un algo” por recibir, sino una actitud y una pertenencia, acto de fe y adhesión, nueva forma de actuar y única oportunidad de encontrarse con Dios.

 

Jesús Rey


En el Nuevo Testamento se aplica a Jesús el título de Rey, derivado de los textos del Antiguo Testamento en que a Dios se le calificaba así, aún antes de las monarquías judía e israelita. (Éxodo 15, 18; números 23, 21), mismo que pasó al culto (Salmo 23, 24; 76; 82; Daniel 4, 34).
Del mismo modo, varias situaciones de Jesús fueron calificadas con términos regios, dada la esperanza de un Mesías rey que se vivía en el ambiente judío del siglo I. Por su parte, los evangelios resaltaban “lo regio” que tiene que ver con Jesús:

  • A Jesús se le hace descender de David (Mateo 1, 6.17).
  • Los magos de oriente buscan al rey ha nacido en Belén (Mateo 2, 1-12).
  • Jesús huye de la gente que, por sus acciones, desea nombrarlo rey (Juan 6, 15).
  • Varias parábolas tratan de Reyes (Mateo 18, 23-34; 22, 2-3; 25, 34-40; Lucas 14, 31-32).
  • El ingreso de Jesús a Jerusalén tiene aspecto de recepción regia (Mateo 21, 4-11).
  • Jesús es juzgado por Pilato, en torno a su reinado mesiánico (Juan 18, 33-38; 19, 15).
  • Jesús es oficialmente crucificado como rey (Lucas 23, 2; Juan 19,19).

El último paso ocurrió en la liturgia de la iglesia al establecer la “Solemnidad de Jesús Rey del Universo” para cerrar su año litúrgico. No se trata ya de textos bíblicos sino del resumen en que aquellos se encuentran su desenlace y su aplicación definitiva.

 

Encuentros y desencuentros
Jesús y la gente


En la experiencia actual, muchas relaciones humanas suelen verse desde cierta perspectiva ideológica que incita a ver al “otro” como:

  • Viviente genérico: alguien que puede vivir y ser cercano o lejano, amigo o enemigo, ajeno o próximo, de acuerdo a la relación social, geográfica, sentimental, religiosa que lo acerca, y con quién me puedo medir, competir, tolerar, alejar o pelear.
  • Freno o límite: especie de frontera que me limita, me estorba, me niega o impide ir más allá de mí mismo.
  • Peligro: un riesgo por evitar, y mientras más lejos… mejor.
  • Interés: escalón o escalera que me lleva a ganar, tener, saber o ser más y no el espejo en el que puedo mirarme o el apoyo o compañía con quién puedo evitar la soledad, formar comunidad, y aprender a ser yo mismo.
  • Cosa o estorbo: anulación del otro, casi un “¡algo que llegó a usar, manipular y…tirar!”

Según los evangelios, muchos contemporáneos suyos se encontraron con Jesús: algunos lo siguieron fascinados; otros lo escucharon con agrado; unos más se interesaron en su causa; y muchos también lo consideraron como un riesgo peligro por evitar (Juan 11, 45-54).

Actualmente, Jesús sigue siendo foco de atracción, símbolo, distracción, problema y estorbo. ¿si tú te has fijado en el … qué has visto o a quién has encontrado? Los siguientes apartados presentarán el desencuentro y encuentro con Jesús en clave bíblica.

 

La visión bíblica del “otro”


Al hablar del “otro” o del “semejante”, el Antiguo Testamento parte de un principio básico “no es bueno que el ser humano viva solo” (Génesis 2, 18-23) que completa El libro de Qohélet en forma práctica “…pues cuando caiga no habrá quién lo levante” (Qohélet 4, 9). La razón básica de esta propuesta está en la vida terrena, es convivencia o bien la participación en un mismo ecosistema humano y divino, a la vez (Génesis 1, 26-28).
De lo anterior, los escritores de la Biblia desprendieron consecuencias inmediatas como la responsabilidad y cuidado de unos con otros, la “corresponsabilidad y convivencia” (Génesis 4, 9-10; Abdías 13), la familia e interés de todos (Génesis 3, 10). Y entonces, “el otro” resulta:

  • Una especie de “yo mismo fuera de mí”, mi “alter-ego”; mi familia y mi hermano.
  • Una imagen en que aprendo a ser ¡yo mismo…gracias a él! (Génesis 5, 1-13)

El Nuevo Testamento alarga un poco esa visión y considera al otro como un camino en que yo aprendo a ser “prójimo”, esto es, a interesarme e intervenir en la vida de los demás, pero no por curiosidad sino en función de la comunidad.
Los primeros cristianos tomaron en serio a Jesús y, superando la “ley del talión” (Ojo por ojo) o la siguiente “ley de la compensación” (pago por el mal realizado), plantearon “otra forma” de relación como la presenta, por ejemplo, la carta a Filemón, en que no se trata ya de mejorar, sino de “renovar”, “innovar” y “transformar”. De este modo:

  • Prójimo: soy yo Cuando actúo y me hago presente para quien me necesita, como en la llamada “parábola del Buen Samaritano” (Lucas 10, 29-37);
  • Prójimo: es quien recibe y acoge al otro (Lucas 9, 12-17; multiplicación del pan); Marcos 16, 20 y hechos 15, 28 (acción conjunta de Cristo o el espíritu santo y los fieles);
  • Prójimo: es quién se convida (“pasa la vida con”), y no sólo quién está próximo en forma geográfica. Jesús lo aclara al dar su paz y entregar su espíritu (Juan 14, 14. 16-17; 26-27; 15, 12-17; 19, 30; 20, 21-22),
  • Prójimo: es, en fin, quién se entrega a favor o en lugar del otro (Juan 15, 13); y no sólo “da algo a cambio” (Mateo 15, 46-47; Lucas 6, 27-38), acción está última que tan sólo resulta un pequeño descuento del arcaico y dramático “Ojo por ojo”.

 

El “otro” como “símbolo” y como “tipo”


Para desarrollar el tema, pueden tratarse en consideración dos líneas maestras: una lectura simbólica y otra tipológica.
La lectura simbólica asume al otro como “Mensajero del más allá”, (visitante, extranjero, sabio, extraño y temible, cuyos poderes desconozco). La ley bíblica de la Misericordia pedía a Israel “acoger al extranjero por haber sido él mismo huésped en Egipto”. Por ello, los evangelistas ofrecieron la misión de Jesús como “la ocasión de encuentro y desencuentro” para superar la visión negativa que asumía al otro como “desconocido”: fuera pagano, arrimado, oportunista, vividor, enemigo o esclavo…y al que se apodaba “perro” (Mateo 15, 26).
A su vez, la lectura tipológica invita a ver los evangelios no como simple conjunto de noticias, verdades, esquemas o tratos literarios o teológicos; sino apreciarlos cómo surgieron, es decir: como relatos y escenas breves que reflejan el mensaje de Jesús a través de “modelos o tipos”. Un par de ejemplos, aclaran esto.


En la calle:
Un pagano respetuoso (Mateo 8, 5-13)


El cuadro refleja una de las tantas acciones milagrosas de Jesús, pero no a un israelita sino, a un militar pagano, respetuoso del pueblo en que vive, el personaje resulta:

  • ejemplo de cómo se vive el reinado de Dios, luego de su promulgación (Mateo 5-7 y 8-9);
  • segundo signo de Jesús, luego de la curación de un leproso judío (¡se postró!);
  • primer milagro a un extranjero en el evangelio de Mateo, a la entrada de un pueblo, o sea en el lugar principal y público de una localidad del Oriente cercano antiguo;
  • primera señal en Cafarnaúm, aún antes de curar a la suegra del apóstol Pedro. El hecho merece una explicación y una moraleja por parte de Jesús a sus seguidores judíos.

Abundando: el centurión es parte de un selecto grupo determinado, dominante y explotador; está del lado de los que manejan las armas, militares e invasores extranjeros. Sin embargo:

  • no Pide a Jesús un favor para sí mismo (Romano), sino ruega (solidaridad) a favor de su criado, quizá “extranjero”, “pagano” o “judío” o por lo menos: “menos que él”;
  • habla a Jesús sin rodeos, ni intermediarios, posiblemente en un pésimo arameo (haciendo el esfuerzo de darse a entender) ¿o Jesús le habló en griego?
  • reconoce su situación de “extranjero” (indignidad), al que basta la palabra de un judío, no su visita, ni su interés por mostrársele cercano, o para molestarse en ir a su domicilio;
  • su argumento es la orden y la forma de darla que no admite réplica. Si su campo es el de la orden, acepta que Jesús actúe como el dominador de otro orden (¿temor reverencial?);
  • habla con alguien igual (el comandante-Jesús) y reconoce Su autoridad en el campo de la salud y la enfermedad, como él la tiene en otra esfera de la vida ordinaria…
  • después del hecho, no se admira la gente, sino Jesús mismo, pero antes de actuar.

Ahora bien, el encuentro con Jesús puede verse de diferentes maneras:

  • Jesús no le pide un acto de fe (el compromiso en el área religiosa, volverse judío, cambiar de religión, invitación a seguirlo), si no, acepta simplemente “su forma de ver las cosas…”;
  • Jesús lo compra con “Israel” (término religioso) y descubre su “fe” en la seguridad de su petición altruista a favor del sufrimiento ajeno…
  • Jesús se acomoda al otro, antes de actuar: ¡que te suceda cómo has creído! (y no pedido o rogado). Esto puede traducirse así: “¡La palabra dirigida a Jesús… se volvió milagro!!

 

En el templo: un aparente violador de la ley (Lc 18, 9-14)


Por una parte, la parábola de “el fariseo y el publicano” contiene dos actitudes y un juicio de Jesús, puesto que éste se presenta en un capítulo sobre las “formas de pedir” (viuda ante el juez, niños que se le acercan, un rico, Pedro que desea recompensa y el ciego de Jericó); y está destinada a los que se creen justos y desprecian a los “otros” (polémica).
Por la otra, el texto examina lugares y situaciones privilegiados de la vida religiosa de Israel: Piedad, templo, oración, acción de gracias, cumplimiento de la ley, hombre piadoso…
Finalmente, el texto no se refiere a un encuentro directo con Jesús, si no a cómo, la persona común llega a descubrir la verdad y salvación, cualesquiera sean sus circunstancias de vida.
El fariseo representa una posición en la fe, una forma de ponerse frente a Dios, un modo de vivir la fe. En fin, él lleva a cuestas una escuela: pues repite el esquema prendido; refleja la doctrina y forma de ser de un grupo de piadosos; evoca esa prepotente sabiduría ortodoxa y segura en sus esquemas, considerados superiores a los demás, ordinarios, ajenos…

  • ora de pie (gesto litúrgico oficial);
  • agradece (aventajando a la petición y al arrepentimiento);
  • medita en silencio (en esa forma elevada que superar la limitación de la palabra);
  • reconoce su diferencia ante otros actos y actitudes que no van de acuerdo a Dios…
  • pone ante Dios alguna de sus actitudes y prácticas cotidianas (celo, ayuno, diezmo);
  • está feliz por orar sin hablar, ¡convencido de que ha alcanzado a Dios!

El publicano educa al devoto y ordinario, laico, sin esquemas religiosos oficiales;

  • está expuesto a la desobediencia a Dios (prácticas y deberes religiosos);
  • está en el grupo de los que ofenden al hermano con robo, injusticia, adulterio;
  • confía en que Dios sin ojos, sin oídos, sabe ve escucha, atiende comprende;
  • intuye y decide que oración, es hablar a Dios como él sabe, y de lo que le ha salido mal;
  • recurre a gestos tradicionales de la religiosidad popular (apartarse, agacharse, golpearse el pecho, sentirse “pueblo”, gente común, corriente, en situación de necesidad…
  • está acongojado y susurra, reconociéndose uno más entre los equivocados.

El desencuentro y encuentro con Jesús aparece aquí sugerido en actitudes de fondo:

  • la oración no es sólo palabra para informar a Dios de lo que yo hago, fijarme como otros actúan, precisar inquietudes personales, comparar mi actitud con formas diversas de orar, o para convencer a Dios de que me miré, o presumirle lo que sé hacer…
  • la oración es una “actitud” que “permite” ser encontrado por Dios; un “ambiente propicio” para que él me vea; un “gesto” y una “atmósfera” de comunicación; y, por supuesto, un “entorno” en el que puedo ser salvado. Por lo mismo la oración no está en lo que se dice, sino en que se sabe escuchar a Dios; no en la forma de hablar con el señor, sino en la disponibilidad de ser interpelado por él; no en cómo lograr una gracia, favor o bien, sino en saber cómo colocarse ante Dios y permitirle intervenir en nuestras vidas.

También lo sabía Jesús que en la conclusión de su parábola no pudo sino decir que: “Se los aseguro: ¡éste volvió a casa reconciliado con Dios y no el otro!” (Lucas 18, 14).

 

Los motivos del desencuentro o del encuentro


Los dos ejemplos anteriores, señalan dos situaciones de polémica: el primero se relaciona con la acogida que Jesús da a los paganos extranjeros, apertura demasiado amplia que atentaba contra la tradición atenta al judío necesitado; el segundo criticaba la piedad farisea, uno de los grupos fervorosos del momento; e, indirectamente iba contra un tipo de religión.
Pero no sólo fueron esos los motivos en que se dio vio envuelto Jesús. Sus frecuentes alusiones e “indirectas” contra el tipo de práctica religiosa en el templo, tenían como fin desequilibrar al poder de los sacerdotes saduceos, molestos ante sus propuestas. En los evangelios destacan algunas situaciones en particular:

  • poco interés de Jesús en el templo, fuera de sus visitas festivas, en su presentación y en otras fiestas: Lucas 2, 22-50 (de niño); Juan 5, 1-18; 10, 22-23 (en fiestas).
  • los dichos y alusiones a la destrucción del mismo: Marcos 13, 1-4 y 13, 14-16; 14, 57-59;
  • el acento en aspectos descuidados por los hombres del templo: Lucas 21, 1-4 (limosna de una anciana viuda; el alcance del divorcio (Marcos 10, 1-12);
  • ejemplos de buena conducta entre extranjeros y samaritanos: Lucas 10, 20-37; 17, 11-19; Juan 4; Mateo 15, 21-28;
  • critica a la tradición y religión oficial: Mateo 23 (crítica abierta); Juan 5 (crítica indirecta);
  • interpretación de la Torá en beneficio de la comunidad: Mateo 5, 17-42; 6,1-8;
  • la asociación de Jesús con gente “impura” o “mala” desde la perspectiva ortodoxa de los practicantes: Mateo 9, 9-13 (el cajero) Mateo 15, 1-20 (discusión sobre lo puro e impuro);
  • propuestas atrevidas frente a la tradición: Mateo 6, 43-48 (los pilares de la religión); Juan 8, 1-11 (una mujer en problemas); 5, 17-18 y 10, 22-39 (todos somos hijos de Dios).

Por el lado del encuentro, Jesús patrocinaba un nuevo modo de llegar a ese Dios que acogía por igual a “justos y pecadores”, como fue:

  • actuar como Mesías: Mateo 26, 62-66 (juicio en el Sanedrín); Juan 7, 1-24 (sobre la Torá);
  • visitando el hogar del piadoso y de la gente “impura”: Lucas 7, 36-50; (en casa del fariseo); Lucas 10, 38-42 (en casa de unas mujeres); Lucas 19, 1-10 (en casa del publicano);
  • desafiar las normas o tabúes de pureza legal: Lucas 7, 11-17 (tocar el féretro del hijo de la viuda de Naím); tocar a un leproso (Mateo 8, 14);
  • dejarse acompañar y tocar de varones y mujeres (Lucas 8, 1-3; Marcos 5, 21-43). Actitud que siguieron las primeras comunidades (hechos 1, 12-14; 21, 8-9; 1Corintios 9, 3-5).

Evidentemente, los aspectos anteriores no agotan todos los motivos o situaciones en que se vio envuelto Jesús con las autoridades judías de su tiempo, ya que también debería incluirse la defensa que hace de niños, jóvenes y mujeres, en una cultura que no los consideraba, por la preponderancia del varón y anciano.
Entre otros, están los textos que ayuden a:

  • Jesús niño que pregunta y cuestiona el saber de los maestros: Lucas 2, 46;
  • Jesús pidiendo a sus discípulos que permitan a los niños acercársele: Marcos 10, 13-16;
  • ejemplos varios cuyos protagonistas son niños, jóvenes o mujeres: Lucas 15, 11-32 (una familia en problemas); Mateo 13, 33 (la cocinera); Lucas 15, 8-10 (mujer de hogar); 18, 1-8 (la viuda y el juez); Marcos 9, 33-37 (la grandeza ante Dios).

Un último campo de confrontación entre Jesús y los hombres de su tiempo, fue la reverencia que pareció no dar al “sábado”, apoyando el principio de que antes que el sacrificio, está la misericordia, siguiendo a Oseas 6, 6. Los ejemplos se multiplican en todos los evangelios:

  • curación de un hombre con espíritu impuro: Marcos 1, 21-29;
  • cosecha de grano en día sábado por parte de su discípulo: Marcos 2, 23-28;
  • discusión sobre lo factible en sábado: Mateo 12, 9-14;
  • curación junto a la piscina de Betesda o Betzatá en sábado: Juan 5, 1-18.

 

La Tierra Santa
Las andanzas de Jesús y sus discípulos


Caminar de un lugar a otro es algo tan normal y ordinario que muchos ya no damos atención a cómo lo hacemos o por dónde pasamos, en donde pisan nuestros pies o con qué personas no llevan a encontrarnos. Sin embargo, de prestar atención a la forma de llamar nuestras caminatas, nuestra comprensión de esa acción podría resultar diferente.
Si salgo de un sitio a otro, podría hablar de renuncia, decisión, Éxodo o peregrinación. Si voy con alguien más, podría calificar mi acción como una profesión, aventura o paseo; si me muevo por alguna necesidad podría hablar de búsqueda, esperanza y hasta de conversión.
También Jesús camino y se encaminó por diversas localidades de la Palestina de su tiempo y en cada localidad tuvo que ver con personas cercanas o necesitadas, encuentros felices o problemáticos, momentos alegres y desagradables. Pero también los evangelistas dibujan a Jesús de niño, “fuera de su tierra” (en Egipto) y por tierras de Galilea, Siria, Fenicia, Jordania o Decápolis; o bien encontrándose con gente procedente de esos y otros territorios (adulto). En fin: Jesús “va al extranjero”, es universalista. Y sus discípulos primeros hicieron otro tanto.
Los siguientes apartados desarrollarán este tema y descubrirán elementos válidos para una lectura diferente a la que nos tiene acostumbrados la sola y simple visita a un lugar determinado.

 

La tierra de Jesús


Para quien no conoce las tierras bíblicas, el concepto “Tierra Santa” suele limitarse al actual país de Israel o, a lo más, incluir el también actual, territorio de Palestina. Las cosas resultan diversas, si consideramos la totalidad de la escritura y el concepto cristiano de “Tierra Santa”.
Para el cristiano, el concepto “Tierra Santa” o los “santos lugares”, abarca aquellos sitios en que se desarrolló la historia de la salvación y, en consecuencia, denomina también los sitios en que dejaron sus huellas los hombres Santos citados en los escritos bíblicos: los profetas, los piadosos del Antiguo Testamento, Jesús los apóstoles, María y los discípulos de aquellas primeras generaciones cristianas. En consecuencia, también son Tierra Santa Egipto, Siria, Líbano, Jordania, Palestina, Chipre, Turquía, Grecia y hasta ciudades distantes como Roma.
Citando a los lugares bíblicos tradicionales, “Tierra Santa” sería la localidad de Belén y las de Nazaret, Galilea, Samaria pero no otros lugares de Israel o del actual territorio autónomo de Palestina, como Tel Aviv o Jenín. Esta es la razón, por la que “el sentido de fe” de muchos fieles de llevar a visitar en peregrinación el “Yébel Musa” en la Península del Sinaí (supuesto lugar en el que Moisés tuvo la revelación divina) y no el monte Nebo en la actual parte central de Jordania, territorio en la antigua Moab. ¡Quizá en ello influyan la política y el mercado…!
Los textos de los evangelios señalan muchos lugares visitados por Jesús. Los de la infancia quedan restringidos a la región montañosa de Judea visitada por María, Belén, Jerusalén y Egipto, según los llamados “evangelios de la infancia” sea de Mateo que de Lucas (Mateo 1-2; Lucas 1-2).
El periodo de la llamada “vida pública” de Jesús añade otros sitios de Galilea y Jordania, sin Haifa o Séforis en Israel, ni Yerash o Amán, en Jordania. En cambio, se citan las localidades en torno al lago de Galilea o de Genesaret y, otros sitios vecinos visitados por Jesús o en los que los evangelistas relatan sucesos memorables como el llamado sermón del monte o del valle respectivamente en Mateo 5-7 y Lucas 6, 12-49.

 

La muerte no es el fin de la vida, muerte y resurrección de Jesús


La muerte siempre ha causado revuelo en el devenir de la vida de todos los humanos. Quién, más o quien, menos todos hemos tenido que ver con el juego de vida o muerte, del más allá, del inicio y el final, del “¿de dónde vengo y hacia dónde voy?”
La visión de un pueblo como el nuestro, con resabios de varias culturas antiguas, semillas de cristianismo y embistes de culturas o injerencia de filosofía ajena, no ha borrado de mentes y sentimientos de los mexicanos y cuantos habitan este inmenso país, ese sentido de misterio y ruptura que rodea el evento de la muerte de una persona. Ocasionalmente, se celebra, y también se llora; se siente y reciente; sacude como noticia o se experimenta en carne propia. Sin embargo, también queda siempre en el aire, el cuestionamiento por lo siguiente: ¿y luego, que? La disolución, el olvido, la nada… o ¿algo más, más allá, otro mundo… cielo?
Los párrafos siguientes se referirán a las diversas tradiciones sobre la muerte y resurrección del Señor Jesús como modelo, adelanto y signo de la experiencia que vivirán sus seguidores.

 

La tradición bíblica habla de muerte y vida


Los escritos del nuevo testamento asumieron el conjunto de muerte y resurrección de Jesús como un conjunto armónico que les refleja el gran misterio de la salvación realizado en Cristo, pero derivaron sus elementos, tanto de la cultura que les era familiar, la judía, como de la tradición bíblica anterior.
Inicialmente, el Antiguo Testamento consideraba la vida como una fuerza que posee todo vidente y un bien supremo que le viene de Dios, considerado el dios de la vida. Por lo mismo, mantenerla era un regalo y acudían adiós para conservarla o buscar su cuidado cuando corre peligro o, cuando más concretamente, la enfermedad y la muerte la atacaban.
La vida pues se les manifiesta en la alegría, el éxito, la salud del cuerpo y la victoria en la batalla. Por ello, los piadosos del Antiguo Testamento pedían su conservación y rescate de la enfermedad, en la victoria sobre de su disminución derivada de abandono, soledad, pecado o el Sheól o mundo de los muertos; y la simbolizaban en la luz, el agua, la vegetación y la constataban en la sangre que corría por sus venas.
Por otro lado, la muerte era entrevista como una situación normal del ser humano, pero que afectaba a toda la familia o grupo del que se formaba parte. Los testigos de esta concepción se hallan en aquellos salmos e invocaciones a Dios pidiendo el rescate de los males citados (salmo 38, 17; 86, 12-13; 88; 103, 1-5) o bien proponiendo que Dios es capaz de impedir que sus fieles más devotos mueran como fueron los casos del patriarca Enoc, el profeta Elías (Génesis 5, 24; 2Reyes 2, 1-15).
Sin embargo, la tradición bíblica primera fue más allá y entre vio la recuperación de la vida a la que representó con una salida sea de la enfermedad que del mismo Sheól (salmo 22) y a la que representó con imágenes atrevidas, ya en forma de muertos de retorno al mundo de los vivos (Oseas 6, 1-3; 13, 14) o como restauración de la comunidad a manera de huesos que recobran la vida (Ezequiel 37, 1-14).
Finalmente, algunos textos del Antiguo Testamento aluden a la fe de los creyentes que se sienten seguros con Dios y confían en el Dios vivo con quién van a vivir (salmo 16, 9-11; 49, 16; 73, 23-28; Job 19, 25-27).
Los textos más recientes del Antiguo Testamento, surgidos en ambientes impregnados de la cultura griega, se refirieron a la permanencia de la vida o retorno a ella con el vocabulario de la vida inmortal al estilo griego o con el concepto de resurrección, causada por intervención de Dios (Daniel 12, 23; sabiduría 2, 23; 3, 1-5; 2Macabeos 7, 9-14; 12, 44).

 

Los evangelios y la muerte de Jesús


Al hablar de la muerte de Cristo, los escritos del Nuevo Testamento se fijaron primeramente en como Jesús fue cumpliendo las escrituras y entonces hablaron de toda su vida humana como de una gran pasión que fueron reflejando en diversos momentos de sus relatos.
Siguiendo el orden histórico en que surgieron los textos, inicialmente interesó y se predicó el misterio Pascual de Jesús (muerte y resurrección), como el acontecimiento principal de la vida y de la fe cristianas. Así aparece en aquellos textos que aluden, esbozan o simplemente citan como de paso las últimas viviendas del Jesús humano en la tierra, sea como enunciados (1Tesalonicenses 1, 9-10; Romanos 8, 34; 1Corintios 15, 3-8) que como himnos (Filipenses 2, 6-11) o exhortaciones sobre los efectos que tiene en la comunidad (Hechos 2, 14-36).
Pero antes de llegar a los relatos finales de los evangelios en que aparece casi de tallarse los acontecimientos de la pasión, muerte y sepultura de Cristo, los evangelistas también dejaron constancia de esa “pasión” detrás de las imágenes del “esposo que es arrebatado” (Marcos 2, 20) o la “piedra desechada por los constructores” (Mateo 21, 41-42). En otro sentido, están las llamadas “predicciones de la pasión” en boca del mismo Jesús con que él acepta su final como profeta y preparar a sus discípulos (Marcos 8, 31; 9, 31; 10, 33-34) así como en aquellos otros momentos de su vida en que se traduce su final (Lucas 2, 33).
Finalmente, los relatos de la pasión de cada evangelio (Marcos 15; Mateo 27; Lucas 23; Juan 19) presentan el final terreno de Jesús incluyendo en sus relatos, tanto el cumplimiento de las escrituras como intereses misioneros o motivaciones pastorales a favor de los destinatarios de sus textos con acentos de polémica, apología, actualización y sus destinatarios paganos con los elementos propios de cada autor. Esto hace que, ocasionalmente, se acentúe la culpa de algún grupo un judío en la condenación de Jesús, se exonere a Pilato o se disminuya el descuido de los mismos discípulos a la ahora, por ejemplo, de acompañar al mismo Jesús en su pasión (Mateo 27, 39-44; Marcos 15, 39; Lucas 22, 43-45; Juan 19, 25-27).

 

La resurrección de Jesús


Los evangelistas pusieron mucho cuidado y empeño al hablar de la resurrección de Cristo. Inicialmente, en los relatos finales de sus evangelios no describieron el “momento histórico” de tal evento, sino presentaron algunos signos de su realidad como los de la tumba vacía, la piedra removida, los lienzos doblados o la presencia de uno o más Ángeles que confirman el hecho a los primeros visitantes, a las mujeres de la primera comunidad.
Los estudios hoy suelen hablar de las dos tradiciones más constantes: la de Jerusalén qué se refiere a los sucesos del primer domingo de la resurrección junto al sepulcro vacío; y la tradición ajena a Jerusalén y de Galilea que citan encuentras precisos del resucitado fuera de Jerusalén.
En el primer caso, la tradición de Jerusalén recalca el papel de María Magdalena y las demás mujeres que desean tributar gestos de devoción al maestro y con aromas van en una especie de procesión a la tumba y vuelven con el mensaje, se ha de la tumba vacía, que de la visión de un ángel o la noticia de su resurrección.
En el segundo, las tradiciones foráneas a Jerusalén se refieren: sea al encuentro de Jesús con los discípulos ajenos al grupo de los doce (discípulos de Emaús: Lucas 24, 13-35); sea con una aparición junto al lago de Galilea a 8 de los primeros discípulos (Juan 21); sea otra más a todos los discípulos en un monte de Galilea, que se convierte en el programa de misión más amplio en el que Jesús empeña a sus seguidores (Mateo 28, 16-20).
En otro sentido, va al descubierto de los acentos que esas tradiciones siguieron, sea en resaltar el papel de los testigos oficiales del primer grupo, como se da en Corintios 15, 38; sea el de las apariciones a testigos históricos como el caso de la constante aparición a María Magdalena, que el evangelista Juan describe maravillosamente (Juan 20, 1-2; 11-18).
Con frecuencia, algunos cristianos modernos imprentan precisar exactamente el “cómo” se dio el evento de la resurrección. Esta tentación lleva a fantasear o bien a formularse imágenes casi de cine para “representar” el momento del evento. Con toda razón, la iglesia habla más bien de mantenerse en contemplación ante el misterio y pide a los fieles que tengan presente que se trata de un acontecimiento de orden no histórico, en el que el misterio de Dios realiza plenamente lo anunciado por la escritura anterior a Cristo o como se desprende de la misma palabra de Jesús.

 

Vida, muerte y resurrección de los cristianos


Con diligencia y tino, los primeros escritos cristianos que no fueron los evangelios, sino las cartas paulinas, describen, tanto el sentido como los efectos de la resurrección de Cristo en sus seguidores. En estas cartas, se afirma que el misterio de la nueva vida de Cristo no se dará sólo al final de la vida de los fieles, sino que está comenzando ya, suceda tanto a nivel de su vida práctica, como en los signos que ellos mismos dan de esa convicción, en el culto o a nivel de misión cristiana.
En algunos textos se asegura a los cristianos participar de la nueva vida de Cristo a partir de su inclusión en la comunidad cristiana mediante el bautismo. A esto llega el apóstol cuando se refiere, por ejemplo, a “vivir con Cristo, por Cristo y en Cristo”.
En un segundo momento, se citan las formas concretas que comienzan a reflejar esa nueva vida y que se manifiestan, tanto en la adhesión total y comprometida mediante la virtud, como en la omisión de los vicios típicos de un mundo que desconoce el mensaje cristiano. Ambos elementos aparecen frecuentemente en forma de catálogos de vicios o de virtudes: unos por evitar y otros por practicar.
El resto de los escritos del nuevo testamento simple y llanamente hablan de la vida cristiana que se vive como testimonio de cuánto los cristianos han aprendido del mensaje recibido y al que deben transmitir en la vida creyente actual… ¡Se comienza a vivir la vida venidera!

 

Diversas formas de seguir a Jesús


Primeras comunidades cristianas
Las formas de pensar y de vivir, las estructuras y las orientaciones de cada grupo humano en cualquier parte del mundo y en cualquier fase histórica, dependen de la tradición cultural de las que debe o en las que está arraigado, de las circunstancias de vida por las que pasa y del modo de asimilar o enfrentar unas y otras. Lo mismo sucedió a las primeras comunidades cristianas en el siglo primero de la presente era, luego en el de la muerte y resurrección de Cristo.
Por otro lado, cada uno de los cuatro evangelios y cada una de las cartas del apóstol Pablo, Santiago, Pedro, Juan y Judas, reflejan un tipo de comunidad diverso y las circunstancias por las que pasaron sus destinatarios, cuyos ecos, inquietudes, exitosos o crisis pueden resaltarse al hacer una lectura cuidadosa del trasfondo de esos mismos textos o de las respuestas que sus autores propusieron al redactarlos.
El tema de la presente unidad desarrollará algunas dudas comunes y opiniones generales sobre el origen de las comunidades cristianas o los supuestos generalizados de que, una vez muerto Jesús, los apóstoles difundieron el evangelio, Pedro llegó tranquilamente a Roma y de ahí el cristianismo se difundió al resto del mundo en la forma organizada que conocemos.
En realidad, las cosas resultaron bastante diferentes a la visión anterior y durante el camino de dos mil años, las comunidades cristianas pasaron un sin número de situaciones difíciles, de acomodo con el mundo circundante y de lucha interna, y de supremacía entre si. Lo anterior deriva de la pluralidad de enfoques de los mismos textos del Nuevo Testamento y de otros escritos llamados apócrifos y hasta de las llamadas herejías, combatidas al interior de las antiguas comunidades cristianas. Pero vayamos por pasos…

 

Los primeros Seguidores de Jesús


Leyendo con atención cada uno de los evangelios del Nuevo Testamento, puede destacarse un plan geográfico y otro sociocultural, ambos reflejan, sea la actividad que los movimientos de Jesús de Galilea, al norte, hacia Judea, al sur, pero incluyendo las áreas limítrofes, de las antiguas Perea y Decápolis (hoy Jordania), la región de Samaria (actualmente en el territorio de Israel) y la región Siro-Fenicia (hoy compartida por los estados del Líbano, Israel y Siria).
Por otra parte si se intenta ver a fondo en los textos de los personajes que intervienen en los evangelios, se descubre a varios seguidores de Jesús originarios de áreas rurales de Galilea, pero también muchos otros procedentes de las áreas mencionadas, a quienes Jesús curó o con quienes tuvo algún contacto físico, de amistad o por razón de su mensaje; y, luego de su muerte, en contacto también con sus primeros discípulos con la consiguiente apertura hacia las costas de la antigua Palestina y de los actuales estados de Israel, Líbano Siria y Turquía.
Por ejemplo: del apóstol Pedro es conocido su carácter y su arrebato, en su defensa y traición del Señor Jesús (Mateo 27, 65-75; Juan 21, 7). En cambio, al apóstol Juan que adicionalmente se le considera joven tranquilo y cercano a Jesús hasta en su cruz, al identificarse con el “discípulo amado” a quien reporta el cuarto evangelio. Sin embargo, el perfil queda de los evangelios sinópticos, deja entrever una personalidad también arrebatada igual que su hermano Santiago, como se deduce del texto en que ellos o su madre, abogan por estar a su lado, en su reino, lo que motivó acaloradas discusiones (Marcos 3, 17; 10, 35-45; Lucas 9, 54).
Pero entre los primeros seguidores de Jesús, hubo también numerosas mujeres, como consta en los textos que la señalan abiertamente (Lucas 8, 1-3; 23, 27-31; Juan 20, 11-18; hechos 1, 12-14) y, posiblemente, también algunos samaritanos y extranjeros simpatizantes. Esto se deriva de cómo, tras la muerte de Jesús, el evangelio se difundió prodigiosamente en las áreas cercanas a la costa de Samaria (hechos 18, 8-10).
Atendiendo a los elementos arqueológicos literarios y culturales a nuestra disposición, las primeras comunidades siguieron en Palestina una doble vertiente: una claramente apoyada en la tradición cultural judía llamada “judeocristiana” y otras consideradas más helenistas o griegas, pero con el perfil sea “judeo-helenista” o “heleno-pagano”. Su desarrollo aparece en el libro de los Hechos de los Apóstoles, completado por acentos dejados en los evangelios y demás escritos del Nuevo Testamento.

 

Las comunidades judeocristianas


Por datos de los más antiguos escritores cristianos, hubo numerosas comunidades tenidas como “herejes” por no estar de acuerdo con los lineamientos de las comunidades más ortodoxas. San Irineo de Lyon del siglo II, citaba ya a los maestros Simón Mago, Menandro, Basílides, Cerinto y Marción; y a los grupos de los Ofitas, Ebionitas, Nicolaítas y otros más. San Hipólito de Roma (180-235) añadió los grupos: los Setitas, Encratitas, Fibionitas… Y San Epifanio del siglo IV, haciendo recuento de los grupos disidentes, hablo de los Helkasaítas, Arcónicos, Sampsianos, Mesalianos, Audianos y Valencianos aludiendo a fundadores o patrocinadores.
A estos antiguos nombres habría que añadir los grupos y comunidades entre quienes hubo abundante literatura apócrifa que no pretendía ser hereje, sino que trataba de hablar de Jesús a manera de “religiosidad popular” y cercana a sus intereses.
Evidentemente, a cada uno de estos grupos y nombres debe estudiársele particularmente, ya que no todos eran estrictamente de origen judío, pero que sí reflejaban antiguas doctrinas del judaísmo, mezcladas con elementos helenistas o griegos contemporáneos, para ser más atractiva y llamativa la fe, o bien por intereses personales y culturales de sus patrocinadores.
Entre las doctrinas que estás comunidades judío cristianos dejaron, sobre todo las del área Palestina y territorios circunvecinos, están las referidas al tema de la salvación mediante “el nombre” y la cruz de Jesús, concebidos con una simbología abundante que mezclaba signos, números y términos con un cierto sabor esotérico. Numerosos estudios de la facultad bíblica y arqueológica, “la flagelación” de Jerusalén ha rescatado abundantes testimonios sobre ellos y han propuesto una interpretación coherente sobre el tema, testimoniada en amuletos, criptogramas, lugares de veneración, símbolos y doctrinas, presentes en escritos posteriores de varios padres de la iglesia y que han llegado inclusive a la liturgia sacramental.


Finalmente, estas lejanas comunidades de ascendencia cultural judía, se fueron perdiendo lentamente por debilitamiento y luchas internas entre grupos; por la hostilidad que les mostró la “gran iglesia” apoyada en el Imperio; por el enfrentamiento con comunidades florecientes, sea de origen Paulino, cuyos escritos hablan de no aceptar el apego a tradiciones culturales judías o la liberación de las mismas (hebreos 15, 1-4; Gálatas 5, 7-12) o bien por lucha abierta con el judaísmo de aquel tiempo y de otras tradiciones religiosas paganas contemporáneas. De tales comunidades se pierde el rastro en los siglos V y VI.
Tomando en cuenta los testimonios de los escritos del Nuevo Testamento, pueden rastrearse algunas de las vicisitudes y dificultades que vivieron esos primeros judeocristianos:

  • Dificultades internas: hechos 5, 1-2; 6, 1-7; 11, 1-3; 15, 1; 21, 17-25; Gálatas 2, 11-12).
  • Dificultades con los judíos: hechos 3, 1. 12; 4, 1-3; 5, 17-18; 8, 1-4; 13, 49-52).
  • Polémica entre Pablo y otros cristianos (hechos 15, 1-2; Gálatas 2, 4; 5, 6-12; Filipenses 3, 2. 7-10; 18-19).
  • Misión de Pedro y Pablo a paganos (Gálatas 2, 1-9; hechos 9, 32; 10, 25-30; 11, 17-18.
  • Corrupciones y error doctrinal: Apocalipsis 2, 6. 9. 14-15. 20; Judas 8-16; 2Pedro 2, 10-22).
  • Comunidades con posturas diferentes: Hechos 6, 1; 8, 5; 11, 19; 13, 1; 18, 24; 19, 4).
  • Peso de la comunidad de Jerusalén precedida por Santiago el menor, en la que también destacaron Pedro, Juan, Pablo… (hechos 15, 7-12; 13, 21; 21, 17-26).

 

Comunidades según Hechos de los apóstoles


Hechos de los Apóstoles presenta las consecuencias del mensaje del Evangelio en manos de los seguidores de Jesús. A partir del programa dibujado en 1, 8 (difusión del evangelio a todo el mundo entonces conocido), el autor va dibujando primeramente la vida en la comunidad de Jerusalén, ya sea la de origen judío o la orientada hacia el helenismo, dirigida por Esteban y los demás diáconos (capítulo 1-7). Su empuje es enorme, pues extiende rápidamente por Samaria, las costas de Palestina (Jafa y Cesárea), hasta llegar a Antioquia y Siria (Hechos 8-13).
Estás comunidades unen elementos nuevos que se ve inclusive en el perfil de sus dirigentes. Mientras en la comunidad judeocristiana, dirigida por Santiago en Jerusalén, hay “Apóstoles y ancianos” como líderes (hechos 15, 2.6-22), la comunidad de Antioquia, por ejemplo, es más abierta y universalista, la cual con sus “profetas y maestros” y cuya universalidad se deja entrever en los nombres de sus líderes: la preside Bernabé, de la isla de Chipre; siguen un tal Simón apodado “Níger”, seguramente un negro de África o habitante local con ese tipo de piel; Lucio de Cirene sea su origen (África) que su nombre latino, señalan a una persona viajera y bien dotada culturalmente; Menahén, es de origen judío y hasta su crianza se dio al lado de uno de los hijos de Herodes, lo cual señala su rango económico y cultural; y al final, aparece Pablo con su nombre hebreo, Saúl, cuya conversión y primeros pasos de Cristiano el autor narró ya en capítulos anteriores (Hechos 9, 1-25) y de la que hablará otras dos veces (Hechos 22 y 26).
La comunidad o comunidades de Samaria también aparecen dibujadas en rasgos generales en Hechos 8. Están esparcidas en el territorio Samaritano que va de la costa al río Jordán. Entre ellas destaca la de Cesárea residencia del diácono Felipe y de sus hijas profetizas también visitada por Pedro y Pablo en diversas ocasiones (Juan 4, 1-42; Hechos 10; 21, 8-14). Los descubrimientos arqueológicos recientes dejan entrever una comunidad humana y de cuyo florecimiento darán testimonio posteriormente, la escuela de Cesárea en que enseñaron el diácono Orígenes y el obispo Eusebio de Cesárea.


Antioquia y Damasco, en Siria, también fueron centros de actividad cristiana. Cuando Pablo recibió su visión, en Damasco ya había cristianos como Ananías, quién lo bautizó y orientó en sus primeros pasos como cristiano. Antioquia fue el sitio en que por primera vez se llamó “cristianos” a los seguidores de Jesús, y de dónde partieron misiones hacia el mundo romano-helenista del Asia menor, en la actual Turquía (hechos 13-14).
A partir del capítulo 16 de los Hechos de los Apóstoles, su autor señala la obra Apostólica de Pablo, particularmente, algunos de cuyos datos los confirmará el mismo en cartas dirigidas a las comunidades fundadas, visitadas o animadas, por él.
Resumiendo, los datos de Hechos de los Apóstoles, su autor muestra por menos ocho tipos de comunidades diferentes:

  • La judeocristiana de Jerusalén heredera de la tradición Palestina que envía supervisores a otras comunidades (1, 3-26; 2, 1-5, 42; 8, 14; 15, 1. 5-6; 19-29; 21, 17-26);
  • La judío-helenista de Jerusalén con sus diáconos y su catequesis particular (6-7);
  • Comunidades de Samaria (Juan 4; Hechos 8, 40; 9, 32-42);
  • Comunidades judío helenista de la costa Palestina como Azoto, Jafa, Lod Acre y hasta Cesárea (8,40; 9, 32-42; 10; 21, 8-14);
  • Comunidades cristianas de origen pagano fuera de Palestina (11, 19-30; 13, 1-2) aunque con elementos judíos helenistas como “los profetas y maestros”
  • Comunidades de origen pagano animadas por Pablo en territorio romano o dominado por el Imperio (13, 4-14; 28; 15, 36. 28; 31);
  • Comunidad de Roma que combina elementos judíos y paganos, fundada y animada por misioneros laicos (18, 2-3) y luego animada por Pablo (28, 17-31)
  • Comunidades “sin Espíritu Santo” en Samaria o en territorios paganos, animadas por los apóstoles enviados desde Jerusalén (8, 14-17) o por Pablo (18, 24-19, 7);

 

Comunidades de las cartas del Apocalipsis


Sean las llamadas “cartas católicas” (de Santiago, Pedro, Juan y Judas) que el Apocalipsis deja entrever que sus destinatarios ya viven en la fe cristiana con riesgos que surgen dentro de las mismas comunidades o por su relación con el ambiente en que se desenvuelven, si bien, tanto la de Judas como el breve tratado, llamado “carta a los hebreos” y el Apocalipsis tienen más bien un fondo, tradición, lenguaje y perspectivas de cultura judía, mientras las demás se leen mejor enclave helenista-romana.
Si, por ejemplo, las cartas atribuidas al apóstol Pedro se dirigen a destinatarios cristianos de origen pagano, sus temas y orientaciones producen las dificultades propias de su presente y la necesidad de aprender a combinar fe y cultura, la fuerza de su testimonio cristiano y su respuesta al compromiso civil en sus lugares de origen. Esto hace que cada escrito refleje un tipo peculiar de comunidad, que tanto historiadores como sociólogos y biblistas se esfuerzan en aclarar.

 

Según la figura de Jesús
El combate nocturno de Jacob


Hay en la Biblia un suceso misterioso, cargado de fuerza primitiva y salvaje. Es el combate que Jacob sostuvo con Dios.
Jacob tomó a sus 11 hijos; lograron atravesar a todos juntos el río Yabbok. Jacob envío a los suyos por delante y él se quedó rezagado. Mientras tanto cayó la noche y le ocurrió con su oscuridad. Y así, envuelto en sombras invisibles, alguien mantuvo con él un recio combate hasta rallar el alba.
En un momento de la pelea, el misterioso combatiente le tocó a Jacob el nervio ciático le dislocó el fémur. El combatiente le dijo:

  • ¡Suéltame, por favor, porque ya ha rayado el alba!

Jacob respondió:

  • No te soltare hasta que me hayas vencido.

El combatiente pregunto:

  • ¿Cómo te llamas?
  • Jacob -  respondió el otro.
  • De hoy en adelante te llamarás Israel, porque has combatido valientemente contra Dios.

Y Dios bendijo a Jacob. Éste, al salir el sol, se dijo a sí mismo:

  • ¿Qué es esto? He visto a Dios cara a cara y, sin embargo, estoy con vida ¿cómo se explica esto? (Gen 32, 23-33).

Israel es, pues, el nombre propio de una persona: se le dio este sobrenombre a Jacob por haber mantenido un recio combate con Dios.
Este relato está lleno de un formidable simbolismo: El hombre se abraza a Dios, se apodera de alguna manera de su fuerza divina y le arranca su protección. El hombre que se enzarza en batalla con Dios y acepta ser “atacado” por él, es arrebatado y transformado por Dios, participa en alto grado de su ser y potencia.
Ese nervio ciático donde Jacob fue herido es el egoísmo, eje de sustentación y viga maestra de todo pecado. En este punto neurálgico ataca Dios, por aquí de arriba toda fortaleza. Vulnerado en este punto, el hombre comienza a transformarse en Dios y a participar de la madurez y grandezas de Jesús.
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Y la razón profunda de lo dicho es la siguiente: Al experimentar a Dios como un padre amantísimo, al “conocer” su hermosura y potencia, nace en el hombre un amor vibrante por él. Ahora bien, el amor es una fuerza unitiva, y produce un deseo fuerte de llegar a “ser uno” con él.
Pero es imposible que dos seres tan dispares sean “uno” en todo, a no ser que uno de ellos pierda su resistencia propia: así, la savia se transforma en planta, una gota de licor se disuelve en el agua, el hierro se convierte en fuego.
En un combate, en un encuentro entre Dios y el hombre, el fuerte que es Dios se apodera y transforma al débil que es el hombre, a condición de que éste ceda en su resistencia. Por eso, nosotros insistimos en todo momento en la actitud de “abandono” como condición indispensable para toda transformación.
Cuanto menor sea la resistencia y mayor el abandono, el hombre y Dios pueden llegar, a la unión de las voluntades, a ser realmente “uno”. Y así, la imagen semejanza puede ser tan notables, la participación del Misterio de Dios de parte del hombre “tan fuerte” que, entonces sí, éste puede pasar por todo el mundo como una transparencia viva de Dios. Es un testigo viviente.

 

Ser y vivir como Jesús


La meta final de toda oración es la transformación del hombre en Jesucristo. Cualquier Trato con Dios que nos conduzca esta meta es inconfundiblemente evasión alienante. A la meta nunca se llega, cierto. Pero la vida deberá ser un “proceso” de transfiguración: cambio de una figura por otra.
Somos una piedra tosca que el padre ha extraído la de la cantera de la vida. Sobre esta piedra el espíritu santo tiene que esculpir la figura deslumbradora de nuestro señor Jesucristo. Toda la vida con Dios se dirige a esto; y esto la justifica: repetir otra vez en nosotros los sentimientos, actitudes, reacciones, reflejos mentales y vitales, la conducta general de Jesús.

 

Jesús, misericordioso y sensible


En muchos momentos, el evangelio advierte expresamente que se “compadeció” (Mt 9, 36; 14, 14; Mc 1, 41; Lc 7, 13). Se transforma su rostro, se identificaba con la desgracia, su estremecimiento interior se reflejaba en las palabras y en los ojos.
Como Jesús, que no podía contemplar una aflicción sin conmoverse: es que nunca vivía “consigo”, siempre salía “con” y “para” los demás. Este vivir “para” el otro, sufrir “con” el que sufre fue algo tan notorio, impresionó tan vivamente que los testigos no lo pueden olvidar y lo hacen constar frecuentemente: “”Jesús se compadeció de leproso, tendió hacia él la mano y lo tocó diciendo: quiero ser sano” (Mc 1, 41); “Jesús se compadeció de las turbas y los enfermos” (Mt 14, 14); “Jesús recorría ciudades y aldeas…sanando toda dolencia y toda enfermedad” (Mt 9, 35); no puede tomar alimento hasta curar al hidrópico (Lc 14, 24); en la sinagoga interrumpe su predicación para sanar al hombre de la mano seca (Mc 3, 16); y a la mujer encorvada (Lc 12, 11-12).
Como Jesús, que convida a la gran masa de oprimidos y agobiados, pues para ellos tienen mensaje que les dirá paz (Mt 11, 28). Él ha venido para sanar a los heridos de corazón, anunciar la libertad a los esclavos, a los ciegos la vista y a los oprimidos la liberación (Lc 4, 18ss).
Cómo Jesús, que se entregó a los abandonados y olvidados con todo lo que era: su pensamiento, su oración, su trabajo, su palabra, su mano (Mt 8, 3), su saliva (Jn 9, 6), la franja de su vestido (Mt 9, 20). Pone las obras de misericordia como el programa de examen final para el ingreso en el reino (Mt 25, 34ss).

Como Jesús, que, con infinita sensibilidad, se identifica con los necesitados: fue el mismo Cristo quien tuvo hambre, sed, fue huésped, estuvo desnudo, enfermo, preso.

 

 

Jesús, manso y paciente


Como Jesús, que es una persona que respira una infinita paz, sosiego, dulzura y dominio; aun cuando lo “apretaban”, “asaltaban”, “asediaban” (Mc 3, 10; Lc 5, 1). Ofrece toda bendición y todo premio de los mansos, pacíficos, a los que sufren con paciencia la persecución (Mt 5, 5ss).
Como Jesús, ante los acusadores y jueces con humildad, silencio, paciencia y dignidad, no se defiende, no se justifica, ante las burdas calumnias, no respondió nada ante Caifás (Mc 14, 56), ante Pilato (Mc 27, 13), ante Herodes (Lc 23, 8), produciendo admiración en el uno y de expresión en el otro.
Como Jesús, que ante la negación de Pedro “se volvió y le miró” (Lc 26, 69); una mirada de acusación, pero con amor y perdón.
Como Jesús, cuya paciencia en la noche de la pasión es sometida duras pruebas cuando lo azotaban, le colocaban un vestido de loco, una corona de espinas en su cabeza, un cetro de caña en sus manos; lo golpeaban en la cabeza, jugaron con él a la “gallina ciega”. Por toda respuesta, él sufre y calla. No se debe olvidar que Jesús tenía un temperamento muy sensible.
Como Jesús, a quien acosan en la cruz hasta el último momento con el sarcasmo. Por toda respuesta, el pide perdón para ellos (Lc 23, 24). Esta mansedumbre y paciencia de Jesús debió impresionar tan fuertemente los testigos, que Pablo conjura los Corintios “por la mansedumbre y bondad de Cristo” (2Cor 10, 1); y a Pedro, después de tantos años, se le revuelven las entrañas de emoción cuando recuerda que: “siendo injuriado, no devolvía las injurias; siendo maltratado no lanzaba amenazas” (1Pe 2, 23).

 

Predilección por los pobres


Con el corazón y las manos abiertas a las masas, desamparadas (Mt 9, 36; Mc 6, 34). Como Jesús, que no sólo siente pena por las turbas hambrientas, sino que se preocupa de darles de comer (Mt 15, 32; Mc 8, 2).
Como Jesús, para el cual los favoritos son siempre los pobres (Lc 6, 21). Para ellos es el reino (Lc 6, 20). El signo de que El Mesías ha llegado es que los pobres son atendidos. Para ellos ha venido expresa y casi exclusivamente (Mt 11, 5; Lc 4, 18).
Como Jesús, que mira con una viva simpatía a la pobre viuda que deposita unas moneditas (Lc 21, 3), esa misma simpatía aparece manifiesta cuando al pobre Lázaro lo coloca en el seno de Abraham, mientras hunde al rico Epulón en el abismo del infierno.
Como Jesús, que no solamente se dedica como prepotencia a los pobres, sino que comparte la condición social de ellos hasta las últimas consecuencias.

Jesús, comprensivo y atento
El primero en entrar en el paraíso es un bandido. El padre les encomendó preferentemente la atención a los débiles y desorientados (M 2, 17).
Como Jesús, que exterioriza tan indisimuladamente su bondad con los pecadores que lo calificaron de “amigo de los publicanos y pecadores” (Mt 11, 19).
Como Jesús, cuyo trato cariñoso y preferente con los publicanos como Leví, Zaqueo y aquellos otros que se sentaban a su mesa; tanto indignaba los fariseos (Mt 9, 9; Lc 19, 1; Lc 15, 1).
Como Jesús, cuyo principio era: “no son los sanos los que necesitan médicos”. Y su grito: ¡Misericordia quiero y no sacrificios! (Mt 9, 3). Un solo pecador que vuelve al padre alborota el cielo de alegría más que todo los justos juntos (Lc 15, 7).
Como Jesús, que no se asusta por las atenciones de una meretriz, sino que la defiende públicamente (Lc 7, 36ss). A aquella adúltera, condenada a morir bajo las piedras, con qué cariños le dice: ¡vete en paz! (Jn 8, 1ss).
Como Jesús, que derramó su exquisita sensibilidad humana y se retrata a sí mismo en unas bellísimas parábolas (Lc 15, 11ss).
Como Jesús, que no “rechazo a nadie” a pesar de su indisimulada predicción y simpatía por los pobres y marginados.
Como Jesús, que manifestó una delicada atención con Nicodemo, mantenía de amistad con José de Arimatea, honró con su presencia a varios fariseos y publicanos ricos, socorrió a Jairo y ala siro-fenicia. Hasta se relaciona con el centurión de Cafarnaúm, uno de los “dominadores” romanos (Mt 15, 21; Mc 7, 24).
Como Jesús, tener preferencias, pero no exclusividades.

 

Jesús sincero y veraz


Como Jesús, hablar con una transparencia directa: “Sí, sí; no, no” (Mt 5, 37). Sin tener “personajes” en nuestra persona es decir sin hablar a unos de una manera y a otros de otra.
Como Jesús, que fue valiente cuando buscaban su sorprenderlo en algún equivoco: “Hipócritas, ¿por qué me tientan?” (Mt 16, 21); “Den al César lo que le corresponde y a Dios lo suyo”.
Como Jesús, que estuvo magnífico, unos amigos se le acercaron para decirle que su vida corría peligro, porque Herodes lo buscaba para matarlo: “vayan y digan a ese zorro, que actuaré dónde y cuándo yo crea que debo hacerlo” (Lc 13, 32).
Como Jesús, que no tuvo pelos en la lengua para desenmascarar a los ricos de este mundo (Mt 19, 24; Mc 10, 25; Lc 18, 25). Entre los confabulados contra él, en la pasión ¿no estarían los ricos?
Como Jesús, defender la verdad aún a costa de la vida: “ustedes tratan de matarme, sin embargo, yo no he hecho más que anunciarles la verdad” (Jn 8, 40ss); “aún a costa de perder discípulos” (Jn 6, 66); “aún a costa de provocar el escándalo de la persecución” (Mt 7, 3; Lc 7, 39). No hay cosa que tanto le repugne como la hipocresía, la mentira y la tergiversación. Una de las expresiones más hermosas del Evangelio: “la verdad los hará libres” (Jn 8, 32).
Como Jesús, que a la distancia ya de la eternidad, resume el objetivo de su vida: “para esto he nacido yo y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad” (Jn 8, 37).
Después de muchos años, al evocar Pedro la vida de Jesús, testifica emocionado: “en su boca y no fue hallada mentira” (1Pe 2, 22).

 

Amar siempre


Los tuyos tenían vivísima impresión: el maestro, por encima de todo había “amado”. Por eso, entendieron perfectamente cuando les dijo que se amarán como él los había amado (Jn 13, 34). Amó con ternura y simplicidad a los humildes niños (Mt 19, 14), a uno de ellos lo tomó en sus brazos (Mt 9, 36).
Como Jesús, que fue afectuoso con Marta, María y Lázaro (Jn 11, 1ss) antes de morir, a los suyos los trató de “amigos” (Jn 15, 15) pero, después de resucitar, los llama “hermanos” (Jn 20, 17). Al mismo traidor lo recibo con un beso y una palabra de amistad (Mt 26, 50).
Como Jesús, que, a un paralítico desconocido le llama afectuosamente “Hijo” (Mc 2, 5) e “Hija” a la mujer hemorroísa (Mt 9, 22). Amó a su pueblo tan profundamente que, viéndolo perdido, no le quedó otra solución que lamentarse y llorar (Lc 13, 34).
Como Jesús, que inventó mil formas y maneras para expresar su amor, porque el amor es ingenioso (Mc 10, 45; Mt 20, 28). En aquella brutal ironía hay un enorme fondo de verdad: “A otros ha salvado, así mismo no puede (quiere) salvarse” (Mc 15, 31). Trajo de parte del padre un solo encargo: “Como me amó mi padre, los he amado yo a ustedes. ¡Permanezcan en mi amor!” (Jn 15, 9).
Debió emocionar tan profundamente este amor de Jesús, que los testigos nos trasmitieron ese recuerdo, grabado en frases lapidarias: “Dios ha amado tanto al mundo, que le dio su hijo unigénito” (Jn 3, 16); “Me amó y se entregó a la muerte por mi” (Gal 2, 20); ha habido en los últimos tiempos una expresión de la benignidad y amor de nuestro salvador a los hombres (Tit 3, 4).

 

Jesús humilde y suave


“Perdona” como Jesús perdonó a Judas, a Pedro, al ladrón, a los sanedritas, al agresor de la casa de Anás. “Humilde” como Jesús, que rehuía la publicidad al sanar a los enfermos, al multiplicar los panes, al descender del Monte de la transfiguración.
Como Jesús, cuando era calumniado delante de Caifás y Pilato: “¿no te defiendes de lo que estos te acusan?, Jesús no respondió una sola palabra (Mt 27, 14).
Como Jesús, que se dejó “manipular” por el tentador sin quejarse (Mt 4, 1-11).
Ser “suave” como Jesús, que no disputó, ni vociferó, nadie escuchó sus gritos en las plazas (Mt 12, 15).
Sin preocuparse de sí mismo y preocupándose de los demás, como Jesús, ante las turbas sangrientas (Jn 6, 1-16), con los apóstoles en el huerto, con Pedro (Lc 21, 51), con las piadosas mujeres, con el ladrón (Lc 23, 39), con su madre al pie de la cruz (Jn 19, 25). Nunca se preocupó de sí mismo, sin tienda para dormir, tienda para descansar (Mc 1, 35; 2, 7).

 

Jesús en oración
Tener los mismos sentimientos que Jesús (Fip 2, 5)


Ser cristiano consciente de sentir como Jesús y vivir como Jesús. Ese “sentir” (Flp 2, 5), sin embargo, se presta a equívocos. Había otra expresión más adecuada: “disposición”. La disposición está tejida de emoción, convicción y decisión. Así pues -con otras palabras-, la experiencia cristiana consistiría en reproducir en la propia vida las emociones, actitudes inferiores y el comportamiento general de Jesús, el Señor.
Para la hora de tratar de vivir esta disposición, es relativamente fácil saber cuáles fueron las preferencias de Jesús, su estilo de vida y espiritualidad, el objetivo central de su vida.
Pero hay otra cosa, tan difícil de descubrir como importante para vivir, y esto: ¿Cómo captar los armónicos interiores del Señor? En mi opinión es esto lo fundamental. Porque la conducta del hombre, ¿es el hombre total? No, por cierto, porque la conducta, al fin, no es otra cosa sino un eco lejano de los impulsos, alimentados por antiguos ideales y viviendas remotas.
Necesitamos llegar a ir a las raíces, ya que lo esencial siempre está abajo. Para descubrir, pues, la temperatura interior de Jesús, necesitamos descender a los manantiales primitivos y originales de la persona donde nacen los impulsos, las decisiones y la vida. En una palabra, necesitamos descubrir y participar de la vida profunda del Señor.
Sin embargo, no disponemos (para este “descubrimiento”) de instrumentos exactos de “investigación” ni de comprobación, quiero decir: no es posible una objetivación de tales armónicos profundos de Jesús. Es una tarea específica y exclusiva del espíritu santo que “enseña toda la verdad” (Jn 16, 13).
¿Qué hacer? El “alma” de Jesús aparece -se transparenta- en sus palabras y hechos. El cristiano deberá pues, comenzar por apoyarse en “toda la palabra” con una actitud contemplativa para dar con las raíces del Señor. ¿Cómo hacerlo?

 

Ejercicios para mirar “adentro” de Jesús


El cristiano debe colocarse en actitud de fe, pedir la asistencia del Espíritu Santo y dejarse llevar dócilmente por su inspiración.
Haga luego como quien detiene el aliento interior quedando en estado de suspensión admirativa: como la suspensión de quién se abisma en las profundidades del mar o de quién, con un potente telescopio, se abre al infinito mundo sideral.
Luego, con las facultades recogidas, en fe y en paz, debe el alma asomarse, con mirada contemplativa en infinita reverencia, a la intimidad de Jesús, y “quedarse ahí” y sorprender y presenciar algo de lo que “sucede” en esos abismos. y una vez sumergido en esta atmósfera, quieto e inmóvil, dejarse impregnar de aquellas vivencias y armónicos existenciales, participando de esa manera de la experiencia profunda de Jesús.
Este es el “conocimiento que supera todo conocimiento” (Ef 3, 18), la eminente “sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi señor” (Flp 3, 18), principio de toda sabiduría, reactor que genera todas las energías y grandezas apostólicas.
Para avanzar por las quebradas oscuras de la Fe, en su ascensión fatigante y diviniza dora, el cristiano sólo dispone de un sendero: el sendero es Jesús mismo. Para no desorientarse de es en esta travesía, necesita pisar firmemente esta tierra.
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He aquí en método sobre el que nunca se insistirá bastante: colocaste “dentro” de Jesús contemplativamente, para cualquier meditación fructífera.
Una vez instalado “ahí”, trate de “saber” en el espíritu que “sentía” el Señor cuando decía: “santificado sea tu nombre” (Mt 6, 9).
Mire dentro de Jesús y trate de “saber” (y participar) qué olas de ternura le subían desde lo más recóndito de su ser cuando repetía tantas veces: “Abba (¡Oh, querido papá!)”.
Mire atenta y contemplativamente, y trata de “saber” qué “sucedió” en los abismos lejanos y extraños del Señor, cuando dijo: “Dios mío ¿por qué me has abandonado? (Mt 27, 46). ¿qué sucedió en esos momentos en las regiones desoladas de Jesús? ¿se apagó la luz? ¿cayeron sobre su alma atmosferas de alta presión o espacios vacíos? ¿qué fue?
Mire el cristiano dentro de Jesús, y trate de “saber” en el espíritu que entrañas se rasgaron en su interior, exhalando perfumes de ternura, cuando dijo: “me dan pena estas gentes” (Mt 9, 36). ¿qué hubiera querido Jesús en este momento, sufrir lo que ellos sufrían? ¿cargar con todas las cruces del mundo?
¿qué fue aquella bandada de aves blancas que, de improviso, levantó vuelo y cruzó el cielo de Jesús cuando, lleno de alegría y sorpresa, dijo: “Gracias padre, por haberme escuchado” (Jn 11, 41).
¿Qué sucedió dentro de Jesús cuando “se compadeció” de las turbas? (Mc 1, 41; Lc 7, 13; Mt 14, 14). ¿qué vidrios se quebraron en sus estancias interiores? ¿qué anhelos o repentinos llovieron sobre el suelo de Jesús? ¿qué sentía?
¿Cómo se sentía cuando les decía: vengan a mí, los destrozados, los arrojados a la orilla del río por la resaca de las corrientes, los últimos y olvidados; vengan y verán como la consolación extiende su sombra sobre sus desiertos? (Mt 11, 28) ¿Cómo se sentía Jesús en ese momento?
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Este ejercicio de colocarse “en el lugar de” Jesús tiene un reverso (si bien es la misma medalla) y se enuncia de esta manera: ¿qué haría Jesús si estuviese en mi caso?
¿qué sentiría el señor si se instala en el corazón de esta negra barriada donde yo estoy? ¿indignación? ¿compasión? ¿ganas de denunciar? ¿ganas de consolar?
¿Cuál sería la reacción de Jesús y le hicieran lo que me hicieron a mí hace un mes: aquel atropelló y injusto y arbitrario?
Si Jesús respirara dentro de mi piel, ¿qué sentiría y qué haría en este momento en que acaban de informarme que a esté padre de familia -con 7 hijos- lo han expulsado del trabajo y lo han dejado en la calle?
¿Cuál sería la actitud de Jesús si estuviera en mi lugar, ahora que me ha declarado esta rebelde enfermedad, y todo hace presumir que mi vida está en jaque? ¿quién me diera poder sentir la paz y el abandono de Jesús al decir: en tus manos entrego mi vida?
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Si la iglesia es prolongación viviente de Cristo Jesús, lo que ante todo debe perpetuar a través de los siglos, es su temperatura interior. Para eso (y para poder ser “ella misma”), la iglesia necesita perentoriamente contemplativos que sean verdaderos adoradores del Espíritu y verdad, que sepan “descubrir” las insondables riquezas de Cristo Jesús (Ef 3, 15).
El crecimiento de la iglesia es, sobre todo, un avanzar incesante hacia el interior de la palabra. “Crecer” significa, primeramente, profundizar y esclarecer el misterio interior de Jesucristo. Consiste, diría, en captar y capturar el secreto de la intimidad de Cristo, el Señor.
La iglesia no crece por yuxtaposición. Quiero decir, la iglesia no es “más grande” porque tengamos setecientos centros de evangelización o hallamos impartido cinco mil bautizos o hayamos celebrado dos mil sesiones de catequesis. La iglesia que crece, fundamentalmente, por dentro y desde dentro: por asimilación interior, como toda vida. La Iglesia es Jesucristo. Y Jesucristo “crece” en la medida en que nosotros reproducimos su vida profunda, su estilo y sus preferencias.

 

Hablar desde dentro de Jesús


Los que “presenciaron”, deberán salir del valle de la contemplación para comunicar algo de lo que “vieron y oyeron”. He ahí la tarea esencial de los verdaderos adoradores: hablar (o escribir) como quien habla desde dentro de Jesús, después de haber participado, en espíritu y fe, de la experiencia profunda del señor: tarea extraordinaria ardua pero necesaria.
Entre las experiencias humanas, la oración es la experiencia más profunda y lejana de sí mismo. Y ahora que queremos hablar de algo de la oración de Jesús, tengo la conciencia de que no podemos balbucir ni siquiera la palabra más deshilvanada sin una asistencia del espíritu santo que, aquí ardientemente solicitó.
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El camino está erizado de dificultades. Primeramente, no sale al pasó el eterno enigma del hombre “¡ese desconocido!” que tantas veces estamos recordando: yo “soy” yo, un misterio inédito e irrepetible. Todos los demás son los “otros”; cada uno, una experiencia única. Ni ellos “entrarán” en mí ni yo con ellos. Nadie se “experimentará” jamás como yo. Yo nunca “me experimentare” como los demás.
Ahora bien: ¿no parece una locura el pretender “entrar” en la experiencia de Jesús? Aún sin tocar su persona, todavía en la periferia, las ciencias escriturísticas están pobladas de preguntas. ¿Cuáles son las palabras que realmente pronunció Jesús? Aunque algunas palabras no sean textuales de Él, ¿qué palabras expresan el pensamiento real de Jesús? ¿en qué parábolas, alegorías o alocuciones está encerrado “algo” de la insondable riqueza interior de Jesús?
Los evangelios son unos intentos mal logrados, de “transparentar” y “transmitirnos” a Jesucristo. El intento mismo ya es, de por sí, desproporcionado. Los evangelios han quedado “cortos”: Jesucristo es inmensamente más grande y deslumbrante de lo que aparece en los evangelios; los rasgos evangélicos son vestigios, migajas nada más, pequeños fulgores de un ser cuya magnitud no sobrepasa sin remedio.
Pablo es, entre los “testigos”, un “contemplativo” que ha quedado deslumbrado por la “insondable riqueza de Cristo”, e invita a los creyentes a asomarse al misterio de Cristo para poder “comprender”
“Cuál es la anchura y la longitud, la altura y la profundidad, y conocer el amor de Cristo que excede dos todo conocimiento, para que os vayáis llenando hasta la plenitud total de Dios” (Ef 3, 18)
¿no será atrevimiento querer “conocer” la vida interior de Jesús con el padre? Sin embargo, es el mismo espíritu el que pone esta audaz aspiración en el corazón del cristiano, desde que esté emerge de las aguas bautismales. Así que, arrastrados por la fe y el amor, vamos aventurarnos explorar el mundo interior de Jesús, y hablar desde ahí.

 

Perspectiva


Jesucristo es al mismo tiempo hijo de Dios e hijo del hombre, sin confusión División y división: dos naturalezas conformando un “yo único”. ¿quién podría descifrar tan formidable misterio?
Si toda persona humana es un circuito cerrado, una realidad única, inédita e inefable, ¡que diremos de ese pozo infinito que es la “persona” de Jesucristo! ¿dónde comienzan y dónde terminan las fronteras de lo divino de lo humano en Cristo? Lo divino y lo humano, sustantivos en ese “Yo único” ¿en qué relación recíproca se hayan? ¿se anulan? ¿se interfieren? ¿se enriquecen? ¡qué inaccesible e inefable es para nosotros ese “Yo único” de Jesucristo!
¿qué contemplativo habrá en el mundo que nos diga algo siquiera de lo que pasa en el interior de esa figura solitaria, recostada en la oscuridad de la noche bajo las estrellas, en los cerros que circundan Cafarnaúm o Jerusalén?
Tantas noches, tantas horas solitarias. ¿cómo era su oración? ¿una mirada estática y muda? ¿una intimidad sin palabras, como la de una persona que está a los pies de otra? ¿una paz imperturbable? ¿palabras ardientes con “clamores y lágrimas”? (Heb 5, 7) ¿exaltación con Don de Lágrimas? ¿Una fe pura y árida? ¿un estar simplemente?
¿Qué era aquello? “¡Qué insondables son sus pensamientos!” (Rom 11, 13). La psicología profunda de Jesús se nos escapa irremediablemente, por el misterio de las dos naturalezas en una persona.
En Jesús, buscamos aquel hermano nuestro. Él es nuestro “guía”. Guía es aquel hombre que solitariamente, recorre un camino inexplorado en las cordilleras o en las selvas ignotas. Luego toma otras personas y las conduce por ese mismo camino que él recorrió anteriormente. Buscamos a aquel hermano que ya recorrió la ruta que conduce al Padre

 

Trato personal con el absoluto


En el itinerario del alma de Jesús, en su Experiencia religiosa de hijo del hombre, tímidamente me aventuraría a distinguir dos (¿Cómo llamar?) etapas cronológicas.
Primeramente, Jesús parece haber vivido con radicalidad y fuerza inigualable lo que llamamos “lo absoluto” de Dios, según la tradición monoteísta dentro de la cual nació y creció. Y, en segundo lugar, parece haber “descubierto” y vivido la experiencia del “Abba” la gran novedad del Evangelio.

Naturalmente hay permanente interrelación entre ambas vivencias. Si nos atenemos a las parábolas, alegorías o sermones en los que se derrama la vida interior de Jesús en los días de la evangelización, ambas vivencias aparecen mezcladas, confundidas y hasta identificadas. Sin embargo, nosotros por razón de método y buscando claridad, vamos a estudiar separadamente los dos planos.

 

Consideraciones previas


Crecimiento evolutivo de Jesús en las experiencias humanas y también divina (Lucas 2, 52).
Muchacho todavía de 15 o 20 años, Jesús, avanzando la velocidad acelerada en los abismos de Dios. Para cualquier cristiano esto constituye un algo que pasma y deja mudo.
Este joven, hecho de misterio y sueños en relación sobre los cerros pelados en las noches estrelladas, navegando por las inmensidades hasta tocar el vértice del mundo, explorarlo regiones inéditas hasta descubrir el otro lado del misterio; Jesús, muchacho de unos 20 años, cada vez más adentro, cada vez más allá en la presencia total…La mente humana se pierde ¿qué podemos decir nosotros, pequeños miopes?

 

Temperamento sensible de Jesús


Efectivamente, Jesús estaba tejido de fibras muy sensibles. El evangelio constata en varias oportunidades que se le derritieron de compasión las entrañas al ver tanta gente con hambre y sin pastor (Mc 1, 41; Lc 7, 13).
Un día, fatigado de tanto andar por caminos de polvo bajo el sol, quiso descansar. Tomó la barca y se enfiló hacia un despoblado. Pero la gente adivino adónde se dirigía y se fueron por tierra a toda prisa, llegando antes que Él. Al bajar Jesús de la barca y ver aquella masa de gente, sintió una profunda compasión y, en lugar de descansar, estuvo con ellos todo el día (Mc 6, 32-35).
En otra ocasión, al llegar a las puertas de una ciudad, Jesús se cruzó con un cortejo fúnebre. Se interesó por el caso y, le informaron que el amortajado era un muchacho, hijo único de una madre que era viuda. Al escuchar el informe del señor se estremeció de pena casi hasta las lágrimas (Lucas 7, 11-14).
Aquel día, al saber Jesús de la muerte de Lázaro, su gran amigo, lloró abiertamente. Los judíos, que lo observaron de lejos, admirados de su sensibilidad, decían: “¡cómo siente las cosas de este hombre! ¡que buen amigo era! (Jn 11, 34-38).
Después de la solemne entrada en Jerusalén, entristecido Jesús por la obstinada resistencia (Lucas 19, 41). Sintió pena por la ingratitud de aquellos 9 leprosos (Lucas 17, 12), desilusión, por el letargo de los Apóstoles que se dejaron llevar en brazos del sueño.
Fue atento con los amigos, caballeroso con las mujeres, cariñoso con los niños. Siempre manifestó predilección por los desvalidos. En una palabra, era muy sensible.

 

Su alma era profundamente piadosa


La constitución humana está hecha de cualidades y deficiencias, posibilidades y limitaciones, todo ello sustancialmente inserto en el fondo vital de la persona. H
Hay personas que valen para estudiar y no valen para deportes, y viceversa. Hay quiénes valen para las artes y no valen para las ciencias exactas. Hay quienes una nulidad para la pintura y una maravilla para la música. El hombre, pues, nace con unas predisposiciones determinadas que llaman carismas.
Entre estas predisposiciones existe la de la “sensibilidad” para las cosas de Dios. Hay personas que nacieron con una tendencia tan fuerte para con Dios, que no pueden vivir sin él. Yo no sé si esto es gracias o sí es naturaleza. En todo caso es un don de Dios. A esta sensibilidad o inclinación yo lo llamo “Piedad”
En este sentido a Jesús lo encontramos muy piadoso, rasgo de personalidad heredado seguramente de su madre, dentro de las leyes genéticas.

 

El contexto religioso en que Jesús nació y creció


Israel había luchado durante siglos contra todas las idolatrías provenientes de los grandes imperios y de las pequeñas tribus circundantes. Siempre en contacto con otros pueblos y contagiado por sus divinidades, sintió la atracción de los cultos importados que estaban de moda. Sucumbió muchas veces a la tentación. Volvía a Dios bajo la vigilancia de los celosos guardianes, los profetas, que pagaban su celo con la vida. Así, con sangre, muerte y lágrimas, Israel llegó a forjar un monoteísmo radical y santamente fanático. En esa atmósfera nació y creció Jesús.
Esa historia monoteísta había esculpido un “credo” lapidario, llamado “Shema”, que todo israelita debía recitar varias veces al día. El “Shema” no sólo era la viga maestra de toda oración judía, sino también el alma de aquella “cultura”, el himno nacional, la bandera de la patria, la última razón de ser de Israel. Dice así:
“¡Escucha, Israel!” ll
Yahvé, nuestro Dios, es uno.
Amarás, pues, a Yahvé tu Dios.
Con todo tu corazón,
con toda tu alma
y con toda tu fuerza.
Y estas palabras que hoy ordeno
estarán grabadas sobre tu corazón.
Las inculcarás a tus hijos
y hablarás siempre de ellas
ya permanezcas en tu casa,
ya antes de viaje,
al acostarte y a levantarte.
Las atarás como una señal sobre tu mano
y serán como frontales entre tus ojos
también las escribirás sobre las jambas
y puertas de tu casa” (Dt 6, 4-9)

Jesús, desde que fue capaz de producir las primeras palabras en arameo, aprendió de memoria estas palabras. Nos dice Flavio Josefo que, para toda madre en Israel, constituía motivo de orgullo el hecho de que las primeras palabras que aprendiera de memoria su pequeño fueran precisamente las palabras del “Shema”.
Si esto hacía cualquier mamá en Israel, ¿Qué haría aquella madre que se llamó María de Nazaret? Ella es una mujer normalmente silenciosa y reservada, pero toquen la tecla de Dios, y verán cómo surge ella como un arpa vibrante. En aquellas palabras del “Shema” que la madre pronunciaba y el pequeño repetía (¡escena inefable!) debió latir una singular carga de profundidad. Con este fuerte alimento se nutrió Jesús desde los primeros años.
Después, millares y millares de veces repitió Jesús estas mismas palabras: cuando todavía estaba sobre las rodillas de su madre, siendo un niño de 8 años cuando iba a la fuente para traer una vasija de agua o recogía leña en los cerritos próximos, siendo un adolescente de 15 años cuando salía a las noches estrelladas o modelaba en el taller un yugo o una carreta para bueyes, en la sinagoga…
Este es un dato de capital importancia para vislumbrar la vida interior de Jesús y para firmar, en forma de conjetura, que la primera vivencia religiosa de Jesús fue la experiencia de “lo absoluto” de Dios.
Efectivamente, en cuento comenzó a darse cuenta de sí mismo y de cuento lo rodeaba, este niño se vio acogido y envuelto por una atmósfera espiritual impregnada y dominada por absoluto, el único, el eterno, el “Sin–nombre”, el incomprensible, e formidable. Sus primeras impresiones conscientes, fueron golpeadas por esta realidad. Eso era lo que se respiraba en Israel, y con una intensidad particular en los días de Jesús por estar el país dominado por los romanos; y ha sido una constante de Israel: siempre creció en el sentimiento religioso al ocurrir una dominación extranjera.
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Jesús, todavía un infante, muy pronto fue llevado a la sinagoga en brazos de su madre. Esto pudo haber ocurrido en Egipto, donde existía una floreciente colonia judía. “Las primeras sinagogas de que tenemos mención se hallan en Egipto”.
“En la sinagoga aparece un culto nuevo, despojado, un culto en espíritu, accesible al número pequeño en lo que la oración ocupa el lugar del sacrificio. Liturgia más democrática, más independiente del sacerdocio, en que los laicos desempeñan un papel importante. La sinagoga sumerge la vida judía en plena oración. su influencia es sensible en las fórmulas utilizadas por la devoción privada.
Ya en los días de Jesús existió la oración por excelencia llamada “Tephillan” o la oración de las “18 bendiciones”. En la sinagoga se recitaba el “Tephillan” en forma solemne y coreada, pero todo judío desde que tenía uso de razón, debía rezarlo tres veces al día donde quiera que se hallará, en los tiempos meticulosamente señalados por la “Torá” a las 9 de la mañana (hora del pacífico, sacrificio matutino), a las 15 horas y al caer la tarde (hora del sacrificio vespertino). Todo judío, ya estuviese comiendo, viajando, trabajando, conversando, detenía su ocupación, se ponía en pie y se volvía hacia el templo de Jerusalén y rezaba el “Tephillah”
He aquí algunos fragmentos:


“Bendito seas Yahvé, Dios nuestro y Dios
de nuestros padres; Dios grande, héroe
 y formidable, Dios altísimo, creador del
cielo y de la tierra, escudo nuestro y
escudo de nuestros padres, nuestra
esperanza de generación en generación.
Bendito seas Yahvé, Dios Santo
tú eres héroe que abates a los que
están elevados, fuerte y juez de los
opresores, que vive por los siglos;
resucitas a los muertos, traes el viento
y haces descender el rocío, conservas
la vida y vivificas a los muertos; en
un abrir y cerrar de ojos haces germinar
para nosotros la salud.
Tú eres santo y tu nombre es temible,
y no hay Dios fuera de ti”.
(Por la noche)
“Bendito seas, eterno, Dios nuestro,
Rey del mundo, cuya palabra hace
anochecer a las noches, cuya sabiduría
abre las puertas del cielo, cuya inteligencia
cambia los momentos y
reemplaza los tiempos.
Tú que ordenas a las estrellas en sus
puestos en la Inmensidad, creando el día y la noche,
plegando la luz entre la oscuridad y
la oscuridad ante la luz,
y llevándote el día y trayendo la noche,
separando el día de la noche.
El Eterno Sabbath es un hombre: Dios
que vive, que existe siempre y que
reinará siempre sobre nosotros hasta
la eternidad. Bendito seas, eterno,
qué haces “anochecer” a las noches”.

 

Un aliento exaltado y vibrante corre por todas y cada una de las “bendiciones”. Tenemos derecho a imaginar como aquella alma tan sensible del joven Jesús sería arrebatada por el juego religioso que contagian estas palabras cuando las recitaba al caminar, a coro con su madre, en las caravanas, en el campo, en el cerro…Desde niño, el alma de Jesús “experimento”, con una pasión y fuerza insuperables “al” Eterno.
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A los 5 años aproximadamente, Jesús comienza asistir a la escuela, cuya finalidad no era la de nuestras escuelas. Aquella era la “casa del libro” (Beth a sefor) para aprender de memoria el “libro”, es decir, la ley y los profetas.
Allí Jesús aprendió a cubrir su cara con las manos cuando apareciera el Tetragrama divino, las cuatro sílabas del nombre de Yahvé. “Incluso el Tetragrama divino, designación de Yahvé, este vocablo sagrado delante del cual todo judío aprende a esconder su rostro, poniendo las manos sobre los ojos, no comporta por escrito sino consonantes”.
Este es, pues, el contexto religioso en que el alma de Jesús se abrió la vida. Sus primeras experiencias religiosas como una vivencia del Absoluto.

 

Sólo Dios


Tomando en consideración su crecimiento evolutivo en la “experiencia divina” y su temperamento sensible y piadoso, Jesús cruzó la primavera de su infancia y adolescencia envuelto en el manto del Admirable. Por las actitudes y expresiones que aparecieron después, en los días del Evangelio, nos sentimos con derecho a pensar como hora, en los días de su infancia y juventud, el incomparable fue ocupando por completo su persona.
Para los 12 años ya había experimentado la proximidad ardiente del Formidable y Único. Sus palabras, respuesta al desahogo de su madre (Lucas 2, 49), indican que, para esa edad, ese océano sin fondo y sin orilla que es el Absoluto, se había adueñado enteramente de este muchachito. En adelante sólo Dios era su ocupación y preocupación.
Y así descubrimos en que Jesús una profunda y extensa “zona de soledad” a la que nadie podrá asomarse, ni su mismísima madre, sino “sólo Dios”. ¿Mi madre? ¿quién es mi madre? Vosotros sois mi madre. Y no sólo vosotros, todo el que tome en serio al Admirable, todo el que declare y constituya a Dios como al Único en la vida, ése es para mí padre y madre y hermano y hermana (Marcos 3, 35). ¿esposa? Ni cinco esposas ni todos los amantes del mundo son capaces de saciar la sed eterna en su corazón. “Sólo Dios” es el agua fresca; quien la beba, nunca jamás sentirá sed (Juan 4, 11-19). Si tú supieras “cómo” es Dios, si tu probaras esa agua…
“El padre era su mundo, su realidad,
su existencia, y él y con él llevaba
en común la más fecunda de las vidas”.

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El niño, que sabía que en el Sinaí solo Moisés podía acercarse la presencia del Formidable, mientras los demás sólo podían mirarlo desde lejos, sabía que Santo y Terrible residía en el “sancta sanctorum” donde sólo una vez al año podría ingresar una sola persona, este niño fue entrando a fondo en la proximidad de Aquel que abarca todo el tiempo y todo el espacio. Su alma sensible fue marcada por la impresión de que “Dios-es-todo”. Está Absolutez de Dios la tomó con radicalidad y la llevó hasta las últimas consecuencias.

 

Vivencias derramadas


Vamos a ver ahora cómo estás fuertes vivencias aparecen derramadas como simientes de oro en las páginas del Evangelio. Jesús habla de Dios, y detrás de sus palabras se oye el eco de una pasión. Se pone en pie como la cumbre de una cordillera para declarar: “Dios-es-todo”. En este sentido, Jesús recoge las vías y voces de los grandes profetas, pero las voces de todos los profetas no llegan a la altura de sus sandalias.
“Sólo Dios” es el señor del universo y autor del Reino. Él sale a buscar obreros para su viña. No hay que preguntarle por el salario, aunque al último se le haya pagado como al primero. No hay salario, todo es regalo (Mt 20, 1-20). Él organiza las bodas, y Él mismo sale a los caminos y plazas para buscar invitados (Mt 22, 1-14). Si, Él mismo envía las invitaciones (Lc 15, 3-7).
Como quisieran los hombres jugar ciertas cartas, por ejemplo, saber y disponer del momento y de la hora del final. Es inútil. Ni siquiera lo sabe el hijo de hombre. “Sólo Dios” sabe la hora exacta (Mc 13, 32; Mt 24, 36; 25, 13).

 

“Todo-es-Dios”


¿vanidades ridículas? ¿Qué, quién ocupará el primer puesto? ¿sois vosotros capaces de soportar la prueba? Aunque seáis capaces, sabed que ni yo mismo, con ser el hijo, lo puedo disponer. “Sólo Dios” lo dispone. El señalará a cada cuál supuesto. Todo-es-gracia. Nadie merece nada. Aquí todo se recibe, igual que en el caso del niño. Solamente los que se “hacen” pequeñitos pueden recibir el reino, la vida, la comida, el vestido, la educación, el cariño. El reino es un Don, un regalo (Lc 12, 32). Jesús “conoció” a Dios en sus largos encuentros y allí “descubrió” que Todo-es-gracia.
¡Qué bien!, ¡Simón, hijo de Jonás, que bien has hablado!
Pero lo que acabas de decir, no te lo ha dictado ni el instinto, ni la sagacidad, ni cualquier otra sabiduría. “Sólo Dios” te lo ha inspirado. ¡Qué contento se ve Jesús, qué feliz se siente de que Dios-sea-todo! ¡Qué sentirá al rezar estas palabras!:
“¡grande eres tú, y haces maravillas,
tú eres el único!” (Sal 85, 10)
Por eso, no quiere nada para Él, ni aplausos, ni reconocimientos, ni gratitud. Toda la gloria a “sólo Dios”. Ya estás sano, pero no le digas a nadie, marcha al templo y agradecérselo adiós (Mc 1, 44). La muchacha ha sanado, al sordo se le abrieron los oídos, pero que nadie se entere (Marcos 5, 43; 7, 36). Habéis quedado limpios de la lepra, pero no os echéis por tierra para agradecérmelo a mí; id al templo para agradecérselo a “sólo Dios”.
Saciados de comer en un desierto, delirantes por el prodigio, lo buscan con la intención de coronarlo como rey. Sólo el pensamiento le parece a una usurpación, y se escapa a la montaña porque “sólo Dios” es el rey, y toda la gloria le corresponde a Él. Sobre la soledad de aquel cerro, aquella noche (Juan 6, 15); ¡Qué bien habrían sonado las palabras del Salmo!:
“No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu nombre da la gloria” (Sal 113, 1).
¿Bueno me llamas? ¿Quién es bueno? “Sólo Dios” es bueno (Lucas 18, 19). Lo vemos como a un hijo deslumbrado por la pureza infinita y la santidad de Dios. No soporta que nadie usurpe los atributos absolutos que le pertenecen a Él sólo.
En los años de juventud, tal vez, cuando sale al campo, cuando sube a los cerros, acarrea leña o troncos, dibuja los yugos de bueyes, vuelve a la fuente con el cántaro de agua fresca, ve crecer las viñas, madurar los trigales… Su alma, perdida en las inmensidades del Eterno, comprueba que Dios viste los campos, alimentan los pájaros, hace fortalecer las primaveras. Vemos a Jesús como un hijo deslumbrado por la potencia infinita de Dios.
“Dios mío, ¿Quién eres tú?” (Sal 70)
Con seguridad y alegría asegura a los que piensan en las dificultades de la salvación: “Los hombres no pueden hacer esto, pero Dios puede; porque para Dios nada hay imposible” (Mc 10, 27).


Jesús ve toda y cada una de las cosas saliendo directamente de las manos del Padre. Vibra con la magnífica potencia de Dios.
“¡Qué magníficas son tus obras, Señor, que profundos tus designios!” (salmo 91, 6). No piensa en segundas causas, no piensa en un orden universal diagramado por un genio y funcionando por mecanismo de causalidades y leyes cósmicas, como una cosmonave teledirigida. Más allá de fenómenos y acontecimientos, Jesús contempla con alegría al creador, una persona llena de libertad, potencia, espontaneidad y bondad (Mt 6, 26).
Si “supieran” cómo es Dios, quien es Dios, dirían a ese cerro: “Quítate de ahí” (Mc 11 22) y vuela al mar; y el cerro volaría como un pájaro está el mar; y a este árbol sicomoro que tienen delante de los ojos, le dirían: Arrancarte de raíz, vuela, y echa raíces en el mar; y el árbol obedecería humildemente (Lucas 17, 6)
“Cuántas maravillas has hecho, Señor
Dios mío, cuántos planes en nuestro
Favor, nadie se te puede comparar.
Intentó proclamarlas, decirlas
pero superaran todo número". (Sal 39, 6)

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Teniendo presente, la frecuencia con que se retira de las miradas humanas en los días de la evangelización para estar a solas con Dios, preferentemente de noche, podemos suponer el estado de adoración y suspensión en que vivía permanentemente el alma de Jesús, desde los días de su juventud, tanto en el trabajo, como en la sinagoga o en los viajes.
Sobre todo, nos sentimos con derecho a imaginas cómo serían los momentos fuertes con Dios, en sus años juveniles, en los cerros próximos a Nazaret, seguramente de noche. Su sensible alma habría sido sacudida una y otra vez, como cuando una marea inunda una playa, por la presencia del Sin-Nombre en una proximidad arrebatadora, pudiendo decir con el Salmista:
“Tus torrentes y tus olas me han arrollado” (salmo 41).
Esto es lo que ocurrió -permítaseme conjeturar- en el hecho de la transfiguración. En su narración dice Lucas: “Mientras estaba orando, el aspecto del rostro de Jesús cambió…” (Lucas 9, 29). Podemos concluir, a partir del contexto de la narración, que era tal la intensidad, la posesividad y la concentración del alma de Jesús en Dios que, ante el empuje de las energías espirituales, cedieron las leyes fisiológicas produciéndose un cambio, no sabemos de qué naturaleza, en el semblante de Jesús, igual que en el caso de Moisés en otro tiempo. En una palabra, Jesús se “hizo” una viva transparencia de Dios, irradiándose el fulgor de Dios en su vestido, en su semblante y en su contorno.
En esos encuentros experimentaban, que el Admirable, es el único bien porque el que vale la pena jugarse lo todo. Si supieran Hasta qué punto Dios es el Gran Tesoro, venderían los campos, hipotecarían las casas, abandonarían la profesión para poder “poseer” ese Tesoro (Mateo 13, 44).
Los pájaros tienen sus nidos, las raposas sus madrigueras dónde dormir. El hijo del hombre no sabe qué comerá mañana y dónde dormirá pasado mañana. Ha denunciado a toda seguridad y ha constituido a Dios como su único refugio y seguridad (Mateo 8, 20).
El reino del eterno es de tal magnificencia, que su “conquista” es una gesta heroica que exige valentía, “violencia” y constancia. (Mt 11, 12; Lc 13, 24).
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Uno se pregunta de qué género será la hermosura y magnificencia de Admirable, hasta qué punto el Incomparable será vino embriagador, qué, quién tan de cerca lo ha “conocido”, Jesús, propone jugarse hasta las últimas consecuencias con una radicalidad que espanta
¿Se te ha muerto el padre? “Deja que los muertos entierren a los muertos, eso no es lo más importante” (Mateo 8, 22). ¿Quieres tomar en serio a un Dios? ¿Quieres declararlo el único? Vuelve a casa. Rompe con todo y con todos. El único merece la pena (Mc 10, 21). El juego que se trata de emprender se llama: “el todo o nada”. Antes de escoger, ¡Piénsalo bien! Pero una vez puesta la mano en el arado, no hay retroceso, hay que seguir hasta el final (Lc 9, 21) ¿Por qué tantos afanes, Marta? ¿Por qué tantos preparativos para el banquete? Pocas cosas son necesarias. Mejor “una sola cosa es” necesaria: Dios (Lucas 10, 42). No he venido a traer tranquilidad o paz, sino combate (Lc 12, 51).
En sus días de evangelización, lo vemos actuar con alegría y dedicación. Su vida “para-los-hombres” no tiene explicación humana posible. La fuente de tantas energías y alegrías la tenemos que buscar en un hontanar empezado y escondido en las profundidades de sí mismo. Todas sus palabras actividades lo sentimos transidas de una honda emoción, que, sin duda, extraía de sus encuentros con el señor desde sus días juveniles.
“El principio de íntimo, inmutable de la actividad tan variada y desconcertante de Jesús, que aparece siempre como el fundamento de todos sus actos y palabras, en su íntima unión con Dios. Nos acercamos aquí al centro, al núcleo vital de su voluntad y podemos fundamentalmente suponer que constituye la base experimental de su vida. Así se encuentra igualmente la fuente de la que brotan su heroísmo absolutamente único y su amor extensivo a todos y a todo, y de este principio recibe su vida su más profunda unidad”.

 

El vértigo


Ciertas perspectivas de Jesús, aún en el terreno de la conjetura, se nos escapan irremediablemente. Vemos que a los grandes contemplativos, cuando se hace una el misterio de Dios, lo primero que les deslumbra es medir la distancia entre ellos y Dios. A esa sensación la llamamos vértigo porque, se trata de una mezcla de fascinación y espanto, anonadamiento y asombros.
En los salmos aparece muy expresivamente esta sensación. Por ejemplo: en el Salmo 8, después de expresar, lo “admirable que es el nombre del Señor en toda la tierra”, el salmista mide la distancia y se pregunta: ¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él?
Lo típico del vértigo espiritual consiste, precisamente, en que se trata de una distancia terriblemente presente, un vestido hecho al mismo tiempo de lejanía y proximidad, de trascendencia e inmanencia.
En este terreno, respecto a Jesús, yo me siento perdido y sólo atinó a preguntar: Desde su experiencia humana, desde su plataforma de hombre ¿Cómo veía Jesús?, ¿cómo medía, ¿cómo sentía a Dios?, ¿De qué manera midió la distancia entre Dios y el hombre? ¿Experimentó el vértigo del salmista “el hombre pasa como una sombra, pero tú permaneces para siempre”? (Sal 101). Nunca se podrá responder satisfactoriamente. Si es verdad que Jesús era hijo del hombre, era también hijo de Dios.
Sin embargo, me impresiona la reverencia infinita con que se dirigió a Dios, en la noche de la despedida: “¡Padre santo!”, “¡Padre justo!” Toda esa oración final está trasmitida en una profunda veneración, reflejo del sentimiento de admiración y anonadamiento qué sentía Jesús ante el tres veces Santo. Me parece que Jesús sentía esa misma reverencia, hija de la distancia y de la veneración, siempre que levanta los ojos al cielo. (Jn 11, 41; 17, 1).

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Para vislumbrar ese enigma, vamos a recurrir a uno de los hombres que más intensamente han sentido y medido esa distancia: Francisco de Asís. Sintió como pocos que Dios es la obra “Otra Orilla”, que Dios es la “Otra Cosa”, que Dios nos trasciende absolutamente, que entre Él y nosotros se abre un abismo infranqueable. Toda una noche, sobre la abrupta cumbre del monte Alvernia, no hizo sino exclamar: “¿Quién eres tú, señor mío, y quién soy yo, siervo inútil?” ¿Admiración? ¿Sorpresa? ¿Gozo? ¿Anonadamiento?
La intimidad a la que hemos sido llamados no colma esa medida. La gracia nos declara “hijos” pero tampoco cubre esa distancia. Eternamente quedará en pie, como una roca, la verdad absoluta: “Dios-es-todo” ¿Sabes, hija mía quién eres tú y quién soy yo?
- preguntaba el señor a Santa Catalina-
Tú eres la que “no eres”, Yo soy el que “soy”.
Pero cuando se acerca gozosamente que “Dios-es-todo”, la vida se convierte para el que lo acepta en una fuente de Omnipotencia, embriaguez y vida, porque participa de la eterna e infinita vitalidad de Dios, que lo convierte en rapsoda de la “novedad” más rotunda y absoluta: “Dios-Es”. Así fue Francisco de Asís. En sus últimos años deseaba, según decía, que los hermanos menores fueran cantando por el mundo, proclamando que “no hay otro todopoderoso sino sólo Dios”.
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Sobre las cumbres de la montaña Sagrada, con sus manos y pies llagados, Francisco de Asís no hacía más que gritar bajo las estrellas a las soledades cósmicas: “¡El amor no es amado, el amor no es amado!” En esos momentos Francisco era un hombre incendiado por la proximidad ardiente de Dios, el hombre que siente una insoportable tortura al comprobar, que tanta grandeza es desconocida y olvidada. Medía las exactas dimensiones de la distancia. Su confidente y secretario, Fray León, le alargó un tosco papelito diciéndole: “Hermano Francisco, escribe aquí lo que en este momento sientes de Dios". Y Francisco, con su dicha llagada escribió, con dolor y dificultad las siguientes palabras:


“Tú eres santo, señor Dios único, que haces maravillas.
Tú eres fuerte, tú eres grande, tú eres altísimo.
Tú eres el Bien, todo Bien, sumo Bien,
Señor Dios vivo y verdadero.
Tú eres caridad y amor. Tú eres sabiduría
Tú eres humildad, Tú eres presencia
Tú eres seguridad, Tú eres inquietud,
Tú eres José, Tú eres alegría,
Tú eres hermosura, Tú eres mansedumbre,
Tú eres protector, custodio y defensor.
Tú eres nuestra fortaleza y nuestra esperanza.
Tú eres nuestra gran dulcedumbre,
Tú eres nuestra vida eterna, grande y admirable, señor”.

Es sin duda, una de las descripciones más profundas que se hayan hecho del invisible.

 

Cristo y el compromiso ético del cristiano en América Latina


1.- Moral de la autonomía y moral del dinamismo de la fe.
Durante los decenios siguientes al Concilio Vaticano II, que han significado un gran desarrollo de la teología moral católica, al tratar el tema de la fundamentación de la teología moral, los moralistas católicos del Primer Mundo han tomado dos posiciones bastante antagónicas entre sí.
Por un lado, la corriente renovadora, lo que podríamos llamar el ala progresista de la teología moral, ha optado por una fundamentación autónoma de la ética cristiana. Podríamos decir en cierto sentido que se ha intentado bautizar a Kant. Se afirma que, en cuanto a realidad humana que es, también la teología moral goza de la autonomía de las realidades terrenas de qué habla el número 36 de la Gaudium étspes. Esta autonomía se daría especialmente, en lo que se refiere a la determinación del modelo y de las normas, para las que debe regirse el comportamiento humano. Para que esté de acuerdo con las exigencias éticas, que se derivan de la dignidad de la persona humana. Podemos afirmar que esta teología moral autónoma, parte del principio bíblico de que “el ser humano ha sido creado a imagen de Dios” (cfr. Gen 1, 27).
De esta forma, cuando el ser humano está actuando autónomamente, es decir, de acuerdo a las exigencias más profundas de su ser, está actuando de acuerdo con el Dios que se encuentra en lo más íntimo de este ser, creándolo en cada momento como persona libre y responsable. Dios, no es un fabricante de normas heterónomas, que le son impuestas al ser humano desde afuera y que, por lo tanto, coartan radicalmente su libertad y su autonomía. Nos encontramos aquí con el “Deus interior íntimo Neo” de qué habla San Agustín en las confesiones. Por lo tanto, la autonomía como expresión de la imagen divina en el hombre quiere decir que: cuando éste es más auténtico, es decir, cuando más actúa de acuerdo con las exigencias más profundas de su ser, más está actuando de acuerdo con la voluntad de Dios. Un Dios que no nos manda desde afuera, sino que está plenamente presente en la interioridad del hombre.


En este sentido, para evitar una falsa interpretación del término “autonomía” los moralistas europeos, y especialmente los alemanes que son los que más han insistido en este aspecto, prefieren hablar de una “autonomía Teónoma”.
Pastoralmente está fundamentación de la teología moral en la autonomía Teónoma surge de la necesidad de demostrar, en una sociedad altamente secularizada, que la moral cristiana no es alienante, no impide a la persona humana realizarse plenamente. Como dice la Gaudium et spes, “acecha”, en efecto, la tentación de a juzgar que nuestros derechos personales son salvados en su plenitud cuando nos vemos libres de toda norma divina.
Creo que esta idea de la autonomía-teónoma recibió un pleno respaldo de San Pablo II, en la encíclica “Veritatis Splendor”, incluso en lo que se refiere a sus motivaciones pastorales. Refiriéndose a los teólogos influenciados por el concepto de autonomía, el papa afirma: “Interpelados por el Concilio Vaticano II, se ha querido favorecer el diálogo con la cultura moderna, poniendo de relieve el carácter racional y por lo tanto universalmente comprensible y comunicable de las normas morales, correspondientes el ámbito de la ley moral y natural. Se ha querido reafirmar, además, el carácter interior de las exigencias éticas que derivan de esa misma ley y que no se imponen a la voluntad como una obligación, sino en virtud del reconocimiento previo de la razón humana y, concretamente, de la conciencia personal”.
Por otra parte, la encíclica indica también que: “La vida moral se basa en el principio de una “justa autonomía” del hombre, sujeto personal de sus actos… En virtud de la razón personal, que deriva de la sabiduría divina, la ley moral es, al mismo tiempo, la ley propia del hombre… La justa autonomía de la razón práctica significativa que, el hombre posee en sí mismo la propia ley, recibida del creador “Afirma además”: “La obediencia a Dios no es, como algunos piensan, una heteronomía, como si la vida moral estuviese sometida la voluntad de una omnipotencia absoluta, externa al hombre y contrario a su libertad… Algunos hablan justamente de Teonomía o de Teonomía-participada, porque la libre obediencia del hombre la ley de Dios implica, afectivamente, que la razón y la voluntad humana, participan de la sabiduría y de la Providencia de Dios”. El hombre debe hacer libremente el bien y evitar el mal. Pero para esto, el ser humano debe poder distinguir el bien del mal. Y esto sucede, ante todo, gracias a la luz de la razón natural, reflejo en el hombre del resplandor del rostro de Dios”.
Un aspecto importante del pensamiento de estos autores, que insisten en autonomía y la racionalidad de la moral cristiana, es la respuesta que gana la cuestión acerca de si existe o no una moral específicamente cristiana. Es decir, ¿añade de lo cristiano, el evangelio, algo más a una moral racional de acuerdo con las exigencias de la dignidad de la persona humana? La solución que proponen es que no existe una moral específicamente cristiana, en cuanto a las normas y a los mandamientos, pero que, si existe una moral específicamente cristiana, en el aspecto trascendental, es decir, en cuanto a la intencionalidad y a las motivaciones cristianas. O sea que, todos los preceptos cristianos no añaden nada a las exigencias meramente humanas, pero el cristiano vive su existencia moral, a partir de una opción fundamental por el Dios que se nos ha manifestado en Cristo y con una serie de motivos que, con lenguaje evangélico podemos resumir en las expresiones “en Cristo” y “por el Reino”.


Hay, sin embargo, otros autores del primer mundo que se ponen a una moral teológica formulada en términos de autonomía y prefieren fundamentar la moral cristiana en lo que llevan “el dinamismo de la fe”. Para ellos la fe cristiana, tal como la podemos entender y vivir a partir de las fuentes de la revelación, constituye un ámbito con suficiente validez en sí mismo, con un ethos propio, aunque puede y debe complementarse con los aportes que le ofrecen la realidad y los saberes científicos autónomos. Esta manera de fundamentar la moral, propia especialmente de los moralistas de talante conservador, va unidad a la afirmación que existe una ética específicamente cristiana, aún en el campo de los contenidos concretos, y en cierta manera de subrayar la validez absoluta de las normas éticas del Nuevo Testamento. Exagerando, pero no sin cierta razón, acusan a los partidarios de la autonomía moral, de descuidar los aspectos bíblicos de la moral cristiana, y de reducirla a una mera ética filosófica, donde no aparecen con suficiente claridad los aportes de Jesús al campo de la moral.
Como es lógico, estos autores acuden también a la encíclica “Veritatis Splendor”, sobre todo cuando en ella se afirma que “seguir a Cristo es el fundamento esencial y original de la moral cristiana” o que “el modo de actuar de Jesús y sus palabras, sus acciones y sus preceptos constituyen la regla moral de la vida cristiana” y se añade que “en la catequesis moral de los Apóstoles… hay una enseñanza ética con precisas normas de comportamiento”.

 

2- Moral de seguimiento de Jesús

Y pasemos a la relación de la cristología con la teología moral en América Latina.
A primera vista podría decirse que, en la cuestión de la fundamentación de la moral, los teólogos de la liberación latinoamericanos, paradójicamente, están más cercanos a los teólogos conservadores del primer mundo que a sus cristólogos latinoamericanos insisten tanto en el tema del seguimiento del Jesús histórico, con todas sus consecuencias para la praxis, que parece que no consideren necesario (quizás porque aquí no tenemos el alto clima de secularismo que se respira en Europa), afirmar también la racionalidad de la moral cristiana y su capacidad para respetar plenamente la dignidad de las persona humana.
Un ejemplo de esto lo tenemos en la clásica Cristología desde América Latina de Jon Sobrino quién, al tratar del seguimiento de Jesús, tiene un largo apartado sobre “Fe de Jesús y moral fundamental” en el que explícitamente toma sus distancias críticas con respecto a la teología moral progresista europea. Indudablemente Jon Sobrino tiene paginas magníficas sobre “el seguimiento de Jesús como la exigencia moral fundamental” y sobre “las características del seguimiento y sus consecuencias para la moral”. Pero al final tiene que reconocer “las limitaciones de una moral fundamental desde Jesús” porque “el seguimiento de Jesús no consiste en su imitación”, ya que “la moral de Jesús no consiste en su imitación” ya que “a la moral de Jesús le compete, intrínsecamente, su ubicación histórica que es en principio irrepetible”.
Esta postura de Jon Sobrino es compartida, con matices, por los moralistas brasileños: Antonio Moser y Bernardino Leers en su Teología moral. Conflictos y alternativas, publicado en el parcialmente frustrado proyecto de la colección “cristianismo y sociedad aceptan los aspectos positivos de la moral renovada europea, pero también diciendo que “es una moral todavía muy idealista”, “una moral todavía muy personalista” y “una moral todavía socialmente conservadora”. Naturalmente el libro de Moser-Leers tiene su punto culminante en un magnífico capítulo titulado: “Jesucristo: el proyecto en plenitud” y en el que se desarrolla una de las ideas más importantes que distingue a los teólogos latinoamericanos de los teólogos europeos del “dinamismo de la fe”: la necesidad de que el seguimiento de Jesús se vea acompañada por una praxis que manifieste el objetivo principal de la vida de Jesús: la implementación del Reino de Dios. Se insiste, además en que el amor al prójimo como distintivo en el seguidor de Cristo no puede quedarse en las relaciones cortas (el Yo-Tú), en las relaciones intermedias (las existentes en el pequeño grupo), sino que tiene que llegar hasta las relaciones largas, es decir, las que se refieren al ámbito socio-económico-político.

 

3.- Intento de síntesis
Hay, sin embargo, otros moralistas latinoamericanos, entre los que están el peruano Francisco Moreno Rejón y el chileno Tony Mitsud, y a los cuales me sumo, que, aunque poniendo un especial relieve en una moral del seguimiento de Cristo, no creemos que esto sea incompatible con una aceptación positiva de lo mejor de la moral europea de la autonomía-teónoma, considerando que cada vez es mayor en nuestros ambientes la necesidad de mostrar la racionalidad y el humanismo de la moral católica. Por otra parte, creo que es urgente en nuestras Iglesias, la necesidad de superar una moral legalista de tipo autoritario-heterónomo, que no cambia su carácter alienante por el hecho de que está máxima autoridad externa a nosotros a la que hay que obedecer sea la persona de Jesucristo.
Ciertamente, nuestra aceptación de un personalismo autónomo ha de hacerse desde una afectiva y efectiva opción preferencial por la liberación de los pobres. De esta forma, cuando nos referimos al personalismo, evitaremos el caer en una egolatría ensimismada que, al hablar de amor, lo único que sabe hacer es contemplarse el propio ombligo para enamorarse de él. Y cuando habla de autonomía y libertad lo único que admite es la libertad neoliberal, es decir, la libertad de la zorra, para meterse dentro del gallinero y comerse a las
Pero en nuestra aceptación de una moral de seguimiento de Jesús, hemos de intentar superar las limitaciones de las que ya hablaba Jon Sobrino. Concretamente, se trata de no caer en una lectura fundamentalista de la Biblia -y especialmente de los evangelios-, que, al tratar de los temas morales, confunde el seguimiento con la imitación literal.
Para superar esta dificultad, me parece oportuno recordar la distinción que hace Clodovis Boff en su tesis doctoral, acerca de los diversos modelos de hermenéutica bíblica relacionados con la vida cristiana.
Según el teólogo brasileño, habría un modelo en que la relación Evangelio-vida cristiana, estaría calcada sobre la relación regla-aplicación. Pero esta relación es algo mecánico y automático. La Biblia se concibe en este modelo como un código de normas que tienen que “aplicarse”. Esto nos retrotrae a una idea rabinizante de la escritura. El evangelio como buena noticia sufre entonces un eclipse completo.
Hay otro modelo hermenéutico, que Clodovis Boff llama clásico, el cual añade a lo anterior, el contexto histórico en el que se insertan tanto la escritura como el hacer hermenéutico.
El modelo se podría designar como el de “correspondencia de los términos” y se expresaría en la siguiente ecuación:
Jesús    =       Nosotros
Su vida moral = Nuestra vida moral
Este modelo es el que, por ejemplo, usaron los autores de los años sesenta, que intentaron demostrar que el cristiano, debe ser pacifista, en la situación política actual, si se prueba que Jesús fue pacifista en su situación política, o que el cristiano debe emplear la violencia, si se demuestra que Jesús, formó parte del grupo de los zelotas. O es el modelo que se usaba (y me parece que en algunas partes continúa usándose), para decir que sí Jesús fuese célibe, el perfecto seguidor de Jesús tiene que ser también célibe, y el que no lo sea, no puede dejar de ser sino un cristiano de segunda división (de primera división A, hablando en terminología mexicana). O, siguiendo este modelo, por el hecho de que Jesús expulso a latigazos a los que vendían en el atrio del templo ¿no tendremos nosotros que hacer lo mismo con los vendedores ambulantes cada vez que penetramos en el atrio de la mexicana Basílica de Guadalupe?
Pero a este modelo hermenéutico se le debe hacer importantes reservas, entre las que se encontrarían las siguientes:

  1. El modelo de correspondencia de los términos ¿no supone acaso que Jesús es un modelo para los cristianos bajo el modo de una “copia”?
  2. ¿Está el comportamiento de los cristianos ligado de tal manera a los comportamientos y enseñanzas de Jesús, que haya que establecer una correspondencia al pie de la letra, entre la situación que vivió Jesús y la situación que viven los cristianos? Dicho con palabras de Jon Sobrino ¿No habría de tener en cuenta, que a la moral de Jesús corresponde “una ubicación histórica en principio irrepetible”, que es distinta a la que tenemos que vivir nosotros?

Por estas y otras razones, Clodovis Boff presenta como alternativa lo que él llama modelo hermenéutico de correspondencia de las relaciones, como más conforme con la práctica de la iglesia primitiva y de las comunicaciones cristianas en general.
Este modelo se expresa en la siguiente ecuación distinta de la anterior:
Jesús                  Nosotros
------------------- = ------------------------
su vida moral       nuestra vida moral
En este caso hay que hacer la identidad de sentido no en el nivel del contexto ni, por consiguiente, en el nivel del mensaje como tal sino, más bien, en el nivel de la relación entre, contexto y mensaje por un lado y por otro respectivamente.
Consiguientemente, lo que importa no es tal o cual texto de la escritura en correspondencia con tal o cual situación determinada. El punto decisivo es aquí el “espíritu” global y particular al mismo tiempo. Este “espíritu” puede llevar ciertamente a escoger tal o cuál pasaje de la escritura, pero sin que eso sea debido a una correspondencia de términos ni a una relación de aplicación.
Por consiguiente, ni del evangelio, ni de la Biblia en general, se pueden esperar fórmulas que “copiar”, ni técnicas para “aplicar”. Lo que nos puede ofrecer son orientaciones, tipos, directivas, principios, inspiraciones, en fin, elementos que nos permitan adquirir por nosotros mismos, pero en la iglesia, una “competencia hermenéutica”, dándonos la posibilidad de juzgar por nosotros mismos “según el sentir de Cristo” o “de acuerdo con el espíritu de Cristo”, las situaciones nuevas e imprevistas con las que nos enfrentamos continuamente. Para poner un ejemplo actual, la actitud de Jesús de respeto ante la vida, sobre todo ante la vida pobre y débil, algo nos puede y debe decir a los cristianos del Siglo XXI que nos encontramos con la cuestión de la clonación humana, aunque los Evangelios no nos hablen para nada de la reproducción asistida.

 

4.- El espíritu santo y la moral cristiana
Pero no creo que hace falta un paso más, para ir correctamente de la moral de Cristo a la moral del cristiano. En ese momento pneumatologico, la intervención del Espíritu Santo, que me da la impresión, no ha tenido demasiada relevancia en la dogmática y en la moral latinoamericana.
Creo que es fundamental en este sentido, la recuperación de la doctrina de Santo Tomás: la ley de Cristo, la ley nueva como le llama él, es el Espíritu Santo. Este es un aspecto básico de la moral que tiene su fundamentación en la doctrina Paulina. Negativamente esto significa que el cristiano, ya no está sometido y obligado a ninguna ley o mandamiento que le obligue desde afuera. “Ya no están bajo la ley” (Rom 6, 14). Positivamente se afirma que la única ley del cristianismo consiste en, obedecer a la gracia del Espíritu Santo que habita en nosotros. “No hay pues ya condenación alguna para los que están en Cristo Jesús, porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús, me libro de la ley del pecado y de la muerte” (Rom 8, 1-2). La vida y la moral del cristiano consiste en el amor, pero “el amor de Dios se ha derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha dado” (Rom 5, 5).
Es el don del Espíritu Santo el que nos da la posibilidad aquí y ahora de ser plenamente fieles a las enseñanzas de Jesús, pero dentro de las circunstancias históricas, científicas y culturales de nuestro tiempo. “Les he dicho estas cosas estando entre ustedes. Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre se los enseñará todo y les recordará todo lo que yo les he dicho” (Juan 14, 26).
Es decir, la misión del Espíritu Santo no es darnos una enseñanza distinta a la de la del Jesús histórico, sino interiorizar las enseñanzas de éste. El Padre Ignace de la Potterie comenta de este modo el texto anterior del Evangelio de Juan:
El Paráclito no traerá nunca a los discípulos un evangelio nuevo: en la vida y enseñanza de Jesús está contenido lo que debemos conocer para el establecimiento del reino de Dios y para lograr nuestra salvación. El papel del Espíritu queda siempre esencialmente subordinado a la revelación traída por Cristo.
“Enseñar en San Juan, es casi un verbo de revelación. El padre ha enseñado al hijo lo que esté ha comunicado el mundo” (Juan 8, 28). Pero lo más frecuente es presentar a Jesús mismo como aquel que enseña (Juan 6, 59; 7, 14. 28. 35; 8, 20). Esta doctrina de Cristo, sin embargo, no debe permanecer exterior al creyente: San Juan insistido enérgicamente sobre la necesidad de hacérsela íntima, acogiéndola con una fe cada vez más viva. Este es el sentido de la expresión típicamente Juanea: “permanecer en la doctrina de Cristo” (Juan 2, 9), “permanecer en su palabra” (Juan 8, 31). Aquí es precisamente donde se sitúa la acción del Espíritu: él también “enseña”. Enseña lo mismo exactamente que ha dicho Jesús, pero para hacerlo penetra en los corazones… Su labor auténtica es la de hacer comprender desde el interior las palabras de Jesús, hacerlas captar a la luz de la fe, hacer descubrir todas sus virtualidades, todas sus riquezas, para la vida de la Iglesia.
Es por esto que insisto en que la doctrina de Santo Tomás de que “la ley Nueva es la gracia del Espíritu Santo dada mediante la fe de Cristo” es muy importante para que la teología moral latinoamericana empuje a nuestro pueblo, a fin de que se supere definitivamente una moral legalista y heterónoma. En este sentido tiene un significado altamente positivo el hecho de que Juan Pablo II en la Veritatis Splendor haya recuperado esta enseñanza y afirme que, en este punto Santo Tomás resume lo que constituye el núcleo del mensaje moral de Jesús y de la predicación de los Apóstoles, volviendo a ofrecer en admirable síntesis la gran tradición de los Padres de Oriente y de Occidente, y específicamente de San Agustín.
Pero, ¡cuidado! No se trata de eso del Espíritu Santo de caer en el iluminismo ni en un subjetivismo exagerado. El Espíritu Santo que a través del Don del amor nos dice a cada uno de los que tenemos que hacer, no es distinto del Espíritu Santo que está presente en la iglesia. Pero también aquí aclaremos las cosas. La Iglesia no es sólo la jerarquía. La Iglesia es todo el pueblo de Dios, dentro del cual la jerarquía tiene la misión de interpretar auténticamente la palabra de Dios, para la edificación de todos los fieles de en caridad. ¡Pero todos los bautizados tenemos que ser profetas movidos por el Espíritu!
Hay una palabra que resume todo lo que he querido decir: el discernimiento. Ya hace años Oscar Cullmann decía que el verbo discernir es “la clave de toda la moral neo testamentaria”. Un discernimiento sobre el cual afirmaba Pablo VI en la Octogésima adveniens que “a las comunidades cristianas toca discernir, con la ayuda del Espíritu Santo y en comunión con los obispos… las opciones y los compromisos que conviene asumir”. Un discernimiento que, aunque lo haga un solo individuo, es siempre un ejercicio del arte de “escuchar lo que el Espíritu dice a la iglesia”.


5.- Conclusión
Terminó ya, volviendo al principio. Creo que es plenamente válida (en América Latina y fuera de ella), una moral del seguimiento del Jesús histórico, en el sentido que he intentado explicar. Pero creo también que no podemos prescindir de una moral de la autonomía, qué muestre cómo la ética cristiana está plenamente de acuerdo con la racionalidad científica y con las aspiraciones a la plena felicidad que anidan en el corazón de los hombres de nuestro tiempo.
Hay un texto del Vaticano II que aun admirablemente estos dos aspectos que no deben separarse:
“Todo el que sigue a Cristo, Hombre perfecto, se realiza cada vez más en su propia dignidad del ser humano”.

 

J E S Ú S

 

Como descubrirás, Jesús es el componente esencial de JCP FM, es además nuestro maestro y guía y este proyecto está realizado para la gloria de Dios Padre; te invito a descubrir más de la vida y esencia de Cristo escuchando nuestro programa “vida de Cristo” sólo aquí en JCP FM.

Quedas en nuestras oraciones.


DJ JEHÚ

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